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El día de reyes David y yo salimos a jugar con nuestros patinetes nuevos y brillantes por el parque. Nos cruzamos con los vecinos senegaleses que tienen dos niños de nuestra edad. Nos miraron alucinados como si nunca hubieran visto un juguete como aquel. Parece que los negritos no habían tenido regalos aquellas navidades.
Para variar mi hermano y yo aquel día señalado en el calendario también nos peleamos y como siempre nos insultamos diciendo barbaridades. Al llegar a casa nuestra madre nos miró con enfado al comprobar lo sucios que veníamos y que nuestros vehículos recién estrenados habían salido mal parados.
-¡No os merecéis nada, sois unos atorrantes! –se lamentó nuestra madre
-Es que Jorge me ha insultado mamá, me ha dicho que era “adoptado”-traté de darle una explicación.
-Y tú, ¿qué? – me gritó mi hermano- me has llamado “inmigrante”.
Mi madre nos pegó una bofetada a cada uno, y luego sentenció que las próximas navidades encargaría un diccionario a los reyes magos.
Lo conoció minutos antes de abordar La Bestia. Era su marido de conveniencia. Él prometió cuidarla durante el viaje en tren, y ella ser su mujer. La ayudó a subir por la escalerilla hasta el techo del convoy y le ofreció su regazo para protegerla del resto de inmigrantes y del abismo que se abría a ambos lados de La Bestia. Sobre los muslos del hombre, ella sentía crecer el nido de excitación bajo sus caderas. Pasaron la primera noche en un vagón con barandillas. Enhebraron sus cuerpos y objetivos en una promesa: lograr juntos el sueño americano. Él trabajaría en la construcción y ella de niñera. El tren desaceleró justo en el momento de atravesar el territorio de los Zetas. El maquinista los había vendido a las maras. Corrieron sobre los vagones perseguidos por los pandilleros. Un mal salto, y la pareja cayó en los engranajes hidráulicos. Las “muelas” de La Bestia prensaron la carne y escupieron el sobrante en los rieles.
Cuando los encontraron a un lado de la vía, los llamaron “la pareja de novios”. Estaban cubiertos del blanco arrocillo de las pupas sin eclosionar. Y aún seguían unidos por un abrazo amputado de esperanzas.
(En homenaje a Natividad Martínez Rello, niña de la guerra de Andoain exiliada en Rusia, fallecida el 20 de diciembre de este año)
Aquella Navidad nos trajo como regalo a Nati. Nati vivía encima de una escuela. Con seis años vio desde su ventana un juego siniestro llamado guerra civil. Pero sus padres la pusieron a salvo en un barco. Nati y sus hermanas llegaron a un país muy lejano donde hacía mucho frío, pero fueron acogidas por cálidos brazos. Nati aprendió a leer y escribir en otra lengua, conoció a gentes extranjeras como ella. Nati creció y llegó a ser muy grande: fue seleccionada como gimnasta olímpica, estudió tanto que se convirtió en ingeniera agrícola, y pudo disfrutar de teatros y espectáculos. Nati se enamoró y tuvo una niña. Pero Nati echaba de menos su hogar, y aunque sabía que ya no sería el mismo, quería volver a su casa encima de la escuela. Nati regresó con su nueva familia. Pero todo había cambiado. Ella ya no era una ingeniera agrícola, sólo un ama de casa. Ya no disfrutó de teatros, sólo del cine parroquial. Durante veinte años Nati fue «la española» en Rusia y cuando regresó lo hizo como Nati, «la rusa».
Nati se ha ido antes de celebrar esta Navidad, antes de apagar las velas de su 87 cumpleaños.
Cómo ha cambiado el mundo… Recuerdo otras épocas en que mi estirpe era respetada en la vieja Europa, se aceptaba como necesaria y hasta otorgaba prestigio. Ninguna nación poderosa podía presumir de serlo si alguno de los míos no habitaba en ella.
Ahora se nos relega a países de tercera, pero manejados por manos poderosas que pretenden enriquecerse a nuestra costa. Ellos viven bien, alejados de conflictos y miserias, mientras se aprovechan de nuestra presencia en otros lugares donde generamos el infierno en la tierra para que, de manera espuria, puedan demostrar su superioridad.
Pero ya no nos quieren dentro de sus fronteras: ponen controles y ejercen acciones policiales para que no crucemos sus alambradas de espino, ¡qué ilusos! No saben que, tarde o temprano, volveremos a habitar su territorio, como emigrantes que regresan a la maldita tierra que los vio nacer.
Dicen que ya no me quieren, pero fabrican armas y las venden para alimentarme; hacen el símbolo de la paz en pomposas reuniones, mientras miles de inocentes mueren sin que a nadie les importe. Yo no tengo la culpa de que millones de refugiados clamen por un mundo diferente; ellos me crearon así.
Me llaman guerra.
Nací en el desierto de Somalia algún día de 1967. En el desierto no hacen falta papeles ni inscripciones en registros.
El año que cumplía cinco, madre me engalanó de manera especial y almorcé doble ración de arroz. Era mi gran fiesta. Bailamos, reímos y, llegado el momento, me acomodaron en una estera de colores. Olía rico. Madre aferró mi cabeza mientras entonaba un dulce canto. Dos mujeres sujetaron mis brazos y mis piernas abiertas. Creí que el cielo me guiñaba un ojo. Luego, un frío seco de cuchilla y el aullido de mi sangre… El desierto es más negro cuando eres mujer.
El año que cumplía trece, huí de un casamiento amañado. Acumulaba demasiadas heridas que cicatrizaban mal. Trabajé. Enfermé. Trabajaba y enfermaba sin pausas, arañando monedas al sueño y al hambre. Viví como indigente. Dormí con los sintecho y me alimenté de lo que Europa arrojaba a sus basuras.
El año que cumplía dieciocho, un fotógrafo reparó en mí. Dijo que era preciosa… Suena extraño cuando lo escuchas por primera vez. Me propuso trabajar a su lado. Era un seis de febrero de 1985, el mejor día de entre todos los vividos, para empezar a celebrar mi cumpleaños.
dedicado a La España vacía, de Sergio del Molino
Con la certeza de tener que enfrentarse a otro larguísimo y triste invierno, y antes de que el tedio, el desencanto o el aislamiento acabase por sepultarlos, los vecinos —apenas quedaba ya una veintena de familias empadronadas— decidieron trasladar su pueblo, enclavado en el corazón de la meseta castellana, hasta una comarca cercana a la costa. Aunque nadie quería reconocerlo, más que pretender los beneficios del clima o el fin de la soledad, buscaban sobre todo evitar su desaparición, que en dos o tres generaciones parecía inevitable.
Empaquetaron sus raíces, tradiciones, recuerdos, nostalgias, fiestas y mitos. Cargaron con la plaza, la iglesia, el ayuntamiento, el bar, la fuente; con la carretera que les servía de calle; con sus casas y las eras que las rodeaban; con la ermita, el cementerio, los cipreses, los olmos, las encinas. Y dibujaron contra el azul del cielo diferente en su nuevo emplazamiento el mismo horizonte que veían desde su lugar de origen, para engañar a la melancolía que adivinaban incurable.
La mudanza de estos pioneros, narrada en periódicos y en reportajes emitidos por televisión, inspiró a otros pueblos que también se resignaban a quedar abandonados. Así fue como empezó el último éxodo. El definitivo.
(Él) Supuso que todo iría bien… Desconocía la fanfarria de pegar patadas a un balón, de presumir por sus ojos claros, de vender cartas al destino, de volver sin más… Y en su cabecita, siempre soñadora, la amenaza de no poder escapar al terror malhumorado de endémicas guerras, queriendo desdibujar la sinrazón de su huidizo caminar, sintiéndose cautivo en un universo por descubrir… ¿A dónde vas?
+
(Ella) Nunca lo supo, por tatuaje un corazón marcado en soledad, por estandarte la bandera de quien no cree en banderas, y por filosofía no cavilar sobre un pasado estigmatizando el futuro… Afear al que cambia el terruño donde pisar no era su modo de vida, sólo prejuicios, sólo desidia… ¿Cómo te llamas?
=
Y (juntos) en cada rincón de mundo una noche perdida en esos brazos ajenos, unas cervezas a medias, una leve carantoña, un compaginar de ideas, unas lágrimas al despedir, otra sonrisa al regresar… Te quiero
Y, cabalgando los lustros, una duda en sus blancas sienes, las de él (y las de ella), con sus articulaciones de herencia nómada parcialmente enmohecidas, sus mentes tornándose nubladas… Una única duda:
¿Dónde aparcar esos huesos que se debe comer el tiempo?
Caída al vacío (aaaaaaaa); silbido como de viento (ssssssss), silencio […]; azote (¡tas!).
Para los ojos que sí ven, todo estuvo cuidado por bucles de ricos colores, uno específico de cada espectro y para cada dimensión, desde las más sutiles a las más densas.
El alma que en ese precioso instante nacía, lo había hecho otras muchas veces, demasiadas si se cuentan con números finitos, ninguna cuando no se necesita contar.
Un alma hace un gesto antes de nacer con el significado de: «ya estoy preparada para migrar». Deja atrás su forma divina y se convierte en carne. ¡Y tiene todo lo que necesita!, un manual que está escrito en su código genético y que deberá interpretar según se vaya desarrollando como individuo y creciendo hasta completar su experiencia. Parece fácil así visto, pero todo juego tiene su truco. El de éste es que, una vez que el giro inteligente se detiene, la conexión se pierde y todo se olvida, o casi todo.
El tiempo que transurre entre cada migración ha de servir para iluminar a un mundo dormido. Se trata de conseguir encender las luces necesarias para poder despertar del Sueño de Amor en la Tierra.
Así Sea.
Malherida, Paloma cayó en picado hasta el fondo de una botella de ginebra. Dos taburetes más allá, Juan también buscaba refugio en la autocompasión. Inútilmente, pues el frío que desde hacía un tiempo le mordía el alma todavía persistía.
Paloma empezó a juguetear con la cordura y con su anillo de bodas. Nueve quilates de oro blanco engarzados con nueve años de mentiras recién descubiertas rodaron por la barra del bar. Juan levantó la cabeza de su conmiseración y vio venir la alianza y la frágil mirada de la mujer que la seguía. Recogió ambas con ternura y se las devolvió, a cambio de una sonrisa que le abrigó el corazón.
Al roce de sus manos le siguieron unos besos torpes y apresurados. Y luego otros un tanto mejor. Y así, mientras sus labios devenían cada vez más expertos, guarecidos el uno en el otro, la noche se tornó alba y hallaron resguardo por fin.
─Es ella ¡Maldita sea!
Hace días que flotamos a la deriva, arrinconados, padeciendo que el agua nos robe a dentelladas alma e ilusiones. Mis ojos se enhebran torpes sobre su mirada glauca, como todo lo que nos rodea, con la que parece sondear nociva en el más allá. La balsa se fue convirtiendo en un pañuelo arrugado a piques del vertedero, en otro desecho más al filo de una ciénaga que regurgita el estertor terminal de las gargantas sumergidas.
Su presencia nubla mis sentidos, alimentada por el gemir desesperado de quienes se desvanecen para siempre reclamando una oportunidad. Su sonrisa de palabra tierna me seduce. Con su gesto cordial me incita para que no renuncie al abrazo, desde el que ella redimirá mi angustia. Los últimos apenas patalean, sólo boquean espumarajos y pavor a escasas brazadas del guiñapo de goma al que se aferraron para no perecer. Ante ellos zozobra mi sueño infantil, mi anhelo en vano, fraguado sobre la quimera del mundo idílico que nunca veré.
Enseguida quedamos ella y yo. Atenta a mis miedos, a mi plegaria. Desde la que suplico que este infierno se convierta en el Paraíso cuanto antes.
─¡Maldita sea! Es ella.
Desde niños las vacaciones siempre juntos, el final del verano marcaba el comienzo de otra manera de acercarnos, entonces eran nuestros corazones los que, unidos, evitaban la distancia. Una distancia que creció tras mi accidente, tuve que dejarte y ya no eran kilómetros lo que nos separaba, aun así, encontré la forma de estar junto a ti, pero ahora mi tiempo ha pasado, he de volver a encarnar, no sé si recuerdas cuando, en clase de filosofía, el profesor contó sobre la migración de las almas. Tengo que hablarte Lucía, no sé cómo hacerlo. He intentado susurrarte al oído, pero creíste que era el viento. Intenté pintar en una nube y no mirabas al cielo. Trataré, otra vez, de explicarte.
Qué sueño tan hermoso y extraño, tan real que aún puedo olerte Andrés. He soñado con ese abrazo que nunca pudimos darnos y con las palabras que nunca nos dijimos. Siento que, de algún modo, hoy te despediste de mí ¡Hoy! ¡Qué locura! Hace más de diez años de aquella tormenta en la que un coche, dejándote en la cuneta, sesgó tu vida para siempre.
Los que se marchan, no se van del todo, al menos no durante un tiempo.
Caminaban cogidas de la mano, después de semanas de miedo y dolor, ya les quedaba poco para alcanzar la tierra de salvación, eran refugiadas en busca de una nueva vida, huyendo de las bombas, de las balas, de los hombres, pero tal vez la guerra también iba con ellas, era una sombra prendida a sus manos.
Ante la alambrada se agolpaba la muchedumbre, pese al hedor a humanidad, el hambre y la sed, los guardias del orden, en nombre de la llamada civilización occidental, les impedían el paso, ya que antes en otro lugar, a miles de kilómetros, sobre cómodos sillones y ante apetitosas viandas, los hombres con poder debían decidir su destino, intercambiando vidas como si fuesen cromos.
De repente sonaron unos disparos, entre la bruma de la mañana, que lo envolvía todo, solo se oían sus gritos de desesperación. Llorando amargamente, corría sin sentido, sin destino, a su madre le acababan de destrozar la cabeza, a ella el alma, a las dos la vida a las puertas de la última frontera.
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