Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

5. Él nunca lo haría (Paloma Casado)

Ahora que ella no estaba, le tocaba a él en exclusiva ocuparse de Kaiser. Y ahí lo tenía, aturdiéndole con sus ladridos y mirándole expectante. Echó un vistazo al reloj; era la hora de su paseo nocturno. Fastidiado, dejó el martillo sobre la mesa de trabajo, cogió la chaqueta, la correa y abrió la puerta.

El perro salió como una exhalación. Maldita sea, tenía que haberlo atado antes. De nada sirvió que lo llamara, corría como loco hacia el bosque cercano hasta que encontró el lugar. A duras penas, consiguió arrastrarlo a casa; no paraba de olfatear, gruñir y remover la tierra con las patas. Debía de echarla mucho de menos.

 

4. Un día de perros (Jesús Garabato)

A pesar del tiempo desapacible, caminaron hasta el Palacio de La Llana, dejando en el aire las monsergas del dueño de la fonda donde se alojaban para celebrar sus bodas de plata. De regreso, al comenzar a oscurecer y arreciar la lluvia, decidieron guarecerse en el tugurio que se toparon velando las ruinas de una ermita. Dentro, atendía un astroso carcamal secundado por su gato, que dormitaba aburrido. El viejo les informó de que las tapas del día eran morros y manitas. Aunque esas no eran sus apetencias culinarias, asintieron, pidiendo unas cervezas. Empinándolas, escucharon unas delicadas risas femeninas, de pronto solapadas por el creciente rugido de lo que les parecía una caterva de bestias embravecidas. El anciano les sorprendió, arrebatado, con una fluida serie de sartenazos mientras el gato, ufano, ronroneaba.
Cuando Eduard consiguió salir, ya sin manos, abandonando a su adorada Martina entre las ensangrentadas fauces de aquellos malditos chihuahuas, pudo vislumbrar el reclamo de semejante antesala del infierno, ahora resaltado por el límpido fulgor de la luna: “Taberna Hijas de Luz y Fer, especialidad en carne de matanza”. A su espalda, gato, vejestorio y sartén aguardaban, de nuevo, su turno. Lamentablemente.

3. FOBIA (María José Viz)

Aquel mordisco le seguía hiriendo en lo profundo. “Estaba jugando”, le decían, pero un miedo irracional se apoderó de la niña. En la calle se paralizaba en cuanto veía, aunque fuese de lejos, algún perro, del tamaño que fuera. Le dolía, en momentos así,  el muslo que aquel pastor alemán dejó marcado. Era una llaga que la volvía vulnerable y que ella odiaba sentir.

Con 22 años, Alicia regresaba, sobre las siete, de sus clases. En una de esas tardes, notó una presencia tras ella. Se giró, con miedo, y vio que se trataba de un perro. Probó a darle esquinazo, pero… ¡nada!

El momento de entrar en casa fue complicado. Se giró hacia el animal, envalentonándose, y le dijo:

-¡Anda, bonito, vete! ¡Déjame en paz, por favor!

(Prefirió tratarlo con “cariño”, por si se enfadaba). El animal seguía sin despegarse de ella. Fue en ese momento cuando Alicia se detuvo a observarlo, a pesar del temor. Tenía el cuerpo lleno de mordiscos y le impresionó ver su escuálida delgadez. Su aspecto resultaba penoso y lamentable.

Justo cuando el animal empezó a emitir unos lastimosos aullidos, Alicia notó que una lágrima resbalaba por su rostro. Luego, el llanto incontrolable la invadió.

2. LA CASA DEL SEÑOR (JAMS)

Aunque su vida transcurra diariamente en una franja hostil cercana al suelo, su salvación está allá arriba. De allÍ llega la voz de quien les guía, de quien dispone su existencia. Alzan la vista complacidos de poder servirle, señor de todas las cosas, artífice de todo lo bueno, pero también de lo peor; de la recompensa, pero también del castigo. Debidamente educados desde el primer camastro, asumen un antiguo principio que interpreta el origen de la sabidurÍa como la obediencia a su palabra, el temor a servirle acertadamente y la única esperanza de su reconocimiento. Así, ante el amo, elevan un ruego solícito por el sustento diario, y reclaman la justa indulgencia en el desempeño de sus mandamientos considerando su limitada naturaleza de pobres y desamparados hijos de perra.

1. SOY AILUROFÍLICO – EPÍFISIS

Oigo un ligero maullido, seguido de un ronroneo que me electriza, me dirijo al dormitorio, abro la puerta y me quedo en el quicio, admirándola.
Mi gata está encima del edredón, acicalándose las uñas, con un bufido, hace que me acerque y coloque un bol con champán a su vera, del que a lengüetazos lo vacía, eleva su cabecita, me mira y cierra sus ojos verdes, me atrae y empieza a rasgarme el pijama de seda con sus garras y dientes.
Me desnuda y empujándome, me tumba, se sube encima y frota su tripa peluda con la mía, marcando territorio y acerca su lengua a mi miembro, los dientecillos mordisquean mi escroto y me agarro al edredón para no caerme.
Sube y baja por mi cuerpo, me tira el champán por encima, me escuece y me gusta, no me da tregua, me araña, ya no puedo más, la agarro por el lomo.
Ahora soy yo el que bufa, Perla se da la vuelta y se me ofrece, terminamos y nos limpiamos a lametazos, arrullándonos y frotando nuestros cuerpos entramos en un sopor reparador.
Se incorpora, deja deslizarse por su cuerpo el disfraz de tigresa, se viste y saca la bacaladera.

123. Lugares comunes

Ya está, al fin pulsé la flecha verde de “enviar”.

Desde primera hora de la mañana ha empezado el goteo cansino de mensajes, felicitaciones, buenos deseos, fotografías, vídeos, gifs…

Mientras los leo no dejan de asaltarme duras imágenes de guerra, de refugiados, de ahogados en el mar, de niños llorando su horror con ojos de interrogación, de un planeta agonizando por nuestra depredadora civilización y que nos arrastrará con él al caos. Y me cuesta contestar.

No, la verdad es que no quiero que se cumplan nuestros deseos, ni nuestros sueños, ni que seamos felices el año próximo. Quiero que nuestra conciencia nos consienta un sueño reparador pero que, al despertar mañana, nos empuje a emprender un camino nuevo: que la humanidad triunfe sobre el miedo, la solidaridad sobre el ‘cubrirse las espaldas’, la empatía sobre la ceguera emocional, y que no podamos ser felices mientras haya un solo niño sufriendo sobre la tierra.

Así es que, como os digo, finalmente he enviado a todas mis amistades mi hermoso y nada perturbador mensaje navideño: “Que paséis una feliz noche y mis mejores deseos de paz, salud y amor para el 2017. Muchos besos”.

122. SOLIDARIOS

Fue en el amanecer cuando lo descubrieron:

El flautista luchando contra los molinos.

Alonso Quijano cuidando la frágil rosa del diminuto planeta.

Gepetto tallando el blanco lomo de Mobby Dick.

Y a los camellos que , ignorando la estrella cambiaron el rumbo para llevar a los magos hasta la larga fila de niños, que pisando barro y nieve, buscaban un refugio, siquiera humilde para guarecerse de la larga, eterna  noche.

121. La carta

 

La carta apenas ha tardado un par de días, en cambio a él le costó mucho más llegar hasta este país que le acogió con alguna reserva hace unos pocos años. En el fondo no le extraña. La carta es ligera, apenas un papel doblado en dos. Sin embargo, él traía consigo un peso infinitamente mayor: el de las imágenes de destrucción de todo lo que había formado parte de aquella existencia ya lejana, el peso de las vidas que quedaron allí quizá para siempre. Siente que, de nuevo, se hunde en el mar, le falta el aire… y, como entonces, sabe que sólo puede asirse a su propio corazón.

120. De ida y vuelta

La cubierta está dura y helada. La raída manta casi no les cubre. La humedad cala hasta los huesos. Qué mala suerte: toda la travesía lloviendo. No pueden pagar un camarote, pero no importa. Bienvenido sea el mes y pico de frío, lluvia, viento, hambre, mocos y tos con tal de dejar atrás la miseria de su Andalucía natal. Desde que cerraron la mina, el mísero jornal de recoger aceitunas no da para todo el año. No les queda otra que lanzarse a hacer las Américas.

 

Al bajar del avión María aspira hondo el aroma de azahar. Por fin regresan a casa. Han comprado el cortijo donde sus padres se deslomaban atendiendo al señorito. Está deseando sentarse frente a la chimenea del salón, esa que de niña solo podía fisgar a través de la ventana, ya que a los hijos de los jornaleros no se les permitía entrar en la casa.

 

A su lado, el pequeño Juan contempla emocionado a su padre, quien apenas puede contener las lágrimas, y agarra fuerte la mano de su madre. Allá en Argentina ha dejado muchos amigos, pero están cerquita, a ocho horas de vuelo. Parecen menos; es lo que tiene viajar en business.

119. N O S E ( de MEL)

Sus ciento cincuenta años nunca le habían pesado pero cuando la última mota de polvo toca el asfalto y el coche de la única familia que quedaba en el pueblo se pierde en el horizonte, en ese preciso instante, se sabe viejo y por primera vez en su vida  le duelen los rayos de sol sobre su piel. El viento le azota, como cada día,  y se estremece, y no es solo por la tramontana.  Algo se resquebraja dentro de sí, y ve la letra N rebotando por la tejas del cimborrio. Ha perdido el norte, en toda su extensión. Y comprende que a la mezcla de herrumbre y rocío que resbala por su cuerpo otros lo llamarían lágrimas.  Pierde el equilibrio y  todo él cae desde lo más alto de la iglesia, rompiéndose a cada golpe, para ir a clavarse de pie, con su única patita en el centro de la plaza, ahora y por siempre vacía, preguntándose a donde ha ido la gente, mientras las cuatro letras de los confines del mundo lo rodean en un círculo.

118. Graceland

Despedirse de los viejos fue duro. Obligados por las circunstancias a quedarse, sabíamos que aquel abrazo sería el último. Se movían inquietos entre nosotros sin saber qué hacer. Su mayor preocupación parecía haberse reducido a que pudiéramos olvidar algo, de manera que sus frases de recordatorio, repetidas nerviosamente hasta el absurdo, sustituían con frecuencia a las de la despedida.

Salimos al alba en silencio, cargando en brazos con los más pequeños, aún dormidos, y arrastrando únicamente los enseres necesarios. El barro helado del camino, marcado de huellas de carros, dificultaba nuestro avance, obligándonos a parar más de lo deseado en espera de los rezagados; nada que hiciera flaquear nuestra determinación de seguir, de alejarnos como fuera del hambre y la guerra, del frío extremo…

El grupo iba creciendo al paso por los pueblos. Los nuevos hablaban con entusiasmo del Continente Milagro, La Tierra de la Gracia, donde ahora la vida florecía por todas partes en una abundancia sin límites. Sabíamos que, tras llegar a la costa, cruzar el mar exigiría una interminable y tortuosa espera a la que muchos no sobrevivirían. Afortunadamente, al menos, ya no quedaba nada de aquella barrera hiriente que una vez nosotros mismos levantamos.

117. El recordatorio

Gracias a la picardía del conductor, con el largo desvío pudo ver las calles llenas de edificios nuevos, negocios en otros idiomas y aquella iglesia que se mantenía como un faro para reconocer el barrio. Caminaba por la acera, añorando el olor a serrín de las carpinterías, la grasa, el humo flotante de las gallinejas, zarajos y casquería, desterrados ahora por pizzas, kétchup, curry y otras especias que embriagaban las aceras entre una manzana y la siguiente.

Preguntó por Pedro, el dueño de la cafetería. La camarera indicó que se encontraba en el salón del fondo. El anciano se asomó por la cortina y lo vio, acompañado de su mujer, los hijos y algunos amigos. Después se acercó a la barra y encargó una botella del mejor champán para que se lo entregara con un sobre. La camarera descorchó el espumoso y se lo sirvió a los invitados al cumpleaños, mientras Pedro observó la tarjeta que contenía con la fecha de su nacimiento y esa nota con una escueta frase:

– ¡Felicidades, hijo!

La camarera le devolvió al viejo los papeles hechos pedazos. El hombre, resignado, consultó la hora, salió fuera y llamó  un taxi para regresar al aeropuerto.

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