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Juan era un escritor de éxito. En cuanto publicaba una nueva novela, la editorial y sus múltiples seguidores se encargaban de encumbrarla y, por ende, a su autor. Eran novelas de misterio y su personaje principal se llamaba Elías Buenaventura. Quiso ponerle ese apellido para demostrar, paradójicamente, que la vida, en ocasiones, no era fácil. Juan había tenido que bregar con muchos mares de incomprensión, antes de alcanzar la fama.
Esta mañana se ha levantado malhumorado. Se le agotaba el tiempo de entrega de la nueva novela de su personaje, amado y odiado a un tiempo. Tras horas frente al teclado, toma sus folios y los lleva a su editor. Se siente satisfecho, es más, está entusiasmado. “Mi mejor obra, sin duda”, piensa, mientras camina.
Pedro, su editor y amigo, hojea el borrador. No quiere romper el espejismo. Cuando se asegura de que Juan se ha ido, tira a la papelera todos aquellos folios en blanco.
La tenue luz de la candela ilumina a duras penas la negrura del desván. La niña de blanca cara y enormes ojos escribe sin cesar. Al igual que cada noche. Una raída sábana la cubre por completo dejando únicamente al aire su pequeña mano. El gélido viento se cuela por las rendijas del tragaluz haciendo peligrar la débil llama.
En las muchas páginas completas, cuarteadas, está todo. Estoy yo, aparecéis vosotros que ahora leéis esto, está el mundo entero con sus historias de guerras y amores, la tierra con sus glaciares, volcanes, bosques y mares, están la luna y el sol engendrados y descritos en una calurosa noche de verano, están el universo, las libélulas, los atardeceres y el café.
En el más absoluto silencio nocturno imagino oir el leve sonido de su pluma al rozar el papel. De ahí surgen las letras, palabras, frases, los puntos, espacios y comas.
Justo antes de que el sueño me venza, sonrío sabiendo que la niña de blanca cara y enormes ojos, en esa mágica conjunción de tinta y signos, está dejando escrito mi futuro.
Y el vuestro.
Galicia, una lejana tarde de primavera.
−Señora, ¿podría descansar unos instantes en la sombra de su huerto?
−Pase, por favor, y le traeré un poco de agua.
−Se agradece; con el paso de los años las fuerzas menguan, sin remedio.
−Aun así, yo la veo cada tarde, abstraída, vagando por la senda que pasa por mi puerta. Pero, cuénteme… hábleme de usted y de su suerte.
−¿Qué decirle? Enviudé joven, arrojándome la vida al desdén de la pobreza. Los rapaces y sus madres me injuriaron, mientras escupían en mi alma los que justos se decían. Malpocada, salté y corrí sobre las riberas del Sar, agrestes en su eterna primavera, y los pájaros, las plantas y las fuentes… conmigo dialogaron, ya contenta. Muchos se burlaban diciendo que las plantas, las fuentes, los pájaros…no hablaban; solo en mi cabeza. Sin embargo, redimida, clamé orgullosa: ¡eso no es cierto! Y ahora que, como ve, las canas tiñen mis cabellos prosigo mi camino buscando, quizá, el postrero de mis sueños. Pero, señora, ¿sabe lo que de mí, cuando paso, murmuran y exclaman?
−Sí, dicen que ahí va la loca soñando. Lo dicen, pero no es cierto.
Pudieron titular el cuento Blancanitos y los siete enanieves porque, al principio, los ocho estábamos superunidos. Pero cuando a uno de mis compañeros le dio por crecer tanto como un pino y consiguió que la jovencita le preparase la comida en exclusiva, empezaron las tiranteces. Hablaban a solas y dormían juntos. Luego pusieron un circo y vivieron como príncipes a nuestra costa, el número con más gancho. A la madrastra, prendada hasta el talón de Aquiles del exenano, la colocaron de vendedora de entradas, teniéndose que conformar con ver el contorno de su rostro en el cristal de la taquilla. Bueno, en realidad contemplaba la cara de pollino del larguirucho, a quien tenía por Adonis. La bella terminó dejando al que fuera compañero nuestro, que se largó con los watusi. La muy… Se arruinó y acabó con su cuerpo en un puticlub de medio pelo, y se lio con un rufián con patillas de hacha. Retorcido como un callejero les tuvo que salir el hijito, seguro. ¿Blancanieves…? ¿Refiriéndose a una con un alma tiznada? Ese par de impostores lo falsearon todo. Y ni siquiera se acordaron de nosotros en los créditos de esta película. Tuvo que hacerlo Walt Disney.
Juan se levanta con desgana cuando suena el despertador para ir al instituto, aunque la mayoría de días no pisa las aulas.
Se hace llamar Jonny en su pandilla, donde tiene fama de duro.
El protagonista de nuestra historia es un inadaptado social. La verdad es que a él no le ha gustado nunca que le consideren dentro de este grupo de sujetos.
¡Eh, fíjense! Ahora nos mira con muy mala cara. Sí, a nosotros, a mí que estoy narrando y a ustedes los lectores…
Que no le insultemos, dice… a gritos, por supuesto. Vaya educación. Claro, como en su casa no lo aguantan y además no va a clase…
Ya se está poniendo gallito, parece que no se conforma con gritarnos. Dice que viene a por nosotros. Ay Dios, que de esta gente me fío más bien poco. Yo de ustedes me iría alejando, por si acaso.
Ha cogido su navaja. Esto ya no me gusta nada.
Miren, mejor cierren la página del libro o la ventana del navegador, no vaya a ser que la punta del cuchillo les dé en la nariz.
Yo me marcho. Ya si eso, se lo acabo de contar otro día. ¡Adiós!
Lágrimas en la lluvia: el bloqueo de escritor es La historia interminable de mi vida. Salgo a despejarme: Los autonautas de la cosmopista me invitan a ir con ellos. Cultiva tu talento literario, me dicen, sin Orgullo y Prejuicio, con mucha Sensatez y Sentimientos. Sigo el consejo: Papeles inesperados me llevan, Más allá de las ilusiones, a dar La vuelta al día en ochenta mundos.
Ni puedo ni quiero prescindir de mi Casa de palabras; Grandes esperanzas alivianan El peso del corazón, un Corazón del Tártaro que hace de mí La loca de la casa; esa misma que, apenas puede, se va a su Jardín secreto a jugar a la Rayuela.
Las olas rompen plácidamente contra el faro solitario en el que trato de terminar mi novela. Como en las películas. Quizá abusara anoche del bourbon, esa bebida de escritores, porque estoy perplejo.
Dejé ayer a Claudia, mi heroína, en una cita con el canalla de Alessandro, por el que tanto suspiraba. Sin embargo esta mañana se ha fugado en un yate con Francesco, el rico heredero, renunciando al amor.
Pero lo más desconcertante es que ha dejado una nota en la que me advierte que no siga imaginando finales románticos y poco prácticos para mis personajes o pagaré por ello.
Una nota. De Claudia. Escrita con mi Olivetti.
De repente comprendo que no era yo el que, en algún frenesí perfeccionista, atiborraba la papelera de hojas arrugadas. Releo el manuscrito cada vez más asombrado. Marcelo, el mafioso padre de Claudia, ya no está entre rejas, ni hay rastro de sus gorilas en el depósito de cadáveres, ni Bianca, su madre, vive feliz con Giorgio el jardinero (que ahora reposa en el fondo del Adriático), sino que ha vuelto con su marido.
Grito al escuchar el motor de una avioneta. En la página 439 han planeado asaltar mi refugio literario.
La periodista que lo entrevista resalta la despreciable humanidad del personaje que protagoniza su novela, y lo incluye en un probable catálogo de otros “sublimes monstruos de la literatura”. Lo define como inmoral, perverso y narcisista en lo privado, pero persuasivo, inteligente y seductor en su conducta pública. El autor recién premiado responde que ha intentado desvestirlo de ficción, de ese dramatismo que persigue el espectáculo, y reflejar una tortura que llegue a ser cotidiana, del tipo que podría esconderse tras el muro de silencio de cualquier hogar aparentemente dichoso.
La periodista reconoce también el interesante proceso de superación del personaje del hijo, su resignación, su serenidad y la escapatoria de usar la lectura como escape a una realidad hostil: “los libros como liberación”, dice para cerrar su discurso. Entonces aprovecha para recordar que el autor premiado es hijo de uno de los más famosos autores de literatura infantil nacional, cuya obra será inolvidable para todos nosotros. Lamenta su reciente defunción y conjetura que habría disfrutado mucho con esta novela de su hijo y con los éxitos que está alcanzando.
El autor premiado asiente y sonríe. Y calla.
Bony era cojo Un accidente cuando cachorro le anuló sus patas.
Botines, dulce mastín lo llevó sobre su lomo desde entonces.
Un triste día Bony se durmió para siempre.
Botines no llegó a sufrir su ausencia. El peluche de mi hija cabalgó sobre él hasta que otro día triste Botines cerró sus ojos.
Reposan bajo el cerezo del jardín: El gato cojo, el peluche viejo y el perro ciego.
Juan, recién llegado a casa, desbordó el sofá. Un legajo a medio plegar jugaba al trapecio entre sus dedos. «¿Delito contable yo? ¡Por Dios, si sólo fue un error!» Dijo en voz alta.
Su mente languidecía y su mirada se perdió en la librería. Viajó en el recuerdo y se encontró otra vez en el día que halló el enorme gato negro de su exmujer atemorizado y escondido bajo una manta.
Con un profundo suspiró rememoró el miedo cuando descubrió en la librería un vacío. En el suelo el legado del abuelo: cristales rotos y restos de un soporte hecho en madera tallada con sus arbotantes adornados con gárgolas y sus pináculos ahora quebrados.
Y entonces aquella voz desagradable: -¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque recorréis el mar y la tierra para hacer un prosélito…
Mirándole a los ojos, sentado con los pies colgado sobre una copia del Tractatus de Penientia estaba el pequeño diablo que por doscientos años fue recluido en una esfera de cristal. Ese quien es principal en las hordas de Belgefor y responsable de las faltas de los escribas y copistas en los escriptoria, Titivillus, que concluyó su prédica con una sonrisa socarrona: –Mateo 23:15.
Sultán era el perro de Maite. Compañero de juegos y risas, y también paño de lágrimas. En verano, cuando las tardes rezuman horas luminosas, eran dos en uno. Sincronizaban silencios en las furtivas incursiones que, con el fin de trepar a los cerezos, hacían al huerto de los vecinos. Maite, con aquellas carnosas y sonrosadas bolitas rabudas, improvisaba pendientes que decoraban sus orejas y las de su amigo, así como largos collares cuyas cuentas acababan siendo objeto de una apetitosa merienda.
Al oscurecer, la niña contemplaba cómo los últimos rayos de luz reverberaban sobre el suave pelaje rojizo del can, adelgazando su silueta hasta hacerla a los ojos casi desaparecer. Ella se acercaba para acariciar al animal y confirmar que seguía estando allí.
Antes de que la familia se mudara a un piso de la ciudad, el perro enfermó. Un día, al atardecer, su padre se lo llevó al campo y regresó sin él. Maite, refugiada en su dolor, escuchó hablar a sus padres en sollozante susurro: “Ha tenido una buena muerte”. Ella tardó mucho tiempo en comprender esas palabras. Sí entendió que esta vez el sol se lo había llevado para siempre.
—¿En blanco y negro? Nooo, ¡es mentira!
—Que sí, pequeñajo, los perros no ven los colores, lo dimos en clase de Ciencias.
—Pero Toby ve perfecto, coge las pelotas en el aire y todo.
—A ver, so bobo, que ve bien, pero no distingue los colores: los perros son daltónicos.
—¿Quueeé? ¿Qué es eso? ¿Quieres decir que es medio cegato?
—Sí, algo así. No ven los colores como nosotros, son bichos defectuosos… como tú, que eres tonto.
—¡Toby no es defectuoso, mamá dijo que era perfecto para mí!
—Claroooo, tu perrito también está enfermo, él no ve los colores y tú no sientes dolor. ¿Ves, a que no te duele?
—No me pellizques, bruto, que me sale moratón.
—Oh, sí, y se pondrá rojo, y morado, y verde, pero Toby no lo verá y a ti no te dolerá.
—Deja a mi perrito en paz, él no tiene la culpa de ser dalto… dalto lo que sea, ni yo tampoco. Los médicos dicen que soy como somos todos.
—Dicen «Cro mo so mas» y por eso te quieren más a ti.
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