Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

116. Nosotros bien, a Dios gracias (Pablo Núñez) (Fuera de concurso)

Después de unos años, al fin nos hemos acomodado en este país. Desde que dejamos apartados los sentimientos, todo ha sido más fácil. A veces nos miran con recelo, pero ya estamos acostumbrados; lo mismo hacían en el pueblo cuando su hija Margarita se quedó preñada antes de la boda y poco nos importaba. Por cierto, que al niño lo verá pronto: no aguantó este clima y se lo hemos enviado.

Nos hemos enterado de que al final se perdió la guerra. Aquí llegaron noticias confusas, pero el Padre Genaro nos escribió y, además de contarnos lo suyo, nos lo confirmó. Lo que no nos ha quedado claro es quién la ganó; si es que alguna vez las gana alguien.

Paquito lleva en el bolsillo derecho del pantalón, junto a esta carta, el dinero que nos pide el cura para que no acabéis en la fosa común. Esperamos que sea suficiente y os metan en un nicho acogedor. Sentimos que no pueda ser la tumba que deseaba con su lápida de mármol, pero no contábamos con los gastos que nos iba a suponer el traslado de su nieto, aunque seguro que le compensa su compañía. Cuídese. Cuídelo.

115. El negro del AhorraMas (Juancho Plaza)

Su nombre es Mbaye. Cuando está solo deja que golpee las paredes de su cabeza: «Mbaye, Mbaye, Mbaye…».  Ya nadie le llama así, ni siquiera en la casa ocupada en la que vive con otros que, como él, tuvieron que abandonar su tierra. Se ha acostumbrado a mentir, a cambiar de nombre y de nacionalidad, a inventar parientes y profesiones, a decir que está bien mientras la pena avanza despacio y en silencio dentro de sus tripas. «Mbaye, Mbaye, Mbaye…», rebota de la sien a la nuca, de la frente a la coronilla, igual que aquel balón, repleto de cicatrices de bramante, que chutaba con sus amigos contra la cerca del protectorado. Después la guerra. Muchos cambiaron el balón por un machete, los juegos por pistolas. A los más grandes les armaron con fusiles y tacharon la palabra amigo de su vocabulario. No quedaron más salidas que el ultraje, el éxodo o la muerte.

Mbaye ofrece la palma de su mano y su sonrisa a quien se acerca al súper.  Contrasta su blancura con lo negro de su piel, con la sombría gravedad de su añoranza, con el incierto futuro que en forma de calderilla alcanza sus bolsillos.

114. Los últimos emigrantes.

En la más elevada montaña de la Tierra algunos hombres se afanan controlando los últimos detalles en la estructura de las arcas, asegurándose que no existe ninguna grieta. Las bodegas de los navíos acogen en orden a todos los animales, los congeladores están repletos de alimentos y en los fardos, asegurados con firmeza, viaja todo lo necesario para comenzar la andadura en la nueva morada.
Mientras tanto en las ciudades de todo el orbe sus habitantes viven, los más afortunados, a cubierto de la lluvia letal que no deja de caer; cada gota que toca la piel supone una ulcera lacerante difícil de curar. Los terremotos y tsunamis se suceden sin parar. La Tierra, agotada y enferma se rebela contra su virus.
Los ocupantes de las arcas imploran para hallar un claro entre las nubes y enfilar las proas con decisión hacia el espacio. Un halo de ilusión planea sobre todos, es tan potente como la pena que albergan sus corazones. Saben que son emigrantes sin retorno, que nunca dejaran de añorar su hogar. Evocaran durante generaciones el planeta azul desperdiciado y maldecirán eternamente la ceguera de los avariciosos.

113. Llueve (relato fuera de concurso) Anna Lopez Artiaga / Relatos de Arena

El cielo y el mar parecen querer unirse y devorarnos a todos. La mujer del fondo ha dejado de llorar. Sigue aferrada al cuerpecillo inerte y lo acuna, pero ya no llora. La primera claridad del alba nos muestra un horizonte nómada. Ni rastro del continente.

Llueve.

En la cocina, Juana remueve el guiso. Los choclos ya están asados. A la señora no le gusta que prepare comida guaraní, pero una cazuela de carne es una cazuela de carne en todas partes, ¿no? ¿Qué mal hay en acompañarla con unas deliciosas mazorcas?

Llueve.

No ha vendido  nada. En cuanto puso la manta en el suelo se derramó el cielo entero y tuvo que correr hasta la boca del metro. El vestíbulo bulle de gente apresurada que cruza entre los africanos, sin verlos. Parecen deportistas  esperando en el túnel de vestuarios para saltar al campo. Él sueña con ser jugador de fútbol. Ganar mucho dinero. Comprarle una casa a su madre.

Llueve.

Hoy no podrá salir a pasear con el viejo. Pobre hombre. Ya no reconoce a la hija, ni a nadie. Solo a ella le sonríe. Y, de cuando en cuando, se le empañan los ojos y llueve.

112. Aquí, allí

Aquí no le arrojan bombas, sino que le lanzan insultos. Aquí no pasa hambre, aunque debe rebuscar comida entre la basura. Aquí no existe el peligro de que la violen, de que la azoten, de que la lapiden, pero la tratan peor que a un animal. Aquí no tiene que dormir bajo las estrellas, aunque debe compartir habitación con otros dos mil refugiados que, como ella, quieren regresar allí.

111. Picaresca a la rumana, (Rosy Val)

Me lo encuentro cada mañana en el barrio donde vivo, con su balanceo, su gorra deslucida y esa mirada asilada en sus atribulados ojos. “El chico extranjero me entristece”, le comento a veces a mi marido. Pero él sabe que no escucharé sus cansinas reticencias ni el manido proverbio chino de la caña y el pescado; seguiré dándole diariamente su euro. Al menos que, los actuales gerifaltes decidan ocuparse de las cotidianas estampas que agarrotan mi ánimo. Y mientras sigo a la espera, descubro por una calle del centro —gracias a un semáforo encendido que detiene mi coche en el paso de cebra— a un joven malabarista que lanza y recoge clavas con pericia. Al término de su lucimiento se aproxima al coche que encabeza la fila. Tras neutralizar su cara de asombro con una sardónica risa compruebo que la tristeza ha migrado de sus ojos. También, que su gorra ha rejuvenecido varias puestas; me la presenta… Al momento, el semáforo se abre. Me alejo, despacio, mirándolo a través del retrovisor… ¡milagro!, le vuelve la cojera.

110. Traductor de espumas

Tras las miserias y desiertos humanos, a cuatrocientos kilómetros de la costa, he aprendido a mirar, a ver más allá, a sentir a la familia próxima sin importar las distancias; a intuir en mi compañero de embarcación a mí mismo, a traducir las formas de la espuma que llegan salpicando a nuestros rostros. Nos anuncian un frescor de esperanza, o impregnan con sal caliente nuestros labios; nos alivian la agonía de la sed o nos advierten de la fuerza de las olas como muros de alambradas. En la noche brillan destellos hermosos que son testigos de historias de naufragios y oraciones, y que parecen levantarse con la marea, desafiantes, mientras las gaviotas juguetean y parecen reírse de nuestro sueño azul infinito.

La ilusión es una paradoja que contradice la realidad, una simulación de sí misma en la que todos los tripulantes de la barcaza creen.

Rozando las olas de la playa, camino con una única intención al llegar: regresar.

109. INÉS (M.Carme Marí)

Se casó, muy joven, con el muchacho más gallito del barrio que las tenía a todas encandiladas y con él tuvo un hijo, Pablo. Fue lo mejor que le dio su marido. El resto llegó de la mano del alcohol. Hasta que el exceso de bebida se lo llevó. Desesperada por dar una educación a su hijo siguió los pasos de una amiga hacia España, y se puso a limpiar escaleras. Pasaba los días apretando la foto del pequeño contra su pecho y prohibiendo en vano a las lágrimas asomar a sus ojos. Ese dolor en el alma era peor que el dolor físico de los años anteriores, aunque hallaba consuelo a final de mes cuando podía enviar dinero a su madre que cuidaba del niño.

Cruzar el océano era muy caro, sólo pudo permitirse tres viajes en doce años. Por eso Inés desbordaba de felicidad cuando por fin pudo traer a Pablo a España para que estudiara en la universidad. Esos fueron los mejores años de su vida.

Ahora ha sido Pablo quien ha tenido que emigrar al norte de Europa, pues aquí no había trabajo para él. Maldita crisis. Inés vuelve a estar sola.

108. El coleccionista.

La última vez que hablé con él estaba en Angola, o quizá en Uganda, no me acuerdo bien.

Nuestra tierra se le había quedado pequeña hace mucho, y se ahogaba en la cotidianidad.

Siempre nos decía que quería viajar; que apenas conocía una milésima parte de todo lo que el mundo podía ofrecerle. Y se pasó el resto de su vida descubriéndolo. Coleccionando amaneceres, como solía decir. Porque se hizo coleccionista. De matices de verde y azul; de sonrisas; de reflejos de felicidad sincera, de las miles de formas de decir cualquier cosa.

Dejó que el mundo le mostrara toda su belleza, y tardó en reparar en esa otra cara que suele estar escondida a simple vista; la del rojo mas vivo, la de las lágrimas que no cesan, la de la crueldad como forma de gobierno; la de la indiferencia cómplice ante el sufrimiento extremo.

Nunca llegó a entender esa cara oscura. Y se reveló contra ella.

La última vez que hablé con él me dijo que no le encontraba sentido a la vida; que lamentaba haber salido de su tierra, y que no sabía si volveríamos a hablar.

107. Regreso al sur

Últimamente le ha dado por pensar si la cama donde duerme será en la que muera. Esa idea le incomoda y hace que cada día se levante con más rapidez de la que su edad aconseja. Son muchos años en Alemania y ella ya no está. Ni siquiera recuerda las fragancias y los sudores de aquellas sàbanas, y piensa con frecuencia en la casa del pueblo de España, de donde vino, donde murieron sus abuelos y su padre. Hasta el verano no podrá regresar y, mientras, ahuyenta la idea de morirse en aquel lecho.

Pero hoy el objetivo es otro: una concentración a favor de quienes llegan de lejos como vino él. Fátima, la argelina que le ayuda en casa, vendrá a recogerlo y le acompañará. Al principio no hacían buenas migas, aunque la necesidad de ambos pudo más y se llevan mejor desde que ha desistido en convencerla para que se quite el hiyab.

Por la otra acera, unos jóvenes se dirigen al mismo sitio con otro propósito y súbitamente una piedra vuela sobre la calzada. Fátima pide auxilio tratando de tapar como puede la sangre de la brecha, mientras él sonríe emprendiendo su viaje hacia el sur.

 

106. ¡Adiós mamá y papá!

            Era una tarde calurosa a mediados de septiembre que apuntaba hacia el final del verano. El tren hacía parada en su andén correspondiente. El chirrido de las ruedas produjo un escalofrío propio de quien llega por primera vez a un lugar desconocido. El temor a lo nuevo. El miedo a defraudar las expectativas que tu familia deposita en ti cuando comienzas una vida de independencia y alejado de ellos.

          Cargado con dos grandes maletas, arrastraba esa pesada carga bajo un calor insolente y despiadado. Me dirigí a la parada de taxis más cercana. En ciertos momentos, la proximidad se convierte en un concepto relativo.

           Una parada de taxis desierta. Tocaba esperar. A lo lejos vi aparecer un Toyota Prius, uno de esos coches híbridos con un motor mixto a gasolina y otro eléctrico. El conductor me saludó y se dirigió a abrirme amablemente la puerta del maletero. Pero antes de abrirse, me llamó fuertemente la atención una frase que tenía inscrita en la parte trasera, justo por encima de la placa de matrícula. Con grandes letras de color verde agua podía leerse: en la vida hay que aprender del pasado, soñar con el futuro y vivir el presente.

105. Ni libre de pecado

Llegaba Damián al portal cuando su octogenario oído se congestionó con el ruido procedente del interior. Nadie se percató de su presencia, enfrascados como estaban en intentar hacerse oír por encima de los demás. Él sí vio, en un rincón, a una pareja con dos chiquillos aferrados a sus ropas y el miedo pegado a sus pupilas.

La cachava de Damián golpeó el suelo:” ¿Qué ocurre aquí?”

El desordenado coro lo inundó, pillando retazos únicamente: “de fuera”, “quitarnos el trabajo”, “unos guarros”…

Dos bastonazos se impusieron de nuevo.

—Miguel —señaló— ¿dónde naciste?

— ¿Y tú? —Y mirando uno a uno, fue repitiendo la acusación

—No somos oriundos de aquí —explicó Damián—Yo nací aquí por casualidad, mis padres hubieran ido a China para conseguir alimentarnos.

Mientras el discurso empezaba a calar, entró el cartero, que se detuvo sorprendido. A punto de irse sin dejar la correspondencia, se vio retenido por Damián:

—Buen hombre, ¿nacieron sus abuelos aquí?

—Sí señor, la familia vive aquí desde siempre.

—Mírenos, por favor.  ¿Creería Ud. que es mejor, o peor que nosotros?

— ¡Dios me libre creer semejante necedad!  —Y salió corriendo del portal; ¡no fuera que le contagiaran la tontería!

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