Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

109. El gato de Raimundo

Todavía me río al recordarlo huyendo escaleras abajo con el gato. Fue por mi noche de cumpleaños. Raimundo Cantalapiedra apareciendo con un magnífico regalo envuelto en lila, tras haberme dejado plantada días antes con una amiga en común a quien denominaba “la putita esa”. Aún me hace gracia. Se quitó el sombrero de Armani. Desenvolvió el gato. Lo puso sobre la mesa, dijo “miau”, y el peluche le imitó. Yo aún aguardaba alguna disculpa. Nada. Algún topicazo de cumpleaños, y poco más. Hasta el gato había enmudecido. Y entre tanto silencio, observé al peluche y descubrí el regodeo. Para entonces su mano buscaba ya mi trasero; y también mi perdón, ahora. Que perdonar refuerza mucho la autoestima, decía. ¡Qué gracia! Sonaba filosófico. Un refuerzo para mi autoestima, vacía como un pollo destripado. Preferí dejar a la pobre tranquilita. Aparté su zarpa de mi culo, y le pregunté si había liquidación de gatos. Sonrió, debió atisbar algún preludio de reconciliación. Salió a toda mecha con su gato, se lo merecía. “Tráeme uno real, diputado”, le grité. Qué creía. Que debemos reírles las gracias cuando a ellos les dé la ventolera. Como si no supiera que “la putita esa” tenía otro igual.

108. Fui galgo corredor

y bien asendereado corrí tras mi amo. Sepan vuesas mercedes que, si no se recoge mi presencia en sus historias, se debe a que él mismo prohibió a Cide Hamete que me mentase, con el achaque de que no solían los caballeros ir acompañados de canes en sus andanzas. Yo hinqué mis dientes en los tobillos de Juan Haldudo, gruñí a los gigantes, puse en fuga a unos pastores que hirieron con sus hondas a mi señor y recibí caricias de la gentil Dorotea. Con todo, tengo por mi mayor trofeo haber arrancado −y arrastrado como pendón rendido− un trozo de falda de aquella duquesa que se atrevió a burlarnos, dejando al descubierto ante la corte sus pantorrillas. Se me abrió el cielo cuando mi amo, derrotado, decidió convertirse en pastor. Imaginé una vida regalada, cuidando ovejas y escuchando tocar la zanfoña al buen Sancho, mas poco duró el regocijo, que murió mi señor por la pena de abandonar la caballería. Ahora yazgo en el zaguán rumiando recuerdos, solo me despabilo cuando olfateo al bachiller en la distancia. ¡Si no me tuviera el ama atado, ya habría probado mis colmillos ese bellaco que, vestido de falso caballero, causó nuestra desgracia!

107. Lucy

Me llamo Lucía. Un nombre precioso ¿no creen?. A mí me lo parece y odio por eso que me llamen Lucy. Pero… todo el mundo lo hace. A estas alturas sé bien que ya perdí la batalla y trato de no darle demasiada importancia. Aunque lo odio, ya digo, el dichoso diminutivo. Pero, discúlpenme, no vine a hablarles de mí.  ¿O quizá sí?.

Quería yo contarles de Anna y difícil me resulta no colarme en su historia porque es ella mi mejor amiga. Mi amiga del alma. ¡No saben cuán extrañas suenan en mi boca estas palabras!. Ustedes apenas me conocen y esto que les digo buena impresión no les ha de causar, lo sé, pero sinceridad obliga y debo reconocer que siempre fui algo huraña y desconfiada. Nunca me gustaron mucho los humanos, cierto es y poco importa ya la causa.

Anna, les decía, tiene diez años. Es una niña alta, pecosa, enamorada de la música y los libros. Y la chiquilla más valiente que conozco. La única razón -al fin comprendí- de mi aprendizaje y mi canina existencia. Un laberinto de peligros cada día juntas sorteamos. Siempre yo su luz entre las sombras. Sus ojos y su guía.

106. Juicio de Osiris

El gato es un animal psicopompo. Lo aprendió del abuelo que era un gran conocedor del Antiguo Egipto. Por ello no le extrañó que desapareciera en el funeral del anciano. Cuando tras varios días de ausencia regresó la mascota a casa estaba sucia, helada y una pluma asomaba de su hocico. Inmediatamente recordó aquella creencia en la que Anubis coloca en un platillo el corazón del difunto y en el otro la pluma de Maat. ¿Hacía que lado se ha inclinado la balanza? Le inquirió impaciente al animal. Éste, lo miró con desdén y regurgitó a sus pies los restos de un pequeño pajarillo.

105. ÁNGELES DE LA GUARDA

Ángeles de la Guarda

Érase que se era, una pareja de “abuelitos” que vivía en el peculiar barrio del Albaicín de Granada. Cada mañana, ella se levantaba y le ponía su café en la cama. Él, con su cigarrillo matutino, la miraba con los ojos entornados de un joven enamorado.

Desde la cama, la Alhambra les daba los buenos días. A los pies, Belinda, su fiel compañera de viaje.

Belinda, era una pequeña pomenaria de gran carácter. Apareció una gélida tarde de invierno cerca del portal. Desde aquel día, hace ya cuatro años, nunca se separaría de nuestra entrañable pareja de abuelitos.

Todo era felicidad, hasta que nuestros enamorados cayeron enfermos. La vida que tanto amaban se apagó en escasos meses. La abnegación de ellos contrastaba con la tristeza de Belinda. Su sexto sentido entendía que el final estaba cerca.

Tras cuatro meses de agonía, la luz del cielo se los llevó de la mano.

Belinda, ausente, en ocasiones, levanta la mirada y busca entre las estrellas aquellas dos que están cogidas de la mano. Sabe, que son sus dos ángeles de la guarda.

104. El último pueblo

El aire huele a vaca y es cortante, parece que llega sin esfuerzo hasta lo más profundo de nuestros pulmones.  Las calles de este pueblo, por el que transitamos, están mal pavimentadas. Al andar los zapatos de Frank suenan contra los adoquines, provocando que un can se acerque a olisquearnos y nos siga.

Llegamos a un restaurante. Frank abre la puerta  y esperamos en el umbral. Unas treinta personas se apiñan en las mesas. La camarera va y viene llevando platos, cubiertos, vasos… Nos mira y se acerca sudorosa a nosotros intentando colocar un rizo que le cae sobre la frente, sin éxito. Nos guía hasta una mesa tranquila, atravesando el comedor, en medio de un inmenso ruido de cubiertos. Frank pliega su bastón blanco.

Miro a los comensales, ellos también reparan en mí e incluso algunos me sonríen.

Frank me ofrece comida, pero no tengo hambre, estoy cansado… Cierro los ojos mientras escucho los ruidos del salón como un murmullo en la lejanía. No siento las caricias de Frank que antes me producían escalofríos al bajar por mi columna. No puedo moverme.

— ¡Despierta, amigo!

La camarera se acerca, oigo unos pasos…

— ¡Lo siento! Creo que su perro ha muerto.

103. La herencia de la señora Elvira (María José Escudero)

No  fue fácil para los sobrinos de “la cartonera” hacerse con el botín porque   ella,  astuta y previsora, intentó dejarlo a buen recaudo.  Por su mesurada  forma de vivir, nadie  le suponía fortuna  y, hasta que pasó lo que pasó,  tampoco se le conocía familia. Habitaba    una   buhardilla modesta  en  compañía de Sirius, un gato abisinio que se cruzó —por suerte—   en su camino   y, aunque era popular en el barrio, no solía recibir visitas. Recogía cajas en el supermercado, retiraba las revistas de la peluquería  y rescataba periódicos olvidados en los  bancos de la plaza.

Por las noches se  distraía observando el cielo con un telescopio de juguete que abandonó en el rellano el nieto de su vecina. Pero,  aquella vez,    se quedó dormida  en su observatorio y, cuando   la escalera empezó a oler a ausencia y  melancolía,   los bomberos tiraron la puerta y   la hallaron, rígida y sonriente, abrazada a una  guía de estrellas.

Al   minino guardián    le atizaron  de lo lindo  para que desalojara el cojín    que su ama le mullía  tras  esconder en su interior las ganancias de cada  día. Luego, entre bolsas de recuerdos, ropa vieja  y alguna  fotografía,  encontraron  la codiciada cartilla.

102. LAIKA

LAIKA

Laika estaba nerviosa, por fin iba a emprender su viaje. El cohete estaba preparado, ahí le habían puesto comida que caía por raciones, agua y hasta “chuches”. Esto es un hotel de 4 estrellas, que digo de 4, de 5.

Cerraron la puerta detrás de ella y el artilugio comenzó a elevarse. Estaba muy contenta cada vez se iba alejando más del suelo. El sol, balón de fuego, se aproximaba hasta tal punto que temió que produjera un incendio.

 

Las casas más altas del pueblo, a ésta altura parecían casítas de perro.

Si sus amigos la vieran, sentirían envidia. Divisó el lago, por cuya orilla tantas veces había correteado, sólo era un charco que no serviría ni para dar de beber a las palomas.

De pronto, nota un olor desagradable, cas irrespirable, le recuerda la vez que se quedó encerrada en el armario.

Me dormiré y cuando ella note mi ausencia vendrá a rescatarme, cómo tantas veces. Despertaré con sus caricias.

Y moviendo su rabíto, cada vez con menos fuerza se durmió definitivamente.

 

 

101. LA CURIOSIDAD…(M.Belén Mateos)

Siete vidas le dijeron. Siete para disfrutarlas. Siete para vivir en plenitud cada una de ellas. Cuando a la séptima semana me precipité por la ventana ante mi curiosidad por ver más allá de los cristales, comprendí que a mi dueño le habían dado perro por gato.

Y desde luego tampoco caí en pie.

100. Pesadilla

Eres un niño feliz, estás en la cama a punto de dormirte, notas el confortable calor bajo el edredón con el que te arropas, tu gato se ovilla junto a ti ronroneando, vienen tus padres a decirte lo contentos que están porque has dejado de mojar las sábanas, apagan la luz de la habitación, no tienes ningún miedo con el pijama nuevo de superhéroes, rezas en silencio tus oraciones creyendo que va a ser una noche de sueños agradables, y entonces alguien te da una patada en las costillas y te despiertas sobre el suelo del recinto de un cajero automático y sientes frío al haber desaparecido los cartones que utilizas para taparte y ves huir aullando al perro que siempre te acompaña y oyes los insultos de dos hombres desconocidos y te orinas encima cuando iluminan con sus mecheros tu refugio improvisado y no dejas de temblar mientras acercan las llamas a los harapos que vistes y empiezas a maldecir a gritos porque sabes que esta noche no es una pesadilla del niño feliz con el que estabas soñando.

99. NOLO Y LEX

Cuando era pequeño, siempre estaba peleando con mi hermano, me quitaba los juguetes, me hacía rabiar…Yo tenía una técnica de defensa extraordinaria, mi grito y mi llanto, enseguida aparecía mi madre con una frase que nunca olvidaré: “Os lleváis como perros y gatos”

Tenía una beca para estudiar en la universidad de Durham. Una tarde volviendo a casa, triste, acordándome de mi hermano, en este país en el que me sentía tan solo, echaba de menos nuestras muchas peleas y abrazos. Absorto en nuestra infancia, noté algo en mi pierna derecha, ¡era un cachorro de cocker!  Buscaba el calor en mis pies, lo cogí y lo apreté fuertemente en mi pecho, no sé porque en ese momento me salió un ¡Gracias hermano!

Deseaba llegar pronto a casa para llamar a mi familia, me hice un selfi  y se la envíe a mi hermano diciéndole: le he puesto de nombre NOLO en tu honor.

El me contesto con otra foto en la que aparecía con un gato persa en sus brazos y un comentario como “cogí a Lex porque tiene el color de tus ojos”.

Efectivamente somos como perros y gatos.

98. Claros sobre oscuro.

Hace tres días vine a vivir con Ricardo. Siempre pensé que estaría preparada para este momento, pero hay ciertas cosas que pareciendo fáciles, no lo son tanto y, aunque pongo todo de mi parte, siento que actúa como si yo no estuviera y en su vida nada hubiera cambiado.
Mientras tanto, estoy descubriendo detalles de su vida que desconocía.
La primera noche, ver a Gladis me resultó violento, pero él intentó calmarme diciéndome que no me preocupara mientras acariciaba mi cuello. Debe llevar mucho tiempo por aquí, sus movimientos demuestran confianza y seguridad, hace y deshace a su antojo. Su mirada felina es desafiante, pero parece que me ha admitido como una más en la casa.
Hoy ha venido Ana, olía a alcohol, a miedo, a tristeza, a mucha pena: “Ricky, no eres tú, soy yo. De veras que lo siento, no soporto verte así, no debí conducir bebida, no debiste sufrir tú las consecuencias”, ha dicho a modo de discurso torpe y atropellado. Después, ha recogido su ropa y a Gladis. Antes de marcharse, leyendo mi collar y entre sollozos ha balbuceado: «Siempre quisiste tener un perro…, espero que… ésta… sepa guiarte».

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