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Esa tarde el sol acaricia con fuerza, su amigo le compra un helado en el quiosco del parque. Mientras lo disfruta sonríe como un niño, su compañero le limpia la baba que adorna la comisura de sus labios.
Cada tarde, desde aquel fatídico día salen los dos de paseo. Él viene a buscarlo después de la merienda y ambos pasan las horas vespertinas entre anécdotas y sueños.
Esa tarde es distinta, le propone regresar a los campos de colores que rodean los acantilados del norte. La sonrisa omnipresente se ensombrece, aunque tras un silencio asiente. Los dos amigos marchan rumbo al origen. Las flores tiñen sus pies sobre la alfombra colorida. El precipicio queda un poco más allá del aparcamiento de la vieja fábrica. Ahora sólo son ruinas, paredes que una vez dieron trabajo a un puñado de obreros.
Aquella tarde fue diferente, la lluvia arreciaba cuando la explosión sorprendió a todos. Los únicos que aún pueden recordarlo caminan pintando un sol en el horizonte cogidos del brazo. Entre llamas lo sacó desorientado y volvió a por los otros compañeros que no pudieron contarlo; él fue rescatado semiinconsciente con daños irreversibles que le dejaron de por vida en una residencia.
Pudiste morir matando, pero perdonaste a tu enemigo mientras una paloma cautiva echaba a volar de entre tus manos.
Tenías fecha de caducidad, Roy, pero tu serena agonía, entre lágrimas de lluvia, te hizo inmortal y eterno.
Desde donde quiera que estés, por favor, no nos mires.
Al principio me gustó el apodo de superhéroe, pero ahora quiero morir.
En la playa, un golpe de calor y me caí en la arena. Desperté mientras la socorrista me hacía el boca a boca, con una erección bestial, se salía del bañador y mientras me toqueteaban las aprendizas, me derramé. Una cipotimia, diagnosticaron, me quedé sin sangre en la cabeza.
No se me pasaba y con mi mujer tapándome, nos fuimos al apartamento, decidimos aprovechar y a la hora yo ya estaba con calambres en las piernas y el pito irritado y mi mujer irritada conmigo, que ya no tenía el coño para farolitos.
He dejado de bajar a la playa, pues me miran, me huyen y comentan, ahí va sperman, siempre erecto y mojado.
Al principio me gustaba, en el baño me he hecho fotos de perfil para fardar y no sabía si subirlas a youtube, sería trending topic seguro.
Mi mujer me ha llamado sátiro y se ha vuelto a Madrid, ya no puedo salir, la ropa me molesta, todo el rato en pelotas como un príapo y tengo el apartamento pringoso, he decidido ahorcarme señor juez, me sonrío, porque parece que se muere uno empalmado.
-¡Vaya superhéroe de pacotilla que estás hecho! ¿Te enseño una kriptonita y te vienes abajo sólo con mirarla?
Mi madre es capaz de comerse la kriptonita si le dices que así se me curan todos los males. Ella puede estar trabajando todo el día y después venir aquí a verme para hacerme reír. Y también tiene la capacidad de estar toda la noche despierta velando mi sueño, y a la mañana siguiente traerme el desayuno sin dejar de darme abrazos, besos y sonrisas. Tiene el poder de estar sin divertirse meses y meses con tal de que yo esté bien cuidado. Y no sólo eso. Se empeña en dejar cualquier ambición atrás, cualquier deseo que le venga en gana lo aniquila, con tal de estar aquí conmigo todos los minutos del día y de la noche para hacerme feliz. Si quisiera, incluso se dejaría matar si así supiera que yo voy a seguir viviendo.
¡Anda, vete volando! Estará a punto de llegar y no quiero que nos interrumpas, ella es mucho más divertida que tú.
Ultimas noticias: Esta mañana un individuo ataviado con una capa roja se precipita al vacío desde el cuarto piso del hospital de Cruces.
Fuerte como ninguno, mi súperhéroe mueve objetos de mayor tamaño que él. Lo he visto esquivar obstáculos y desvanecerse a la velocidad del rayo. No solo es rápido a pie, sino que también lo es a caballo. Puede tocar techos muy altos y solo necesita un breve impulso. Lo he visto hipnotizar como el mejor de los magos y no necesita hacer yoga, dado que puede relajar sus músculos en cualquier sitio y momento.
Mi súperhéroe se llama Álvaro y tiene tan solo dos años.
He visto como mi súper héroe movía a su hermana, y eso que es tres años mayor que él. Recuerdo desviar la mirada por sólo un instante y descubrir que no estaba, qué habilidad tiene para pegar sustos. Ríe y sueña con ser tan alto como la luna y solo necesita que le de un impulso con mis brazos. Es capaz de cambiar el mal humor y tan solo necesita esbozar una sonrisilla, así se hipnotiza cualquiera. Ahora vuelvo, ya se me ha vuelto a quedar dormido encima de su caballo de juguete.
—Abuelito, por favor, cómprame el disfraz de Spiderman. Papá no quiere, dice que me he portado mal esta semana.
—A ver Diego, no puedo contradecir a tu padre, él es el que manda.
—Pues papá dice que antes mandabas tú.
—En efecto, pequeño, antes… Ahora no.
Aquella noche soñé que me convertía en mi personaje favorito y escalaba el Empire State Building. Cuando desperté me sentía exhausto, tanto que mamá preguntó si estaba enfermo.
Finalmente, el abuelo se hizo con el traje de Hombre Araña. Lo llevó al cole bajo riguroso secreto, con la condición de usarlo sólo cuando yo fuera a su casa los fines de semana. Así hicimos.
Hoy, veinte años después, vuelvo a pasar por la puerta de la juguetería donde vi el disfraz. Apenas ha cambiado. Los dueños, ya mayores, siguen regentando el negocio. Recuerdo un trato exquisito a los niños. No tenían descendencia, parece que volcaban todo el cariño en los hijos de los demás. ¡Qué tiempos!
Por cierto, voy camino del hospital. Han operado al abuelo, gracias a Dios ha salido muy bien según dicen los médicos. Le quiero con locura. Lo que soy se lo debo a él. Es un superhéroe. Mi superhéroe.
TELEVISIÓN (dirigido al espectador): “Por 97,5 euros a la respuesta nombres de superhéroes”.
ANCIANA: (dirigido al inquilino inferior): “Baja la televisión” (y acompasándose al golpear de una escoba en un suelo, a la vez techo).
Supuso que vendría algo así como: “…uno, dos, tres, responda otra vez…” u algo similitante, pero espeso en un idioma incontrolable, giró esa ruletita creadora del vacío sonoro imbuyéndole en el pasado más cercano a Oriente… Y rememoró:
A la anciana casi atropellada…
Al ladrón de bancos atajado…
Al terrorista que no le vio venir…
A cientos más…
A esos tiempos de laboratorio en crisis sacrificado: apenas un tubo, apenas dos probetas, una al romperse la segunda. Con la bata superpuesta sobre su calzón rojo… Sobre los viejos periódicos del Daily Planet atrapando los líquidos desparramados…
Y sentado en un sofá de muelles saltones, ser reafirmó las viejas habladurías antes erradas, claro que era un verdadero héroe, ahora lo sentía (ahora sí), bebiendo un coctel secreto alineado con criptonita líquida en la calavera de Lex Luthor.
Y gritó:
SUPERMAN: ¡¡¡Superman!!! (dirigido a la televisión, en esa bobez de hablar a quin no puede escuchar).
Retornando de golpe los escobazos.
Está bien, volaré para ti. Pero no quiero misas ni coronas de flores. Odio las coronas de flores y el olor a polvo añejo de los curas. Deséame suerte. En eso sí creo.
Aferrado a su bastón, se aproxima torpemente a la verja. Nadie diría que acaba de dejar empaquetado al enésimo asesino en la puerta de comisaría, o que mientras se tomaba el Sintrom sostenía con la otra mano el puente de la autopista, o que anoche desencajó aquel superpetrolero encallado en la Antártida. Ahora más bien parece súper-canoso, o súper-achacoso. Sin embargo, una mueca se intuye entre sus arrugas al escuchar la sirena. Mueca que culmina en luminosa sonrisa cuando la maestra deja que vuele desde la fila hasta sus brazos ese meteorito que, como cada tarde, hoy también succionará todos sus poderes.
A pesar de que Mortadelo y Filemón trabajaran para la T.I.A., Superman nunca llegó a librarnos de nuestro villano. El viejo dictador murió en la cama, atendido por el equipo médico habitual. Al Capitán América solo le interesó nuestra geografía para instalar sus bases militares pero ¡ojo! sin mezclarse con los nativos, no fuéramos a pegarle los piojos.
Nuestros héroes vivían en edificios como el de la Rue del Percebe donde los ladrones eran gente honrada y los tenderos robaban a las clientas. Las calles estaban llenas de Carpantas que soñaban con bocadillos de chorizo y recurrían a la picaresca para calmar sus estómagos soliviantados, de perros que fumaban colillas y gatos que tocaban la guitarra española.
Mientras, en las mazmorras de la DGS, Billy el niño y sus secuaces torturaban a los desafectos al régimen y los obreros levantiscos morían por los disparos que lanzaban los grises al aire. No eran súper héroes, pero volaban como los americanos.
Le gustaba todo de él. Todo. Su nariz larga y deforme, sus gafillas de miope. Aquella sotana deslucida que se agitaba con la mismísima furia que la capa del Capitán Trueno cuando algún asunto requería su presencia. Asimismo, adoraba su voz de timbre claro y brillante resonando en el Altar Mayor: “Ayuda a tu pueblo, Señor, ayúdalo, Señor…”.
Le cautivaba su inclinación por el riesgo. Su energía y buen humor, sus estridentes carcajadas en las partidas de mus. Su apasionada afición al fútbol. Las encendidas homilías dominicales, incluso su manía de ofrecer caramelos de menta. Y también le arrebataban aquellas misteriosas escapadas que solía hacer a la capital.
Le fascinaba que comprometiera su prestigio en el Obispado por brindar la Iglesia a los obreros de la fundición, que escondiera a los perseguidos en la Casa Parroquial, que exigiera al adinerado patrón compromiso en efectivo. La retranca con la que se preservaba del orondo cabo Linares. Le complacía tanto aquel olor a tabaco que desprendían sus manos toscas cuando daba la comunión…
A Crispín, el joven sacristán, le agradaba todo del padre Ambrós. Todo. Menos aquel calendario de mujeres despampanantes que colgaba de la pared de su inaccesible y austero dormitorio.
Querido Clark:
No aguantaba más sin escribirte. Hemos escuchado en la radio las noticias de un personaje volador en la lejana Metrópolis y, sin incumplir nuestro pacto de silencio, quería enviarte nuestro cariño y algunas novedades.
Mamá sigue bien. Trata como siempre de aparentar que es incansable, aunque a veces el deterioro de papá la entristece. Yo hasta ahora puedo con todo. Nadie se explica cómo gestiono una finca de tantos acres, el ganado y lo demás. Tengo muchas ideas para mejorar la instalación y quiero ponerlas en marcha cuando termine los cursos de Ingeniería de la Escuela agrícola.
En el condado las cosas no cambian. Demasiados problemas que ni siquiera tú podrías arreglar. Cada vez estoy más decidida a presentarme como candidata al consejo porque esto no puede seguir así.
Lo más importante es que Bob y yo somos muy felices. No es el mejor medio de darte la buena noticia, pero esperamos bebé para mayo. Intuyo que esta vez será niña. ¿Te gusta el nombre de Loise?
Y ahora debo despedirme, escápate alguna noche de tus obligaciones y ven a vernos un ratito que te echamos de menos.
Tu hermana que te quiere.
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