Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

PERTENENCIA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA PERTENENCIA

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA PERTENENCIA en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE AGOSTO

Relatos

59. INTERRUPTUS (CRISTINA REQUEJO)

Comenzó a imaginarme con mucho entusiasmo; llegaba a casa, se sentaba delante de su cuaderno, e iba hilvanando mi historia.

Recuerdo bien cómo acariciaba la inicial de mi nombre, la definitiva, porque he de contar que tardó en decidirse, y dejé de ser Alberto para llamarme Luis, hasta llegar a ser Ramón. A veces pasaba su lengua por mis minúsculas, dejándolas húmedas y ávidas de deseo. Otras, rozaba mi tilde con la yema de sus dedos. Conforme iba escribiendo, movía la pelvis y, con la mano izquierda, acariciaba su pubis.

Nunca  llegué a saber qué hacía cada vez que cerraba la libreta.

Desde que ganó aquel premio de novela, me tiene encerrado en su cuaderno, excitado entre el margen izquierdo y el gusanillo, junto al cuerpo desnudo de una voluptuosa mujer, a la que aún no ha puesto nombre, contoneándose delante de mí.

No pierdo la esperanza de que algún día se decida a concluir este capítulo, aunque conociéndola, es capaz de terminarlo haciéndome vivir un gatillazo.

58. PAUSE (A. TORIBIOS)

Se sentó a escribir y nada. La hoja en blanco como la pantalla de un cine abandonado, como un cielo sin pájaros, como un espejo sin azogue. Su parpadeo le pareció irónico, ofensivo. ¿Te ríes de mí?, pensó, y le dieron ganas de cerrar la tapa de golpe y tirar el ordenador por la ventana. ¿Qué sentiría Cervantes, o Dostoievski, o Hemingway? Ellos tendrían papel del de verdad y pluma de mojar, o estilográfica. Quizás era eso. Cogió un cuaderno y su pluma favorita, pero nada, su mano se negaba a trazar signo alguno. Oyó el timbre y tuvo la fantasía de que llamaba el personaje de su historia, esa que no acababa de empezar. Pero no, era el de la publicidad del Mercadona. Vaya… un repartidor, un barrio obrero, algo a lo Marsé… No, para qué reescribir lo escrito. No quería convertirse en otro Pierre Menard. Quiso recordar su último libro, pero nada vino a su mente. Tampoco se acordaba de relato ni poema alguno firmado con su nombre. Cielos, quién soy, pensó, y un sudor frío le recorrió la espalda.

57. Cadena perpetua (Luisa R. Novelúa)

Qué fácil es empuñar la pluma y perpetrar con ella crímenes, humillaciones, heridas purulentas provocadas por amores no correspondidos. Y todo, para alcanzar la gloria literaria. Pudiste crearme apuesto y, sin embargo, me engendraste deforme; no te hubiese costado nada describir a una madre cariñosa y a una familia protectora que me guiara hasta convertirme en un hombre amado y de provecho, pero te ensañaste con mi desgracia para denunciar las injusticias de la misma sociedad que te admira y acudirá en masa a tu funeral. A ti te espera el Panteón de franceses ilustres. Yo estoy condenado a trepar por las torres de esta catedral mientras quede un solo lector dispuesto a leer tu historia. Mi historia.

56. Gracias Sr Balzac, mi gato lleva su nombre

Había sido una mujer alegre e incluso guapa hasta que los duros trabajos del campo habían conseguido mermar la lozanía de su espíritu y la esbeltez de su cuerpo.

Pero el destino quiso que un día cayera en sus manos el libro “Balzac y la joven costurera china”. Se pasó la noche leyéndolo de un tirón.

Y cuando un día, porque las lentejas sabían un poco a resquemadas, él empezó a gritar: ¡Inútil! ¡No vales ni……….! Ella, levantándose tranquilamente, dijo:
– Me voy.

– Mujer, ¿A dónde vas a ir con casi 50 años?

Todavía resonando los gritos en sus oídos, emprendió el camino hacia la libertad.

Con una media sonrisa, él la vio marchar.Pensaba que como en ocasiones anteriores, al cabo de poco tiempo, iba a regresar..

Se equivocaba.

55. LA HOJA EN BLANCO (JM)

En media hora recibiré el premio Nobel ante un público convencido de que todo ha sido fácil, un sendero de éxitos y gloria, pero no, no ha sido siempre así, y por eso estoy aquí dándole vueltas…

Al acabar mi primera novela, en casa valoraron el esfuerzo, pero como si hubiera terminado un puzle de quinientas piezas, y no tardaron en recordarme que estaba en deuda con los quehaceres pospuestos:

—A ver quién recoge el garaje —escuché decir.

Luego vinieron los primeros reconocimientos visibles cuando mis nuevos libros se exponían en los escaparates, pero la respuesta fue tibia también:

—Ah, muy bien. Pues ya que estás ahí, sube naranjas.

Cuando ya era incuestionable el éxito, aún hubo tiempo de percibir que dejar mi trabajo anterior para dedicarme a escribir suponía un riesgo doméstico:

—Bueno, con lo que gana tu mujercita hay para los dos—me dijeron.

Hoy me he vestido de gala, mi familia me acompaña —orgullosa—, pero he vuelto a sentir esa desconfianza antes de entrar al salón:

—¿Has ido al baño?

Y aquí estoy ahora, cuestionándolo todo y dándole vueltas al rollo de hojas en blanco.

54. A Pepi, guía en Moguer. (J.A.Redondo Lavín)

De la mano de tu recuerdo, Juan Ramón Jiménez Mantecón, sí, de los pasiegos Mantecón,  he paseado por tu pueblo. Ha sido a finales de este invierno, en un día de golondrinas nuevas en el que la luz de Moguer reflejaba el cielo limpio en las aldabas de latón pulido de los viejos caserones. Por todas las plazas estabais, erectos en bronce o en láminas de hierro, tú, Platero y tus coetáneos de las páginas del Nobel andaluz. En el museo, pasó revista Pepi, la de los Gallinato, a los barcos de papel de tus escritos; aquellos folios de letra difícil, en clave, que solo Zenobia, su Gala amada, sabía descifrar.

Hasta que nació aquel burro de algodón, conocíamos tu puerto como el de las tres carabelas; hoy parece tener más renombre la armada de veleros de poesía y galeones de prosa que tu mente hipocondríaca lanzó a la mar. Se diría que aquel pueblo, que no te comprendía y que te repudiaba, hoy es solo tuyo.

Ayer arranqué una hoja de aquellas adelfas que Juan Ramón plantó en la Residencia de Estudiantes madrileña. Como marcapáginas ha quedado junto a la golondrina: “Ahí la tienes ya, Platero, negrita y vivaracha…”

53. Invitación al viaje

Sentado en un duro banco de madera, una sombra de melancolía cruza la frente de Liev. Recuerda el día en que, en otra estación, vio recibir el cadáver de Antón Chéjov y cómo lo sacaron del vagón en una caja de madera con el rótulo: «Ostras». Una banda de música había acometido el inicio de unos acordes patrios, que cesaron en cuanto el director comprendió que no era ése el tren en que el cónsul regresaba de Alemania.
Ahora, en la estación de Astápovo, Liev quiere partir. A sus ochenta y dos años, desea seguir marchando. «No importa dónde, mientras sea fuera de este mundo», ha escrito un joven poeta francés del que se siente más cerca que de su familia. Ni su esposa ni sus hijos conciben que un conde cree escuelas para sus siervos, que escoja como propio el atuendo tradicional de los campesinos, que reniegue de la Iglesia y arremeta contra el absolutismo de sus zares. No entienden su amor por Anna Karenina ni su devoción por Iván Ilich. Nunca le han perdonado que sea escritor.

52. Segunda oportunidad (Patricia Collazo)

Nos citamos en el pasillo de los Clásicos. Como entonces. Aquel sitio poco transitado, ha sido siempre nuestro rincón preferido de la biblioteca. El escenario de tantos tórridos encuentros.

Me excita que ella no haya olvidado los buenos ratos compartidos. Y que se las haya ingeniado para hacérmelo saber con la complicidad del bibliotecario nuevo de las gafas de pasta.

La espero acodado entre la Ilíada y la Odisea, donde tantas veces. Deseando que se aparezca vistiendo, como en los viejos tiempos,  solo su collar de perlas.

Ella ha sido mi primera novela de intriga, y yo he tenido el privilegio de ser su primer cuento largo. Después, nuestras vidas de viajes constantes terminaron separándonos. A ella se la llevó un irresponsable que la devolvió con un año de retraso. Mientras tanto, yo había hallado consuelo en aquella antología poética, cautivado por la variedad. A su regreso, no lo entendió y rompimos.

Tenemos ahora una segunda oportunidad. O no.

Mis páginas tiemblan al verla aparecer luciendo sensual su escueto atuendo: un afilado estilete. Los años la han convertido en una guapísima novela negra.

51. No mires a los ojos de las musas.

No había planeado enamorarme de ella. Sucedió sin más. De la misma manera que uno no planea que llueva en los funerales o que amanezca después de anochecer.

Solía llegar al alba. Se colocaba detrás de mí y me susurraba al oído mil historias. Esas que hicieron de mí un escritor de éxito. Debí conformarme con su voz de plastilina acariciando mi cuello. Pero rompí las normas y me giré. ¡Dios, qué hermosa era! Tenía el cabello azul y los ojos amarillo limón. Besarla fue como beber una primavera. Olía a madre, a puchero de domingo y a hierbabuena. Me volví loco. Dejé de escribir bajo sus dictados, para amarla según los míos. Y cuando me di cuenta de que llevaba meses sin escribir, le mentí. Le dije que no la amaba. Pensé que así recuperaría a mi musa. Menudo gilipollas.

No he vuelto a verla. Desde que se fue, la busco sin éxito en libros ajenos.  Solo sé que no puedo olvidar su mirada ácida y dorada. De la misma manera que nadie puede hacer que salga el sol en este funeral que es mi vida ahora.

O que después de esta noche, llegue el alba una vez más.

50. Qué verde era mi valle

Una fina lluvia cayó sobre la página diez. Mónica retozaba en el cobertizo con un muchacho de pómulos marcados y mentón recio que tres antes entró a trabajar como aprendiz en la granja de su padre, un hombre estricto y rudo que la sobreprotegía sin demasiado éxito. El rumor del agua amortiguaba sus jadeos incesantes, prolongados tal vez en exceso: doce, trece… su padre no la echaría en falta hasta la veinte, y ella parecía saberlo. Pero no pretendo escribir una novela erótica. Decido jugar con el factor sorpresa. El señor Jones se presentó en la diecisiete para asegurar los ventanales ante la ventisca creciente que anunciaba un tornado de proporciones bíblicas. Al abrir la puerta, sin embargo, no encontró más que a una yegua asustada. Los jóvenes ya cerraban el capítulo en la choza del mancebo.

Urge descubrir al traidor que se empecina en echar a perder mis intentos de acabar con este fornicio desmedido. Inicio, pues, un nuevo revolcón en la veintiuno esperando desenmascarar al personaje turbado que observará la escena escondido detrás de los arbustos o en la copa del álamo que proyecta su sombra sobre los cuerpos desnudos.

Treinta. Aún no ha aparecido nadie.

49. CUANDO DESPERTÓ, LA RANA TODAVÍA ESTABA ALLÍ

Un joven de ojos saltones se ha querellado contra una catedrática de biología que lo besó dulcemente en los labios. En su comparecencia ha manifestado que, érase una vez, estaba él descansando sobre una piedra al borde de un estanque, y en eso llegó una princesa molona, le dio un beso y le hizo la cusqui convirtiéndolo en príncipe.

Que, tiempo después, la más fea de las hermanas ninfómanas de la princesa, aprovechando una ausencia de ésta, se lo llevó a su aposento, se desnudó, lo desnudó, le dijo bendito cetro regio tienes, lo cogió de ahí y tiró hacia ella, le dio un beso con lengua, él recuperó entonces su estado natural, escapó de palacio por una gatera y, saltando-saltando, atravesó fronteras hasta cruzar los Pirineos.

Pero que, hace pocos meses, un día, con el alba, junto al lago al que había llegado surgió de un iglú de nailon la señora bióloga desperezándose, y al verlo se le cortó el bostezo, fue despacito hacia él, lo acunó entre sus manos, le susurró ejemplar único de batracio, lo besó en los labios con dulzura, y ahora es un ser transgénico que no consigue encontrar trabajo ni como hombre rana.

48. LETRAS ARRIESGADAS

Con miedo, me preparo para sobrevivir a una noche más. Desde que comencé mi novela, en cuanto me siento frente al papel y escribo las primeras líneas, es como si me poseyera el protagonista de mi libro, de repente, yo, soy él. Su trabajo de superhéroe va a terminar conmigo. Siempre acabo inmerso en persecuciones a toda velocidad, sobrevolando la ciudad y luchando a muerte contra malvados enemigos. Todo es tan real que amanezco machacado, lleno de magulladuras, la ropa destrozada y sin dormir.

Al alba, completamente agotado, regreso a la realidad arrastrando los pies. Allí me esperan mi mujer y mis hijos, para comenzar una larga jornada, con unos horarios de locura y atacado por el estrés.

Y luego dicen que me dedico a la vida contemplativa…

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