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Tras sobrevivir a la patera y a la valla, ahora vende barras de pan en el horno de mi barrio.
Parte en cuanto despunta el sol. A los héroes no les importa madrugar. Cruzada sobre la espalda, la sombrilla grande, y repartidos entre sus brazos, la nevera azul, esterillas, cubos, palas, toallas y tumbonas.
Ella niega con la cabeza. Tampoco esta vez ha podido convencerle de que se quede. Desde el balcón lo ve subir con dificultad la cuesta hacia el paseo marítimo.
Él disimula los resoplidos con un silbido gastado y transita por la arena recién rastrillada hasta el lugar preciso: húmedo pero lejos del alcance de la pleamar. Allí clava la sombrilla y marca los lindes del terreno con esterillas, tumbonas y chanclas.
Sentado, observa al mar gelatinoso a través de sus cataratas. Esa es la única licencia que se da. Luego, todo será litigar contra los desaprensivos que llegan a la playa a cualquier hora.
Nada puede contra sus poderes. Imperturbable, detecta y neutraliza cada pie descalzo, cada toalla ajena invadiendo su parcela.
Al atardecer, recoge esterillas, tumbonas, cubos que nadie ha usado (los hijos y nietos hace rato que prefieren veranear en el extranjero) y se marcha a casa con su piel de camarón y la satisfacción del deber cumplido cubierta de arena.
Clic, clic, clic… y así hasta tres veces seguidas y Supermán no moría. Joker se descojonaba de la risa, Lobezno aullaba, Cat Woman maullaba, Hulk se ponía verde y la Mujer Maravilla se excitaba al borde del orgasmo. Como muy bien decía Capitán América, veterano del Vietnam, la escena recordaba a aquella otra de la película “El cazador”. Tras cada apretón de gatillo el tumulto de superhéroes se agitaba y lanzaba billetes arrugados sobre el círculo de arena en una algarabía indescriptible de ensordecedoras apuestas. El hombre invisible aprovechaba la confusión y su invisibilidad para sisar dinero.
Supermán no tenía miedo a morir, ya no. Su Lois Lane le había abandonado largándose con Artorcha Humana. “El sí me sabe calentar, no como tú, pichafloja, que te pones los calzoncillos por encima de los pantalones”, fue la despedida de su novia que le reprochaba su condición de eyaculador precoz.
Un revolver de tambor con una bala de kriptonita en la recámara. Clic.
Araña silenciosa la tierra, Ella, con sus ganas de vida vestidas de verde, y se alza entre escombros y crujidos de desolación.
Que recuerde, siempre he querido ser un supervillano. Me chiflaba la idea de ir por ahí haciendo el mal supremo: raptar a jovencitas inocentes, destruir barrios enteros, robarles caramelos a los niños, tirar papeles al suelo… cosas así. Pero por más que lo intento (y mira que lo intento), no sé cómo me las apaño pero siempre acabo haciendo el bien, sin mirar a quién. Yo que soñaba con ser temido por todos, resulta que soy adorado como un maldito superhéroe. Qué vergüenza para mi familia; qué enorme deshonra. Provengo de una estirpe de villanos de la peor calaña con una larga tradición de fechorías. Desciendo de manera directa del Hombre Termita, que agujereaba edificios gracias a sus prominentes incisivos, y de Madame Alquitrán, que sembraba el caos provocando socavones en las carreteras con sus zapatos talla 49. Mi propio padre era un megavillano, el peor de todos: Políticoman. Carecía de escrúpulos, y si los tenía, se los cargaba. Más malo que un yogur de ajo. Manejaba el poder de la corrupción como nadie. Era una bestia. No como yo, que intento atracar un banco y salvo a una pareja de ancianos sin querer.
Qué fracaso de villano.
No sé si me creeréis, pero debo decirlo: estamos rodeados de unos seres especiales que nos contemplan, suplicantes, desde los que en algún instante fueron sus particulares edenes.
Tragando humillaciones, olvidando desprecios, han podido observar cómo ese paraíso ha ido mutando hasta un infierno en el que las llamas abrasan bastante menos que las vejaciones y estas menos incluso que el recuerdo de un tiempo en el que semejante cambio era imposible por impensable.
Recapacitando en ello estoy cuando veo un niño que, desde el patio de su colegio, se despide sonriente de su madre mandándole un beso volador; desenfoco su imagen y me centro en ella, exhibe esa sonrisa que tan bien le sale, aunque no tanto como disimular con maquillaje el calvario del que ansía que puedan escapar algún día.
Aunque lo intento, no encuentro apelativo mejor para ellas que el de «superhéroes»; no siéndolo, decidme cómo podrían crear unos mundos virtuales para sus hijos y entorno con todas esas miserias familiares camufladas… Además, como cualquier «superhéroe» que se precie, tienen incluso su punto débil, y no pudieron ser tocadas con uno más apropiado, un inmenso amor incondicional.
Son «superhéroes», sí, mas ellas no eligieron serlo.
Era nuestra primera cita y conseguir un lugar decente no fue nada fácil. La mayor parte de edificios estaban en ruinas. La pelea fue breve, pues luego de un titubeo, la mujer maravilla encontró la fuerza divina para aniquilar a todo un ejército alemán. Claro, en ese derroche de fuerza desmedida, terminó devastando la ciudad. Nosotros no llegamos a tanta destrucción, nos habíamos conformado con esclavizar a la población. Fui el único sobreviviente y después de mucho esconderme logré hacerme de un uniforme francés. Deseaba venganza. Había tantas tuberías rotas que asearse no fue un problema. Una vez limpio fue fácil acercarse a tan temible amazona y traté, como falso parisino, conquistarla con tímidos arrebatos de pasión. Cierto, funciono y me encuentro frente a ella, compartiendo una tarta tropézienne y un café. Por primera vez se respira la paz. Los héroes tienen su punto débil y ya había encontrado el suyo. Pero los inmortales no mueren, su castigo es mucho más cruel, pues están destinados a vagar por siempre entre las tinieblas del espacio infinito. Esa noche, después de hacer el amor, terminaría con la vida de la mujer que nos había borrado del mapa junto con la bellísima París.
La calle Santa Lucía, en el pueblo de Santa Esperanza, es una calle de héroes. No hay más que pasar puerta a puerta y detenerse un rato en el umbral. Empezando por la parte de abajo, lindando con el cementerio, está la casa de doña Palmira que, con las manos llenas de harina, intenta sujetar a doña Visi para que no se escape y se meta, junto a los panes, en la furgoneta de su yerno. La vivienda continua es la casa de don Gilberto que, junto con la paga, cuenta las monedas que gana ayudando al padre Lucas, a ver si le alcanza para pagar los estudios de su hijo en el internado. Le sigue la casa de doña Adelaida que persiste en sus trece de tejer gorros y bufandas para aquel hijo que resbaló y perdió la vida inhalando nieve. En la cima del pueblo está la casa de Juanillo, ciego de nacimiento, cuya madre sigue rezando a santa Lucía solo para pedirle que deje a su hijo seguir viendo el mundo que imagina: un mundo en el que todos sus vecinos y ellos son héroes tan maravillosos que amanecen cada día.
Amé a un hombre con un solo ojo. Vaya si lo amé. Desde el primer instante en que clavé en él mis dos simples y vulgares pupilas. Supongo que es posible que la gente especial ame de manera común. Que la gente común pueda amar de manera especial. Lo sé ahora. No lo sabía entonces. Solo sabía que a su lado me sentía normal. Corriente. Mediocre. Ordinaria.
Amé a un hombre con un solo ojo y él también me amó. No amó a Tormenta, ni a Mística. Ni a Jane Grey. Eso fue después.
Y lo dejé. Vaya si lo dejé. Lo dejé después de una mirada, dos paseos y tres besos. Le mentí. Le dije que me había enamorado del dueño de una charcutería de Westchester. Debí ser muy convincente, porque su enorme ojo se veló y lloró como solo él podía hacerlo, liberando una única y gigantesca lágrima de fuego. Debí de comprender entonces que cometía un error. Que la diferencia entre lo normal y lo extraordinario no siempre es tan evidente. Lo sé ahora. Porque cada vez que evoco nuestra despedida siento latir mi pulso desbocado, y los corazones parecen salírseme del pecho.
Los dos.
Ni Batman ni Wolverine ni Catwoman acudieron jamás a su llamada cuando los abusones de sexto le quitaban el bocadillo en los recreos. Ni cuando los matones del Cerro de la Maga llegaban con sus motos ruidosas al solar y le ponían en evidencia delante de Marlène o de las hijas del cartero, las gemelas, que lejos de asustarse se montaban en los asientos de atrás y se iban a los montones de tierra a dejarse desabrochar la blusa, a ofrecer sus besos pintados de pecado. Tampoco apareció ningún titán el día que se cayó por las escaleras. Ni siquiera el ángel de la guarda, que permitió también que su madre fuera distraída el día del accidente, que aquel hombre bebiera, que cogiera el coche, que atravesara el paso de cebra a más de ochenta. Ningún superhéroe evitó la represión en la fábrica el día de la huelga, las represalias de la empresa, el despido. Ni el todopoderoso Sindicato, que miró para otro lado para defender su establishment. Nunca encontró la heroína que vistiera entre líneas su lecho de tibieza o calmara la agonía de sus noches. Sólo una pila de cómics desgastados espera su turno en la mesilla.
–Héroe, ína: m. y f. 1. Persona ilustre y famosa por sus hazañas o virtudes. 2. Persona que lleva a cabo una acción heroica. 3. En un poema o relato, personaje destacado que actúa de una manera valerosa y arriesgada. 4. Protagonista de una obra de ficción. 5. Persona a la que alguien convierte en objeto de su especial admiración. 6. En la mitología antigua, hombre nacido de un dios o una diosa y de un ser humano, por lo cual lo reputan más que hombre y menos que dios.
-Correcto, ahora la frase, debía ser coherente con casi todas las acepciones, ¿verdad? -pregunté y asintieron todos, entonces prosiguió con voz contundente y firme.
-Los profesores son héroes.
Fue automático, me brotó una lágrima pero pude contenerme. Menos mal, me evité una situación bochornosa. El profe riéndose a mandíbula batiente, vaya espectáculo, pero es que solo imaginarme en túnica, sandalias y con coronita de laurel…, me da la risa floja.
Aunque hoy es un día como otro cualquiera, de alguna manera lo he sabido, he sentido que estoy preparada para mostrarme por primera vez ante los demás. Ejecuto mi plan al entrar en la oficina, empleando la capacidad de curvar la luz a mi alrededor para hacerme invisible. Sin que nadie se percate de mi presencia, accedo a la habitación donde se cambian las chicas de la limpieza para ponerme el uniforme a fin de ocultar mi identidad secreta. Mis habilidades no me permiten crear dos alteraciones simultáneas, así que recupero la visibilidad antes de repeler los fotones de la sala y dejarla a oscuras. Camuflada, entro en acción rápidamente mientras oigo como la gente grita aterrorizada cuando obligo a los villanos a mostrar su verdadera personalidad. En apenas unos segundos los paralizo con unas ráfagas luminosas. Deberían haberme respetado más. Ha sido todo muy rápido y he actuado por instinto. Ya no veo las cosas con tanta claridad, siento nauseas. Pero he cumplido con mi obligación de combatir el mal, ahora tengo que salir de aquí antes de que venga la policía. Voy a dejar la escopeta para tener las manos libres y abrir la puerta del balcón.
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