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Al otro lado del mar, muy lejos de aquí, dicen que la gente se baña y toma el sol en tumbonas hasta dejarse la piel tostada, como la nuestra. Esta noche hace frío por aquí abajo, pero nada nos detiene, ni las recelosas miradas de nuestros amigos, ni las lágrimas de nuestros abuelos, demasiado viejos para acompañarnos, ni siquiera el rostro maligno del capitán, que nos ha vaciado los ahorros y las ilusiones. Tampoco nos desaniman los vetustos flotadores, ni la insegura embarcación de fortuna en la que nos haremos a la mar. No sabemos cuántas millas tendremos que flotar en un mar peligroso para poner un pie en una tierra desconfiada. Ojalá no nos ahoguemos a una brazada de la costa. Espero que los que se bañan en las playas del norte nos dejen algo de ropa seca cuando lleguemos. Aunque con tanta gente a bordo, a lo mejor no hay toallas ni mantas para todos.
Llegados a este punto tenemos que darnos la vuelta. Todos nos giramos para mirar, una vez más, quizás la última, la tierra que soñábamos y comenzamos a correr de espaldas al mar. Tiritando de frío y empapados, nos adentramos en el agua y subimos a las barcazas que nos trajeron hasta aquí. Sobrevivimos otra noche al rugido amenazante de las olas que nos zarandean bajo un cielo estrellado, contradictoriamente bello, y nos abrazamos unos a otros para vencer el miedo y entrar en calor. Al atardecer alcanzamos la costa y conseguimos, no sabemos cómo, que las mafias nos devuelvan el dinero que pagamos por nuestros pasajes y los pasaportes falsos. Sedientos y exhaustos, caminamos sobre nuestras propias huellas durante días, para evitar que las minas antipersona nos hagan saltar por los aires, aunque no todos logramos llegar. Los que quedamos vivos nos quitamos las manos de los oídos para escuchar las bombas que los aviones dejan caer a nuestro paso. En este punto, hambrientos y desesperados, no podemos evitar darnos la vuelta para observar una vez más, quizás la última, lo que un día fue nuestro hogar.
Sonaban infantiles villancicos en el abarrotado centro comercial. Un sillón señorial y una enorme saca para las cartas de sus Majestades estaban situados cerca de la zona de juguetería. El Paje Real, al que no le gustaban las Navidades, fue contratado por un mísero sueldo que aceptó por necesidad.
Los alborotados niños entregaban sus cartas y recibían caramelos, uno incluso se interesó por los regalos que había pedido el Paje Real; él contestó que sólo deseaba salud y estar con su familia, pero eso les pareció muy poca cosa, pues todos tenían salud y siempre estaban con sus familias. El Paje Real sonreía, siempre sonreía, era su trabajo, y sabía calmar a los pequeños que lloraban, los padres agradecidos creían que tenía el auténtico espíritu navideño.
Al terminar su jornada compraba algo de cena en la tienda de su amigo Hakim. Después, en su humilde hogar de cuarenta metros cuadrados que compartía con cinco paisanos, extendía mantas en el suelo para rezar el Salat. Y antes de dormir, siempre hablaba con su familia por teléfono mientras miraba las mismas estrellas que ellos, a miles de kilómetros, también miraban; pero nunca se atrevió a decirles que era todo un Paje Real.
Cuando era pequeño las misioneras en la escuela del poblado le dijeron que la estrella polar indicaba el norte. Su abuelo en una de sus lecciones de sabiduría le dijo que el paraíso estaba al norte.
Cuando se hizo mayor construyó una barca con juncos y embarcó en busca de ese paraíso siguiendo la estrella polar, pero la primera noche de travesía unas nubes negras apagaron el cielo y se perdió en la inmensidad del mar
Ya no quedaba aire que respirar ni tardes que compartir en el pueblo, todo estaba muerto, hasta la cigüeña del campanario. Esta tierra que un día dio trigo, ahora solo daba pena.
No lo pensó dos veces, sacó del armario unas blusas amarilleadas por el tiempo y unas faldas hartas de esperar la ocasión, las metió en esa maleta que vivía debajo de la cama y se plantó con ella en la cocina. Todos se habían ido, algunos para no volver, como su madre, que decidió matar sus penas sobre las vías del tren. Otros partieron hacia Madrid y la mayoría hacia Alemania donde trabajaban de sol a sol para retornar algún día y hacerse la mejor casa del lugar.
—Padre me voy— dijo.
Él siguió comiendo sin levantar la cabeza del plato.
Ella permaneció largo rato en el quicio de la puerta, esperando un gesto, un “no te vayas”, un beso, un milagro…
Después se atusó el pelo con las manos, cogió su equipaje y se alejó lentamente sin mirar atrás. Ni siquiera se volvió cuando escuchó cargar la escopeta de su padre apuntando a su nuca.
Tan gorda. Tan blanca. Tan fuera de lugar. La sigue a una distancia prudente, con temor a espantarla, pero sabe que no puede demorarse si quiere que la mañana les sirva el azar caliente. Se ha quitado la camiseta, que arrastra por la arena mientras su cabeza repasa la estrategia. Aunque es consciente de que aquí, como allí, la estrategia no sirve. Quién puede calcular con exactitud dónde habrá un francotirador; cuándo un obús va a reventar a tu hermana; dónde está tu padre bajo esa pila de escombros; cuándo va a echar a volar esa paloma.
El animal picotea la nada junto al vallado. Al niño se le disparan los músculos. Le arroja la camiseta, le salta encima, agarra el bulto que aletea sin opciones y lo aprieta contra su pecho. Reconoce el palpitar enloquecido del miedo a través de la tela, pero lo arranca de cuajo con un giro seco de la mano derecha.
Emprende el camino hacia su tienda con la paloma envuelta en la camiseta. Hoy comerán carne. Como la gente de las fotos, la que aseguró que los acogería en sus países. Esa gente tan blanca. Tan gorda. Siempre tan en su lugar.
El hombre desnudo apoya su carpeta sobre la mesa con desgana. Mi abogado de oficio. Mira con recelo la toalla con la que yo cubro mis partes. No me acostumbro a ir sin ropa. Llevo apenas un par de semanas en el país, y me está costando adaptarme.
Observo el sudor sobre su pecho, la nuez subiendo y bajando por su garganta. Es evidente que le incomoda mi presencia. Como a mí la suya después de haber vislumbrado sus testículos cuando ha entrado en la sala.
Le refiero el incidente. Le aseguro que no ha sido mi intención asustar u ofender a la joven.
– ¿A quién se le ocurre subir vestido a un ascensor público? – pronuncia en tono de reproche. Intento explicarle que en mi país las cosas son distintas. Me mira incrédulo. Como si estuviera diciendo una superlativa estupidez.
El guarda, cuyo monumental culo percibo a través de la reja, hace tintinear la llave.
Mi abogado me mira con pena. Mueve la cabeza de un lado a otro dándome a entender que las cosas no me serán fáciles durante el juicio.
Empiece por ir desnudo como dios manda, aconseja mientras se pone de pie.
Camino kilómetros.
En busca de mis sueños, una vez perdida toda esperanza.
Camino y revivo recuerdos de aquello que, AHORA, ya no tengo.
Mi mundo en un saco de ropa. Los restos de mi vida a mi espalda.
No camino sólo. Me rodean otros caminantes demacrados y sin presente.
Otros como yo. Otros disidentes obligados a buscar un nuevo lugar.
Un lugar que no será hogar. Porqué los tormentos del pasado vivido no nos dejarán que lo sea. Porqué la nostalgia nos llenará de recuerdos de aquello que fuimos, de aquello que perdimos o nos hicieron perder.
Camino Kilómetros.
Y pierdo parte de mí en el camino.
La tristeza nos supura por la piel. El dolor se arrastra con cada nueva pisada.
Y, enfrente, un muro construido para evitar nuestro avance. Un muro para encerrar nuestros sueños. Un muro para acabar con nuestro anhelo de encontrar un lugar mejor. Un muro que congela los latidos de nuestros corazones y entierra nuestra posibilidad de volver a ser humanos, personas. Un muro que nos recuerda que no somos libres, ni iguales, ni fraternales. Que estamos solos.
Como en los kilómetros recorridos. Caminados. Llorados.
SOLOS.SOLOS.SOLOS.
Ha encontrado un nuevo trabajo, para tres semanas. De repartidor. Les mandará algo de dinero, un poco más que la última vez. Yuri ríe cuando su padre le cuenta una historia del bar aunque ya se la sabe. Casi siempre es la misma.
Alisha está prometida. Él es de buena familia y la boda, en dos meses. Raqesh asiente, con la frente apoyada en el cristal de la cabina. Que quizá pueda ir, miente.
Freddy sujeta el teléfono con una mano mientras que la otra, bajo el pantalón, se mueve rítmicamente.
Llega el veinticuatro a Dakar y se quedará hasta el día uno. Son las vacaciones de Navidad aquí, mamá, explica Aminata.
El auricular escupe el ruido del tráfico en Changzhóu. La tercera vez que él se lo repita, ella le responderá que todo va bien.
Danilo reparte una seguidilla de sonoros besos y cuelga, con cuidado, cuando escucha el pitido.
Manuel comprueba que Danilo ya ha acabado: siete minutos, quince segundos a Ecuador. Sabe que pasará un buen rato hasta que salga, se ajuste la gorra, el decoro y pregunte cuánto es.
El bisabuelo Adolfo hizo las Américas. Suena a aventura y dinero, nada más lejos de la realidad. Lo bueno, que conoció a la bisabuela, una gallega de las de antes que volvió a su tierra cuando él falleció en un accidente, dicen, en la construcción de un hotel importante.
En aguas de nadie nació el Fito, como le llamaban todos en el barco. Siempre se sintió gallego, pero muy joven marchó a Alemania a apretar tornillos en una fábrica. Para entonces ya había conocido a la abuela y, cuando juntó unos duros, volvió y montó una gasolinera a la entrada del pueblo, hasta que la autovía pasó unos kilómetros más allá.
Papá no habla de aquellos tiempos. Fue a Madrid a estudiar y no volvió. Apenas el día de la fiesta en agosto. A la Sonsoles no le gusta el pueblo, dice.
Yo, de pequeño, iba todos los veranos. Ahora me escapo algún sábado para estar con el Fito. La abuela no le deja fumar y vamos juntos a la destartalada gasolinera. Compartimos pitillo y confidencias, como historias de ese bar, en una callejuela de Frankfurt, que debo buscar cuando vaya a estudiar el próximo año.
Sube los peldaños de madera cuidadosamente para no tropezar. Tan solo hay una pequeña bombilla que se bambolea creando sombras tramposas.
Cuando entra en la desangelada habitación, tan solo hay una silla carcomida y una mesa cubierta de un viejo hule con ronchas de cafetera. Deposita su maleta y, desatando las cuerdas de pita, la abre con reverencia.
Saca la alcayata y la foto que su mujer, dejándola a deber a plazos al bueno de don Esteban, se hizo con las niñas para que se las llevara con él. Ellas se quedaron con la de la mili, la única que tienen.
Luego, se sienta, apoya los codos sobre la mesa con las manos en sus mejillas y, observándolas, se deja ir. Se imagina a Laura dando de mamar a la pequeña y a la mayor ayudando a su madre en los quehaceres de la casa como una mujercita.
Los crujidos de la escalera le sacan de su ensimismamiento y le hacen ver que su tiempo ha concluido. Recoge con rapidez para acabar cruzándose con el próximo usuario, saludándose ambos con un ligero movimiento de cabeza. Él, más reconfortado, el otro anhelante con su alcayata ya en la mano.
Said, Fazil, Hassan, realizaron su última pirueta tocando la concertina.
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