Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

LA CULPA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA CULPA

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA CULPA. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE NOVIEMBRE

Relatos

73. Aventura desértica

Perdido, sediento y a punto de desfallecer, hallé aquella lámpara semienterrada en la ardiente arena del desierto. La recogí, con intención de sacar de ella a su genio y que me sacara del apuro, pero nada fue bien desde el principio. Al cogerla me abrasé las manos, pues su superficie metálica achicharraba por llevar horas al sol. Luego comprobé que en su base ponía «Made in China», lo cual me dio muy mala espina. Después comencé a frotarla como si me pagaran por ello, pero lo único que conseguí fue comprobar, tras pringarme las manos de pintura dorada, que la lámpara desteñía. Al ver que no salía genio alguno de ella acerqué el ojo a su boca y en ese instante asomó la cola de un escorpión que clavó su aguijón en mi nariz. Solté la lámpara entre alaridos de dolor, momento en que hizo su aparición un tipo con turbante que afirmó ser un agente de la Policía Desértica y me metió un multazo acusándome de arrojar basura a las arenas. Le dije que la lámpara no era mía y entonces me acusó de hurto también.

Ahora estoy en la cárcel, sí, pero a salvo de aquella nefasta lámpara.

72. Transformaciones de Heraclio Trespalacios (María Rojas)

Es bajito, delgado y con el ojo derecho libertino. Aunque su carácter es afable, tiene épocas ariscas en las que se encierra en sí mismo, se apaga y se vuelve, como se dice por acá, un cusumbosolo. Heraclio cultiva la especia de la flor morada de pistilos sangre, originaria de un pueblecito legendario del Éufrates. Con mimo y esmero, entorcha los pistilos, estruja los estigmas y luego los transforma en finos condimentos, en perfumados aceites y en tintes mediterráneos.
En las noches de sus días opacos; el corazón le palpita acelerado, tiembla entero todo él, agazapándose al lado de su mujer como pájaro errante. Ella lo cobija entre sus senos ungidos de azafrán, calmando así esos espasmos amargos. Esas noches, es cuando más fecundo resulta su trabajo. El azafranero se convierte en un hercúleo guerrero que riega por los campos las hebras, hijas del sol.

71. ILUSIONES

Se levantó en mitad de la noche, aprovechando que la pequeña dormía. Sacó, con cuidado de no hacer ruido, la muñeca y la colocó en el sillón que estaba en frente de la puerta, para que pudiera verla nada más entrar. Volvió a mirar la carta, un poco rota ya en los dobleces, y esbozó una sonrisa al ver la letra redonda y grande que ocupaba casi media cuartilla: “ Queridos Reyes Magos, como este año he sido muy buena…”. En la cocina colocó tres tazas para sus Majestades y un recipiente con agua para los camellos. Ilusionada, volvió a la cama. Le costó dormirse pensando en la cara de su niña cuando viera la muñeca.
Por la mañana temprano fue a la habitación: “María,hija, despierta, ya han pasado los Reyes, mira a ver qué te han traído, vamos arriba” María abrió los ojos, miro los de su madre, se abrazó a ella, le dio un beso enorme y fue al salón. Lo primero que vio al entrar fue la Nancy, su Nancy. La que conservaba desde hacía casi cuarenta años. Volvió a abrazarla como en aquellos Reyes del 78 y lloraron juntas; su madre de felicidad.

70. Tirar del hilo

Cada vez que alguien roba un metro de cable para vender el cobre al peso, desaparece un funambulista diminuto. Así de crudo, estimado público. Por cada metro de cable hay de media un funambulista diminuto haciendo equilibrio sobre el alambre. Y no olvidemos que los funambulistas diminutos son el alimento principal de los trapecistas a escala, quienes cada día encuentran mayores dificultades para alimentarse dentro de su ecosistema: el hilo. Este hecho, está diezmando preocupantemente su población. Y peor aún: la progresiva desaparición de trapecistas a escala dentro de los hilos de cobre está dejando sin sustento a los lanzadores de puñales microscópicos, que se alimentan básicamente de trapecistas diminutos. También es cierto que siempre que encendemos el interruptor de la luz fallecen electrocutados un centenar de nanopayasos, que viven adheridos al plástico de los cables ¿Te imaginas? Dan ganas de vivir a oscuras. El caso es que si los ladrones de cobre fueran conscientes de que están alterando irremediablemente el equilibrio piramidal de ese micromundo, quizá se lo pensarían dos veces. Pero claro, no podemos pedirles que además de robar cable sean solidarios con el mundo circense. Ni evitar que cada segundo haya miles de inconscientes encendiendo una luz.

69. De herencias y musas

Cuando la noche lograba sobornar al silencio de nuestra casa, se ablandaban las baldosas del pasillo. Entonces, solía caminar a hurtadillas hasta el dormitorio de mi madre donde la observaba suspirar frente a su cuaderno. En aquel preciso lugar, como el secreto mejor guardado, era testigo de un acontecimiento sobrenatural: unos minúsculos seres luminosos surgían de entre sus cabellos como chispas, salían disparados en giros imposibles e iluminaban toda la habitación. En ese instante, su rostro adquiría una peculiar tonalidad dorada y, con una inusual energía, comenzaba a componer sin descanso sus historias.
Yo permanecía escondida hasta que el brillante espectáculo iba apagando su fulgor y, vencida por el cansancio, regresaba a mi cama con el pensamiento lleno de sueños y fantasías nuevas.
Pero no fue hasta que aquella noche apoyé mi cabeza sobre la almohada, que percibí el parpadeo de una de esas criaturas atrapada entre mis rizos.
Nunca se lo conté a nadie, pero aquella mañana amanecí con mi primer verso escrito sobre la palma de mi mano.

68. El Rey Bufón

«La leyenda aseguraba que el Príncipe no tenía sentimientos. Su Majestad permanecía tumbado en su camastro glacial, dentro de una gélida cueva, ajeno a la vida. Un día, una extraña criatura se adentró en su fortaleza. Era un caballero enano, ataviado con una cota de láminas que iba arrastrando, y un yelmo que bailaba en su cabeza. Se aupó hasta el lecho del Príncipe y se postró ante él:

—Majestad —dijo—, vengo de tierras lejanas, antes alegres, ahora cubiertas por un manto blanco que impide toda vida. El sacerdote del pueblo nos habló de usted, de su tristeza, de la conexión de su corazón con el reino. Nos dijo que antaño fue un joven vital. Mi misión es conseguir que sea feliz otra vez»

—¿Y lo consiguió?

—Sí.

—¿Cómo?

—¡Haciéndole cosquillas!

El hombre cogió el enano de peluche disfrazado torpemente de caballero e hizo reír al niño. Un brillo de alegría apareció en la mirada del chico, hasta que, en la segunda carcajada, un esputo de sangre salpicó la sábana. Una enfermera entró.

—Debería descansar —reprendió amablemente.

La mujer se fue. El hombre observó a su hijo. Aquella luz en sus ojos perecía lentamente.

Mañana habría una nueva función.

67. AMOR FANTÁSTICO

Empecé a sospechar cuando me dijo que me querría durante toda la eternidad. Ese abrigo largo, esa sonrisa perfecta, que solo pudiera quedar conmigo cuando ya oscurecía —el trabajo, ya, ya, a otra con ese cuento—, me hicieron decantarme con facilidad: Luis era un vampiro.

Pero pronto me asaltaron las dudas. Tardó apenas dos semanas más de encuentros esporádicos en decirme que me quería por mí cerebro. Ah, no, eso sí que no. Amante inmortal de vampiro tenía un pase, acabar con la cabeza sorbida por un zombie tenía mucho menos atractivo. Lo observé con atención y recapitulé: ese andar errático —con apenas dos cervezas—, esas bolsas en los ojos y esa sonrisa bobalicona cuando me miraba. Ay, ay, Antonia, que se acerca peligrosamente también al no-muerto.

Al fin me invitó a su casa y chica, yo es que ya estoy harta del imaginario fantástico y creo que voy a volver al mundo real. Ahí se disiparon las dudas. Le vi desnudo y ¡madre mía, cuánto pelo!, tenía la casa hecha una cochiquera y no veas que aullidos en el clímax. Por la mañana recogí mis cosas y le dije que los hombres-lobo no eran mi tipo.

66. Humanum est errare

En mi profesión, si tienes un error, estás muerto. Miserias de ser un asesino a sueldo. Y resultó que ese día lo había cometido, había menospreciado a mi víctima, un bravucón de poca monta, que me encañonó con su pistola y me disparó a bocajarro…

Tras el fogonazo del disparo, el tiempo se congeló y un ente de luz desvió la bala, momento que aproveché para descerrajarle un disparo entre los atónitos ojos al matón. Miré al extraño ser y le sonreí. Él me devolvió una franca y luminosa sonrisa. Desde ese día, Daniel -así decidí llamarle- y yo, fuimos inseparables. Nunca me pidió nada, ni siquiera hablaba, sencillamente existía y desviaba balas. En menos de seis meses me convertí en el asesino a sueldo más cotizado de toda la ciudad. Todos sabían de mi fama y me rehuían atemorizados, por eso me extrañó tanto ver a aquel tipo caminando directamente hacia mí, con un resplandor a sus espaldas. Vi el destello y me giré hacia Daniel con una sonrisa cómplice que se me congeló al contemplar su rictus de terror al ser desintegrado. Qué lamentable error pensar que él era el único de su especie en el Universo.

65. Danza número cinco (Patricia Collazo)

Durante los bombardeos Don Pedro tocaba el acordeón. Tiempo después supe que la melodía alegre y cautivadora que ejecutaba era la Danza húngara número cinco de Brahms.

Don Pedro era vecino del barrio aunque nadie sabía muy bien dónde vivía. Aparecía cuando las sirenas alertaban del peligro y corríamos a los refugios.

Allí esperábamos en la penumbra a que todo acabase. Y él, con su acordeón, entre apretujones, amenizaba la espera. Los niños dejábamos de llorar escuchándolo.

Luego, la señal indicaba que el peligro había cesado y un frágil alivio circulaba entre la gente. Don Pedro y su acordeón se mezclaban entre quienes pugnaban por salir a las calles de Madrid.

Años después, cuando preguntaba a mis padres si habían vuelto a saber de Don Pedro, ambos aseguraban que no había ningún Don Pedro. Que durante nuestras reclusiones forzadas, nadie tocaba el acordeón. Que lo habría soñado o imaginado.

Hace tiempo que ellos no están. Ya nadie puede negar su existencia.

Hoy lo he visto deambulando cerca del Retiro cargando su acordeón. Estaba como entonces. Desde mis ochenta y seis años, levanté la mano en gesto de saludo. Podría jurar que esbozó una sonrisa antes de desaparecer.

64. AMISTADES PELIGROSAS

Tengo nuevos amigos que invaden mi cama y mi espejo, me susurran por las mañanas y se despiden con un mordisco de buenas noches. Parecen divertirse colgándome cadenas, embadurnándome de gris marengo y cubriéndome con capas caídas. Me disfrazan para que me asemeje a ellos, pero yo me hago la despistada y trato de huir del escondite al que me tienen sometida sus juegos.

Busco en mi armario ropa color cielo de media mañana, abro los libros donde dejé escondido el hechizo de la vida, sobre todo de antes de que llegaran estos juguetones seres huérfanos de compasión; pero me pesan los párpados, y las ojeras apenas si soportan ya tanta carga. Necesito dormir en una sola dirección. Sin retorno. Me agotan. ¿Dónde habré puesto los cascabeles? ¿Cómo se llegaba a los jardines poblados de plumas que, ansiosas por ser eternas, escribían sin cesar? Ya ni la melancolía ni los sueños me visitan.

Lo veo todo muy lejano y estoy tan cansada que ni ponerme de puntillas puedo para alcanzar a ver lo que tengo por delante. No quiero sucumbir a sus malditos juegos, pero se me antoja difícil quedarme sola, sin amigos con quien jugar.

63. Tengo la cabeza llena de monstruos (Anna López Artiaga / Relatos de arena)

Solo yo puedo verlos, merodeando en mis sueños o corriendo de puntillas por el pasillo.

A los gigantes los oigo llegar desde lejos: el suelo retumba a cada paso y, aunque sus zancadas son enormes, me da tiempo a subirme a un árbol para que no me aplasten sin querer. Los duendes trabajan sin descanso mientras yo duermo: limpian la casa, preparan el desayuno, lavan mi ropa. Pero las hadas solo piensan en jugar. Abro el cajón de la mesilla y sale una volando Si busco un bolígrafo, oigo sus risitas burlonas (seguro que me lo han robado ellas). Las brujas, en cambio, son honestas. Malvadas, pero honestas. Si haces un trato con ellas, sabes que lo cumplirán. Quizás tendrás que engordar a tu propio hermano para que se lo coman pero, a cambio, obtendrás la fama que deseas.

Sin embargo, desde que te conocí, todo ha cambiado. No como, no duermo, no vivo. Eres la criatura más maravillosa que jamás imaginé y, cuando me miras, siento que debería confesártelo todo: tengo la cabeza llena de monstruos, de magia. Pero, por ti, cambiaré. Buscaré otro oficio.

Y dejaré de escribir estos cuentos que lees cuando crees que no te miro.

62. Saldo positivo

Siempre que me han preguntado si he visto algún dragón o un ángel extraviado yo he respondido que no, aunque nadie sabe que solo he conocido a cuatro hombres buenos que no alcanzaron los treinta y a once mujeres que vendieron a su hijo por un precio razonable. En estos siglos he tenido todas las conversaciones posibles y he comprobado que ellos se muestran confiados si las brasas de una hoguera se reflejan en sus ojos. Ellas, sin embargo, se han ido alejando del fuego, cada vez huelen más a jabón y les encanta que les hable acerca de mi mapa de cicatrices: “ésta es de las cruzadas”, “la firma que me dejó la guillotina” o “de ahí brotaban mis alas”, les confieso ya sin temblor en mi voz.

La verdad es hoy la mejor de las mentiras. Ni siquiera sé ni por qué me esfuerzo en vestirme como ellos. Podría exhibirme tal y como soy. Pero esta tarde aún guardaré las formas, elegiré una camisa verde, pantalones vaqueros, unos zapatos del cuarenta y tres, el punto del parque hacia el que señalan todas las veletas; una madre que primero ría y luego dude.

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