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En la asociación de superhéroes me llevan últimamente entre lenguas a cuenta de mi virilidad. Que si me gusta más el pescado que la carne, que si esa ropa tan entallada, que si el caracolillo en la frente… Precisamente a mí, que hasta en el nombre llevo mi hombría en superlativo. Y todo por el incidente de hace unos días. Hacía mi ronda habitual por los cielos de la ciudad cuando, en la azotea de un rascacielos, divisé a Supergirl. Estaba desnuda tomando el sol. Puse mi visión en modo telescópico y aprecié que abría las piernas, realizaba voluptuosos movimientos de pelvis y su lengua lubricaba salazmente los labios. Sin duda, sabía que la observaba y me mostraba ahora la disposición que me había negado tantas veces –todas, a decir verdad– con la excusa de la socorrida superjaqueca. Estimé ángulo y dirección adecuados de aproximación y orienté mi vuelo hacia el objetivo. Conforme descendía, y por ganar tiempo, me fui desprendiendo de botas, calzoncillos y mallas, por ese orden, y conseguí un acoplamiento perfecto –eso pensé entonces–, ¡y mira!, alcanzamos el orgasmo a la vez. Los tres. Sí, también el Hombre Invisible, que se la estaba tirando en ese momento.
Cuando entré en Ciro´s el panorama era desolador. Junto a la barra Clark Kent yacía con el cuello torcido en un ángulo imposible. Al lado del teléfono, el pequeño Peter Parker empapaba con su sangre el linóleo del suelo, mientras los sesos de Bruce Wayne se repartían sobre las teclas del piano. Superman, Spiderman y Batman habían sido destrozados con saña cuando se relajaban después de una dura jornada combatiendo el crimen. El asesino les había cogido desprevenidos; sin duda era alguien de confianza, conocedor de sus costumbres. Por encima del olor a pólvora y sangre percibí un tenue aroma que me trajo imborrables recuerdos de la noche anterior.
Volví a mi despacho y me serví un bourbon. Aguardé contemplando pacientemente la silla vacía hasta que Susan Storm se materializó ante mí. Llorando, intentó explicarme lo despreciables que habían sido, cómo la utilizaban para luego abandonarla haciéndola sentir invisible. Después se giró insinuante desabrochándose la blusa. El olor a lavanda inundó la estancia y sonreí hastiado mientras le vaciaba el cargador en la espalda. Luego encendí un cigarro y aspiré el humo, felicitándome por mi trabajo como detective privado. No ser ningún héroe es lo que me mantiene con vida.
Crecí convencido de que cuando fuese mayor me dejaría barba para ser más tú. Te veneraba. Me fascinaba tu capacidad para hacer que las cosas complicadas pareciesen sencillas, por eso siempre dejaba los deberes de mates para hacerlos contigo. Insistí en ir a clases de guitarra pues albergaba el deseo de amenizar a dúo las reuniones familiares, convencido de que nuestro estatus de clan era inamovible No sé cuándo ni cómo nuestro núcleo familiar se fue al traste.
El divorcio fue un revulsivo que volvió a traerme lo mejor de ti, cada quince días. Esperaba ansioso esos fines de semana alternos que disipaban la nostalgia de tu ausencia. Sólo deseaba estar contigo y compartir la cotidianeidad de antaño.
Me abrumaban tus preguntas sobre ella que yo interpretaba como una titánica labor de recuperar nuestro ayer. Ante mis ojos lograste revestir tus maléficas intenciones.
¿Qué hubiese pasado si hubiese intuido…? Si hubiese atisbado una pizca de peligro. Si hubiese sabido hacer de parapeto y protegerla.
Hoy, ante esta caja de madera de pino, perfectamente pulida pero inerte como el cuerpo que acoge, me maldigo por haberte idolatrado. Me aborrezco por haber confiado en ti.
Perdóname mamá……..
Antes de abrir la carta intuye que algo cambiará. Que el destino la avisa de un nuevo camino, de una nueva forma de entender todo aquello que la rodea.
La abre con el temblor del miedo y la transpiración de lo inesperado, con el sudor frío que recorre sus dedos.
¿Qué pone, Mamá?
Las lágrimas brotan de sus ojos y descienden por el barranco de su rostro en caída libre.
¿Qué te pasa, Mamá?
Su marido se comportó como un héroe. Salvó a muchos inocentes con su valentía. Ha sido un honor combatir a su lado todo este tiempo.
El hijo observa a los adultos desde el suelo. No entiende sus rostros tristes y serios. No comprende las lágrimas de mamá. Sólo ha reconocido alguna de las palabras que el señor que, ahora lo mira, ha dicho a su madre.
¡Papá es un héroe! ¡Papá es como Superman, Spiderman o el Capitán América! ¡Qué guay!
Una tímida sonrisa sale del desconocido que roza con sus manos los hombros de mamá.
¡Mamá no lo veremos tanto pero seguro que nunca nos pasará nada! ¡Él nos protegerá como hacen todos los superhéroes! ¡Ya verás cuando lo diga en clase mañana!
Ella sabe cómo desnudarme sin ponerme la mano encima. Sonríe y me guiña un ojo: “¿Lo hacemos después de cenar?”. Cansado, agacho la cabeza. Como si me hubiera pillado masturbándome, extiendo la servilleta sobre mis piernas. Con Bea nunca me aburro. “¿No te apetece?”, insiste. ¡Seguro que está leyendo mi mente! Me concentro en la cena. Coloco las patatas fritas alrededor del huevo. Imagino que son indios atacando el fuerte vaquero. Pincho cuatro indios y ahogo en ketchup al Séptimo de Caballería. “¡Claro que me apetece!”, miento. La yema-fogata ilumina la masacre, como la melena de Bea ilumina nuestros juegos. Bea es rubia y huele a verano. Aflojo mi mente. Sonrío. “Si tanto te apetece, nos saltamos el postre”, me reta… ¡Indios, patatas, vaqueros, indios, patatas, vaqueros…! Que su visión de rayos X no descubra a Bea. “Mejor lo dejamos para el fin de semana”, tartamudeo con la boca llena de vaqueros sanguinolentos. Ella, insaciable, atraviesa el cuchillo panero sobre el cuenco de la fruta (formando un enorme prohibido). Ya me he quedado sin postre… “¡No soy un niño pequeño!”, protesto mientras relamo el Ketchup que chorrea hacia mi barbilla. “No me apetece jugar al Ahorcado, mamá! Además, ¡siempre ganas!”
Mi héroe fue un hombre en contra de todas las leyes de la vida. Mi héroe vivió en la pobreza y creció en el anonimato. Mi héroe no poseía ni riqueza, ni influencias. Su familia era humilde. Mi héroe atemorizó a un rey y asombró a doctores. Como hombre dominó la naturaleza. Mi héroe sanó a multitudes sin medicina y no cobró por sus servicios. Mi héroe nunca escribió un libro y sin embargo todas las bibliotecas de un país no alcanzarían para contener los libros que han sido escritos sobre él. Mi héroe nunca escribió una canción, pero ha sido el tema de miles de canciones. Mi héroe nunca formó un ejército, ni usó un arma, pero ningún proceder tuvo más servidores voluntarios. Mi héroe nunca practicó la medicina, pero ha curado más corazones heridos que ningún cirujano. Una vez a la semana las puertas de los comercios dejan de girar y multitudes se dirigen a lugares de culto para rendirle adoración y respeto. A mi héroe el hombre no lo pudo matar, ni la tumba retener. Mi héroe se destaca encumbrado a la gloria, reconocido por los ángeles, adorado por los santos y temido por los diablos. Mi héroe sigue vivo, el nombre de mi héroe es sobre todo…NOMBRE.
Te quiero por hacerme soñar, sueños que creí que no existían.
Por jurar que nuestras vidas jamás se separarían.
Te quiero por estar siempre ahí, cuando más lo necesitaba.
Te quiero por ofrecerme tu sonrisa cuando mis ojos se llenan de lágrimas, por hacerme feliz sin necesidad de palabras.
Te quiero por perderte en mí, cuando yo ya estaba perdido.
Por confiar en mí, cuando yo ya estaba rendido.
Te quiero por las cosas que olvidaste en el embarcadero, esperando que mis labios amarrasen primero.
Te quiero por hacerme gritar palabras de amor al viento. Si algún día te sientes sola, no olvides lo que por ti siento.
Te quiero por hacerme olvidar que significa la palabra tristeza, porque tus caricias las penas las vuelve belleza.
Te quiero por lo que fuiste, por lo que eres y por lo que serás.
Porque a tu lado lo mejor está por llegar.
Fruto de la relación de Clark con Lois nació Johnny. Viva imagen de su padre, solo necesitó unos meses para levantar la cuna con una mano, saltar desde la terraza a la piscina o ayudar a su madre haciendo las faenas de la casa en pocos segundos.
Se había roto el secreto de la identidad real de Superman, y la familia Kent gozaba de una gran consideración entre sus vecinos, que comenzaron a llamar al retoño Supernene. Fuera por culpa de las malas compañías o por su carácter irreflexivo, con cinco años ya era conocido en los peores ambientes del barrio, con diez era el cabecilla de una banda de atracadores y con quince fue contratado como sicario por los principales capos mafiosos. Encarcelado en repetidas ocasiones, siempre lograba escapar, hasta que lo encerraron en una celda recubierta de kryptopnita, lo juzgaron y lo condenaron a pena de muerte.
Clark pidió clemencia, prometió que lo reeducarían y que cambiaría, incluso amenazó a jueces y gobernantes, pero todo fue inútil, y una inyección con un líquido verde fluorescente acabó con su vida.
Pocos días después Superman, volaba hacia Metrópolis con una bomba de neutrones sobre sus espaldas.
Dos meteoritos, una decena de villanos y una treintena de gatos, subidos en árboles, que no querían volver con sus protectores dueños. Héroe le llamaban algunos, otros «metomentodo», los menos «supergalactic»; en dichosa hora me puse ridículo nombre pero me sonaba bien qué le íbamos hacer, locuras de novato.
Era un héroe, ese era mi sino; salvar a la humanidad. Pero, ¿quién ayuda a un héroe cuando se pilla la mano con la dichosa puerta?.
Sus curvas dinamitaron las páginas del cómic. Llegó hasta mí con un catsuit de cuero tan ajustado y sensual, que mi libertad saltó por los aires. Los labios se me quedaron entreabiertos y ya no pude pensar ni articular palabra. Me miró desde lejos, avanzó lentamente contoneando sus hombros, levantando exageradamente las rodillas y apuntándome con el ariete de sus pechos. Alguna parte íntima de mi cuerpo quiso imitar el ritmo sinfónico que marcaba la batuta de su cola insinuante. Se detuvo. Ella se detuvo. Puso una mano sobre mi hombro y, sin dejar de mirarme, me preguntó por mi batmóvil. Apenas pude señalar el viejo Simca 1000 que estaba a mi espalda. Sus labios de carmín me ofrecieron una sonrisa felina y caímos sobre el asiento trasero. Se quitó el antifaz, el gorro de látex y agitó de un lado a otro su cabeza, pero no encontré la melena salvaje y negra que yo esperaba, sino una reluciente, cegadora y decepcionante calva. Antes de que pudiera poner cualquier objeción, cayeron sobre mí sus cincuenta y ocho kilos de escayola.
Resultó una experiencia agridulce en un escenario ciertamente complicado, pero no hay hazaña imposible para un superhéroe de mi talla.
A ella(s)
Minutos antes de que vengan a por mí, pienso en ti. Corres por la orilla de una playa imaginaria. Sujetas los hilos de una cometa confeccionada con infinitos pañuelos de supervivientes del gran naufragio. Tu corazón late con fuerza muy cerca del seno ausente. Tu incipiente cabello desafía al viento. Ya es la hora. Te detienes. Observas cómo olas de batas blancas me conducen mar adentro. En silencio, escucho tu callada voz. Mi temor se desvanece. 100, 99, 98, 97, 96, 95… Respiro hondo. La brisa marina invade la atmósfera del quirófano. La boca me sabe a sal. Con pulso firme, practico una precisa incisión en la marcada zona de tu torso descubierto. Mi antigua cicatriz vibra. Un par de horas después, arribamos a tierra, victoriosas tras la primera batalla librada en aguas turbulentas. Me desprendo de la vestimenta quirúrgica. Restos de salitre brillan en mi escote, olvidado ya de pasadas ausencias. Frente al espejo, contemplo la melena que acaricia mis hombros y esbozo la sonrisa que un día dibujarán tus labios. Aún duermes sobre la cálida arena. Antes de que despiertes, te sueño reanudando la carrera con nuestro futuro prendido a la cometa.
Sudo con la cabeza metida debajo del nórdico (quiero decir, del edredón). Fuera está el peligro. Los primeros mosquitos atacan y son de una generación de inmunes a los vapores de mi Súper Bloom Eléctrico. Saco la cabeza de la trinchera. Zumbido cero. Mando a paseo al nórdico cuando, de no se sabe dónde, vuelve el enemigo directo hacia mí. Por la intensidad del ruido de sus motores, deduzco que se está acercando a la parte esa tierna de debajo de mi oreja derecha. Luego, lo imagino aterrizando y sacando su artillería afilada para clavármela y chupar. Entonces… ¡plaf! Del tortazo que me doy me quedo unos segundos atontada, luego enciendo la luz y… ¡sí, le he dado!
Desvelada, aprovecho para ir al baño, y al volver me encuentro a un Superman desaliñado y mareado sentado en la cama, mientras que otro mosquito da pasadas de reconocimiento por la habitación. Me cabreo más que me sorprendo.
—Superwoman y yo mismo estábamos probando nuestros nuevos disfraces de mosquitos y… —farfulla el hombre.
—Lo siento, haber avisado —le digo—. Y mirando hacia su compañera añado—: ahora iré a por ella, ten cuidado, tío, no hay nada más peligroso que una mosquita muerta.
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