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Aunque él era negro, había oído muchas veces eso de que de noche todos los gatos son pardos. Eso sí, estaba seguro de que quienes lo decían, no la conocían a ella: deslumbrante, distinta, quizá extranjera; inalcanzable, al otro lado del cristal. Por ella cada noche se aventuraba en aquel barrio extraño; únicamente para verla y observar hipnotizado sus movimientos armónicos, su brillo, su collar rojo y esos exóticos caracteres tatuados en su piel. Además, intuía que ella cambiaría su suerte, mientras se acercaba y observaba sus ojos ausentes y el rítmico balanceo de su brazo izquierdo bajo el rojo neón del restaurante chino.
El viejo coronel recorre las calles cuando la luna alumbra, los cierres de las tiendas están echados, los cubos de basura rebosan, los bares escupen a los últimos borrachos y entre las sombras de algún portal entreabierto espera una mujer desesperada. Su fiel Relámpago no le pierde el paso desde hace un año, desde que lo recogió con los ojos apenas abiertos y aún sin dientes. Desde que le amamantó con un guante de goma y leche caducada. Cada atardecer, como un prodigio de seis patas, abandonan su esquina, cerca de la iglesia, inseparables. No es la mejor, esas se las quedan los fuertes, los que tienen perros más grandes, los violentos; pero da para unos tetrabrik de vino peleón y algo de comer que compran en el chino; sobre todo para el chucho que sigue creciendo. Mientras su dueño avanza arrastrando los pies, el perro va y viene, escudriña las aceras, con instinto cazador señala la pieza si olisquea comida entre las basuras, marca territorio sobre las puertas de los garajes, espera, si al viejo le despachan en alguna tasca inmunda o si las monedas que quedan, y el vigor, le alcanzan para una mamada en aquel portal perdido.
El perro no me deja dormir. Todas las noches me despierta. En cuanto me duermo comienza a ladrar. Lo hace sin parar, como se ladra a los desconocidos que merodean las casas ajenas, como se ladra a los miedosos y a los desconfiados. Nos fuimos a vivir al campo para estar tranquilos, para que nadie nos molestase, pero el maldito perro no me deja dormir, y los ladridos no cesan, se repiten una y otra vez, en medio de la noche, superponiéndose unos a otros, clavándose en mi cabeza como colmillos afilados, hasta que me despierto. Justo entonces se calla. Yo sé que solo espera a que me vuelva a dormir, porque cuando lo consigo se pone a ladrar de nuevo. A mi mujer y a mi hijo los ladridos no les molestan. Ellos están encantados con el perro, pero yo necesito dormir. Por eso, me he deshecho de él. Sin decirles nada, lo he metido en el coche y me lo he llevado lejos. Tan lejos que no podrán encontrarlo, tan lejos que nunca conseguirá volver. La tranquilidad apenas ha durado unas horas. Esta noche ha sido el llanto de mi hijo el que me ha despertado.
A Duque
Cuando comenzaba a flaquear, vi el bote. Pensé que no había nadie a bordo, pero al tratar de subir un gruñido me contuvo. Un perro de respetables colmillos custodiaba el cuerpo de un hombre. Permanecí en el agua un rato más, hasta que el perro dejó de gruñir. Ya sobre lo seco, encontré varios bidones con agua; bebí con fruición, y el can apartó la cabeza del pecho de su amo. Vertí un poco en mi palma y se la ofrecí. Bebió con idéntica fruición; varias palmas. Luego me aproximé al hombre que, como supuse, estaba muerto. Acaricié la cabeza del perro y cubrí el cuerpo del difunto con una manta. Había en el bote algunas provisiones que tampoco dudé en compartir con mi nuevo amigo. Cuando éstas se acabaron, me las ingenié para pescar. A él le costó más que a mí acostumbrarse al sabor de la carne cruda. Podría decirse que pese a las circunstancias todo marchaba bien, a no ser por el hedor del cadáver. Una mañana, ya harta mi nariz, lo arrojé al mar. El perro me miró, bajó la cabeza y se lanzó tras su dueño. Cuando me rescataron, llevaba cinco días sin probar bocado.
En una isla, en lo más profundo de ningún lugar se emplazaban un puñado de infames que ponían en el blanco de sus chanzas a una rareza andante, a un tipo vulgar de andares desgarbados, sin cicatrices, ni dientes podridos, ni parche; que quería ser pirata, como ellos, y que a falta de loro para mayor mojiganga se hacía acompañar de un perro patán de ojos tranquilos y orejas desfallecidas sobre la cara. Hasta que los ingleses quisieron tomar la playa y perdieron al encontrarse a aquella ralea de holgazanes desconcertantemente sobrios de buena mañana. Detrás de las cabezas de los de la Pérfida rodaron el ron, las carcajadas y la bromas; esas que se van de madre y acaban con el bufón en un hoyo a dos metros bajo tierra con un mal cuchillo clavado de costado. El chucho desde entonces se recuesta en la entrada de la taberna y solo levanta la cabeza cuando sale el asesino de su amo. Menea el rabo, le sigue, disfruta la noche estrellada y saborea el miedo cerval de aquel canalla que al verlo camina ligero maldiciéndolo sin atreverse a separar la mano de su espada; aunque él nunca lo ataca.
Cuando nos fuimos a vivir juntos ella se trajo a su gata y yo a mi perro. Al principio temimos que la relación entre ellos fuera complicada y la verdad que en un primer momento les costó reconocerse, se miraban con recelo y se pasaban el día guardando sus distancias, pero poco a poco empezaron a aceptarse y a compartir el mismo espacio y los mismos juegos. Hoy se han vuelto inseparables y da gusto verlos quererse. Mientras, nosotros hemos ido descubriendo lo difícil que es nuestra convivencia y de la alegría de iniciar una vida en común hemos pasado a las discrepancias, los reproches y las discusiones constantes. No hemos tenido más remedio que admitir que somos incompatibles y que deberíamos separarnos, pero mirándolos a ellos no nos perdonaríamos romper una pareja tan bonita y tan feliz.
Algunas personas opinan que tengo un carácter arisco y que saco las uñas a la mínima, como los gatos. Puede que tengan razón. Y puestos a comparar, yo me veo más parecido a Garfield que a catwoman. Prefiero atusarme los bigotes a depilármelos. Lo de corretear por los tejados me parece arriesgado y cansadísimo; yo soy más de siesta en el sofá. Y por la noche, que todos los gatos son pardos, a la cama, a dormir. Tampoco me va el rollo del látigo, me gusta más que me acaricien detrás de las orejas. Me encanta comer cualquier cosa a cualquier hora, lo de las dietas tampoco es para mi. Y la ropa ajustada… uff, no, mejor andar por ahí en cueros, pero de los otros.
En verano me gusta dormir en la habitación que da al patio de luces, es más fresca y el murmullo de las conversaciones de los vecinos me arrulla, tal como yo hago con Calicó. El se comporta como un dios con su actitud indolente al paso del tiempo, sentado sobre sus patas traseras con la cola enrollada sobre las mismas. Esa noche, sin embargo, fue diferente. Estaba casi dormida, cuando un ruido de cristales rotos me despertó. Del piso de arriba brotaban ruidos de muebles al caer, gritos y sonidos de lo que a todas luces parecían de una pelea: «te voy a matar», «por dónde has entrado», «mátale, que se escapa» fueron frases que escuché perfectamente.
Aterrada, llamé a la policía conminándoles a que llegaran lo antes posible. Después, busqué a Calicó para encontrar en él consuelo a mi desasosiego, pero no lo encontré hasta que llegó la policía.
–Policía, ¡abran!
Cuando mi vecino abrió la puerta dejó al descubierto un campo de batalla. Muebles destrozados, cristales rotos, cortinas por los suelos y para nuestra sorpresa, mi gato salió caminando con la elegancia de un emperador de la China mientras jugaba con un ratón entre sus fauces.
Catus
Esa mañana me sentí observada. El sol golpeaba con toda su furia sobre el vidrio del ventanal, las plantas de la sala abanicaban sus hojas amenguando el calor. La vereda emanaba vapor y los que la transitaban no paraban de quejarse mientras se secaban los sudores.
Después de unos cuantos minutos, corrí la cortina transparente y al inclinar mi torso nuestras miradas se encontraron. Allí estaba guarecido bajo el follaje, con el cuerpo estirado como un elástico, la cabeza erguida y la vista clavada en mí.
Pasaron los días, y yo seguía con mi rutina, conmovida por su presencia y la profundidad de sus ojos amarillos que se mezclaban con la espesura de sus rayas.
Una tarde al terminar mi jornada, salió silenciosamente de entre las ramas. Con paso corto y movimientos lentos comenzó su andar. La cabeza se le caía entre las patas.
Decidí seguirlo. Hicimos una cuadra, llegamos a la esquina, cruzó la calle y se detuvo en la puerta de una casa deshabitada. Recorrió los rincones, dio media vuelta y se fue.
Cada vez que abro la alacena y veo la caja de su alimento, la boca se me llena de saliva imposible de tragar.
Alas de viento. 2017.
-Bienvenido Mut, ahora eres parte de nuestro grupo.
No he sido capaz de traspasar la verja, pero puedo oír la reunión mensual de Gatos Ladradores. Lince me habló de ella el otro día cuando estábamos en la peluquería felina. Son un grupo de gatos que se sienten perros. Me aconsejó acudir porque según él mi cerebro está atrapado en el cuerpo de un ser que no le corresponde. Tiene razón. Lo que no le he confesado es que esta desazón la arrastro desde la época de Tutankamón, cuando al morir junto al faraón éste me concedió un alma eterna, y desde entonces me reencarno cada cincuenta años en una raza de gato distinta a la anterior.
De entre todos los rasgos físicos disponibles en los infinitos cruces que habían dado lugar a aquel chucho, las reglas de la herencia genética parecían haberse confabulado para adjudicarle justamente los menos bonitos. Tampoco le beneficiaba mucho su pelaje sucio y tiñoso, ni el sinfín de heridas y cicatrices que tenía en su flaco cuerpo, y mucho menos el chaparrón que le había caído encima momentos antes de que aquel Rolls Royce frenara en seco para no atropellarlo.
Vestida con su uniforme del colegio mayor, Candelaria estaba ahora frente a él tras haberse bajado del coche. Casualmente ella deseaba tener un perrito desde hacía tiempo, aunque había pensado en uno a juego con su lujosa realidad, y no en algo como lo que tenía delante. Aún así permaneció un buen rato allí, mirando pensativa cómo temblaba, observando su mirada suplicante… Porque hay que decir que Candelaria, bajo su apariencia frívola, atesoraba virtudes y valores más que suficientes para que esta historia acabara bien. Sin embargo decidió regresar al vehículo y ordenar al chófer que continuara.
Camino de casa, toda su riqueza interior palpitaba desbocada bajo la superficie. Pero sus bien cuidadas uñas ni nunca antes ni tampoco ahora quisieron rascarla.
Siempre he mantenido mi lealtad, pese a que en más de una ocasión he sido el blanco de su ira, como aquel día que persiguiendo una mariposa por el campo me metí en un charco y me manché de barro, cuando regresé a casa además de recibir unos buenos azotes por ensuciar el suelo, me dejó el cuenco vacío de comida durante tres días, menos mal que pude desenterrar del jardín algunos tesoros escondidos y así logré sobrevivir.
Hoy cuando su carácter se ha ennegrecido tanto como su visión, su única compañía somos la oscuridad y yo, que sigo siendo su fiel perro guía.
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