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Nadie recuerda la última vez que sonaron las campanillas del reloj de pared. Alto, esbelto, señorial, con su madera barnizada y sus filigranas en oro preside el salón de la casona desde tiempos inmemoriales. Junto a él se hicieron algunas de las primeras fotos que se conservan en la familia. Los bisabuelos. Serios, de negro, el día de la boda. Y, después, la prole de nueve hijos que fueron creciendo. Todos menos el Jose. La abuela, ya de luto, se sentaba en la mecedora y rezaba el rosario al ritmo de los cuartos que iba marcando el reloj, el único que no ha cambiado. Solo tiene una muesca en un lateral que le hizo el Nano con una peonza pero, si no lo sabes, no se nota.
Mis hermanos ya han echado cuentas de lo que nos darían por la casa y se han repartido algunos enseres. Papá ha empezado a perder la memoria y mamá no podrá cuidarlo aquí mucho más tiempo. Esa es su excusa. No saben que yo tengo poderes. He parado el reloj. Papá solo olvidará que quieren llevarle a una residencia y mamá seguirá preparando café con pastas a las cinco de la tarde.
Algunos corearon la noticia de una despampanante superheroína semi desnuda surgida en Pequeña Isla Turquesa. Era la solución que necesitaban y querían conocerla. El médico y el farmacéutico desfilaron los primeros. Le acercaron un vaso de agua y vitaminas que bebió de un trago. -Ya no parece tan triste ni cansada- dijeron a sus paisanos.
Dos días antes llegó a Correos un extraño vestido sin remitente. Les resultó llamativo el envío y el modelo, ahora creían entender por qué. Cargadas de hilo y agujas las mujeres llevaron la prenda hasta ella, decididas a enfundárselo.
Aunque de curiosas desproporciones, parecía hecho para una jirafa-cigüeña con patas y alas abiertas, y ser tan estrecho de cintura que la hacía sentirse al borde del infarto; Fatna se enamoró de él nada más mirarse en el espejo de aquellas aguas. Dos cámaras X en los senos, una pantalla ultra moderna en el vientre, y un tejido super satinado de colores flúor y pastel, le proporcionaban un aspecto imponente. Y allí, escuchando aplausos y cientos de preguntas sobre la nave espacial en la que había llegado, decidió no contar que era de plástico, y ella superheroína con sueños de paz entre dos mundos en conflicto.
Los cómics mentían, la radiactividad no otorgaba superpoderes.
Con esa certeza salió a la calle, entró en una zapatería y compró tres patucos para su recién nacido, allá en Fukushima.
Cercado por las llamas, el estrépito de la Torre Sur al derrumbarse le hizo comprender. Era el momento de tomar la iniciativa. Había visto a su superhéroe favorito de la infancia hacerlo infinidad de veces. Los pies, muy juntos al borde del vacío. Impulsarse. Volar. Abajo, una inmensa nube de polvo engullía la ciudad.
La soltó de la mano un instante y echó a volar. Fue un vuelo raso, improvisado, sin mayor aspaviento, sin un traje al uso. Nuestro protagonista desconocía que un cromosoma aletargado en su cadena genética podía dotarle de aquella característica sobrehumana. Todo sucedió demasiado deprisa.
Así fue como la niña descubrió que su padre era un superhéroe. Era un día cualquiera en la ciudad; de pronto se escuchó un «booom» en la viñeta siguiente y padre soltó su mano, echó a volar, derribó al villano de esta historia y desapareció más allá de las nubes.
La secuencia dramática de las páginas centrales se recrea en el instante del forcejeo. Poco a poco nuestro héroe va haciéndose inmenso hasta envolver a su oponente como un manto. La acción continúa en el envés, donde se produce un nuevo «booom» menos sonoro, amortiguado por los superpoderes de la coraza humana y, a continuación, una serie de viñetas describen el vuelo triunfal del salvador del mundo, hasta verlo desaparecer lentamente entre las nubes.
Y así, en el albor de un nuevo día, llegamos a la última escena donde Malak, hija de Adel, extiende su mano hacia un punto concreto en el cielo de Beirut.
Tenía una taza de café a medio beber cuando sonó el móvil. Las dos gomas azules que no había querido ponerse su hija enrolladas en la muñeca. Los ojos fijos en la foto enmarcada con macarrones por la niña allá cuando tenía cuatro años. Un dolor intenso en el estómago. La caja de pinturas de Lena aún abierta en el sofá. Un agujero en el pecho, otro en la frente. La lista de las cosas que habían ido a comprar juntas al chino para hacer el disfraz aún metida en el bolsillo del vaquero. El dibujo de la súper heroína en la mesita de cristal, con su capa amarilla, con la L rosa de fieltro en el medio del pecho, con la diadema a juego. Cuando colgó, cincuenta y nueve segundos más tarde, tenía que dirigirse con urgencia al hospital, y que aprender a pasarse el resto de su vida conviviendo con la noticia que acababa de darle el director del colegio.
Oscuridad. Frío. Angustia.
Cesa el ruido del motor y el miedo se multiplica. Rezos. Gritos. Movimientos bruscos que desestabilizan el frágil equilibrio del conjunto. Un niño, Alim, cae al agua. Dos pequeñas manos asustadas no llegan a los incontables brazos que se estiran intentando alcanzarlas. Alguien más resbala y va a parar al mar. El pánico se dispara.
De pronto se oye una lancha en la lejanía. Suena cada vez más cerca, se ven luces. Entra la esperanza en escena.
Los superhéroes del último año no vuelan, ni tienen fuerza sobrehumana, y en vez de mallas o capa llevan chaleco salvavidas. Surcan el Mediterráneo buscando precarias embarcaciones a la deriva llenas de personas asustadas y engañadas, derrotadas por una realidad que las castiga primero con guerra interminable en su país, luego con dureza extrema en el camino, para acabar explotadas por mafias que venden viajes en balsas hinchables a precio de crucero de lujo.
Impotencia. Denuncia. Agradecimiento.
Alim, ya a salvo, da gracias por la ayuda recibida en este relato. Nosotros agradecemos a estos superhéroes que existan en la vida real. De corazón.
Llegó y me amó. No quise nada más. Luego lo pisé y volvió a convertirse en sapo, pero antes de que pudiera salir volando me atrapó con su lengua y me amó de nuevo. Los dos renacimos y nos convertimos en superhéroes. Yo acabé con mis miedos y él tomó decisiones.
Envueltos en finísimos hilos de seda brillante y pegajosa y convertidos en una bola enamorada, emprendimos el viaje que el viento nos tenía preparado. Atravesamos las montañas más abruptas y rodamos por los valles más extensos para, al final, acomodarnos a la orilla de un estanque recién nacido, un terreno virgen donde echar raíces. Sobre nuestros cuerpos treparon con cautela, enredaderas y libaron colibrís de alas impacientes.
Te esperé toda la vida, dije en un susurro y de su cuerpo surgieron alas de ave fénix. Su piel, antes viscosa, se cubrió de un armazón escarlata, consistente y flexible en el que, acurrucándome me dijo, solemne y sincero: Nunca más estarás sola y de mis ojos brotaron lágrimas de cristal que cubrieron mi rostro formando una máscara genuina a través de la cual solo podían verse mis labios aumentados.
El tiempo se paró. Solo el amor puede salvar al mundo.
Cilene compartía cuna con una gata de increíbles ojos verdes. Y aunque su madre la espantaba, la gata volvía una y otra vez para lamer la piel de aquel bebé, sensible a la textura de su lengua.
Cuando Cilene creció sus manos volaron a las teclas de un pequeño piano rojo que iba siempre bajo su brazo. Y en el canturrear de «ojalá que te vaya bonito» bailaba con los marcos de las puertas, como si fueran compañeros con fuerza.
Sus dones eran invivibles a simple vista porque nadie sabía mirarla. No creció en el ambiente adecuado. Hasta que un día llegó algo que rompió su barrera y ella se abrió sacando virtudes de empatía que cautivaban. Cilene era linda en su conjunto, en su receptividad, en su corazón blanco por donde se colaban innumerables rayos de sol. Pura espiritualidad al trasluz.
Aquella súperniña está hoy en la mujer que es y será la mano a la que agarrarse; la lágrima mezclada con la risa; la defensa al débil. Y su mayor virtud es que sabe, como ninguna otra, meter sus dedos hasta lo profundo de tu corazón y tocarlo, tocarlo con las yemas sonrosadas de una niña altamente sensible.
Superboy asoma la nariz por la puerta de la cabina telefónica y pide permiso; ya llegó al quiosco su cómic favorito. Con la capa bien abrochada como exige mamá —que ya se sabe lo que pasa con las corrientes a ciertas alturas—, vuela a buscar a Wondergirl. En la cornisa del rascacielos que da al parque, las cabezas rozándose, engullen las historietas con avidez de visión láser. Sus boquitas forman una O cuando el héroe se levanta al primer timbrazo del despertador. Las mismas boquitas que salivan con el megadesayuno que le da vigor: pan del día anterior sopado en leche. Después, resiguiendo las viñetas con los punteros ultravioleta pringosos de caramelo, entran con él en el vagón del metro derrotando al gentío. Contienen el aliento hasta llegar a la oficina y lograr esquivar al jefe. Ríen aliviados con la charla sobre el partido del domingo entre los compañeros, pero enseguida las aventuras se reanudan a un ritmo trepidante: La pila de informes fechados, sellados y archivados. Los lánguidos lametones de Fido cuando regresa a casa. La tortilla francesa ante la tele encendida. El inexcusable cepillado de dientes. Fin. Un suspiro y su imaginación toma tierra: Cuando seamos mayores…
– Vamos a ver, Germán ¿Por qué no quieres venir?
– ¿Pa qué?
– Ya lo sabes, la gente te quiere mucho, el pueblo entero está muy agradecido y por eso desea entregarte la medalla de honor. Te lo he explicado varias veces…
– Y yo te he dicho mil veces, alcalde, que ya sé que me quiere, que no me hace falta na más, cojones.
– Pero mira que eres cabezón, Germán. ¿Quién como tú ha cuidado el entorno de la comarca, y nuestro ganado, convirtiéndolo en el más preciado de la región…?
– …
– ¿Quién, gracias a sus conocimientos sobre animales, ayudó a parir a aquella mujer extranjera, salvándola a ella y a su criatura?
– Cualquiera hubiera hecho lo mismo…
– ¿Sí? ¿Y quién ayudó a tanto perseguido durante la guerra a refugiarse en nuestros bosques? ¿Y a cruzar la frontera para que no los deportaran?
– No fui el único.
– Ya, Germán, pero tú no les cobrabas, carajo…
– Pos claro, solo faltaba, nos ha joío.
– ¿Ves? Pues por eso y por mucho más, te mereces el homenaje.
– Pues sigo sin entenderlo, alcalde…
– ¡Me cago en la puta, Germán!
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