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Cuando acepté la propuesta de Nicolle de escribir su truculenta historia, nunca pensé que la muerte podía ser contagiosa. Sus apariciones se fueron tornando más frecuentes e intempestivas a medida que avanzaba el libro, y al poco tiempo yo también me veía como un fantasma. Noche a noche su presencia seductora me quitaba el sueño, y la cordura. Acabé por encerrarme en aquella habitación que albergaba su atormentado espíritu, con el afán de transcribir palabras sórdidas que hablaban de sexo, prostitución, traiciones, y un sangriento final.
Al principio la anciana dueña de la pensión me traía la comida y, mientras sacudía las sábanas, me contaba lo bien que había cuidado siempre de los escritores que habían pasado por allí. Aunque, cercano ya al desenlace de la novela, dejó de hacerlo. Yo continué escribiendo hasta desfallecer.
Días después la antigua Madame entró en el cuarto con un pañuelo en la nariz, protegiéndose del olor que emanaba mi cuerpo. Apartó mi cabeza, que reposaba sobre las últimas páginas, y recogió con mimo el manuscrito. Antes de llevárselo cambió mi firma por la de Mort Farragan, el famoso escritor de novela negra.
Hace ya meses que se encuentra vagando por las calles. Cada día ve a cientos de personas que caminan por ellas. Todos parecen saber a dónde van. Entran en tiendas, en portales, en oficinas, pero él no tiene rumbo. Recuerda donde estuvo un tiempo atrás. Tenía un piso en el edificio más alto de la ciudad, trabajaba en un despacho de abogados, solía quedar con los amigos y celebraba los cumpleaños y otras fiestas con María —su mujer—. Y ahora está estancado en una avenida principal, tal vez deba ir a la estación, o entrar en un bar. Pero no lo sabe. Se siente desamparado. El autor ha decidido abandonar su novela.
La libreta de Alicia permanecía en blanco, dentro de su pequeña mochila, mientras atravesaba, sola y ensimismada, verdes paisajes septentrionales que observaba con atención. Ambulaba por aquellos senderos con la esperanza de rescatar los mundos que otrora se dibujaban en su cabeza. Cansada y algo sedienta, avistó una roca grande, que le sirvió para apoyarse, beber algo y recolocar la maltrecha plantilla de su bota. Pasados unos minutos, se incorporó, y aún con sus enseres en el suelo, oteó el horizonte, con el ceño fruncido y una débil mueca a causa de la claridad que acechaba sus pupilas. Lentamente, permitió que su gesto sobrio se transformara en una resplandeciente sonrisa. Se sintió parte de un microcosmos, en un pequeño universo creado por la inspiración de otro ser que la observaba y transcribía aquel momento en alguna obra que posteriormente sería compartida a su vez con otros. Con la sensación de formar parte de una realidad que le trascendía, retomó su camino, sin ser consciente de que de las páginas de su cuaderno brotaba una tinta de color azul que, como la lluvia en aquel campo, engendraba color y vida.
Solos, en el punto más aislado de la colina, hablábamos de poesía y debo confesar que me excitaba escuchar hablar a aquel poeta. Su fascinante historia comenzó, según decía, cuando se le apareció Erato, musa de la lírica amorosa, quien dejando a un lado su lira, lo envolvió con una llama mortal y lo marcó con cruces de fuego, para luego poseerlo como solo una musa sabe hacer, en medio de «una vastedad de pinos y del rumor de las olas quebrándose». Desde aquel instante, «su voz, su cuerpo claro, sus ojos infinitos», nutrieron los versos alejandrinos que brotaban espontáneamente, mientras ellos, «ebrios de trementina y largos besos», jugaban sin parar con la luz del universo. Para su corazón, bastaba apenas con su pecho. Pero una tarde sin crepúsculo, aquel «cuerpo de mujer de blancas colinas y muslos blancos» se disipó y él quedó desesperado, enredando sombras y escribiendo los versos más tristes…
Huelga decir que en la colina, aquel poeta y yo acabamos amándonos desenfrenadamente.
Al despedirnos, él, sonriente, convencido de haberme engatusado con frases de Neruda, no daba crédito cuando comenté que «la noche era estrellada, y tiritaban, azules, los astros, a lo lejos»…
Cosas de la poesía.
De una web de cocina, de ahí he copiado el título. Se acabó el crear ni una frase más para el arriba firmante, ¿o se habían creído que todos esos microrrelatos los había escrito “él”? Pues que sepan que no sabe hacer la o con un canuto. El susodicho, con ínfulas de gran escritor, me contrató hará eso de dos años para que adornara su triste vida con un blog. Que era de ciencias y tenía poco tiempo libre, me dijo. Claro. Y cierto es que he podido ir capeando el temporal (un guionista de cine en paro no puede aspirar a mucho más hoy en día) y, al menos, escribía, aunque el contador de palabras me tenga frito. Pero ahora, que no se abonen mis servicios, las largas cada vez que le llamo… no, por ahí no paso. Cuatro finalistas de Wonderland me debe. Así que, si alguno de ustedes está buscando un negro discreto, eficaz, con facturación a éxito, les dejo mis datos de contacto más abajo. A su entera disposición mientras —la verdad por delante— no me salga algo de lo mío.
Zacarías Esnaola (z.esnaola@hotmail.com)
La mujer toma la pluma y la niña escribe: «De nuevo estoy partida, rota, deshecha. Por mí, por ustedes, por la vida, como siempre, me rehago momentáneamente aunque no logro mantenerme en pie con la firmeza requerida. No puedo. Basta escuchar otra vez lo mismo: ¡mi corazón…! moriré, me iré lejos, mañana mismo parto, desapareceré… y los demonios se desatan. Reaparecen. No importa que hayan pasado cincuenta años. No importa. Las amenazas producen el mismo tormento.»
De su avejentado cuerpo escapa despavorida la criatura y todo empieza de nuevo: la espalda punza, la mente entorpece y los demonios nocturnos reanudan su danza mortífera con la misma saña. Un humo negro sirve de telón. La muerte misma hace su espantosa entrada. Ataviada con toda clase de máscaras y fétidos atuendos, en sus negras garras carga con todo aquél a quien la niña ama: su madre, su marido y uno a uno le arrebata a sus hijos… La niña quiere gritar y no puede; quiere luchar y no puede; quiere implorar piedad y proteger a quien más que a nadie envenena el nauseabundo hedor de este tormento: su hijita, la más pequeña, pero no puede… Hoy no puede. Tal vez algún día…
De mí, señor, poco sé decir, si no es que fui tal como vos me hicisteis: bueno, aunque no enteramente, que a menudo moviome más el interés que la noble intención; y simple, si bien no tanto que tuviese ignorancia dello.
Y de cuanto aconteciome con don Quijote, por más que aún me duelan las puñadas y los golpes en el cuerpo y las burlas y manteos en el alma, solo diré que nada lamento.
Porque no me trajo aquí, ahora viejo, el ponerle en la cuenta de cosas que conoce, sino una incertidumbre que por dentro me consume y con la que no quisiera acabar mis días.
Y es que para mí tengo que mi amo estaba loco, pero también que tenía ratos de cuerdo, como sé que siempre habrá damas cautivas sobre la tierra y agravios que desfacer y, por tanto, caballeros andantes ocupándose destos menesteres, ante cuya valentía solo valen los encantamentos.
Por lo que pregúntome si todo pasó como él decía o como a mí pareciome; si los hados de brujos volaron constantemente sobre nosotros o si, por el contrario, cabalgamos sumidos en un profundo disparate.
Si eran gigantes, don Miguel, o si solo eran molinos.
Recogió el guante que acababa de quedar huérfano en la acera. Corrió para alcanzar a su dueña y poco antes de llegar hasta ella se detuvo. Aspiró el aroma que había quedado atrapado en el vacío que antes ocupara su mano.
Perfecto. Apagó el ordenador y sonrió, pero no mucho, ni siquiera sus personajes debían saber cómo era quien los escribía.
El timbre de la puerta sonó. Yo no esperaba a nadie y quería terminar de una vez el relato para el concurso. Ni siquiera tenía el título. Volvió a sonar. Me levanté, indignada y dispuesta a expulsar al intruso.
El oficinista de la corbata azul estaba ante mí, menos bajo de lo que yo esperaba, y mucho más resuelto. Entró sin ser invitado, pasó al salón y empezó a hablar.
En resumen, venía porque el novio de la chica que le gustaba era puro músculo y él un alfeñique. Dijo que le califiqué así una vez, yo no lo recuerdo. Pedía que le cambiara el aspecto físico, le aseguré que eso era imposible a estas alturas. Argumentó que si el novio se enteraba de su intención de cortejarla, podría pasar cualquier cosa.
Cualquier cosa. El novio detenido por agresión, ella declarando ante el juez; él en el hospital con la pierna rota, la muchacha de acompañante solícita; él muerto, ella destrozada en el funeral…
Le prometí pensar en ello, le acompañé a la puerta y se marchó. Me senté ante el ordenador y escribí el título del relato: “El hombre que cambió su destino”.
Salió de la habitación con los ojos rojos, sucio y desmejorado tras no sabía cuanto tiempo encerrado para concluir “La mujer herida”. Y por fin lo había conseguido.
Quería compartir la buena noticia, pero el silencio de su olor ausente tenía la intensidad sonora del portazo de Julia en la página 203.
Aparecen mientras duerme. Algunos esperan pacientes su turno al lado de la cama. Los hay que leen, que hacen crucigramas, que se llevan la labor, que se cortan las uñas, que trastean con el móvil o con cualquier artilugio aún por inventar. Otros, más apasionados, pretenden despertarle nada más llegar, llamar su atención. Menos mal que siempre hay quien les frena, quien pone cordura. Aunque a veces se encienden los ánimos, llegan casi a las manos, se insultan, se retan. No es extraño ver una gladius enfrentada a una catana o un duelo entre una Colt Dragon y una pistola láser. Ni ver a un panadero de Birmingham intentar seducir a la esposa de un Senador romano. Los más aplicados repasan su papel como si fueran a enfrentarse a una audición. Comienzan con un agradable murmullo que crece y crece y crece hasta convertirse en el clamor exagerado del histrión. A medida que avanza la noche la mayoría se desvanecen entre las sombras o salen de la alcoba montados en pompas de jabón, en coches fantásticos, en naves espaciales. Menos uno o dos que se cuelan en sus sueños y consiguen instalarse entre los renglones de su próximo relato.
El premio al escritor revelación había dado un vuelco a su vida. Aquella novela le había abierto las puertas de las editoriales y del corazón de Marta, casi simultáneamente. Las primeras estaban sorprendidas con los índices de ventas entre el público juvenil, tan difícil de atraer. Y Marta había quedado subyugada por el creador de Alicia, la protagonista de su novela.
La convivencia con ella era sencilla, fresca y natural. Por eso le extrañó tanto aquel primer reproche que le espetó malhumorada. Buscaban un vestido de fiesta. Marta entraba y salía del probador con la ligereza de una mariposa y él siempre tenía algo que objetar: es muy largo, muy estrecho, muy holgado…Ella respondió con un airado “El vestido es para mí, no para Alicia”.
A este reproche siguieron otros. Alicia, por alusiones y comparaciones, se interpuso entre ambos. Al principio con extremada sutileza y después con una rotunda presencia sobrenatural. El hogar, antaño acogedor, devino en un espacio inhóspito y sus moradores adquirieron tintes huraños.
Una noche Alberto despertó agitado gritando un nombre femenino que no era Marta. El equilibrio inestable de este peculiar trío se desmoronó. Desde entonces Alberto añora y busca a las dos.
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