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Coge aire, piensa un deseo y sopla las velas. 7, 8, 9, 10… cada año una más. Como tiene que ser. Sus amigos aplauden, su madre le besa cariñosa y su abuela se seca una lagrimita del ojo. Del derecho. El izquierdo lo perdió durante la guerra y por ese no llora, lo que a Santi le hace muchísima gracia.
Don Santiago recuerda con orgullo y nostalgia esos cumpleaños y su infancia feliz. Tardó años en darse cuenta de que, una vez sopladas las velas y hecha la foto, lo que su madre ponía para merendar eran galletas maría y leche aguada. ¡Qué bien imitaba la nata y las guindas! ¡Como presumía él de sus tartas de chocolate (barro, ahora lo sabe) y sus San Marcos de barniz!
Uno de sus deseos recurrentes en esos años era conocer a Superman o Spiderman. Ahora, mientras contempla a su nieto tomar un trozo de Selva Negra de la pastelería más prestigiosa de la ciudad, se congratula a si mismo por haber sido el hijo de una Super Woman
“Si toma esto, perderá todos sus poderes”. Al leer aquella frase pensó: “Ojalá me hubieran puesto algo así en la primera botella que me bebí”. Cerró el tebeo y lo metió en la caja en la que ponía “Raúl”. Como siempre, había bajado al sótano a por la última y acabó allí apurándola. Permaneció sollozando entre los restos del naufragio que están apilados con sus nombres. No se atreve a echarlos fuera de su vida de nuevo. Ya que desde el día que dijo por última vez: “Estoy bien. Yo sé cómo voy, soy Superman” y los lanzó en aquella curva al abismo, sabe que los superhéroes tan solo existen en los cómics.
«Un accidente» eso es lo que todos dirán, estoy seguro. Pero no. No lo ha sido en absoluto. Y tal vez sea esa incomprensión lo que en el fondo más me duela. Una eternidad sobrevolando bajo esta mágica capa de súper héroe los abismos del mal, del dolor, de la miseria; contemplando a vista de pájaro la fragilidad de la vida, tanto desconsuelo… Imposible era salir indemne, deberían saberlo. El desengaño y la frustración, también la soledad, hace ya mucho tiempo que devoraron mi alma. Nadie se dio cuenta, sin embargo. Soy bueno disimulando. Pero hay días, muy de vez en cuando, en que la desesperación y este cansancio infinito que de un tiempo a esta parte siempre me acompañan al fin me vencen y, sí, ya sé que soy inmortal -eterno hombre de acero- pero esos días, días como hoy, encaramado unas veces a la más alta azotea de la ciudad, al campanario de cualquier iglesia olvidada y ya sin nombre otras, cruzo los dedos, retengo con esfuerzo las lágrimas que arrasan mis ojos, contemplo retador el vacío, a él me lanzo y con conmovedora ingenuidad murmuro: tal vez hoy…
Las casas ya desaparecían bajo el agua, y cuando la tempestad pasara, los habitantes nunca volverían a darle problemas.
Ignorantes y supersticiosos como eran que él controlaba el clima, y él les temía por eso.
No había podido acercarse para darles el mal consejo de encerrarse en casa durante la tormenta, así que mando al hijo que lo avergonzaba por su falta de superpoderes. Al menos tenía talento para engañar a la gente.
Creyó que había ganado. Pero esa noche el muchacho sin poderes lo despertó para explicarle que algo había salido mal. Su primogénito lo había traicionado y en el último instante había advertido a sus enemigos, que seguían con vida y venían a eliminarlo.
—Huye, padre. Yo los mandaré en la dirección equivocada.
Así se despedían siempre. El hijo aparecía cada vez que sus planes maestros se acercaban al punto culminante, para advertirle sobre traidores y venganzas.
Si se hubiera mantenido al tanto de los listados de superheroes en su patria, quizá habría adivinado que su hijo era el hombre tras el mito de Falasia, cuyo único superpoder era convencer a cualquiera, especialmente cuando mentía. Por eso en su país todos creen que Falasia se escribe con S.
Desde muy jovencita, Manuela había soñado con un matrimonio perfecto y el 99% lo había conseguido. Se había casado con Manuel, el hombre perfecto – buen piso, buen coche, buen trabajo. En su casa cantaba la gallina, mientras el gallo callaba, probando las palabras de su mamá ”Marido rico y necio, no tiene precio.” Manuel era hombre de la casa: preparaba la comida, planchaba camisas y usaba la aspiradora mejor que ella. Así pasaron diez años felices.
Pero el 99% no es el 100%… Una noche, Manuela despertó y encontró la cama vacía. Manuel volvió, a hurtadillas, de madrugada. Eso se repitió cada miércoles. Los jueves Manuel se mostraba agotado, pero de buen humor. Manuela lo confesó a sus amigas. ¡La misma situación! Los celos las mataban.
Cierto jueves, Manuel no volvió a casa. En el sofá, Manuela borraba sus lágrimas junto a sus amigas, cuando presentaron la siguiente noticia en la tele: la policía había detenido un grupo de borrachos disfrazados de superhéroes, que desfilaban vestidos de trajes de lycra, gritando canciones de películas de animación. Entre Batman y Hellboy, Manuela reconoció a Manuel. Lo que no pudo entender era por qué su marido llevaba precisamente el traje de La Mujer Maravilla.
Desde que Lois Lane se marchó con su profesor de yoga, Superman se pasa las tardes tumbado en el sofá, con una lata de cerveza en una mano y el mando del televisor en la otra, mientras los malos campan a sus anchas por la ciudad de Metrópolis. Lleva semanas sin cambiarse de ropa y el traje apesta. Cuando termina una lata, la estruja con las yemas de los dedos, como si fuese una bola de papel, y la lanza contra la pared. El piso se ha convertido en un vertedero y la basura se acumula en un rincón, formando una gran montaña. Debería levantarse y hacer una superlimpieza, apenas le llevaría un minuto, pero se siente sin fuerzas. Hay días en que se tiraría por la ventana, si eso sirviese para olvidarla. Por la noche, llevado por sus instintos más bajos, utiliza su visión de rayos X y se masturba viendo follar a sus vecinos. Antes de correrse, siempre acaba pensando en Lois. Todavía confía en que vuelva. Después, va a buscar otra cerveza a la cocina, abre el frigorífico y se queda mirando ese trozo de kriptonita que, por si acaso no lo hace, un día decidió guardar.
—Que sí, que sí, te aseguro que es auténtico —repite ante las dudas del hombre que lo examina bajo la luz exangüe de la única farola que queda en aquel callejón apartado de miradas indiscretas.
Si le pregunta, que seguro que lo hará, como hacen todos, contará lo de siempre: que lo encontró cuando los técnicos del ayuntamiento desmantelaban la última cabina del barrio. Necesita el dinero para comprar las medicinas y algo de comida así que aceptará lo que le ofrezca. Cada vez es más difícil venderlos. La gente ya no cree en superhéroes, pero eso no se lo dirá nunca a su abuelo. Tampoco que este es el último traje que queda en el armario.
Xavier activa su capacidad telepática para compensar la visión borrosa, apoya bien los pies en la hierba y se concentra antes del lanzamiento.
¡BAMMM!
Nuestro héroe vuela por los aires y…
—¡Atrapa la pelota!
—Buah, ya está el friki con sus películas.
—Pues ahora le debes cinco euros a este friki. Venga, os damos la revancha, perdedores.
—Imposible, que es de noche y nuestra vieja nos la va a montar.
—Bueno, Santi, pues echamos tú y yo un uno contra uno.
—Yo tampoco puedo, tío, que todavía no he empezado con el trabajo de Tecnología. ¡Y cuídate ese ojo, que tiene mala pinta!
—Igual me pongo un parche como el de Nick Furia. Va, pírate si quieres, mañana nos vemos.
Entonces Xavier se queda en el parque chutando contra el muro mientras los gemelos y Santi se alejan de allí. Y así, en la soledad propia de los mutantes…
—De los superhéroes, voz en off.
…en la soledad propia de los superhéroes, con cada nuevo disparo, ve el rostro encendido de su archienemigo que lo acecha en casa. Puede percibirlo.
Se deshace de la capa, se saca las botas pisando primero con la puntera los talones y se baja la cremallera del traje de licra después de quitarse los calzoncillos rojos. ¿Qué coño licra?, me suelta en un tono hasta hace nada inhabitual en él. Me disculpo tímidamente y le ruego que continúe. Como si yo no estuviera. Se pone una camisa sucia y unos pantalones viejos que ata a su cintura con un cordel. Se pimpla un cartón de vino malísimo de un supertrago, se limpia con la bocamanga el hilo de vinacho que le cae por la barbilla sin afeitar y sale de la caja de cartón donde ahora acostumbra a cambiarse después de cada aventura. Da un traspié y eructa.
¿Te crees que si fuera licra habría sobrevivido al incendio del petrolero del que vengo, subnormal?, retoma su indignación, de pronto, y vuelve a arremeter contra mí con boca pastosa. Le pido mil excusas recordándole mi calidad de reportero primerizo aunque sospecho que lo que no puede perdonarme, en realidad, es que los propietarios del Daily Planet pensaran en mí para sustituirlo cuando, hace ya cuatro meses, tomaron la decisión de ponerlo de patitas en la calle.
Mi padre emprendió su particular viaje por el hiperespacio aprovechando «la hora floja», un concepto tan simple como difícil de explicar. Estuvo sólo una semana aquí, en la Tierra, pero cuando se fue, desvaneciéndose a la vista del pueblo entero, ya se había ganado la admiración de todos, aparte de dejar embarazada a mi madre.
Durante los veinte meses siguientes, al tiempo que se gestaba la leyenda sobre su deslumbrante figura, en el interior de mamá también lo hacía yo, bajo enormes expectativas. Fue ella la primera persona a la que decepcioné, al ser colocados en sus brazos los seis kilos, fofos y sin gracia, de mi cuerpo. Crecí sintiendo siempre aquella misma mirada por parte de todos, entre acusadora y compasiva, e incluso hoy, cincuenta años después, mi andar pesado y torpe hace suspirar resignadamente a quienes lo contemplan.
Me alimento del aire y nunca duermo. Solo en casa desde que mamá murió, paso las noches sentado en el porche, observando el firmamento. En la hora floja yo controlo órbitas y regulo el clima; deshago conflictos, frustro ataques; equilibro fuerzas, prevengo hambrunas, evito cataclismos…; mientras esta noble gente, a la que tanto amo, duerme a salvo y en paz.
En los amaneceres mira el diseño de la geometría celeste mientras piensa en su linda nieta Galarina, la primera niña nacida en una estación espacial.
Luego, ordeña a Blanquita. A las vacas, dice, hay que hablarles, acariciarles el lomo. Así, la leche brota espumosa y animada a dar buena nata.
Por más que le expliquen la vida de Galarina en la cosmología universal, le resulta incomprensible y enmarañada. Lo que sí le queda claro es que su niñita se deleita con las tortas de queso que ella le envía.
Hoy, el firmamento clareó con una figura nueva de sorprendente luminosidad.
Al mediodía, Blanquita se puso de parto. Lleva horas lanzando bramidos sin hallar sosiego.
En la tarde, la madre de Galarina, vino a contarle que esta, seducida por movimientos a años luz de distancia, se dispersó en el espacio en un cucurucho de luz cósmica.
Blanquita lame con ternura a la recién nacida olorosa a boñiga.
Esa noche, mientras la abuela teje su mortaja, las lágrimas van trenzándose entre las naguas de las estrellas.
Mamá lloraba, sentada en el borde de la cama. Yo tenía siete años. Me acerqué, interrogándola en silencio, y ella me abrazó muy fuerte. Papá se ha ido, dijo.
Después supe que aquel se ha ido no significaba lo mismo que el de seis meses atrás, cuando el abuelito murió. Papá no estaba muerto, nos había abandonado. Mamá decía que no me preocupase, que papá volvería para llevarnos a Chitón. Yo creía que Chitón era el pueblo de mis abuelos y lo estuve buscando en el atlas, pero no lo encontré.
Pasaba las tardes mirando las fotos de los momentos felices. Papá vestido con traje y corbata. Papá entrando en una cabina telefónica… Recuerdo aquella vez que me llevó al estadio para ver al Parchelona y, a la salida, me llenó los bolsillos de petisos de goma de varios sabores. Yo estaba muy contento, pero mamá se enfadó porque no me comí la cena.
Crecí. Las cabinas desparecieron. Él nunca regresó. Aún conservo algunas de sus cosas: una pajarita de papel, un traje con una “S” y una capa roja. Antes de marcharme, se las enseño a mi hijo que exclama: ¡El abuelo era Superman!
Se equivoca, nosotros somos López.
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