Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

31. YUJUUU

Yujuuu.
Cómo me gusta.
Hoy ha salido este viento enorme, inmenso, brutal.
Todas mis jóvenes compañeras de juego se han quedado cerca de la costa.
Yo me he venido adentro, muy adentro.
El cielo está negro.
Me cuesta encarar el tremendo embudo de aire.
Pero avanzo y avanzo.
Subo y bajo, aleteo desenfrenada, me dejo caer, rozo la espuma de las gigantescas olas y me elevo riéndome.
Me encanta.
En la negrura diviso lo mismo que he visto últimamente.
Desapareciendo y apareciendo, hay algo que flota entre las montañas de agua. Llena de seres. Algunos visten cosas luminosas. No se mueven.
Está claro que no saben hacer lo que yo hago, volar.
Si caen al agua, no se les ve más. Así que no son como mis amigos delfines.
Me acerco. Quiero verles de cerca. Me atraen sus ojos, grandes, que miran sin mirar.
Hoy la mar tiene ganas de guerra.
Les ha dado vuelta a la cosa en la que flotan.
Todos están en el agua. En silencio.
Uno de los seres más pequeños me mira.
Me acerco.
Su diminuta mano toca mi blanca ala.
Con el pico me despido.
Desaparece. Él y todos.
Me elevo rápido.
Yujuuu.

30. MAISHA (vida en swahili)

 

¡Vamos aguanta, vamos! Repetía insistentemente mientras aplicaba nervioso las técnicas de reanimación que le habían enseñado en el hospital de la Misión. Otra voz cercana le indicaba lo contrario: ¡Deja ya a ese cabrón! Él se lo ha buscado por agredirte.

Maisha luchaba por salvar la vida de ese energúmeno que antes le había recriminado y golpeado mientras vendía deuvedés en el top manta: ¡Vete a tu país negro de mierda! ¡Por vuestra culpa los nuestros no tienen trabajo!…….Tanta vehemencia le pasó factura a su corazón.

Maisha no podía olvidar sus orígenes: su empobrecido país, el hambre, los que le decían márchate a otra tierra y busca un buen trabajo. Tras gastárselo todo y pasar muchas vicisitudes se convirtió en un simpapeles con el alma en vilo vendiendo  película pirateadas sobre un mantel tirado en la calle de una ciudad cualquiera.

Ahora, mientras oía la sirena de policía, sabía que todo se iría al traste, pero su condición humana le impedía huir mientras socorría a aquel individuo. Pese a los avisos de sus compañeros no se fue y pudo salvar la vida del enemigo blanco. Más tarde la noticia en los periódicos consiguió el salvoconducto para que no le deportaran.

29. Aurora la emigrada . María Rojas

Al graduarse con honores de Ingeniera mecánica, supusimos que iba por esos derroteros. El problema surgió, dice su tía Efigenia, cuando le dio la ventolera de irse a vivir a Londres. Allí no halló trabajo en lo suyo.
Una tarde se encontró con Wiliam Wilson Zapata, quien también andaba sin trabajo. Repasando las reminiscencias de la tierra, les aletearon las partes poderosas y, ya derrumbados entre las sábanas, él le dijo:
—Muñeca, lo tuyo es esto, en estos malabares y con esa belleza que palpita entre tus piernas, no hay idioma que se te resista por mas arrevesado que sea.
Aurora viajó a su ciudad para que tías y primas la adiestraran en el oficio de retozar en todos los tiempos el verbo sexear.
Aplicó sus conocimientos de ingeniera en la dinámica de la mecánica de fluidos, en la resistencia de los cuerpos y en los esfuerzos internos y cortantes. Todo esto fue lo que enganchó a Eleuterio González, un pintorcito putero.
Hasta la fecha, funciona. A los tres los une un amor desaforado por el sexo y un indisoluble desamparo.

28. Los sueños de las mujeres olvidadas (María José Escudero)

Claribel

—No se preocupe, doñita. La dejo en buenas manos—susurra con acento afable mientras la hidrata con amor. Mi prima es rebuena y trabajadora—recalca. Ayer lo hablé con su hijo de usted.   Ya reuní dinerito para comprarme una choza en el municipio. Es hora de regresar,  chera. Tengo diez años de estar acá y dos hijos que crecieron sin mí.

Emelyn

Sus manos  delgadas se cansaron  de bordar miseria  a la luz de las velas,  toda ella  se hartó de inclinar la espalda,  de tener vacía la barriga y la fresquera. Allá quedó su hijo mayor: “Haga caso a su abuela, se  lo ruego, y  no se  mezcle con los chicos malos de la cancha, no le  vayan a embuchacar. Pero Kevin   se viene conmigo, ¡eh!  Kevin irá a la escuela, y  se recibirá, y comerá todos los días… Voy a buscar oficio y, si Dios quiere y nos da salud, no regresamos”.

Pilar

—Mire, compa. Parece que la señora se emocionó.

Una lágrima resbala por el rostro arrugado de la anciana impedida.  Aún no ha extraviado el recuerdo de aquel invierno que emigró con su marido  a Dusseldorf para llenar de futuro una maleta de cartón.

27. Allende el mar (Manoli VF)

Palpita fuerte. Tic, tac. Como un reloj sonando en mi oído. Cuento las estrellas para olvidarme del dolor. Con tanto frío no puedo concentrarme en contarlas. Un abrazo de hielo recorre mi corazón. Pienso en ellos, en todos los que dejé atrás con la promesa de la tierra prometida y me olvido. No hay dolor más allá del dolor. Solo la sensación reconfortante de volver al infinito, al lugar donde brillan las estrellas. La inquebrantable voluntad de escapar, hasta el final.

26. CASI LA VIDA (PURIFICACIÓN RODRÍGUEZ)

Huía de la muerte y a punto estuvo de lograrlo.

Recorrió medio continente para internarse en un mar desconocido y menos manso de lo que le habían prometido.

Desde la lancha de salvamento ví cómo se hundía en silencio a cien metros de la costa.

Nunca había necesitado aprender a nadar.

25. (E)migrantes

Avanzan hacia su destino envueltos en una nube de algazara y desorden, mas contra todo pronóstico detienen la marcha al ver cómo su guía, artejo en alto, permanece completamente inmóvil. Tras unos minutos de desconcierto general y no escuchándose en el lugar nada salvo sus propios pensamientos, el que encabeza la comitiva gira ligeramente su acorazado cuerpo y dirige, no sin vergüenza, unas palabras a la multitud que le sucede: -Centollos, creo que nos hemos perdido.

24. MI CASITA DE VIENTO (PARTE II)

Los surcos de su cara y el rictus de dolor, la condenaban a ser vieja sin serlo. Trabajaba tanto, extrañaba de tal modo el sonido de su lengua materna, se fustigaba de tal forma por sus culpas, que sus arrugas habían enraizado en su alma.
Nola recordaba muy bien cuánto tiempo llevaba en aquella casa en la que ahora vivía sola. El viento ya no le traía a su hijo para que lo meciera en la noche, a cambio, aullaba y repetía: sola, sola, sola… la palabra más cruel y más triste que jamás oyera, sin embargo, seguía sentándose en el alfeizar, por si se apiadaba de ella.
Hoy, un coche negro paró delante de su puerta. De él bajó un hombre joven de piel oscura y piernas largas.
Soy yo, dijo, mientras sacaba unas monedas para pagar el taxi.
Nola dio un salto felino y acercándose a él, lo olió sin descanso. Era su cachorro, el que dejó en manos de otros.
El viento haciéndole un guiño cómplice arrancó de su cabeza el pañuelo colorido.
No lloró, el sol y la culpa habían secado sus ojos.
Movió los labios pidiendo a Dios, o al viento, no haberse vuelto loca.

23. PAPELEO (Mariángeles Abelli Bonardi)

En el formulario a llenar, podía leerse:

 

Marque con una cruz, según corresponda:

□ Universo existente

□ Universo paralelo

 

¿Existente? Él existía; de eso no había duda.

¿Paralelo? ¿Paralelo con respecto a qué?… ¿O acaso era A QUIÉN?

Cayó en la cuenta de que,  a ambos lados del cubículo, tras los vidrios polarizados, podía haber otro universo frente a un formulario idéntico, preguntándose exactamente lo mismo.

Se aterró. Hasta entonces,  se había creído único.

Mientras fingía concentración, aguzó el oído: a izquierda, nada; a derecha, tampoco. El oficial de inmigración comenzaba a impacientarse. Para ganar tiempo, dejó caer el bolígrafo, y al agacharse a levantarlo, revisó: Vía Láctea, galaxias, agujeros negros… traía todo.

Volvió al formulario: sólo dos opciones. La primera era incuestionable; la segunda lo intrigaba profundamente… ¿Había otro? ¡¿OTROS?! ¿Cómo saberlo? Estuvo a un tris de preguntar, pero el tipo lo miró tan mal que se abstuvo.

—En un minuto, cierro. Decida ya o se queda aquí, varado.

Universo existente. Universo paralelo. Un minuto para decidir. Se encomendó al Creador —quienquiera que fuese — y marcó dos cruces: una en cada casillero.

©Mariángeles Abelli Bonardi

22. Tres pelos de bruja

Público: Sí, bla, es Emi Grant, bla, bla, y su hija Thes, bla, he oído hablar de ellas, bla… ¡Chist!, que empieza.

Presentador: Silencio por favor… Les dejo con Emi Grant.

Emily Grant (EG): Serían las doce de la noche. Tenía perdido el sueño y pensé hacer algo. Cogí la escoba y… ¡booomb! Salí volando por el aire entre polvos y destellos.

Thes (Th): Sí, mami, como la bruja Piruja, tú me lo dijiste.

EG: Y después, Thes, ¿qué pasó, cariño?

Th: Me metiste en aquella mochila CE, hiciste otro conjuro mágico y ¡booomb!, salimos por la ventana con escoba y todo.

EG: Sí, ja, y fuimos a caer en medio de la calle, ja. Ja.

Th: Y de pie, mami. ¿Cómo lo hiciste?

EG: Así, tris (chascando los dedos). Y ya que estábamos allí, echamos a caminar hacia algún lugar de Europa.

Th: Y ahora estamos aquí. Miren: la escoba y la mochila.

EG: Eso es todo. Muchas gracias (…las gracias, Thes).

Th: Gracias.

Público: …En una mochila CE, plas… después de salir (¿mami?) volando por la ventana, plas… dos obuses (¿si?), plas… y ahora están aquí, en Europa, plas… (¿de verdad tienes tres pelos de bruja?), plas, plas…

21. El inquilino (Luisa R. Novelúa)

Una nube se enfrenta al sol prepotente. En lugar de la exploradora que precede al ejército, parece un ave desorientada que ha perdido el rumbo de su bandada. Su sombra mitiga por unos minutos el calor que aplasta a Manuel contra el asfalto. El anciano cierra los ojos para sentir la brisa cargada de olores, a candil de gas, a queso curado, a hierba recién segada; y de sonidos, el de las gotas de lluvia rebotando entre las hojas de los robles, el del primer canto del cuco en abril, el de palabras que ningún otro idioma puede traducir. Todo aquello de lo que huyó.

Cuánto le gustaría subir a esa nube para regresar a casa. Sin embargo, cuando el cielo vuelve a despejarse siente las raíces que le amarran con fuerza a esta nueva tierra, las de la mujer que conoció aquí, las de los hijos y nietos extraños a sus orígenes, las del bienestar que superó sus sueños. Y aun así, sesenta años después, sabe, como el primer día en que llegó cargado de ilusiones e incertidumbres, que su lugar siempre será otro.

19. EMIGRACIÓN FORZOSA

Las bombas caen una y otra vez, sin pausa, iluminando la oscuridad de la noche. Yasmina, con Yasser de cinco años y Aylan de apenas dos, busca protección bajo la cama. Amanece cuando abandonan el improvisado refugio. Entre el polvo y el humo que se dispersa vislumbra a su derecha la única pared de la habitación que ha quedado en píe apuntalada milagrosamente por el armario que está a su izquierda. Del resto de la casa no queda nada. Cubre la cabeza de los pequeños con un pañuelo mientras se tapa la boca con el suyo. El humo es tan intenso que le lloran los ojos. Coge del armario algo de ropa y los ahorros y abandona el dantesco lugar.

Del jardín del Edén bíblico no queda nada, ni un árbol, ni una hierba, ni una flor. Hay un insoportable olor a petróleo. Todo está abrasado, en ruinas. Como espectros cubiertos de polvo aparecen más personas que como ellos emprenden un éxodo hacia el Norte en busca de un mundo mejor.

Tras kilómetros de desgracias, abusos y desesperación, desde la barcaza, Yasmina vuelve a sonreír mientras acaricia la cabeza de Aylan que hoy viste chaqueta roja, short y zapatillas azules.

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