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Supuso que tendría pico, aunque por la lejanía no lo pudiera confirmar. Las alas parecían tan extendidas como pausadas, zigzagueando al son del viento. Se intuían zonas negras sobre el plumaje blanco generalizado…
Marco miraba ese cielo único, intentando engañar al tedio que le suponía la travesía…
Parecía estar tan alto como las nubes de algodón en las que soñaba jugar…
Y otro golpe de mar, y otra embestida a la deriva, y Marco, y el miedo, y la madera carcomida…
¡¡¡Qué fácil sería poder volar!!!
Un rayo de sol, antes de comenzar a llorar, un tímido respiro que llevó su mirada de nuevo a ese cielo único para comprobar…
Y un dolor enorme, aprisionando su pecho, cuando escrutó el firmamento, cuando no encontró el ave de alas extendidas…
¡¡¡No está!!!
Y uno de los mayores señaló al cielo, y la mirada de Marco siguió la estela imaginaria de su rastro, y el pájaro de pico dudoso estaba allí…
Un gran alivio al recuperar la visión del pájaro que les guiaba hacia una nueva vida…
Y así, escribiendo en el suelo con su propia sangre, migró hacia la luz.
Instantes después de que una ola te arrebatara de los brazos de tu padre, comenzaron a desfilar ante tus ojos las imágenes que hasta ese día habían marcado tu existencia: el triciclo rojo que te regalaron los tíos por tu tercer cumpleaños; los bigotes y barbas de espuma que tu hermano Galib y tú os poníais en la bañera, jugando a ser piratas; cuando te hacías invisible por las mañanas escondido entre las sábanas y mamá tardaba en encontrarte y luego te buscaba las cosquillas por debajo del pijama; los castillos de arena del verano anterior en la playa…
Y la última de todas: la mirada de pánico, angustia e impotencia de tu padre, su grito ahogado por la mar que te tragaba, te arrastraba, te hundía y te alejaba. Una mar gélida y revuelta, oscura y traicionera; una mar que al amanecer, ya en calma, te depositaría, azulado e inerte, en una orilla tranquila de arenas blancas, caracolas, cormoranes y algas.
Una orilla sin castillos de arena.
—¡Aquí nací y aquí moriré, no voy a dejar que nos invadan! Crecí en esta hermosa, no me ha faltado trabajo ni pan y he podido vivir tranquilo. Pero eso ya es pasado, desde que se abrió la brecha y cada día llegan decenas de indocumentados, me tengo que encerrar en casa y prohibir a mis hijas que salgan solas. Por eso me he decidido luchar para que mi nación vuelva a ser lo que era
—No nos puede engañar, desde pequeño lo ha tenido todo, no ha trabajado en la vida, ha vivido de la herencia y de los negocios su padre y del dinero de su mujer. Odia a todo aquél que suponga un riesgo para su sistema de vida.
Mientras los dos políticos discutían, a Magli se le volcó el cubo. Ambos la increparon con dureza y siguieron con sus discursos mientras ella recogía el agua.
—Levantaremos un muro de hormigón y solo permitiremos que crucen personas con formación, capaces de aportar a algo esta gran nación.
—Pondremos todos los recursos disponibles, con leyes que permitan que solo lleguen personas con formación, capaces de aportar algo a esta gran nación.
Recuerdo un globo rojo elevándose hacia un cielo plomizo. Recuerdo unas manos ancianas moviéndose en nuestra dirección, en aleteo indeseado. Sentí un nudo que me encogía las entrañas, pero no lloré. Se lo prometí a papá cuando me habló por última vez, y por primera de hombre a hombre. Mamá si lo hizo mientras consolaba a Amín que gimoteaba reclamando su globo.
A partir de ahí los días y las noches fueron solo escalones que conducían a nuestra meta. El mar nos zarandeaba, rugía como si nuestro bote arañase su piel. Cuando avistamos la costa, la tormenta intensificó su furia y jugó con nosotros.
Desde la camilla veo el cuerpo de Amín, incompleto sin el abrazo de mamá, tendido en la arena. Alguien lo cubre con una manta. Un globo rojo medio deshinchado aterriza a su lado. Anochece.
¿Te conté que de pequeño quise ser emigrante?
—Mamá, ¿dónde están las golondrinas?
—Se han marchado a un lugar mejor.
—¿Se han muerto, como la abuela?
—¡No, cariño!… Han emigrado en busca de sol y comida.
—¿Están de vacaciones?
—Algo parecido.
Algo parecido a unas vacaciones. Eso era para mí emigrar. Por entonces, también creía en los Reyes Magos.
Velando su maleta, aquellos nidos vacíos ensombrecen mi ánimo. Las paredes se pierden en claroscuros. Los muebles, cabizbajos, siluetean futuros mustios. No duermo, parpadeo a trompicones… ¿Recuerdas, querida? ¡A trompicones! Como el vespino que nos unió a ti y a mí en el instituto. Como el tocadiscos y el seiscientos de tu padre. Como nuestras primeras caricias descompasadas. A trompicones, como aquellos ecos entrecortados de hace veintiséis años: respira-empuja, respira-empuja, respira, ¡respiraaa!
Velo su maleta y reniego de mi suerte. ¡Ojalá no amanezca! Pero el salón me reta en púrpuras, magentas y naranjas: suena el despertador… ¡Maldita crisis!
Mis lágrimas recuerdan: “¿Dónde están las golondrinas?”. Él se acerca. Nos abrazamos. Carraspeo y, a trompicones, me despido:
—Serán como unas vacaciones —susurro envejecido—… Bye, good-bye.
—¡Volveré, papá! —me sonríe de medio lado, como hacías tú—. I love you dad.
Abdel era uno de los cinco millones de refugiados sirios que intentó abandonar su amado país para huir de los ataques del ejército de Bachar El Asad o de los yihadistas.
Sólo pretendía que su familia se alejara de la guerra para refugiarse en Alemania y que sus hijos crecieran en un ambiente tranquilo, donde la paz se diera por sobreentendida.
Como no quería optar entre las facciones armadas o dar gracias cada día por no ser blanco de las bombas, se unió al éxodo masivo de sirios, que como él, huían hacia Europa, en una migración sólo comparable a la ocurrida tras la Segunda Guerra Mundial.
Aunque sabía que el Mediterráneo se había tragado a miles de personas, emprendió la ruta de los Balcanes, en una durísima carrera contra los traficantes de personas y las penalidades.
Con su familia atravesó Grecia, Macedonia y Serbia, antes de entrar en Hungría para alcanzar después Alemania. Pero no contaba con que Hungría construyera un muro en la frontera con Serbia.
Y aunque la imagen acusadora de Aylan, un pequeño ahogado en una playa, dio la vuelta al mundo, la «Europa de los derechos» siguió sin avergonzarse y le cerró sus puertas.
África no puede repartir más pobreza y exige a Europa que aumente los medios para frenar a los emigrantes millonarios que buscan una vida peor.
Aunque la policía española realiza redadas en las lujosas urbanizaciones de Marbella, no puede evitar que permanezcan a la espera de poder cruzar en sus yates. Con dudosa legalidad, se han instalado en la frontera alambradas disuasorias con billetes afilados. En Marruecos los detienen, si consiguen identificarlos, fletan cayucos para devolverles, si no, los dejan en libertad.
Una vez libres, tratan de llegar a los países más pobres de África en los cuales existe una corriente de opinión en contra liderada por los partidos políticos que han luchado para depauperar el país. Un logro que ha costado muchos años para que ahora lleguen los europeos a disputarles la miseria. A favor están los movimientos humanitarios, aducen que ocupan los puestos de responsabilidad que nadie quiere y que lo deseable es invertir en Europa con sistemas de explotación similares a los africanos que les permita ser pobres por sí solos. Mientras tanto, va a ser muy difícil frenar a estas personas que lo tienen todo, menos el hambre.
No hubiera sido nada en mi país. Nada ni nadie. España me ha hecho lo que soy. A los españoles les debo mi arte, ese don especial que mis padres me animaron a cultivar. Después de tímidos ensayos en Costa de Marfil, mi baño de masas fue en territorio español. Aquí presenté ante una multitud atónita mi primer número. Me sacaron muchas fotos, muchas. Ocupé portadas de periódicos y noticiarios. Me hice famoso nada más poner el pie en el país y junto a mis padres me convertí en un chico con estrella. Mi habilidad no solo dejó asombrado al mundo, sino que pude hacer de ella una profesión. Y desde que salí de esa primera maleta en Ceuta, todos recuerdan mi nombre y mi arte: Abou el Contorsionista.
Estudié a destajo para no perder la beca. Fui la número uno de mi promoción con el único propósito de saciar su orgullo. Gracias al brillante expediente académico, conseguí un trabajo como investigadora. En el extranjero, claro. La crisis me sirvió de coartada. A cambio, tuve que aceptar una condición: mi madre emigraría conmigo. Me rebelé; hice referencia a los derechos que me otorgaban la mayoría de edad y la independencia económica; fingí el mayor de los pataleos… Nada. Mi padre, como siempre, inflexible. ¡Bien!
Ella, que nunca había salido de casa, consintió sin rechistar para que yo, su niña, no anduviera sola por el mundo adelante. Me siento satisfecha de tan importante objetivo cumplido: romper las ataduras invisibles que le impedían respirar lejos de un marido absorbente. Pero me falta lo más difícil. Se acerca diciembre y no encuentro el momento ni la forma de decirle que no estamos en Alaska. Temo su reacción cuando se entere de que en Marte no hay turrón.
Despierto en la mañana, con la luz del sol que, ingresando por la ventana, divide sin cortar la piel de mi antebrazo. Funcionó, por fin ya estoy en un nuevo hogar. Siento que fueron años luz de viaje interminable buscando donde vivir. Tomo la ropa que se encuentra a los pies de la cama, que supongo es la que necesito en estas ignotas tierras. Al salir el aire me termina de despertar, al tiempo que revive recuerdos de otro mundo. Camino por la ciudad. Me detengo al escuchar a las aves cantar, ¿Cuándo fue la última vez que oír a tan exquisitos especímenes? No lo recuerdo. El cielo es azul y las nubes blancas, ¡qué gran maravilla! No puedo dejar de sonreír a toda persona con la que me cruzo y me sorprendo al darme cuenta las sonrisas que recibo de vuelta. El reflejo de una vitrina me devuelve el rostro de una hermosa mujer en el apogeo de su belleza y fértil sexualidad. ¿Cuánto tiempo pasara antes de que termine por consumir este cuerpo? No importa, todo un planeta poblado de humanos es un regalo para degustar lentamente y uno a uno por cada habitante que pueda poseer.
Veinte años después de haber abandonado su país con lo puesto, acababa de conocer que era el éxito tras convertirse en presidente, en el primer presidente emigrante del país que le acogió cuando más lo necesitaba.
Empezó siendo parte del consejo de un pequeño pueblo, defendiendo siempre a los más necesitados, a emigrantes como él, que se habían instalado en el país en busca de un futuro mejor, se convirtió en Gobernador de su Estado después de que se fijarán en él por sus ideas novedosas y rompedoras.
Tras ser Gobernador, se presento a las primarias de su partido, sabía que podía hacer historia y así lo hizo, arrasó en votos, como poco después lo haría en las elecciones presidenciales.
Español de origen, americano de acogida, el “Presidente Emigrante”, como así lo llamaban los medios del mundo entero, comenzó su discurso de posesión:
– Ciudadanos, vosotros… ¡Nosotros, hemos hecho historia! Este es el principio del cambio, este es un momento único para dar la vuelta a las cosas. ¡Es vuestro momento!, ¡es nuestro momento!… – Y así continuo ante la atenta mirada de millones de espectadores que tenían la misma ilusión que él, la de tener un futuro mejor.
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