Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

43. AFINES

Como había perdido el habla no le resultaba fácil dar compañía. Solo toleraba la silueta distante de un gato bizco, enclenque, que había sobrepasado el umbral de su séptima existencia. Se evitaban, aunque a veces por descuido, entrelazaban sus sombras cuando erraban por el caserón. El viejo no jugaba desde lo del accidente. Le daba algo de ansia cuando llegaban los campeonatos; pero buscaba entretenimiento y se olvidaba. Una tarde vinieron a buscarlo. ̶Hombre, no dejes pasar la ocasión, además ha preguntado por ti. Aunque los echó de casa no paraba de darle vueltas. El día señalado se caló la gorra y apareció en el casino. Enseguida se vio sentado frente al adversario; las figuras impacientes en el tablero, el corrillo apiñado. Mataron a los peones prescindibles, dejaron actuar a damas y alfiles. Con la ventaja consumida, pensó en un ahogado, para salvar el tipo. Desde una arista fría de la sala lo observaba el minino estrábico, que exhibía sus garras quebradizas. El anciano lo interpretó como un exhorto a la batalla. Aguzó los sentidos, calculó, transpiró, embistió; pero acabó perdiendo. Recogió la boina. Seguido por el felino endeble, abandonó derrotado el penúltimo combate de su vida.

42. MONÓLOGO INTERIOR

Tengo un perro: un golden retriever, creo que se dice. Tengo que sacarlo tres veces al día, de casa al parque y del parque a casa, llueva o haga sol. Tengo dos hijos que nos lo pidieron a su madre y a mí cuando eran pequeños y accedíamos a todos sus caprichos. Tengo que hablar con ellos –cuando los vea–, porque no lo sacan desde hace meses. Tengo una exmujer que me dejó con el perro, cuando era ya un golden retriever enorme y algo bobalicón. Tengo que hacer que haga sus cosas –al perro me refiero–, y tengo también la técnica adecuada para eso, que no es fácil. Tengo que dejar de pensar todas estas cosas, me ha dicho el médico, y tengo que ser positivo, me ha insistido. Tengo que decidir ya de una vez dónde voy a dejarle la nota al señor juez.

40. BULLDOG BULLYING (Antonio Bolant)

Me dirigía a clase. Era martes y en mi muñeca faltaba el reloj que mi padre heredó de su abuelo. Ya no le bastaba con mis almuerzos, con insultarme, con humillarme. Ayer hizo algo más que robármelo, había empezado a desmantelarme el alma.

Tanto retumbaba en mi cabeza el eco de la ira que olvidé cambiarme de acera, como solía, para evitar el adosado de mi vecino. Su imponente Bulldog aprovechó entonces para lanzarme sus graves ladridos con mayor furia de la acostumbrada. Aún no sé cómo, pero, en lugar de huir, me acerqué hasta notar su aliento y golpeando la puerta enrejada le grité: “¡Déjame en paz, maldita bestia!”

Sin más, retrocedió interrumpiendo de inmediato su embate, comenzó a balancear su cola y se tumbó despacio ofreciéndome su mirada, ahora calmada. Mi perpleja frente, apoyada en los barrotes, fue deslizándose hasta acabar sentada ante el silencio ensordecedor de esa mirada que escuchaba: “Durante todo este tiempo…, cada mañana…, sólo querías que reaccionara…, por eso ladrabas cuando salía hacia el instituto, por eso callabas cuando regresaba cabizbajo…”

Asentí acariciándole el hocico a través de la verja, me levanté y empecé a caminar mientras me apretaba con fuerza la muñeca izquierda.

39. Dalton

A fuerza de mucho roer las rejas de la cerca del chalet, Dalton consiguió abrir una brecha por la que se escapa cuando sus amos lo abandonan, junto a un cuenco vacío, en la caseta del jardín. Entonces por ese agujero el perro sale sigiloso y pasea por el barrio; observa, tantea, vigila que no merodee la pasma y, en el momento oportuno, roba lo que se le antoja a quien se le antoje. Luego regresa escopetado al jardín y, moviendo el rabo con entusiasmo, entierra su nuevo tesoro junto al resto del botín: un par de huesos, media docena de bolsos de vieja, chupa chups de puerta de colegio, las llaves de la valla del jardín de esa samoyedo que está para mojar pienso, el balón que le firmaron los jugadores del Real Madrid al pequeño de la casa, la dentadura postiza que usaba la abuela antes de tomar solo sopas, el bote de Cola Cao en el que su dueña escondía los billetes de quinientos euros, el alijo de hachís que le desapareció al amo y el cadáver de ese perro policía que husmeaba mucho por la zona.

38. NI CONTIGO NI SIN TI…

Sabemos cuándo despierta por el reguero de objetos que caen a su paso. Su enorme y peludo cuerpo es proporcionalmente inverso al tamaño de su cerebro. Es tan dócil como bruto y tan manso como torpe.

El primer ladrido es al llegar a la cocina. Es más un bostezo que un saludo, motivo  suficiente para la primera trifulca con la reina de la casa.

Allí esta ella, pequeña pero valiente, con el cuerpo encorvado y las orejas tiesas, clavándole retadora sus ojos verdes. Con el primer maullido, él recula acobardado.

En las distancias cortas siempre gana ella. La retahíla de gruñidos ya los oye enroscado en el rincón más alejado de la casa, donde dormitará toda la mañana.

Después, ella se pone juguetona,  ronronea acurrucada entre su pelo. Ahora le toca a él hacerse el duro, pero su mirada tierna y tontorrona le delata.

Por las noches se oyen gemidos y aullidos sin saberse bien de que raza proceden.

Así llevan mis padres treinta años, como el perro y el gato, sin decidir aún quien manda en esta casa.

Mientras tanto, este cachorro se ha criado deseando tener una mascota.

Deseo imposible porque ellos no quieren animales en la casa.

37. SEMPER FIDELIS (Manuel Menéndez)

Recupera la consciencia lentamente. Cada vez le cuesta más distinguir sus sueños de la realidad, pero percibe la presencia de la persona amada, al tiempo que siente su pena que le llega en oleadas. Le gustaría poder arrimar su cuerpo contra el suyo para consolarla, mitigar el dolor con su cariño, como tantas y tantas veces hizo, aunque ese tiempo quedó atrás. Trata de erguirse, pero ya no le quedan fuerzas, sólo puede fijar la vista en ella, que con los ojos arrasados, le acaricia tiernamente la cabeza. Con una última mirada llena de amor, trata de transmitirle lo inmensamente feliz que ha sido su vida, lo tremendamente orgulloso que se siente por haber sido su compañero durante todos estos años. No concibe que nadie haya podido tener una vida mejor que la suya. Si fuera capaz le diría que esperará el tiempo que sea preciso hasta que vuelvan a reunirse, porque en realidad son una sola alma dividida en dos cuerpos. Después sus párpados se cierran y sueña, por última vez, que vuelve a ser un cachorro corriendo feliz tras la pelota que ella, riendo, le lanza.

36. HAMBRE

Muerto.

Estás muerto.

Y yo quiero morir.

Y la pena es un kraken aplastando mis huesos. Y ahora soy el hombre que lloró un iceberg.

Nunca, desde el alba del mundo, hubo un perro mejor que tú.

Noble, como el corazón de un arcángel abrazado a su madre.

Fiel, como las olas del mar regresando a su orilla.

Cariñoso, como los besos sembrados en callejones de infancia.

Y bueno.

Tan bueno como el sabor de tu carne en mi boca.

35. «El pianista»

Nos encontramos en el tugurio de siempre. Me he hecho uno de ellos. Mimetizado con el ambiente imito incluso su tosquedad. La reala en la puerta, mal atada a su moto, sabe que no se moverá. Entramos.

Allí carajillo cargado, bravuconadas varias y aquel olor tan repulsivo que lo impregnaba todo. Nos vamos.

Llegamos a lo más recóndito del olivar, de nuevo deja a los galgos aparcados en cualquier sitio. Los miro, me miran. Sonrío levemente, me giro y ¡zas!, lo dejo cao de un solo golpe. Lo aprendí bien para ser certero y dejarlo así, semiinconsciente, que sienta. Deslizo el cordel por su cuello, suavemente, como un pianista acaricia las teclas. Lo alzo lentamente, sus ojos están cada vez más desencajados, quieren gritar pero no pueden. Me está costando, este cabrón ha engordado, pienso.

Ya lo tengo casi, con sus “patitas” ligeramente levantadas del suelo, tocándolo solo con las punteras pero sin poder apoyarse, la agonía es larga.

-¡Lo he bordado! – le susurro al oído; los galgos, nerviosos, miran cómplices.

– Tal y como tú me enseñaste- le digo afianzando el lazo, – el método del “pianista” lo llamabas, el más cruel de todos decías, ¿no?….

– ¡Maldito bastardo!

33. CÓMO LLAMARLO DESAMOR SIENDO ABANDONO (Ana Tomás García)

Marina me dejó abandonado en este lugar, como si hubiera elegido el sitio para que hiciera de metáfora de nuestra historia, en las ruinas de lo que antaño fuera un fabuloso edificio ahora pisoteado por ratas que viven entre los escombros. Limitándose a demostrar que ya no me quería, como si uno fuera un triste helado de chocolate derretido en un cucurucho de galleta blandengue que se tira en una papelera.

Cómo se puede ser tan cínica; cómo puede seguir sonriendo haciéndome tanto daño, después de haberme mimado tanto desde el principio, colmándome de atenciones, detalles y caricias. Claro está que en su vida no había tiempo ya para dedicarme momentos íntimos y especiales como salir a pasear, dormirnos juntos en el sofá, compartir una cena… Al final me tenía arrinconado, de manera literal, al fondo de la terraza, tras una valla metálica, donde mi presencia no era ni siquiera intuida por un nuevo amor de su misma raza.

Y aquí estoy, deambulando perdido porque nunca antes había estado por esta zona, asustado, confundido, solo; esperando que alguien con un poco más de corazón me de cariño y me acoja. O sobreviviré a la tragedia y asumiré la derrota.

32. AMIGOS VISIBLES

Observé insistentemente aquel árbol formado por palabras pero nunca apareció el regalo de mi amigo invisible. Vi como todos desataban el lazo a sus papiros y declamaban su contenido a voz en grito, festejando.
Salí fuera, no quería sentirme alegre, prefería estar decepcionada, al menos un rato, el tiempo que mi mente navideña pidiera.
Distraída crucé la calle y choqué frontalmente con un corredor de la maratón de San Silvestre, pasado de copas, cayendo inconsciente en mitad de la avenida.
Cuando abrí los ojos no estaba en el hospital, ni en mi casa. Un dogo y un Ragdoll me habían llevado a su guarida bajo un puente y me habían tendido sobre su colchón enmohecido.
Aquella situación era absurda, la sinrazón más tierna que jamás haya vivido. El perro lamia mis heridas y el gato con su patita cenicienta, arrimaba una lata oxidada a mi boca. Recuperada abracé a aquellos amigos improvisados que jamás serían invisibles a mis ojos.
Un cohete puso fin a la Navidad, y ambos, asustados fueron a esconderse bajo la mesa. Al poco rato comenzó a oler a pelo chamuscado y es que acababan de descubrir el placer de sentirse acogidos, queridos y sobre todo, calentitos.

31. Fábula

Una vez fui gato. Recuerdo la noche en que, después de ronronear bajo tus sábanas, escapé de tus caricias y salí huyendo por la ventana. Me adentré en un callejón oscuro donde paraba una gata hechicera que me convirtió en sapo. Lo descubrí un día de lluvia al observarme en el reflejo de un charco de bourbon, aunque ese sonido gutural tan desagradable que emergía de mi existencia ya me hizo sospechar. Y recordé que todo sapo necesita una princesa que le bese para romper el hechizo, así que fui a buscarte, llamé a tu puerta, te puse ojos de cordero y prometí ser un perro fiel y dócil. Entonces me besaste y se produjo la transformación. Saliste volando con tus alas de albatros.

30. El nuevo inquilino (Rubén José Huertas Rojo)

Acurrucado como una bola de lana veía la gélida noche pasar; la caldera, el calor humano y las carantoñas era lo que necesitaba, nada más. Siempre era bueno sentirse el rey de la casa. Era un gato, una mascota, pero era quien más desvelo creaba en la casa, hasta aquella gélida noche, unos aullidos, unos lastimeros aullidos perturban tan plácido descanso. El amo se levanta y va raudo a la puerta, se encuentra a un hambriento y solitario perro, raquítico como un alambre, triste como una luna sin estrellas. El amo lo consuela y lo seca con la más cálida de las mantas, lo mira con ternura y le dice: No volverás a pasar frío, no volverás a pasar hambre. Tras decirle estas palabras le ofrece la mejor de las latas del señor bigotes; el hambriento perro se lo come raudo y con el gusto aún en el paladar mira al hombre y le suelta su mirada más tierna, la de mayor agradecimiento. El hombre cae rendido a sus patas y le ofrece un recital de carantoñas; mientras el señor bigotes mira perplejo la escena, sabe que a partir de ahora andarán los dos como el perro y el gato.

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