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Estaba tan vacío de amor que cuando alguien desgranaba unas cuantas migajas de cariño yo las iba lamiendo por detrás. Podría haberme ido con cualquiera, aún a riesgo de ser un juguete lastimado.
En mis días todo era válido con tal de obtener mi frugal ración de afecto, hasta que una tarde percibí el olor de la tristeza, y lo seguí.
Olfateé su rastro hasta que mi escuálido cuerpo rozó sus piernas; mi hocico olisqueó sus manos; mis ojos buscaron su mirada acuosa… Le hice entender que nunca le fallaría.
Aquella tristeza se agachó hasta quedar a mi altura y hundió sus dedos en mi pelo enmarañado.
Me miró. Me vio. Me amó. Y sació mi sed.
Desde entonces descanso sobre una fría lápida de mármol. Ella sabe que la cuidaré.
Los gatos de Asunción eran los gatos callejeros, los abandonados, los sin dueño. Ellos solos se dirigían hacia el improvisado hogar adoptivo que la buena de Asun les procuraba: la antigua casa paterna, con sus musgosas escaleras y su jardín cubierto de setos y arbustos descuidados, tenía siempre las puertas abiertas para uno más. Cuando llegó aquel gato malherido, al que le faltaba un ojo y varios platos de comida, los otros gatos lo rechazaron. Asunción se extrañó; nunca en toda la historia de su asilo gatuno había visto una actitud igual. Sorprendida, se acercó al gatito marginado para prodigarle atenciones. Fue entonces cuando entendió el motivo del rechazo. El gatito no venía solo, lo seguía, intentando esconderse entre las matas sin conseguirlo, un perrito igual de escuálido que, con el único ojo que le quedaba, los espiaba como un radar moviendo la cabeza desconfiado.
Aquella tarde jugábamos a ser arqueólogos. Queríamos encontrar algún tesoro escondido, nos conformábamos con hallar un esqueleto de animal bajo la tierra rojiza que teñía el paisaje. Más allá del horizonte buscado, aparecieron las huellas de pequeños insectos que habían perdido su vuelo hace ya mucho tiempo.
Aquella tarde de finales de otoño, nos extraviamos en sendas y caminos, sin saber volver a casa antes de que las últimas luces desaparecieran por detrás de las colinas.
Con los años, alguien miró en un pozo olvidado acompañado por un perro que buscaba perdices, descubriendo dos esqueletos que jugaban a ser arqueólogos removiendo la tierra que les había sepultado.
Cómo te echo de menos, Rocky.
En mi celda cierro los ojos y me viene a la mente tu mirada fiel, cómo buscabas nuestro cariño y compañía, aunque a menudo Julio te dejara sin comer cuando volvía borracho del trabajo.
En ciertas ocasiones me apenaba golpearte cuando daba rienda suelta a mi frustración, he de reconocerlo. ¿Recuerdas aquel día en que mis padres dijeron no querer volver a verme en la vida? Cómo me dolió aquello, amigo, ¡me volví loca! Pero ahí estabas tú, recibiendo mis embestidas sin apenas quejarte, y permaneciendo cerca para que pudiera desahogarme más y más, hasta casi quedarme sin aliento.
Qué imponente te mostrabas cuando te enseñamos a pelear para poder pagar nuestras dosis. Nos hiciste ganar mucho dinero hasta que un correoso pitbull te hizo perder la visión en el ojo derecho. Llegué a admirarte, pero aquello se trataba de un espejismo: siempre fuiste el mismo perdedor.
Lo que nunca podré olvidar es el día en que vinieron esos señores a buscarte, acompañados por aquel vecino entrometido. Cuando te llevaron no pude soportarlo y tuve que ocuparme de Julio: el desalmado te dejaba sin comer. Yo también soy leal, Rocky. Me entiendes, ¿verdad?
En mi casa parecía que el gato fuera la persona más importante para mi mujer, y digo persona porque así me lo refregaba ella cada día : «Es como una personita, la que más quiero». Tanto era así que poco a poco fui aprendiendo sus maneras para poder acercarme a ella. Con esa intención almohadillé mis zapatillas para no hacer ningún ruido, me puse un desinfectante aromatizado y salía y entraba a casa sin avisar, en absoluto silencio. Cuando pasaba por detrás de ella, procuraba rozarla con mi espalda y si era ella la que me tocaba, me encorvaba de manera ostentosa, y hasta llegué a beber en escudilla, tomar de aperitivo comida para gatos e incluso sentarme con él en la ventana para maullar a la luna.
Conseguí hacerme amigo del gato y de esa forma volví a sentir el cariño de mi mujer, pero me echaron de mi trabajo en una clínica veterinaria, porque —así me lo dijeron— volvía locos a los perros.
Llovía. Las nubes se entrelazaban furiosas buscando protagonismo. Los rayos resquebrajaban el horizonte cual cicatrices supurando sangre sobre el cielo. El hombre los sentía como latigazos sobre su cuerpo desnudo. Y con los brazos extendidos, levantó su desafiante mirada retándolos a un duelo a muerte, era su ritual antes de cometer un crimen. «Señor, no quiero hacerlo, no me obligues. ¡Que un rayo apacigüe mi martirio y acalle mi conciencia!». Pero, como en las nueve tormentas anteriores, nada pasó. «Hágase, pues, tu voluntad».
La encontró sentada en un banco del parque, con la bondad y la sonrisa esculpida en su cara. Miraba hacia el infinito páramo de la oscuridad dando gracias a la vida. Un bastón blanco delataba su ceguera. «Mejor, más placer, yo la liberaré de la penumbra». Se acercó sigilosamente, hasta que sus manos lograron rodear el débil cuello de la joven intentando desgarrarle el alma, arrebatarle su sonrisa. Pero al instante escuchó un gruñido al tiempo que sintió unos colmillos atravesando su yugular; la vida se le esparcía a borbotones sobre el frío suelo.
La muchacha, aún temblorosa, tranquilizó a su perro, su protector, el fiel amigo que iluminaba su eterna noche, Rayo.
Vais en coche muchas veces, pero hoy le sientes distinto. Igual es porque anoche discutieron. Últimamente lo hacen mucho. Los gritos no te gustan, te asustan, te alteran. A ellos también les aterra. Los más pequeños corren a esconderse. Sarita y Toni siempre lloran…
Te has quedado dormida. No sabes dónde estás. Nunca antes habíais venido a este lugar. Le llamas. Él siempre acude. No te has enterado del viaje y a ti nunca te pasa, nunca, cuando vas con él. Te notas rara y la boca pastosa. Tienes sed. Le llamas. Por qué no viene. Tratas de alejarte, mas no puedes. Le llamas. Por qué tarda tanto. Apenas te sostienes. Ya sale la luna. Tienes frío. Te acurrucas. Le llamas. Quieres huir, pero no puedes. Tienes sed. No sabes qué haces ahí, atada a ese árbol. Le llamas.
Los dos perros brincan, juguetones, a su alrededor y la chica de la mochila verde les dedica unas caricias. Silbo y vuelven a la carrera. Cuando la peregrina llega a mi altura, me disculpo y ella le resta importancia al episodio y me sonríe. Les sonríe. Mis perros jadean. Están contentos. Nos miran. Buen camino, le digo. Entonces descubre el bote de pintura detrás del tronco donde está pintada, todavía fresca, la última flecha amarilla que la ha conducido hasta mí.
El silencio suave de tus huellas, la calidez de tu presencia, el ancla a la realidad de tu mirada. Lo siento aún como si nada nos hubiera sucedido. Mis dedos, huérfanos de caricias, se retuercen ansiosos. Mi alma, despojada de amor incondicional, amenaza con filtrarse para siempre en la niebla. Ya nadie logra taladrar mi máscara ni percibirme detrás. No hay lengua que enjuague mis lágrimas, ni juegos que arranquen ese extraño ruido de mi garganta que decían que era risa. Sólo cuatro paredes, sábanas blancas, luces frías.
Llegaste envuelta en la chaqueta del vecino que te rescató de aquel útero de plástico atado con cinta aislante. Tu condena y renacimiento fueron nuestra salvación. La abuela dejó de romper palabras, papá dulcificó sus gestos y a mamá la inundabas del cariño que yo no sé expresar. Pero fue a mí al que entregaste tu adoración. A mí, que no sé salir a ese mundo en el que viven los demás. A mí, al que todos miran con lástima.
Era Nochevieja. Las bombas incomprensibles te asustaron. Corriste. Manchaste un coche blanco con tu sangre.
Contigo desapareció el hilo que me comunicaba con el mundo.
Y encima te culpan de mi crisis.
Lunes. Tras otro fin de semana solitario vuelvo a reunirme con lo más parecido a un amor que tengo. Los orines en la rueda delantera izquierda de mi apreciado deportivo me hacen entrar en cólera.
Martes. La llanta de aluminio, el neumático con sus dibujos simétricos, de nuevo amanecen mancillados. Antes de ir a trabajar desinfecto el conjunto con lejía.
Miércoles. Repetida la infamia, aplico un repelente para perros.
Jueves. Maldigo a ese animal de costumbres empeñado en marcar territorio donde no debe. Contra el dueño acumulo un odio progresivo.
Viernes. Aparco por la tarde en el lugar habitual. Pertrechado de bocadillos y agua, monto guardia desde un banco cercano.
Sábado. Nada más amanecer descubro a quienes causan mis problemas. Lejos de actuar como tenía previsto, quedo desconcertado y pensativo. A media mañana acudo a una asociación de animales.
Domingo. Saco a pasear a Rocky por primera vez. Él se encarga de romper el hielo. Se entiende a las mil maravillas con Wanda, tanto, que comparten la rueda para hacer sus cosas. Yo congenio igual de bien con su dueña. Acompañamos a las damas a casa, aunque no van a perderse, Wanda es una perrita lazarillo perfecta.
La soledad no cabía en ninguna parte. Los días oprimían como aire difícil de respirar. Escocía cada noche en los ojos lo mismo que gotas de un colirio hecho de aros de cebolla bien licuados. Mi compañero se había ido. Hirió su adiós sin hasta luego, tras el alud de palabras malsonantes salidas de su boca. Y, al mes, aquellas uñas tocaron en mi puerta. Una presencia que apartaría las tinieblas de mi corazón. Le gustaba olisquear, con su nariz chata, los zapatos de la gente. Se entusiasmaba con los pinchos morunos y con el borgoña. Con ser niño entre los niños; y con ponerles esos ojos a los ancianos, tumbándose bajo los bancos que ocupaban, quizá porque tenía también demasiados años. Ladraba, entonces sí, deseoso de morder, a quien tirase, descuidadamente, de cualquier correa. Dudé al ponerle nombre, convencida de que Consi se merecía los mejores adjetivos. Dormía junto a la moto desde que supo que la llamaba mi «cabra». Me escuchaba. Se duchaba conmigo. Comprendía mis versos, estoy segura. Se consumió y se fue. Dolió más que dos muertes próximas. En su tumba, vacía, quise que figurase, con letras de oro de ley: Aquí yace una bella persona.
Los pelos del bigote negros y relucientes; el rabo tieso y bien peinado hacia atrás; y los colmillos, blanquísimos. Qué gustazo, se decía Matthew, el aprendiz de taxidermista. Y es que no había nadie en el mundo que fuera más feliz que él mientras pasaba el cepillo por la pelambrera, aplicaba esmalte a los dientes o coloreaba de marrón el hocico al gato.
Pero cuando de pronto una garra le arrancó de la mano el pincel y le seccionó la oreja, dejándole tres surcos rojos y goteantes que le llegaban hasta la nariz, se quedó como atontado mirando al minino maullar, saltar sobre la mesa y derramar en el suelo los frascos de acetona y tinte.
Al oír el jaleo, el profesor no tuvo más remedio que dejar de cabecear en el sofá e intervenir. Abrió su cartera de piel, sacó de un estuche un escalpelo, lo clavó en el pecho del animal y mientras le extraía el corazón le repetía al cariacontecido discípulo que lo primero y más importante, antes de empezar a disecarlos, era matarlos bien muertos.
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