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En esta ocasión se había asegurado de que todo su equipamiento fuese auténtico, nada de imitaciones, no podía permitirse cometer ni un error más. Seguro que esta vez lo lograría.
Se duchó con cuidado para no saltarse su ritual. Fue vistiendo, una a una, todas las prendas que componían su atuendo. Solo así no olvidaría ninguna, que la última vez, por su mala cabeza, todo había sido un desastre y acabó en el hospital.
Se miró en el espejo confirmando que todo estaba en orden. Era el momento de demostrar de lo que era capaz. Se ajustó el cinturón sobre la camiseta azul y el slip rojo, después desplegó la capa, antes de comenzar su jornada laboral.
La esquela de Francisco Goikoetxea me hubiese pasado desapercibida si no fuera por esa costumbre de mi tierra de añadir los motes, porque a Patxi, «el ángel meteorito», sí que le conocí.
Muchas veces me llevó en su taxi. Lo de «meteorito» lo comprendí en cuanto aceleró su Mercedes Maybach a ciento ochenta km/h. Lo de «ángel» primero lo achaqué a la suerte de evitar radares, policía y accidentes, hasta que un día, de madrugada, su móvil sonó, dijo «por supuesto» y me informó que pasaríamos por Vitoria. Ignoró mis protestas y me juró que no perdería el vuelo. Paramos unos diez segundos en el hospital de Txagorritxu, lo justo para introducir una nevera en el maletero. Ambas llegamos al avión. En Barcelona una ambulancia a pie de escalerilla se la llevó. Horas después Patxi me recogía ya regreso. Esperaba que hubiese vendido mucho y me contó que el corazón tenía un nuevo cuerpo, un niño catalán, que seguramente se llamaría Jordi o Pau, y sería del Barça, pero ¿qué importaba?, nos sirve, dijo con su acento guipuzcoano.
Me ha emocionado la esquela de Osakidetza (Servicio vasco de salud) :
» Gracias, Patxi, mensajero de vida, vuela alto».
En el último estertor, con la última bocanada de aire hirviente, me dispuse a despedirme de la vida.
Del fuego surgió una figura.
Sus ojos me miraron fijamente desde el interior del casco.
La mano me sujetó con firmeza.
Me levantó como una pluma.
Me dijo:
«Vivirás»
Los primeros veinte años de Wilbor transcurrieron normalmente, hasta el día que, mientras hacía la cola en un banco, quedó en medio de un tiroteo. Entonces recibió tres balazos, cayó muerto y un instante después volvió a la vida. Como el tiroteo aún continuaba, Wilbor atacó por sorpresa al maleante y lo redujo. Luego se escabulló antes de que la policía lo interrogara. Y esa misma noche, tras repasar lo acontecido, tomó la decisión de convertirse en un superhéroe.
A lo largo de su vida, Wilbor murió innumerables veces: acuchillado, a golpes, envenenado… a la par que sacó de las calles a innumerables criminales. Y en el punto más alto de su ya legendaria carrera, se enamoró, contrajo nupcias y fue feliz. O casi. Porque su esposa le pedía de continuo que se retirase, a lo que él siempre contestaba que el próximo iba a ser su último caso. Y ese último caso le llegó un día después de que su mujer le dijera que estaba embarazada. En un asalto a un banco, de tres tiros, Wilbor murió definitivamente. Ignoraba que al procrear había perdido su don en beneficio de su hijo.
Hace tiempo que le perdimos el respeto y la admiración. Me parece que alguien debería de decirle a Batman que aún lleva colgando la etiqueta con el precio en la parte trasera del pantalón.
Lo de que Batman no tenía Superpoderes lo comprobó bien pronto la sensualidad felina de Catwoman y la voluptuosidad arrebatadora de la Mujer Maravilla.
Un fiasco, se oía comentar en cada rincón de Gotham City.
Rompe a llorar con el ímpetu de quien asalta la vida para robarle hasta el último segundo. Aún no sabe si es bienvenida ni qué cóctel le ha preparado el azar. Quizá el de princesita atrapada en convencionalismos envenenados o el de criada negra en barrio blanco. Tal vez abra los ojos por primera vez en una patera, acunada por el mar, o en la misma casa en la que mutilarán sus íntimos deseos. O puede que este llanto sea el germen de una fuerza con la que derribará murallas y explorará caminos prohibidos, y la transforme en una de esas superheroínas que nadie recordará.
En el interior del quirófano, un hombre nacido insignificante, venido al mundo desnudo como cualquier otro, se desprende de sus guantes de látex y exhala un suspiro de profundo alivio a través de su mascarilla.
Él nunca se detiene a pensarlo, sólo hace su trabajo, aquello para lo que estaba predestinado.
Sus hábiles manos arrebatan presas de las garras de la muerte cuando ésta ya las creía ganadas, aferrándolas de nuevo a la vida con una fuerza inusitada.
De aquellos a los que salva, nacerán hijos quienes a su vez engendraran otros. Personas que de otra forma nunca llegarían a existir y que se enamorarán, lucharan por sus sueños y cambiarán en mayor o menor medida el mundo por generaciones, conformando un nuevo futuro.
¿Quién sabe cuántos disfrutarán de la luz del sol en sus rostros gracias a un niño que después de curarse, soñó con ser médico y no cesó en su empeño hasta conseguirlo?
En la sala de espera de Oncología infantil, unos angustiados padres están a punto de elevar a la categoría de superhéroe al destinatario de todas sus esperanzas, venerándolo por el resto de sus vidas.
Hoy ha logrado serlo, pero desgraciadamente, otros días no.
Contemplando la ciudad desde la azotea del rascacielos, debo reconocer que, en principio, me pareció una idea extraordinaria. Así que no lo pensé dos veces, cogí impulso y salté.
Surcaba el cielo próximo al piso 40, el viento peinaba mi flequillo indomable mientras yo me deleitaba del vuelo libre con el aplomo que te confiere saber que eres un superhéroe. Por eso cuando a la velocidad del rayo planeaba sobre el piso 33 y mi capa aún no se había desplegado no me inquieté en absoluto
Al rebasar la planta 21 saludé a los residentes de la cocina con una gran sonrisa que me devolvieron entusiastas. Contemplé prendado, unos escasos segundos, a la guapa vecina del apartamento 19.
A la altura del decimoquinto piso me surgió, vagamente, la idea inverosímil de que quizás mi capa no tenía batería suficiente.
Fue a escasos 12 metros del suelo cuando constaté el mensaje parpadeante que, en color rojo apareció en el dobladillo de aquella y entonces recordé que la noche anterior olvidé conectar el enchufe de ésta al interruptor.
A tan solo 3 metros del empedrado, ahora sí, estoy convencido de que tengo un serio e irremediable problema.
Que su padre tenía superpoderes lo supo desde aquella vez que se subió a aquel árbol tan alto del jardín y bajo a Michi, su gatito, sano y salvo; o cuando le quitó las ruedas a su bici y le dijo que si confiaba en él no se caería… así, que no entendía por qué ahora todos aquellos señores de uniforme se empeñaban en decir que había sido un héroe, por qué su madre lloraba mirando esa caja de madera tan fea con una bandera por encima y, sobre todo, no entendía por qué su padre no volvía para decirles a todos de una vez, que sus superpoderes eran un secreto sólo entre ellos dos.
Lucas espera a que los niños estén dormidos para estallar. Últimamente los vestidos de Julia se le antojan demasiado cortos y las cenas que comparte con sus compañeros de trabajo excesivamente largas. Los gritos se clavan en los oídos de ella como alfileres en un acerico.
Julia le reprocha falta de confianza, pero piensa que sus celos, en el fondo, son una prueba de amor. Por eso perdona las palabras ofensivas que Lucas le dirige cuando pierde el control.
Al día siguiente, en la oficina, ella trata de dilucidar porqué su relación con Lucas, modélica a los ojos ajenos, se ha tornado quebradiza como una hoja en otoño. Por un momento clava los ojos en el rojo rubí que luce en su dedo corazón, y juraría que ha perdido repentinamente su fulgor primigenio.
“¿Qué harías tú sola con los niños? ¿Qué pensarían ellos de su padre?”, se pregunta una y otra vez.
Es viernes y un ramo de fragantes rosas rojas le espera en la mesita del vestíbulo. Y decide darle una nueva oportunidad.
No pasa mucho tiempo hasta que Julia recibe un último obsequio de Lucas: una gran caja de bombones. Es roja, a juego con su mejilla.
El doctor Walter Blum, eminente entomólogo, estaba a punto de resolver el problema de la súbita muerte de las abejas. Después de años de solitario trabajo, había desarrollado una fórmula que las hacía resistentes a los peligros que las amenazaban. Cuando una de las abejas sometidas a tratamiento le picó, Walter no le dio mayor importancia: era un accidente al que estaba habituado. Sin embargo, al cabo de un par de días, descubrió que había adquirido asombrosas capacidades: un olfato increíble, visión infrarroja, la capacidad de desplegar alas membranosas y translúcidas. Decidió poner esas habilidades al servicio de la humanidad, por supuesto. Realizó el diseño de un hermoso traje negro y amarillo y se lo entregó a la señora Zhang, la vecina que le solía hacer arreglos en la ropa, para que se lo cosiera. Cuando tuvo el traje listo, se lo puso: le sentaba como un guante. Walter estaba impaciente por iniciar su carrera de superhéroe. Voló zumbando a resolver su primer caso, un robo a mano armada. También fue el último: cometió el error de clavarle su aguijón al ladrón.
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