Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

IMAGINACIÓN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA IMAGINACIÓN

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA IMAGINACIÓN en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
días
0
2
horas
0
4
minutos
1
8
Segundos
1
2
Esta convocatoria finalizará el próximo
30 de JUNIO

Relatos

58. CUADRO INACABADO

Eulalia despierta con la vibración de la alarma del móvil. Son las cuatro de la madrugada y la cama está fría. De Juan sólo queda un hueco con la forma de su cabeza en la almohada, ocupado por la mascarilla de la máquina respiradora que sigue emitiendo aquel horrible pitido rítmico.
Se levanta con la dificultad de los largos años vividos y busca a tientas su bastón para no encender la luz.
El sonido de los pinceles sobre el lienzo la va guiando por el pasillo hasta el estudio, donde se adivina un resplandor plateado.
Allí, a la luz de la luna, Juan, paleta de colores en una mano y pincel en la otra se esmera sin atisbo de temblor en pintar su último cuadro.
Como cada noche, Eulalia espera pacientemente hasta que se ve reflejada a sí misma en el cuadro.
Una vez que el sonámbulo ha vuelto a la cama, con cuidado, le limpia las manos.
Finalmente, rasga con un cuchillo la obra de arriba abajo y lo tira en el contenedor de la calle.
En la última visita al oncólogo Juan le manifestó su firme propósito de no morir hasta tener el retrato de su amada terminado.


 

57. Mi vecina

Llega a fin de mes con su sueldo de limpiadora, a pesar de los tres niños, la hipoteca y su marido alcohólico.
Cuando se topó con infidelidades, puso la botella de ginebra de patitas en la calle.
Cuando expulsaron al pequeño del colegio, fregó suelos con ella.
Cuando el banco le denegó la tarjeta, lo demandó por cláusulas abusivas.
No sabe pintar. Ni escribir. Ni esculpir. Pero baila sobre mojado como la mejor de las artistas.

56. Óleo sobre lienzo, 1937 (Anna López Artiaga / Relatos de Arena)

Un día, el azul desapareció. Nos quedamos todos mirando al cielo, con cara de pasmados. Quietos. Alguien aventuró que se acercaba una tormenta, pero aquel gris acerado no tenía nada que ver con los nubarrones de abril. Después se borraron los amarillos y el atardecer perdió su luz. Los enamorados dejaron de citarse a la hora del crepúsculo y un frío penetrante se coló entre los pliegues de tu falda.

Al poco, nos faltó el verde y el roble milenario se convirtió en despojo de nuestra historia. Muy pocos se atrevieron a salir al campo y los que lo hicieron regresaron cubiertos de cenizas, como si un gran incendio hubiera devastado el valle. Pero fue cuando nos robaron el rojo que, incapaces de distinguir la sangre del barro, alzamos nuestras manos crispadas en puños y gritamos con las gargantas llenas de polvo. A esas alturas, el dolor asaetaba nuestros ojos y el cielo vomitaba hierro y fuego.

Y muerte.

Sobre un lienzo blanco, Pablo dibuja formas afiladas, lenguas enhiestas que apuntan al cielo. Pinta cuerpos retorcidos en ángulo obtuso, animales moribundos, madres que lloran. Y en tus ojos, nublados de tristeza, el recuerdo de una guerra en blanco y negro.

55. Autorretrato

Se había pintado en más de cien cuadros. En el último se representó frente al caballete y un espejo en el que él se reflejaba pintando, y así sucesivamente hasta plasmar todas las obras de la serie. La perspectiva que consiguió fue tan real y minuciosa que se podía leer la firma de cada retrato. A pesar de la perfección de la obra, el público no supo valorar la perspectiva y el resultado conseguido, por lo que el artista, decepcionado, cogió un cuchillo y lo destrozó.

Comenzó una nueva serie de más de cien cuadros en los que se le veía rasgando un cuadro frente a un espejo. En el último se representó frente al caballete y un espejo en el que él se reflejaba rompiendo el lienzo, y así sucesivamente. Cuando presentó su obra, el público no supo valorar la perspectiva y el resultado conseguido, por lo que el artista, decepcionado, lo destrozó y se volvió iracundo a los presentes.

Comenzó una nueva serie en la cárcel, en la que se le veía disparando a un grupo de personas que miraban asustados el cuadro frente a un espejo.

54. El círculo (Pablo Núñez)

Francisco nació con una meta en sus genes: ser único. Pronto empezó a dar muestras de su talento, creando una excelente sonata para piano con tan solo seis años. Lástima que aquella pieza, que jamás había escuchado, ya había sido escrita por Mozart, doscientos años antes. Abandonó la música para dedicarse a la pintura y en su primer cuadro plasmó, con una espectacular fuerza, unos girasoles que, desgraciadamente, eran idénticos a los de Van Gogh.
Para no reincidir en el plagio involuntario, quiso volcar las últimas luces de su ingenio en algo tan novedoso como el cómic, dibujando unos personajes que, por su originalidad y estilo, nadie hubiese imaginado antes. Cuando llegó a los estudios de una famosa editorial y enseñó sus viñetas, el director creyó ser víctima de una broma pesada al ver reproducida la primera aventura completa de Tintín.
Abatido por el fracaso, acudió a un hipnotizador para que limpiara de sus recuerdos todo lo que había realizado. En el proceso, fueron desapareciendo de su memoria la música, la pintura, el cómic, e incluso el motivo por el que recurrió al olvido. Al día siguiente, se puso a componer una sonata que, estaba seguro, iba a ser única.

53. ENCONTRARSE

Yo era uno de esos pintores buscando encontrarse. En mi pueblo triunfaban los bodegones y jamás vendí un solo cuadro.

Una noche, a punto de desfallecer, me encontré tumbado en un erial, arrancando raíces y lombrices a la tierra para comer algo. Estremecido por la catártica experiencia, prendí fuego a mi casa –debió arder una manzana– y huí.

Caminé varios días sin detenerme. Sucio y maloliente llegué a una explanada junto a un pueblo. En ella acampaba un humilde circo rodeado por una reata de pintorescos vehículos. Caravanas, carromatos, grandes remolques para animales… Olía intensamente a excrementos y el hedor me reconfortó. Un tipo cepillaba el lomo a un escuálido caballo mientras susurraba obscenidades. Enfadado, un payaso deshojaba una margarita. Varios felinos rumiaban tristes en una jaula mientras su domador bailaba el hula-hop.

Dentro de la carpa, una anciana rebuscaba colillas y un anciano allanaba meticuloso el albero de la pista mientras canturreaba.

Sentada ante su carromato había una pitonisa.

–¡Casi quemas tu pueblo, animal! –me dijo.

–¿Dónde está la chica? –respondí.

Señaló hacia un elefante y supuse que estaría detrás. Al asomarme, encontré una hermosa bailarina estirando los gemelos siameses.

–Siento el retraso –le dije.

Y ella, sonriendo, eructó.

52. Esbozo de la locura (María José Escudero)

 

No sé si fue por aquella luz mediterránea o por el viento Mistral—hay quien le echa la culpa de todo al viento—, el caso es que mi hermano gemelo siempre fue un niño melancólico, insatisfecho, que estaba condenado a ser un adulto infeliz. Con los años, una cólera insana se apoderó de sus actos y le condujo, primero, a autolesionarse con frecuencia y, más tarde, a pegarse dos tiros en la soledad de su tambaleante habitación. Yo, a diferencia de él, nunca fui un artista, sólo un joven vagabundo y vividor acostumbrado a respirar en la sombra. Y cuando lo hallé moribundo sobre aquella cama sangrienta, un deseo de revancha se adueñó de mí.

En su mesa desordenada había muchos dibujos y pinceles a punto de caer al suelo. También había un retrato inacabado, un lienzo borroso y desconcertante que parecía desafiarme. Entonces, me decidí. Noté que había trabajado a un ritmo frenético, y lo calculé. Después adopté su rictus exaltado, manché mi camisa con los colores terrosos de su perturbación y rematé. Además, añadí algunas pinceladas vanguardistas a su obra, y lo vendí todo. Pero su imagen sigue anclada al caballete, vigilante… Por eso conservo la pistola.

51. Faquir por correspondencia

Cogió aquel fular rojo y se lo puso en la cabeza, como si fuera una especie de turbante; sacó la vieja flauta que tenía cuando iba al colegio y se puso a tocar, sin atinar con ninguna nota, sin ritmo ninguno. La gente se agrupó alrededor de tan extraño artista, que se veía que no tenía un don para la música, esperando cual sería su verdadera actuación.
De repente, de un cesto, apareció una serpiente de cascabel que no se movía al ritmo de la música; más bien parecía molesta e incluso se diría que hastiada, miró al extraño faquir y le mordió dos veces. La gente gritó asustada durante un instante, luego aplaudió ya que veían que el artista seguía tocando; con lágrimas, pero seguía tocando.
Tras media hora y veinte mordiscos más, el faquir acabó moribundo la actuación; guardó la serpiente en la cesta y pasó, con la piel amoratada, la gorra entre el público asombrado por aquella dantesca actuación. Cuando llegó a la última persona se desplomó en el suelo, y farfullando entre susurros se le escuchó: «maldito curso a distancia».

50. PASABA POR AQUÍ

Yo solo pasaba por aquí cuando le vi. Hacía toscos aspavientos con una bocina atronadora que se llevaba al sobaco y provocaba un gran alborozo entre las criaturas. Cuando la flor de su solapa empapaba al público de la primera fila, los de la segunda estallaban en carcajadas que contagiaban a los de la tercera y la cuarta. Para que os hagáis una idea de lo que hablo, os diré que hacía reír incluso cuando, con una falsa torpeza infantil, daba paso a su número del suicidio. Enredado en unos pantalones cortos a rombos que dejaban al descubierto su flacura, intentaba subir al bordillo para, poco después, arrojarse al vacío con ademanes valerosos y decididos. La explosión de un globo indicaba que el número había finalizado.

Todos aplaudimos enfervorizados, excitados ante una muerte ficticia tan jocosa y bien interpretada. Para nuestra sorpresa, tras una resurrección inesperada, se sentó en un taburete con forma de elefante y empezó a desmaquillarse la sonrisa. Fue cuando se quitó la nariz roja que descubrimos el rostro de un anciano ajado y triste. Entonces, sin echarle una moneda, comenzamos a desperdigarnos, como si ninguno de nosotros hubiese pasado nunca por aquí.

49. Pearl (Janis Joplin)

La música siempre me ha acompañado. Puede que la primera nota la escuchara antes de nacer. A mamá siempre le gustó cantar.
De niña me escogieron para el coro de la iglesia. Voces blancas ‒decían. Los juegos, en el colegio y en la calle con las amigas, eran acompañados de cantos infantiles y, en las fiestas, me sentía la reina con un micrófono.
Fui vocalista de grupos efímeros y cuando no era feliz buscaba refugio en las notas de mi Autoharp.
Con sólo veintisiete años debería tener una vida llena de música por delante, pero las notas que suenan hoy en mi memoria, las grabé hace tiempo.
Hoy, 4 de octubre, también la música me acompaña en mi despedida.

48. Los sonidos del silencio

Rasgo con furia el papel. La melodía que sonaba tan prometedora en mi cabeza se convierte en bazofia cuando trato de plasmarla en acordes. Mi guitarra permanece muda mientras trato, desesperadamente, de recordar la sintonía que mi aturdido cerebro me ha permitido entrever.
No recuerdo la última vez que he dormido, me mantengo a base de alcohol, café y estimulantes, pero siento que mi creatividad está en su momento más álgido.
Ella llega del trabajo y sube a mi estudio. Me besa suavemente y empieza a contarme su día, pero soy incapaz de prestarle atención. Su voz monótona se superpone a la música de mi cabeza, interfiere con ella creando un terrible caos de ruido y discordancia. Cierro los ojos con fuerza, tratando de no perder la cordura en medio de esa vorágine de sonidos. De pronto se hace el silencio y comienzo a escuchar en mi interior la canción que buscaba. Allí está: perfecta, limpia, sin fisuras.
Entusiasmado tomo la guitarra para reproducirla antes de que desaparezca, pero mis dedos producen una resonancia extraña. Contemplo la falta de una cuerda con estupor que se convierte en pánico al descubrirla enrollada en el cuello de mi ahora silenciosa chica.

47. Póstumamente

Su carrera dio un giro espectacular nada más morir. Aún estaba caliente cuando sorprendió con su memorable interpretación de difunto en un funeral; un hecho que sirvió para que a continuación le ofrecieran tres papeles nada desdeñables: uno de caído en combate, otro de cadáver en la mesa de autopsias, y un tercero, ya algo hinchado, como víctima en un naufragio, quizá su más lograda actuación, si bien pasó algo desapercibida. Tampoco encarnó mal a un muerto recién exhumado, con gusanos y flemas por entonces, en pleno auge ascendente de su popularidad. Aunque su mayor éxito le llegó, pasado un tiempo, haciendo de momia egipcia en una prolongada saga. La película original, muy taquillera, tuvo tantas secuelas como su cada vez más estropeado aspecto permitió, por falta de un sustituto que estuviera a su altura. Todavía hoy las ofertas se siguen amontonando sobre su mesa, pese a que solo puede hacer de esqueleto. También la crítica lo trata mejor ahora, llegando algunos incluso a lamentar que no hubiese fallecido antes. Claro que no falta quien opine que sobreactúa, que resulta poco creíble o que acabará encasillándose. Unos y otros, no obstante, coinciden en reprobar sus continuos desplantes a “La Academia”.

Nuestras publicaciones