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El seiscientos y la jaula del canario sobre mis piernas morenas de río y siega. Los pulpos en la baca, abrazando las maletas con tanta fuerza como los parientes a nosotros. Esquejes de alhelí y de geranio envueltos en papel de estraza, que decía mi madre que seguro que agarraban porque en Suiza estaba todo verde. Troncos encalados mostrándonos el camino. Chorizo, pan y queso para cuando estuviéramos lejos. Una botella de gaseosa llena de agua, que mi hermana pequeña pronto aliñó con babas. Mil setecientos kilómetros, casi, para olvidarme del pueblo, de mis amigos, y maldita mi suerte, de Elvirita; mientras el bisturí de asfalto iba diseccionando el paisaje para que mis ojos de doce años investigasen la anatomía de ese país que abandonaba sin conocer con la nariz pegada a la ventanilla. Y llegar al límite de la provincia, y la voz de mi padre clavándose en el silencio:
-Familia, ¿Y si nos damos la vuelta?
Y volver. Mamá cantando, papá desafinando, la niña aplaudiendo. Y otra vez los troncos encalados. Los que me anclaron a maldecir toda mi vida a ese Dios que no quiso que me convirtiera en emigrante, pero sí en huérfano.
Anoche escuché tres palabras nuevas, pero quiero olvidarlas. No las busqué en el diccionario ni las apunté en mi libreta porque sonaron feas y malolientes como la boca que las pronunció. Tampoco se las repetí a mi hermana cuando fui a su cuarto por la mañana. La encontré descalza de pies a cabeza. Su piel adolescente olía a sudor ajeno y sexo caducado. Tras la ducha, nos secamos y cepillamos el pelo mutuamente, despacio, como lo hacía nuestra madre. Tomamos chocolate y abrazos recién hechos. Tumbadas en la cama, cogidas de la mano, volvimos a ser niñas limpias. “Alina”, susurró en mi oído. “Daga”, respondí en el suyo. Una y cien veces, para sentirnos únicas en un país donde nadie sabe nuestro nombre. Solo así amansamos la tristeza y recuperamos el sueño que de noche nos roban cuerpos exigentes y manos obscenas. Por unas horas, somos libres. Sin país, sin idioma, sin dueño.
Maletas rotas, sueños rotos, esperanzas rotas… De vidas a trozos que se quedan a lo largo del camino…
Hay que ir dejando lo que más pesa, lo más complicado de transportar, lo que no sea imprescindible. A pie es difícil cargar con maletas, bultos con comida y niños.
Él es mayor, dice, y puede ir a pie, como los hombres. Pero quisiera que su padre lo llevara a cuestas como hacían cuando jugaban juntos, antes de dejar su casa y escapar casi con lo puesto. Su tren de madera se quedó allí. Igual que todos sus puzzles. Alguien jugará con ellos ahora. O quizás las piezas se hayan perdido entre los escombros.
Como ellos están perdidos ahora. Y otros tantos como ellos. Que, caminando cada vez más lejos, han ido dejando parte de sí mismos por rutas interminables. Y no saben cómo ni cuándo podrán volver a encajar.
Mira atrás. Quedan incontables trozos desperdigados por todos los rincones. Del Norte al Este… Son muchos los que intentan encontrar el camino para reconstruir los puzzles de sus vidas. Del Sur al Oeste…
Está cansado. Recuerda sus juguetes. Mira a su padre y sigue caminando. Aunque no sabe hacia dónde.
UNA TAPA
Llegué al parque de la ermita de Salas, muy cerca ya de la antigua Osca, hastiado de la soledad de los caminos. Tras cinco días de andar, había perdido ya la esperanza de fraguar una amistad o tan siquiera un compañero de andadura. Me tumbé en un banco de piedra bajo las moreras sorbiendo una lata. De pronto una mujer venia hacia mi sosteniendo algo entre sus manos. Me acercó aquello con una tímida sonrisa: una tapa dijo. Cogí el cuenco de cuyo interior asomaba un gran muslo asado con patatitas. La miré perplejo. Su sonrisa de ojos oscuros y brillantes no cejó cuando se iba, envuelta en su tez morena de azúcar, un poco redondita. Pasado mi estupor me acerqué para agradecerle. Pedí permiso para sentarme con ellas; estaba con su hijita.
Brasileña, a Huesca la había traído el amor; lo dijo bajando la mirada y entornando los ojos hacia la niña. Nunca dejó de sonreír.
Acabé con el suculento bocado. Ellas pararon su manta y se recostaron regocijándose. Monté mi mochila a la espalda y continué emocionado mi camino en busca del albergue. Alegre y sonriente.
Había tomates en el huerto, así que supongo que era verano, pero solo recuerdo que hacía frío. Las tres llevábamos tiempo dando forma al sueño de cruzar a una vida mejor e intentamos inútilmente aprender a nadar. Vi sus cuerpos a la altura de mi pecho, cubiertos, salvo la cara, por unas sábanas blancas. Hubiera bastado agacharme un poco para comprobar si respiraban o no. No creía que pudiesen estar muertas de verdad, no había sangre, tampoco heridas. Sólo una quietud turbadora en su cara y los ojos cerrados. Seguro que si levantaba la tela encontraría lo que se había estropeado en sus cuerpos y podría repararlo.
Últimamente ya no recuerdo sus caras, se me han borrado como algunas palabras de mi idioma y las canciones que solía cantarme mi madre.
Ojalá pudiera olvidarlo todo, como olvidé mi nombre para cambiarlo por otro, como olvidé los nombres de los ríos que recitábamos en la escuela (que inútil nombrar al agua si el agua no obecede a ningún nombre). Ojalá pudiera olvidarlo y volver a nacer aquí como si nunca hubiese pertenecido a otro lugar.
Solo recuerdo que aquel día hacía mucho frío, y que ya, desde entonces, siempre tengo frío.
Un violento segundo lo cambió todo. Salif sintió la zozobra. La raíz que le unía a su amada tierra fue arrancada de cuajo, y la barbarie decidió por él que no podría ser trasplantada en el mismo terreno.
Su instinto de supervivencia le aconsejó huir, de manera inconsciente, sin rumbo y con la quebrada raíz al hombro, en busca de nunca supo qué. Futuro, esperanza, porvenir, paz, dignidad… conceptos huecos y vacíos de contenido, sólo aceptados por aquellos seres con autoridad moral para decidir lo más conveniente a los desarraigados contra su voluntad.
Fue cruel el éxodo, pero no lo fue menos la acogida. Culpable a la vista de todos de su indeseada desgracia, sospechoso, señalado y repudiado allá donde le llevaron sus pasos. Su extirpada raíz, cada vez más pesada y putrefacta, no encontró nunca abono en el que sustentarse, y lentamente se le acabaron las ganas de luchar.
Logró descansar en paz, con la satisfacción de no volver a sufrir a su propio género y con la certeza de que más allá no iba a esperarle paraíso alguno; perdió la esperanza durante su infierno en vida.
Cuando cercené el cordón umbilical que me unía a mi tierra y emigré en busca del sueño americano, no imaginé que despertaría subido a la cornisa de la última planta de un rascacielos. Allí arriba la realidad es que eres una mota insignificante de polvo. Y, si miras hacia abajo, no verás a gente ansiosa esperando el veredicto de si saltas o no, solo los contornos difusos de los vehículos atascados y de las personas yendo de un lado para otro mientras miran una y otra vez su reloj, sin percatarse de que no van a llegar a tiempo para disfrutar la vida. En lo más alto de la ciudad, solo tú, las nubes y los rayos de sol alumbrándote como si fueran los focos de un circo. Incluso cuando saltas al vacío y caes en la calle de pie y sigues caminando con tu maletín lleno de despechos, nadie se inmuta.
Noche cerrada, oscura, solo una tenue luz por el blanco de la luna.
No hace frío, no hace calor, ligera brisa.
No hay silencio, no hay ruido, solo el vaivén del agua.
Mujeres, hombres, niñas, niños, roces de piel con piel, olor, sudor y miedo.
Un bebé… ojos muy grandes. Muy abiertos, secos, sin expresión, mirando sin ver, sin decir nada y diciéndolo todo.
Un sentir volar, un abrazo, un pestañeo de agradecimiento, un pensamiento… ya no se ve tan lejos la otra orilla.
Su origen no estaba tan definido como creía: rubio, ojos azules, tez blanquecina y labios sonrosados.
Su sangre latía igual que la su hermano de tez plomiza y mirada perdida. Dos vidas, dos úteros y un mismo pecho henchido de leche para amamantar dos bocas sedientas.
Caricias repartidas, besos intermitentes y nanas al unísono de un compás lejano en una emigración obligada.
Ahora, diez años después, deseaba habitar una nueva vida reflejada en el instinto de supervivencia, entre las olas y la barca desprovista de víveres, cargada de esperanza.
La tierra se avistaba casi al alcance de su mano y el mar rugiente en la punta de sus ojos; ávido de carnaza le devoró en un último estertor de su anhelado destino.
Zoila, navega sujeta sobre una de las mil tablas, en las que se ha deshecho la barcaza. Es rechazada por el mar e incluso por los peces (querían devorarla). El cielo, también la mojaba, con aquella tormenta. Nadie quería arroparla. ¿Qué culpa tiene ella de no tener patria? En su tierra la religión absorbe, el machismo domina, las mujeres son violentadas. Goloso líquido negro, codicia de poderosos. Gobiernos mandando armas «Guerras» guerra en su casa. Viaja a la deriva, nadie quiere acoger esa tabla… Ahora por fin es libre, lleva en su rostro la felicidad. Sin rumbo, su cara descubierta, su pelo largo y oscuro centellea reflejos de libertad. Atrás, ya no queda nada, solo unos muros destruidos, que sujetaban su casa.
En una noche ebria huiste río abajo, hacia la desembocadura de lo desconocido, buscando cualquier lugar que te mantuviera alejada de la cara oculta de la familia. Hoy, en la orilla opuesta del Caribe, envuelta en el horizonte, te preguntas si mereció la pena ser forastera en otro rincón del abandono.
Evocación y abatimiento se encontraban forcejeando mar adentro, cuando salpicaduras de espuma te regresaron al rosario de rocas del malecón que, irrompibles, continuaban plantando cara al continuo embiste de las olas. Observándolas, la sombra de tu entereza titila como un tenue títere apenas hilvanado bajo la luna de Florida, e imaginas que alguna de esas olas se eleva afable ciñéndose a tu cintura para posarte suavemente sobre la marea, para que sólo ella pueda zarandear tu cuerpo.
Pero hoy no; hoy el mar volverá a esperar. El crepúsculo ya ha caído y se alzan sombríos los neones rotulando un momento que ha dejado de pertenecerte. El oleaje continuará embistiendo arrogante contra las caderas del malecón, y como cada noche, sudor, salitre e indiferencia saldrán furtivos a buscarte para dejar un poco de dinero, algo de su soledad y el inmenso vacío de las cuatro letras más hermosas.
Corrían años sombríos en los que la utopía, con la ligereza que otorga la soberbia, nos engañaba disfrazándose de esperanza. Un nudo en la garganta le impidió calzarse el disfraz que requería la ocasión; ni siquiera fue capaz de colocarse la máscara adecuada. Titubeó al ofrecer una modesta propina a aquel operario al que vio bajar las escaleras a la par que lo hacía su ánimo, pues como casi siempre era portador de unas noticias que hubiera deseado no portar jamás; entonces cerró la puerta y, en una reacción vehemente, hizo una bola deforme con el papel del telegrama y la arrojó con furia contra una pared que apenas la sintió.
Hacía días que algo no iba bien, que en aquel rincón de Mar del Plata que lo acogió años atrás y en cuyas playas solía perderse buscando el reflejo y la llamada de su tierra cuando le invadía la morriña, sólo encontraba plomo, y esas olas que le confiaban sus secretos desde lejos antes de romper en sus orillas, lo hacían ahora en un dialecto que no lograba entender, o no quería…
Acudiría a la llamada, sí, mas con la seguridad de que sería ya demasiado tarde.
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