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Una bola de pelo gigante la arrolló por sorpresa, a traición, cuando en su vida ya no quedaban páginas en blanco. Tras la correa que arrastraba por el sendero tapizado de otoño, un hombre atildado la miró desde su atalaya de presunción mientras intentaba retomar el control de la perra, que se resistía como si huyese de un anuncio publicitario para zambullirse en el mundo real.
La samoyedo le demostró así amor a primera vista, como el que sintió ella por Miki, la gata de pocas semanas que rescató de un contenedor. Por eso no hicieron falta explicaciones. Ni en esa ocasión, ni en las siguientes, cada vez más frecuentes a media que sus esporádicos paseos por el parque se fueron adaptando a la rutina canina.
Aún no entendía por qué un domingo los invitó a subir al caos de su casa, ni por qué dudó el día que él le propuso quedarse para siempre. Quizá fue por la fragancia de mimosas que reptó hasta su ventana para advertirle del peligro de las especies invasoras. Pero Miki decidió por ella cuando se ovilló al calor de aquel gran peluche blanco. A veces, para sobrevivir había que arriesgar.
Más que un perro creo que soy algo así como un gentleman. No soy de raza como esos que se venden por un pastón, sino regalo de una camada sorpresiva de unos amigos del padre de Tom, mi dueño.
Yo era muy chico cuando ví su cara por primera vez, al salir de mi caja con lazo de cumpleaños, y nunca olvidaré su inmensa alegría al cogerme en brazos y saludarme con un ¡¡Bienvenido, Ralf!!
¡Ralf!…Sonaba a nombre de perro importante y yo sacaba pecho cuando me llamaba en el par-
que. A veces, me alejaba un poco sólo para oírle decir mi nombre ante los demás chuchos, que se
volvían al verme aparecer corriendo hacia él.
Y siempre fui obediente y educado pero, sobre todo, limpio. Llevo incluso las bolsitas higiénicas yo
mismo atadas a mi correa, procuro no manchar al comer ni suelto pelos subiéndome al sofá.
¡Cuántos recuerdos en estos dos años! Mejor me tumbo mientras salen de esta tienda de la gaso-
linera junto a la que me han atado. Aunque están tardando más que otras veces y….No veo su
coche donde la manguera. Claro que como está oscureciendo…..Bueno, seguro que un rato más
y saldrán.
Era un día como tantos, el sol estaba asomando, aún estaba fresco. Me desperecé y salí, todos pasaban presurosos hacia sus trabajos, lento y sin rumbo fijo, decidí caminar.
El barrio estaba tranquilo, a esa hora es normal, Don Pepe, como siempre, me saludó.
Bajo la doble fila de árboles del boulevard que asemejaba una glorieta, vagué buscando quién sabe que, los pocos que deambulaban no me prestaron atención, excepto esa vecina que me salpicó con su manguera. La miré, su cara avinagrada denotaba su humor, seguí mi camino, ella no valía la pena.
Graciela como todos los días, llevaba a Josefina, creo que al parque, (me gusta Josefina), pero Graciela no me soporta, me ve demasiado… vulgar. Me hubiera gustado acompañarlas, pero ella no lo permite. Las vi alejarse, Josefina se detuvo un momento y me miró, pero Graciela insistió— ¡Vamos!!
Continué mi camino.
Carlitos como siempre camino a la escuela al verme me llamó, sus palabras alegres, esas palmadas que denotan cariño, ¡iba tan feliz!! llevaba una cantidad de figuritas nuevas. Me las mostró. ¡Es genial este Carlitos! tuvo que salir corriendo, porque llegaba tarde.
En la puerta de esa casa (como siempre), esa mujer que me mira recelosa, ¿pensará que soy un delincuente? se refugia en el portal de su hogar, dispuesta a atacar, la saludo, pero amaga pegarme con su escoba.
Siempre es lo mismo, alguno me rechaza, suerte que otros me brindan su cariño, soy un vagabundo, un aventurero quizás, la calle es mi mundo, el cielo mi techo.
Dicen que soy el mejor amigo del hombre, quizás tengan razón, yo sólo vago por las calles.
Con tu pelo negro y blanco, adornado por una pequeña franja de color azafrán cerca de tu boca, mirabas con tus ojos limpios a todo el que se te acercaba, moviendo alegremente tu rabo en señal de bienvenida.
Pero todo cambió cuando nació el pequeño de la casa. Entonces- añorada Flecha- te ponías en guardia y sólo permitías que se le acercaran aquellos a quienes yo les autorizaba para que le ofrecieran una caricia.
Y al crecer el niño te convertiste en su mejor amiga. Realizabais carreras por el largo pasillo-cada uno a su ritmo- él, conduciendo su taca-taca, y tú, esquivándole, antes de darle un lengüetazo en señal de cariño.
Pero también os peleabais. Siempre intentabas cogerle por sorpresa el trozo de pan que mordisqueaba con sus pequeños dientes o mi zapatilla para quedarte con ella.
Sin embargo- mi fiel Flecha- el recuerdo que más me ha marcado de tu paso por mi vida está teñido por el sufrimiento.
Cuando la cruel enfermedad te atrapó entre sus garras, a pesar de nuestros esmerados cuidados, y aunque la muerte ya te rondaba, esperaste a que llegara para que pudiera despedirme, antes de irte directa hacia el cielo de los canes.
Entre los objetos aportados para la exposición apareció un diario hasta la hora desconocido, que narraba algo de lo que no se había tenido conocimiento hasta ese mismo momento:
23:25 de la noche del 14 de abril de 1912.
Mientras se celebra la cena en el restaurante “a la carte”, los perros que desfilarán mañana en la cubierta F, están algo alterados. No sabemos el motivo, pero el nerviosismo de los caninos va en aumento.
Todo está relativamente tranquilo en el barco, el mar está en calma, aunque el frío es helador. Todos los pasajeros disfrutan de una cena presidida por el capitán.
23:35 de la noche.
Dos compañeros han dado la voz de alarma, al parecer han avistado un Iceberg que se dirige hacia nosotros.
Los caninos cada vez están más nerviosos, sus ladridos son insoportables. Mi compañero de guardia me dice que están oliendo la muerte cerca. No sé qué pensar, el nerviosismo de los perros se ha trasladado a la tripulación y de ahí al pasaje.
23:40 de la noche.
Acabamos de chocar con el iceberg, me requieren en la zona de botes salvavidas…
Del tripulante nada más se supo, pero de los perros se conoció que tres de ellos pudieron sobrevivir.
La abuela descolgó la camisa del tendal de la balconada de aquella casa del barrio viejo entre las iglesias Antigua y San Martín. Era navidad, una más de las que, llegados desde Madrid, Bilbao y Coruña, pasábamos con los abuelos. La camisa era una tabla de hielo; nos la mostraba y rompíamos a reír. Qué frío hacía en los años cincuenta en Valladolid.
Era un edificio de zaguán, tres pisos a la calle y dos interiores que rodeaban, con una balconada, un pequeño patio de losas grandes de pizarra que recogía las aguas de lluvia de los tejados. Cuando de joven leía a los clásicos me imaginaba las escenas en alguno de los rincones de aquel caserón.
La abuela no paraba, eran días de mucho ajetreo: firma frecuente del brasero bajo la mesa camilla, trasiego de orinales de noche y el hacer rosquillas y canutillos rellenos para aquellos lambiones.
Ah, perdón, que va de perros. Sí, en aquel patio sesteaba uno gordo y pardo al que yo tiraba proyectiles desde el balcón con mi pistola de vaquero. Lejos de amilanarse, parsimoniosamente se comía aquellas balas de plástico. El tío Antonio me dijo que vigilase dónde cagaba aquel chucho para recuperarlas.
Allí mismo, en el célebre restaurante chino, se ven por primera vez. Él es Perro de Agua. Ella, Tigresa de Fuego.
Cuando se prendieron las cortinas de la cocina el abuelo no tuvo mejor idea que lanzar al gato para intentar apagarlas. Ignoraba que el pobre felino no era ignífugo, por eso pasó lo que pasó. Se le prendió la cola y salió disparado como un cohete de pelo negro. Fue corriendo alocado por toda la casa; parecía el portador de la antorcha olímpica en el recorrido más disparatado y veloz de toda su historia.
Logramos detenerlo antes de que quemara todo, pero no pudimos evitar que el abuelo lanzara también al perro y a uno de los hámsters en su loco afán de apagar el fuego. Y tampoco eran ignífugos.
No sé quién de los dos estaba más perdido ni quién más necesitado de compañía. Seguramente yo. Aunque no me daba cuenta. Yendo de un lado para otro, del trabajo a casa, ocupándome de mi padre enfermo. Siempre dispuesta para atender los caprichos de mi familia, que me tenían de recadera permanente.
Cuando mi padre se fue, a punto estuve de irme tras él. La angustia fue demasiado fuerte y me hundí en un pozo tan hondo que casi me ahogué, derramando lágrimas sin parar.
Un día alguien llamó a mi puerta y tú ladraste, haciendo eco en el pasillo vacío y en mi corazón, también vacío.
Desde entonces, mi vida empezó a girar en torno a ti. Me cuidabas y me animabas con todo lo que aprendías y descubrías. Fui saliendo del pozo tirando de tu correa.
Y volví a mi vida activa. Volví a ser yo. Contigo.
Eras listo y sabías ir solo a tantos sitios… Pero no supiste pedir auxilio. Te quedaste allí, en medio de aquella carretera, por la que cruzaste y cruzaron sobre ti.
Ahora tu correa está ahí, colgando sin vida del perchero.
Y, una vez más, me siento vacía y perdida.
Yo tengo un gato y un perro. En un alarde de ingenio, le llamé Perro al gato y al perro Gato, pero cuando llamaba a Perro venía el perro y cuando llamaba al gato venía Gato. Llegué a ir a un etólogo, pero nada.
De repente, cuando llamaba a Gato venían el perro y el gato, y cuando llamaba a Perro, lo mismo.
Ya me había hecho a la costumbre, pero volvimos al principio, si llamaba a Gato venía el gato y si llamaba a Perro venía el perro.
Al tiempo todo se enloqueció, y si llamaba a Perro igual venía el gato que el perro y si llamaba a Gato seguían siendo imprevisibles.
Luego, probé a llamar a Perro y Gato a la vez, pero solo venía el perro o el gato, me miraba unos segundos y se iba.
Más tarde, cuando llamaba a Gato, igual oía por la casa un maullido que un ladrido, pero nadie venía, y si llamaba a Perro la cosa no cambiaba.
Ahora, cuando llamo a Perro o Gato, ni se oye nada ni aparece ninguno.
Ya he decidido cambiar al etólogo por el psicólogo, para mí, por si me pasa algo raro.
Estos días son más cortos, grises, fríos, húmedos y tristes de lo que mi bienestar demanda. No lo recordaba de otros años, pero es cierto que la gente está más ruidosa que de costumbre. Aunque lo que en verdad me preocupa es que mi inquilino dedica menos tiempo del habitual a prestarme atención; en todo caso, creo que lo mantendré de momento en la nómina de mi universo, supongo que en breve todo volverá a la normalidad y que recuperará el comportamiento que espero de él.
Es ya muy tarde. Hoy volverá, si vuelve, bien entrada la madrugada; menos mal para él que me dejó preparada comida y bebida y mi espacio privado recogido y limpio.
Oigo ruidos en la escalera que me han despertado, se aproximan a la puerta; noto cómo intentan abrirla: es él, seguro.
En efecto, lo es. A la par que la puerta se abre después de varios intentos, su cuerpo se deja caer al suelo, en un intento de amortiguar y minimizar el inevitable golpe. Me ve y pronuncia algo ininteligible para cualquier ser vivo mientras pretende acercárseme.
Es extraño, yo soy el gato pero es él, mi humano, el que está, con torpeza, gateando.
Aunque bien podría ser hoy, ocurrió hace más de cuarenta años. Un hombre solterón pidió consejo a su único amigo: dudaba entre casarse o comprar una lavadora. Salvo la carcajada que imagino echaría el otro, desconozco la respuesta. Sé que murió soltero y en su cama; mas no fue de muerte natural.
Compartía casa con diversos animales domésticos. Solo las gallinas, por sus huevos hermosos, recibían buena vida. A los gatos no les facilitaba alimento alguno para que ratas y ratones no lo comieran a él. Un perro famélico y de malas pulgas custodiaba la fachada de la vivienda, amarrado con una cadena deslizante a lo largo del cable de acero dispuesto al efecto. Presumía de no usar llave. A pesar de que a todo el mundo le encantaría meter la nariz en su hogar, nadie osaba acercarse.
Una noche sin luna, dos vecinos, jóvenes y ociosos, decidieron gastarle una broma. Les resultó más fácil de lo previsto neutralizar y soltar al can ofreciéndole comida golosa. Después de abrir la puerta, dispararon un grito espeluznante y huyeron; sin percatarse de que el animal, libre ante la entrada franqueada, entró al dormitorio de su amo raudo y feroz.
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