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“No siempre somos lo que parecemos, y casi nunca somos lo que soñamos”.
(Peter Beagle)
Odio mi negra vida.
Lloro, y las lágrimas recorren mi viscoso cuerpo haciéndolo aún más repulsivo. Maldigo a la naturaleza, no fue madre para mí. Envidio el vuelo del águila y al delfín surcando los mares.
Vosotros, ¡malditos!, impregnáis de veneno mi camino, y hasta el sonido de mi muerte bajo vuestro zapato os repugna. Pero a mí no me busquéis por rincones y alcantarillas. Vivo en las estanterías en compañía de los libros, ellos son la puerta a mis viajes, arrío las velas de la imaginación y emulo a peces y aves.
Y sí, los destrozo, desgarro las páginas y engullo el papel vomitando letras carmesí únicamente para que renovéis mis sueños.
Nos habíamos reunido cinco amigos para dar a conocer nuestros orígenes. Empezaríamos el camino por Jarlén, mi ciudad, Capital del Santo Libro, Carlián nos llevaría al País de los Cinco Mares y Jostelio al Valle de la Música o de los Adioses, bajaríamos con Barlino a las Islas Hundidas, con Luerio subiríamos a la Ciudadela Azul y atravesaríamos con Jon-Malien el Bosque Invertido.
Les expliqué que en Jarlén solo vivían escritores, que escribían poesía, novela, relatos, o ensayos sin descansar, de día ni de noche. Les quería enseñar desde el castillo el espectacular atardecer solo iluminado por la luz de las ventanas de cada una de las casas que bajaban al valle y sumido en el silencio, pero encontré la ciudad totalmente a oscuras.
Me explicaron que la única persona que no escribía, alcalde, tabernero y dueño de la fábrica de papel, había muerto, y que ya solo quedaban ocho ancianos, que pronto se verían desabastecidos y también se marcharían.
Busque papel por otros pueblos, me quede con algunos pliegos y repartí el resto.
Al anochecer pude ver ocho ventanitas iluminadas en la ladera y decidí quedarme.
Mis amigos continuaron la ruta, pero eso es otra historia.
Un motorista circula temerariamente por la nacional adelantando a los coches con los que se topa, hasta que, en un error de cálculo al volver al carril de la derecha, sufre una colisión frontolateral que le acarrea salir volando por los aires y sufrir un impacto mortal contra el asfalto. El vehículo del siniestro solo sufre algún arañazo y el conductor, que iba ebrio, ha salido ileso. No se le ha accionado el airbag, por lo que puede acelerar y huir del accidente. Por otro lado, el coche que circulaba por el carril de la moto, que lo ha contemplado todo y viaja en familia, pisa a fondo sin preocuparse del estado de la única víctima. No quiere problemas ni mucho menos perder tiempo de sus merecidas vacaciones en nimiedades que no son de su incumbencia. Cuando ya solo queda el motorista fallecido sobre la carretera, este, de repente, levanta la cabeza, mira a izquierda y derecha y, asegurándose de que no hay testigos, sube a la moto, arranca y huye escopetado. El muerto sabe que no dispone de seguro de decesos. Y, con lo prohibitivos que están los funerales, como para pagar también la multa por conducir sin casco.
Los muertos se están muriendo de nuevo, piensa Gilberta, y las lágrimas descienden por sus cuarteadas mejillas. Ya apenas regresan las mariposas que transportan sobre sus alas las almas de los antepasados.
Recuerda los días de difuntos de su infancia, cuando Michoacán se convertía en un lugar mágico de temblores naranjas. Recorrían el continente desde Canadá y al llegar agitaban el éter con sus alas y se enracimaban en los árboles como frutos preciosos. En primavera volvían al norte obedeciendo el mandato de un instinto ancestral para retornar en otras generaciones al invierno del sur. Era su forma de sobrevivir como especie.
Pero la contaminación ha mermado las plantas de algodoncillo que nutren las larvas y las talas están acabando con los árboles que les dan cobijo entre sus ramas.
Gilberta no entiende de informes científicos y hoy, dos de noviembre, se pregunta en qué lugar estarán sus abuelos, sus padres y sus hijos ausentes. Qué habrá sido de las mariposas monarcas que año tras año sobrevolaban el cielo.
Mientras los seres sin labilidad duermen la siesta, él deposita, atento, la cabeza sobre la almohada. Las sístoles salteadas golpean en su conducto auditivo, adentrándose por entre las exóstosis, que sabe que son como un corcho puesto en una botella. Y los acúfenos un clamor parecido a un oleaje loco percutiendo contra la roca. La angustia le hace predisponerse al infarto, nunca masivo como un solo de batería, para poder continuar con sus exploraciones. La ataraxia le embroma. La ataxia le gobierna. Nota que le taladrará el trigémino y dolerá, dolerá muchísimo; más que un ojo atravesado por un alfiler. En el rabillo de los suyos ve destellos, y en la mirada advierte una gran gama de fuegos de artificio que evolucionan caprichosos en un cielo muy oscuro. La víbora de la esclerosis le muerde. Se necrosa. Hasta la última de sus celulillas va cuarteándose como la tierra africana, en el tiempo de sequedad virulenta, recorrida por el sombrío cangrejo. Sube galopante su tensión lo mismo que una columna de humo ardiendo; se asfixia, cadáver ya, sobre las tres y media, de un entrevisto derrame cerebral fruto del viaje al interior de su quebradizo organigrama biológico. Rendido, se duerme. Parece.
No me esperes, no vuelvo. No me llevo nada, ¿Para qué? Sólo necesito mis recuerdos. Equipaje suficiente para ahuyentar dudas, miedos y debilidades.
Pongo el contador a cero, comienza el viaje, mi viaje…
Suerte, la vas a necesitar más que yo.
Paseando por las calles estrechas y empedradas de Guadalupe, delante nuestro y a pocos metros, cayó una cría de gorrión.
Aleteaba espasmódicamente, dando saltitos para echarse a volar, nos quedamos petrificados viendo lo imposible que parecía y sin saber cómo actuar.
Cayeron del tejado una pareja de gorriones y mientras uno se mantenía expectante a unos metros, la hembra se acercaba y piando y poniéndose a su lado se echaba a saltar y elevarse unos centímetros, la cría seguía sus movimientos pero resultaban infructuosos.
Se agotaba, pero la madre volvía una y otra vez, piando desesperada. Decidimos continuar por si nuestra presencia les afectaba y antes de doblar la esquina eché una última mirada.
Un perro, unos ladridos, un revoloteo, corrí horrorizado pues imaginé el final, el gorrión exangüe entre las fauces.
La pareja, juntos, mirando la muerte de la cría en silencio desde un balconcillo próximo.
Igual que un perro lebrel de Santander ha hecho con un gorrión Popular.
El viajero, vestido con traje de color vainilla, espera paciente en el control de inmigración del aeropuerto mientras al otro lado de la ventanilla un policía examina su pasaporte. El agente niega con la cabeza desconcertado, el pasaporte es de Orsia, un país que no existe. Sospecha que es falso, pero el vacío legal sobre países inexistentes no le permite detenerle ni acusarle de nada. Cuestionado acerca del propósito de su viaje, el turista explica que viene de un lugar donde los aeropuertos son mucho más fríos y que busca un lugar más confortable en el que gastar su dinero. La declaración no despeja ninguna de las dudas iniciales, de modo que, para evitar problemas, se decide expulsarlo del país. Con este propósito, una pareja de funcionarios de los cuerpos de seguridad es designada para que le escolten hasta su lugar de origen en el mismo vuelo en que ha llegado. Concluida su misión, los funcionarios regresan en avión al día siguiente y al ser identificados en el aeropuerto muestran pasaportes de Orsia. Son trasladados a una sala atravesando una multitud vestida de color vainilla que ya comienza a saturar el control de inmigración de forma preocupante.
Arrastra la maleta que durante demasiados años fue su leal compañera de desvelos y fatigas. Comienza a subir la cuesta mientras va saludando, cabizbajo, a quienes no se molestan ni en corresponderle con un simple gesto. Fatigado, pronto se deja caer en un banco, invisible para el negro que, en el opuesto, a voces trata de vender sus baratijas. Tras abrir la maleta, saca, acariciándolo, uno de los mugrientos tomos de la trasnochada enciclopedia que otrora insufló algo de vida a su existencia, perdida en tantas noches solitarias sufridas en hostales deprimentes. ¿Quién lo iba a querer así, siempre trabajando y fuera de casa? Al pensar de nuevo en María, las torpes lágrimas que desdibujan su rostro no impiden que alcance a ver cómo el tiempo, lo único que recibió de aquellos muchachos que lo despidieron, se desvanece mansamente en su muñeca.
Aliviado, Ángel se va dejando atrás sus recuerdos, su soledad, su sufrimiento… Y, aunque tarde, también una mirada.
Agosto. Roma. 42 grados.
Primer día. Acostumbrada como estaba al aire fresco del Norte, al pisar tierra romana noté unos sofocos que creí -absurdamente- producto de un estado premenopáusico. Sin embargo, mis pies clavándose en el asfalto me hicieron abrir los ojos a la realidad.
Segundo día. Mi vientre comenzó a inflarse, cual globo aerostástico. Me preocupó tan extraña situación, hasta que alguien me dio el diagnóstico del problema: retención de líquidos.
Tercer día. Helado de tres sabores que se desintegra al contacto con el sol. Camiseta blanca impregnada. Mal sabor de boca.
Ese mismo día. Me paso al granizado de limón, para refrescarme. Larga succión a la pajita. Cerebro congelado. Me siento morir.
Cuarto día. Descubro las magníficas iglesias romanas, en las que se está muy fresquito.
Quinto día y último. A pesar de la canícula, he podido contemplar la bella Italia: su arte, sus plazas, sus fuentes grandiosas, los múltiples vestigios de un pasado glorioso. Con orgullo puedo afirmar: YO ESTUVE ALLÍ.
He vivido tiempos fríos, dominados por la tecnología, en los que no era usual que unas personas se ocupasen de otras; menos todavía que un anciano solitario y achacoso, olvidado por todos, recibiera la visita de un joven con ganas de conocerle.
Los dos nos emocionamos. Mis huesos caducos crujieron con su abrazo.
A pesar de la diferencia de edad había entre nosotros un inequívoco aire familiar. Sin serlo, hubiera pasado por mi hijo.
Nunca encontré a nadie que me escuchase con tanto interés y respeto, a pesar de que mi voz se apagaba un poco tras cada minuto. Di por bien empleada la fortuna que supuso para mí costear su traslado, convencido de que no podría tener una compañía más atenta, ni mayor consuelo. Estaba en lo cierto. Él no dejó de confortarme ni un instante, raro privilegio en una época deshumanizada.
Cargado de una experiencia inolvidable, el joven fue transportado a su época cuando todo terminó. Desde entonces supo aprovechar cada momento de una vida que sabía efímera, antes de convertirse en un anciano solitario y achacoso, olvidado por todos, que contrataría a una empresa especializada en viajes en el tiempo para no morir solo.
Arriba. No te ha sido concedido el descanso del guerrero. Ni tan solo el descanso del cansado. El nuevo día se extiende ante ti como una nueva autopista al infierno (Oh, it’s only Rock’n’Roll, but I like it), o, más bien, como la autopsia de una vida que agoniza en un infierno eterno. Y mientras la cafetera anuncia su pequeña tregua humeante, moldeas, con una fuerza de voluntad irreductible, una señal. A veces, dibujas un murciélago, pero cuando ves sus alas negras acercándose, te escondes en una esquina y deseas no haber deseado. En otras ocasiones, es tu sentido arácnido el que te previene: Apártate de esa villana. No te conviene.
Abajo. Tus párpados se mueven inquietos en el convulso océano de las ondas rem. El tridente de Orm brilla en la noche oscura.
Más abajo todavía. Tu alma zozobra en un fondo sin fondo.
Arriba. Una luz en forma de sonrisa destella, supersónica, en la oscuridad y las sombras retroceden. Unos ojos de fuego y miel barren la miseria que te condena. ¡Oh, Salvación, tienes nombre de mujer!
Más arriba. Para ir al cielo no se necesita una escalera larga. Sólo que te arropen con una buena capa.
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