Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

68. Mascara y secreto Calamanda Nevado

Ahí estabas todo empapado, maltrecho, con espantosos  moratones por alguna pelea.  Te seguí encendido   aunque  mi  dolor se prolongara más allá de mí mismo, contagiabas extraña paz.

Los dos víctimas, los dos con ojos enrojecidos, la boca hundida tristemente en el rostro, y la garganta sin saliva rajándose de arriba abajo; mirábamos con los ojos del corazón.  Acomodados  al silencio unos  gritos  entrecortados nos  tensionaron alejándonos hacia  un paraje, resultaba extraño y la flor de la noche  lo mostraba nauseabundo de olor. Decisión equivocada, pensé tosco, pero te habías juntado conmigo y éramos arrabal y sombra solitaria.

Paramos unos minutos detrás del cementerio,  levantaste la cara  y la pusiste frente  a  mí  regalándome tu aliento;  te instigué a beberlo como si llevara azúcar. Obedeciste con muecas humanas.

Trotando me  enredé en unos largos sarmientos.  Se acabó, decidí  serio y vago. Esta será  mi jaula y mi cárcel.  Rompiste  las ramas y tiraste de mí en silencio. Lastimero y sin  algarabía te pedí marchar. No comprendías la ruina y desproporción de  mi enfermedad, y te quedaste.

Aullé   bajo la luna llena. Cuando volví a la realidad estabas todo desangrado, inmóvil.

Nunca olvidaré aquella noche. Mi corazón sigue malo y  cruzado.

67. Óliver y Vega (Mª Asunción Buendía)

Ladridos a medio camino entre fieros y desesperados me despertaron. Esta vez era una joven la que se acercaba al refugio. Estaba asustada, evitaba mirarnos, pero cuando lo hizo se fijó en Golden. Mal asunto. Su apariencia inocente ocultaba a un verdadero asesino. Llegó molido a palos y estoy seguro de que mereció todos y cada uno, pero es perro viejo y sabe embaucar. La muchacha pregunta y le señala. No puedo permitirlo, me adelanto, doy muestras de afecto e interés. Consigo mi objetivo y me lleva a mí a su casa. Por el camino me bautiza, Óliver.

Vega me presenta a su madre, ella es el verdadero motivo de que yo esté allí. Soy su último cartucho. Debo hacerle compañía y sacarla del mutismo en el que se hunde cada vez más. Gesto ausente, pero semblante sereno. Me acerco, olfateo, rozo mi trufa húmeda en su rodilla y cruzamos nuestras miradas. Posa su mano en mi lomo, como si siempre hubiera estado junto a ella. Me dejo hacer mirando de reojo a su hija, que por primera vez sonríe ilusionada. Yo sonrío también por Vega, siento que ella es la verdadera rescatada. Por fin todos encajamos en el puzle.

66. Repitiendo comportamientos (towanda)

Me convertí en el tipo más feliz del planeta cuando papá apareció con ella. Era una hembra menuda de pocos meses y, aunque timorata, conseguí que se acercara a comer de mi plato. En nuestro primer intercambio de miradas hubo flechazo. Mamá torció el hocico y rezongó. Odia las mascotas, dice que ensucian mucho.

Parece lista, pero no aprende a aliviarse en la hierba y recogiendo pises y cacas mamá no tiene respiro.

Pasan las semanas; tarda en asimilar nuestras costumbres y es rara: odia rebozarse en barro. Hubiera preferido un macho. Cuidarla, cuando mi pandilla corretea, es un fastidio; además, hay alguien que me gusta y necesito todo mi tiempo para cortejarla.

Le están saliendo los dientes y pringa todo de babas. Mamá vuelve a estar preñada y sus hormonas, revueltas. Ayer soltó el ladrido más tenebroso que escuché nunca. No aguanta más.

Atardecía cuando le vi echársela a las espaldas. Lloré, forcejeamos…, pero ya estaba decidido. En un lugar alejado la depositó en el suelo. Pobre inocente, cómo sonreía. Papá lamió su cabeza y lanzó, lo más lejos que pudo, su muñeca favorita. Ella gateó apresurada para buscarla mientras yo, agazapado entre la maleza, no moví un músculo.

65. Melancolía

La mujer levanta la vista de su labor. Acaba de pincharse con el ganchillo y se lleva el dedo a la boca. Mientras sofoca la gota de sangre, su pensamiento se detiene en cómo ella y sus dos compañeros han ido perdiendo destreza y vitalidad.

Lo que más le apena es que Teo y Gastón sean ya tan predecibles. A esta hora de la tarde sabría encontrarlos sin ningún esfuerzo. Teo, el abisinio, aún conserva algo de aquella curiosidad que dominaba su espíritu y estará frente a la galería de arte que hay al cabo de la calle. Se ha encaprichado del Maneki-Neko del escaparate y, a base de insistir, ya levanta la pata izquierda como él. Gastón, el persa, mucho más discreto, estará acurrucado cerca de la antena parabólica de los vecinos londinenses. Es él quien más añora los viajes que hacían los tres juntos y, por algún motivo, parece encontrar consuelo en ese artefacto.

La mujer retoma su labor. Sabe que la noche y su letargo vendrán a liberarle de toda esa melancolía.

Y sonríe al pensar que, si afina bien el oído, escuchará de nuevo a Gastón ronroneando en sueños con acento british.

64. Nueva Era

Sepan ustedes que el hombre es el mejor amigo del perro, pero que, blanco o negro, el perro siempre es perro.

Pero no, de ninguna manera lo haría. No podría abandonar a un ser próximo, aunque sea con la excusa de unas buenas vacaciones en el mejor de los balnearios. No es civilizado. Y es que nuestra sociedad, aunque, en progreso, no ha superado ciertas barreras morales. Estamos perfectamente organizados: educación, gobierno, sanidad,… Instruimos a nuestros cachorros en la decencia del respeto al prójimo y a las diferentes razas; invertimos tiempo en cultivar su ciudadanía, en el crecimiento y cuidado del desarrollo sostenido, en la protección de los parques y jardines. Configuramos una verdadera sociedad avanzada, y sabemos que antaño el hombre ha sido un lobo para sí mismo. Por eso, por presumir de ser raza superior, los perros infravaloramos a los hombres, y dejamos que caminen perdidos por las autovías, que aparezcan salvajemente atropellados, que se desangren en ruedos improvisados o que sean colgados de los árboles por galgos vengativos desaprensivos.

Tan solo, un problema estructural deriva del almacén de animales de compañía, donde, desde la Nueva Era Canina, nacen, se reproducen, molestan y gritan mucho los humanos.

63. Gato por libre (La Marca Amarilla)

Mi mascota es un macho dócil y fiel, no tanto como la hembra con la que tuvo camada, que en cuanto puede retoza con otros machos delante de mí. Ella simula que le da vergüenza hacerlo, pero en realidad le da igual.
Mi mascota también es cariñosa y delicada, no como sus cachorros, que siempre intentan agredirme, y a la que duermo procuran hacerme alguna diablura. Entre ellos, a pesar de ser hermanos, tampoco se tienen en consideración; siempre terminan haciéndose daño, y corriendo uno detrás del otro haciendo un ruido infernal. Intento evitarlos, procuro que ni me vean.
En definitiva, mi mascota y yo tenemos un gran afecto y respeto mutuo. Yo solo ronroneo con él, pues es el único que me acaricia de verdad, me da de comer y quita mis caquitas del arenero.

62. CUENTO DE INVIERNO

Las orejas largas en vaivén, el hocico brillante, los ojos juguetones, ansiosos. Lalou cavaba frenéticamente alternando las dos patas delanteras, creando una montaña de tierra reseca y una nube de polvo a su alrededor. Paraba de vez en cuando y, sin dejar de jadear, observaba como el hoyo iba creciendo. Como sus expectativas de encontrar  allí a su amo. Sin embargo, en cuanto comenzó a entrever la madera, su actitud cambió. Aulló, giró en círculos y se acurrucó sobre el féretro. Las gárgolas de la torre solo vieron un pequeño bulto color canela en la álgida oscuridad del cementerio. Desde lo alto todo parece perder su relevancia. Quizás por eso el viejo Julien Baptiste aún merodeaba entre las tumbas.

Un olor conocido, a tabaco y libro rancio, envolvió al perro en su ensoñación. No le faltaron las caricias, las palmadas en el lomo ni un cálido regazo donde olvidarse del frío que se le iría metiendo en el cuerpo durante la noche.

Y como no todos los sueños  buenos se disipan al llegar la mañana, Lalou nunca despertó.

61. GUAUMIAU

La oscuridad del bosque se mecía violenta a capricho de Eolo. Me gustaba disfrutar de ese concurrido silencio. De la mitad de la negrura me llegó un débil GUAU. Y a continuación otro casi inaudible MIAU. ¿Era real?. Quizás la conjunción del viento con las hojas de las hayas y robles había engañando a mi oído. Volví a sentirlos. Ahora más fuerte. MIAU…GUAU. No cabía duda. Mis ojos entrecerrados buscaron entre el musgo, los helechos, las raíces. Seguí el reclamo de la repetición sonora. Por fin te vi: pequeña bola palpitante de pelo negro. Tus enormes ojos redondos con pupilas de diamante fueron los que me hicieron agacharme para recogerte suavemente entre mis brazos. Me gritaban quiéreme.
Nos convertimos en inseparables.
Fuiste fiel, cariñoso, a la vez que independiente y solitario. En tus momentos felices ladrabas. En la intimidad maullabas. Al enfadarte arañabas, o gruñías. Te gustaba que te peinara el pelo ensortijado, recio, asimismo fino y delicado. Me traías a la mano los palos que te arrojaba lejos, aunque luego corrías a perseguir ratones.
Te quise inmensamente, tal cual.
En el momento de dejar este mundo, anciano y feliz, me susurraste: “GUAUMIAU”.

60. COMO EL PERRO Y EL GATO (Petra Acero)

Mi mujer gruñe al verme. Mi hija me sermonea, diciendo que apechugue con las consecuencias de mis bromas sin gracia; después da un portazo y me deja a solas con la fiera.

Antes, mi mujer predecía el futuro: “Seguro que don Jaime se echa novia”, “Esa ensaladilla te va a sentar mal”, “Con una hija así, los porteros serán abuelos en un santiamén”, “Manolo, por mucho que te desgañites animando, tu equipo no va a ganar”… Y sus pronósticos se cumplían. Vaya si se cumplían: don Jaime colgó la sotana, aquella mahonesa me produjo una colitis de infarto, los pobres porteros tienen otra boca que alimentar y, lo peor de todo, ¡mi equipo bajó a segunda!

Pero, hay vaticinios y vaticinios, y con su última predicción me desternillé:
—Dudo entre San Bernardo o Pastor Alemán —se quejó animosa.
—¿Por qué un perro tan grande?… Reencárnate en un gato, así estaremos más anchos en casa —bromeé.
—No, en un gato “ca-lle-je-ro” te reencarnarás tú, Manolo —me contestó amenazante.

Desde que volvimos del sepelio, un San Bernardo llena de pelos y babas la tapicería del sofá. Le dejo hacer, esperando que cuando yo maúlle… mi hija no me eche a la calle.

59. TOMA Y DACA (GINETTE GILART)

Cada día, a la misma hora, sobre las doce de la mañana, iban apareciendo uno tras otro, siempre en el mismo lugar, una zona soleada bajo la ventana de la vecina del primero. Esperando a que esta abriera la ventana para echarles comida se entretenían con su ritual de limpieza lamiéndose con parsimonia. A los vecinos no nos molestaban en absoluto, al contrario, nos encantaba verlos como se estiraban al sol; alguno se quedaba quieto, sentado, la mirada fija hacia el primer piso. Cuando por fin llegaba la comida, esta desaparecía en un santiamén y después de un ligero descanso regresaban de donde habían surgido. Solo a Fulgencio le molestaban, se pasaba el día protestando y juraba que algún día haría una fechoría. Aunque no hacíamos caso a sus amenazas, no nos extrañó cuando los gatos desaparecieron. El cobarde de Fulgencio iba pavoneándose por la calle orgulloso de su hazaña.
Pasó un tiempo y no se volvió a ver ningún gato, en su lugar, al atardecer, se han visto unas sombras correr veloz a ras del suelo y enredar alrededor de las basuras.

58. CANELO

 

Nacional II. El seiscientos aparcó en la gasolinera. El niño lloraba desconsoladamente y  el perro intuía que algo terrible iba a pasar.

– Javi, despídete de Canelo -ordenó el padre al chiquillo.

-¡No, papá! ¡Por favor! No lo abandones, es un perro muy bueno.

-El niño está muy encariñado con el perro, podíamos seguir teniéndolo en casa -objetó la madre.

-Está viejo, torpe y enfermo. Sólo produce molestias. ¿Quieres que nos gastemos una fortuna en veterinarios? El perro se queda aquí y punto -sentenció el padre.

 

Cuarenta años después

-Papá, vas a estar muy bien en esta residencia. Tu habitación tiene vistas a… Bueno, es una carretera; la Nacional II, creo. Pero seguro que es muy entretenido ver pasar los coches.

-Javi, hijo mío, no me quiero quedar aquí.

-Por favor, ¿te vas a poner ñoño ahora? Estarás estupendamente, harás amistades. jugaréis al tute, al dominó, veréis la tele… Si hasta me estás dando envidia.

-Me descorazona verlo así. Podíamos seguir teniéndolo en casa -declaró la esposa de Javi, apenas salieron de la habitación.

-Está viejo, torpe y enfermo. Sólo produce molestias. Mi padre se queda aquí y punto -sentenció el hijo.

57. MANOLO (Antonio Toribios)

Con la muerte de Manolo, a mi madre se le abrieron los ojos a otra realidad, y dejó de lado las veleidades de la infancia para embarcarse en la vida de verdad. Mi madre era de largo la más pequeña y entonces no había juguetes como ahora. Manolo fue para ella compañero de juegos y bebé improvisado. Con la hermana mayor ya casadera y la otra en la escuela, ella tenía desde por la mañana temprano todo el tiempo del mundo para arropar a su Manolo, darle de comer y atusarle amorosamente los bigotes. Pero, la cabra tira al monte, y a Manolo no se le ocurrió sino irse por los gazapos de Saturnino que, a la postre, era alcalde del pueblo. En tres días había matado dos, y no era cuestión de tentar más la suerte. Así que mi abuelo convidó a tres o cuatro, incluido como no el propio Saturnino, y dieron buena cuenta del minino. No eran tiempos aquellos de andarse con bobadas. Mi madre lloró la pérdida unos días, pero acabó riéndose del tonto de Ciriaco, que hasta que oyó maullar con sorna al abuelo creía que estaba comiendo liebre.

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