¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Repito, por si alguien me escucha, soy Miguelón, de Requena, un pueblo de Valencia y no tengo tiempo.
Ella llegará en cualquier momento y lo hará, como siempre hace, volando bajo, cortando el aire con acrobáticos zigzags para llamar la atención. Luego revoloteará con aspaviento hasta posarse sobre mi cabeza, para acabar salpicándome de mierda las orejas, los ojos y el hocico.
Sí, han oído bien: hocico ¿Quién lo diría? ¡Yo, con hocico!
En fin, que solo cuando ella crea que me ha humillado ya lo suficiente, se marchará conforme vino, dejándome en el aire su habitual “¡te lo advertí!”
Y tanto que lo hizo…
Fue la tarde que mencioné lo del divorcio. ¡Ni muerta!, gritó. Estaba frenética y conducía como una loca. No vio que el semáforo cambió. Yo tampoco. Solo vimos el camión. Luego fue el túnel hacia la luz, realmente un tobogán angosto y resbaladizo que conduce directamente al Karma, esa especie de Juez etéreo que, dicho sea de paso, no es imparcial. Para nada. De serlo, ella no volaría libre en el cuerpo de una paloma y yo no estaría aquí, atrapado en la estatua del gato que hay en el parque de Requena.
¡Ya viene!
Con mi perrita de solo tres meses paseé hoy por la playa cuando ya el sol iba cayendo por el horizonte. Ella no pudo terminar toda la caminata con sus cuatro patitas y la mitad del tiempo buscó refugio sobre uno de mis brazos, que llegó casi dormido al término del paseo.
A estas edades mover las piernas y hacer trabajar el resto del cuerpo todos los días, tras estar más de ocho horas sentado frente a la máquina derrochadora de textos, informes, cálculos y mensajes llamados electrónicos y que acercan a la gente de manera llamada virtual, se hace necesario y hasta obligatorio.
¡Ah, se me olvidaba!, un loco de casi un metro noventa nos había salido en la playa en mitad del paseo; llegó corriendo apuntándonos con un trozo de madera que semejaba una pistola. Mi perrita ni corta ni perezosa, cuando él me iba a golpear en la cabeza, hizo una llave de judo que dejó al pistolero con la pistola de madera colgando como un pendiente de una oreja.
Es que hoy en día no es que haya más locos, es que las perritas no son como las de antes.
Antaño existió una princesa maya que era la mejor pescadora de agua dulce de los reinos del Quetzal. Pero quería más presas. Se contaba que tras las Puertas Sagradas existía un río gigantesco, cuya orilla se situada al otro lado del mundo. Y aunque era tabú, la princesa franqueó la entrada. Ante ella se extendía el océano. En la caña de pescar, prendió un ratón como carnada. Extrajo de las aguas un animal desconocido que hacía miau. Esta vez, con carne por sebo, lanzó la cuerda. Obtuvo un gran perro lanudo y su coro de guas. No se parecía en nada a los pelones y mudos chichis que se servían en las ceremonias acompañados de jícaras de chocolate. En esta otra oportunidad, probó con su anillo de oro y atrajo un hombre. Aquel se veía salvaje con el vello dorado relumbrando en el rostro blanco y, sin esperar su aquiescencia, le hizo el amor en la playa. Pero atraídos por el oro, llegaron más hombres como aquel, con la cruz y la espada. Así cuentan los indígenas de tierras altas, se inició la conquista española en tierras americanas. Por culpa de un perro, un gato y una mujer curiosa.
Alguien dijo que no eran más que el anticuerpo que había generado la materia para contrarrestar la infección vírica en la que se ha acabado convirtiendo la humanidad; volvió a cobrar fuerza la hipótesis de que en realidad eran extraterrestres.
Lo cierto es que un día, como si desde siempre hubiesen estado preparándose para hacerlo, todos los gatos del planeta rompieron a maullar, con ese sonido lastimoso que parece el inconsolable llanto de un bebé, como si no hubiera otro motivo para su existencia que la emisión de aquel maullido, como si la Tierra entera se hubiese convertido en una cuerda de violín vibrando a perpetuidad.
Hubo quien reaccionó de inmediato, como si también ellos llevasen toda la vida esperando aquel momento para arrojarse al instante al vacío, empujados por un mandato que les brotaba directamente de las entrañas. En otros, sin embargo, no producía más efecto que una turbación indefinible que les hacía sentarse a contemplar la lluvia de cuerpos sobre el asfalto como en una lenta ensoñación.
Se veía en sus miradas sin objeto que no comprendían lo que estaba pasando, que no sabían que es así como llegan los finales: sin avisar.
Negrete, el perro de Don Daniel, era el habitante más odiado del asilo. Allá donde se dirigiera el can, provocaba a su paso miradas de aversión y a él iban dirigidas las peores maldiciones. Tanto era así, que a todos los ancianos sin excepción se les había pasado alguna vez por la cabeza la idea de envenenarlo.
La razón era el extraño don que poseía: Predecir la muerte.
Si Negrete se sentaba en el umbral de la puerta de una habitación, quien la habitaba amanecía muerto.
El día que Don Daniel Murió, Negrete siguió al coche fúnebre hasta el cementerio y una vez sepultado su amo, se tumbó sobre su Tumba. Nada pudieron hacer por echarlo de allí.
Transcurrieron dos semanas sin ningún fallecimiento y en el asilo habían comenzado a olvidarse de él hasta que una noche, mientras todos dormían, apareció en la puerta principal ladrando como un poseso.
Uno a uno, todos los ancianos fueron saliendo al patio hasta tenerlo rodeado. Entonces, uno de ellos tiró la primera piedra y los demás le siguieron.
Ni me lo regalaron ni lo encontré abandonado en la calle. A Django lo compré simple y llanamente porque me apetecía. Comenzamos teniendo una relación tímida y formal. Él vivía en la terraza y yo le ponía la comida a un cachorro pastor alemán que conforme iba creciendo asomaba su hocico por la puerta reclamando mi atención. Y así, pezuña a pezuña te fuiste adentrando en mi hogar. Abacoraste el sofá granate donde echabas largas siestas. Dejé de ver programas del corazón a cambio de documentales de animales que con curiosidad observabas. Construí enormes pasillos y pinté las paredes con paisajes realistas para que galoparas por ellos. Comías exquisiteces varias que arruinaban mi bolsillo. Yo me volví adicto a los palitos de carne. Tantos años echándome en cara mi madre lo perro que había sido y a mis cuarenta descubría mi auténtica vocación. Llevábamos una vida de ensueño: dormir, comer, corretear, burlarnos de las gatitas desde el balcón…Te inscribí en el Registro con mi apellido. Ahora éramos más que colegas, hermanos. Pero lo que mayor felicidad me aportaba era apagar la luz y que desde la cama jugueteases con mi pelo mientras yo me quedaba dormido en el suelo.
Era un cabrón. Un auténtico hijo de perra. Como tal murió una noche cualquiera en un antro de las afueras a manos de no se sabe quién. Unos dicen que lo apuñaló un yonki al que le disputaba el territorio. Otros que se lo cargó el chulo de la última puta a la que rajó la cara… Pronto dejan de comentar contentos con haberlo perdido de vista.
No hay flores sobre su tumba. Solo hay un perro cada vez más escuálido que lanza al aire una pena animal cada vez más exánime.
Hay días en que amanece de malas pulgas y bravucón, gruñe, marcando su privacidad. Lo entendemos. Pasó parte de la infancia entre un grupo de ultras. Sin embargo hace meritorios esfuerzos por superarlo, lo noto cuando me sigue, protegiendo mi sombra. A mi mujer la mira torcido, pero es que siendo un adolescente, en una feroz pelea callejera perdió el ojo izquierdo. Pero cuando ella se mete en sus fogosos ejercicios de baile, se echa a su lado, llevando el ritmo con la cola. Al llegar los niños del colegio, corre todo lo que dan sus patas y los lame cuan largos y anchos son. Aunque, para no perder su condición de malevo, les arranca con mordisquitos cariñosos los trozos de galletas que ellos le dejan en los bolsillos. Las noches oscuras sube a la azotea y, nostálgico, lanza lastimeros aullidos, llamando a sus parientes lobunos.
En su cabeza los años han tejido nudos que le impiden guardar nuevos recuerdos. Pero aún le quedan los antiguos. Y por eso le duele el alma desde que lo han separado de su Rufus.
-Es por tu bien, papá. Aquí te cuidarán pues con nuestros horarios no podemos atenderte.
¿Por su bien?, piensa el anciano. Por su bien no dejaría su casa, sus tierras, su pueblo y el cariño de su compañero de fatigas.
Remigio se queda adormilado sentado al sol de media tarde, tras la cristalera desde donde contempla el tráfico de la gran ciudad que le abruma. Cuando el brazo le resbala del sillón espera inútilmente el lametón de Rufus, que le ponía una ancha sonrisa en la cara. Ahora es una arruga nueva lo que se instala en su rostro… ¡cuánto añora su vida!
El único rayo de esperanza que vislumbra es Andrés, su nieto. El chico ha cambiado en sus juegos los trenes por tractores, y escucha entusiasmado al abuelo cuando le habla del campo y las cosechas, la meteorología y las épocas para cada trabajo. Si Remigio aguanta un poco más, espera trasladar su pasión por la tierra al muchacho. No todo está perdido.
“Debidamente entrenado, el hombre puede llegar a ser el mejor amigo del perro».
Corey Ford.
Noto que ya nada es como antes. Me sirve igual que siempre mi plato de comida, pero desde hace unos días algo ha cambiado. Ahora va siempre acompañada de un ingrato e incómodo silencio. Yo devoro cada bolita de carne con la misma ansiada impaciencia de siempre pero cuando termino ya no acaricia mi lomo, ya no se dirige hacia mí con la dulce entonación que acostumbraba.
Mi instinto me dice que algo no va bien. Puedo oler la amargura que brota de sus ojos en forma de lágrimas y saborear su derrota cuando deja caer la mano que antes los restregó y ahora lamo en el intento de succionar hasta la última pena. Pero todo es inútil. Algo me insiste por dentro que se acerca la tragedia y por más que me vacío en mis ladridos no consigo que nadie acuda en mi ayuda, en la suya, la de mi compañera de juegos, de complicidades, de ternuras infinitas al calor de una chimenea, nadie acude y yo quedo solo contemplando como se balancea el cuerpo de mi dueña colgado del techo de la cocina.
Lo encontré una noche de cielo lóbrego. Desvalido, famélico, magullado, herido, indefenso, solo, perdido y probablemente, abandonado.
Con aquellos zalameros ojos azules y su pelaje hecho jirones, comenzó a acurrucarse entre mis piernas, a enmarañarme en sus deseos, a embaucarme con sus ronroneos. Me dejé seducir y no por lástima, sino porque probablemente necesitaba sus caricias más que él.
Me lo llevé a casa. Cicatricé sus heridas, le di todo lo que pude o supe darle, hasta que su aspecto mejoró, hasta que se sintió fuerte.
Ahora las cosas han cambiado. Me ha enseñado sus garras, sus afilados dientes y ahora soy yo la que se siente magullada, indefensa y perdida
Mi gato es un tirano, un déspota, pero ya no me duelen sus heridas, lo que realmente me lastima es que cada vez se parece más a ti.
Aquella mañana, Pingo vino a despertarnos sobresaltado: ladraba y movía el rabo sin parar. Salimos de la cama al unísono y echó a correr. Lo seguimos. Nos condujo a la cocina. Allí, mi marido y yo nos encontramos desayunando a nuestro hijo Antonio y a otro joven idéntico a él, ¡y era imposible distinguirlos…! El de la izquierda se levantó, nos dio un beso y un «buenos días» -lo abracé-. El de la derecha siguió sentado, mojando galletas en la leche, como si no hubiera nadie más allí. Entonces, me acerqué sin que me viera, pegué mi mejilla a su mejilla y lo rodeé con mis brazos, con el respaldo de su silla haciendo de parapeto. Segundos más tarde, mientras el otro Antonio recogía la mesa y sacaba a pasear a Pingo, fue a colocarse mejor el tupé. Al terminar, vino al vestíbulo, se subió a la espalda del Antonio que ya había vuelto de la calle y esperaba con la mochila con los libros colgada, y marcharon hacia el Instituto.
Con la puerta abierta de par en par, observamos cómo se alejaban… Pingo y mi marido, perplejos. Yo, sonriendo, feliz de ver a Antonio cargar con nuestro hijo.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









