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Aquella chiquilla, bonita y sucia, retozaba arriba y abajo. Entre todos los niños solo reunían unos pocos juguetes, por eso jugaba a ser campana, cochero, y a espantar el miedo brincando de derecha a izquierda y deteniéndose.
Las grandes nubes le mostraban a su Ángel de la Guarda, sabía que la quería, y ella a él. Le decía al oído que observara las coloridas piedras que yacían a su lado, la fría dulzura de las ramas temblorosas y los árboles erguidos junto a la concertina de cuchillas. Nunca fallaba. Un rato y conseguía hacerla desaparecer e imaginar casas blancas como la suya, agua en el cubo nuevo, estrellas en el pozo del corral, o la llamada del frescor de los pinos.
Si se lo proponía las seis parecían las cuatro. La fuerza del viento trompetas. La lluvia velos con hilitos de seda. La luna más grande y redonda. Y las orejas coloradas de sus hermanos luces encendidas alumbrando cuando cantaba nanas a los bebes para que no vieran la blancura de los estallidos ni la oscura túnica de las tormentas.
Cada día al levantarse inventaba una diversión. Ése, sería fantasma. Se envolvió en una sábana y voló lejos de allí.
Perdido y asustado, siento como me deshidrato, hace días que surco la mar en una maleta de nylon, en una maleta de sueños.
Todo comenzó hace unos días cuando embarcamos en una patera, con el sueño de empezar una vida mejor; sabía que tardaría décadas en pagar mi deuda a la mafia y que seguramente jamás volvería a ver a mi familia en la vida, pero debía arriesgarme, debía intentarlo; todo era mejor que la guerra, todo era mejor que la muerte en un país que ya no puedo llamar hogar. Me había convertido en un emigrante sin patria, en un emigrante que solo recordaba su país antes de que el odio y la sangre destrozaran aquello que llamaba mi vida.
Embarcamos en aquella patera con la ilusión de que la mar estaba en calma, pero cómo nos engañó la vida. En cuanto dejamos de ver la costa, la mar cobró una violencia inusitada, una rabia contenida y volcada sobre nosotros; que solo queríamos una oportunidad. La patera se hundió, vi como muchos murieron y otros, como yo, se agarraron donde podían, para salvar la vida.
De repente un haz de luz, ¿un guardacostas?, ¿quizá el billete a la libertad?.
No toda el agua procede del origen de los tiempos. Son muchas las lágrimas vertidas durante siglos. Ayer fue, y lo olvidamos. Hoy de nuevo caen. Fluyen a chorros hacia mares y océanos, que se agitan embravecidos con tanta sinrazón. Comparten su agua con el cielo, también dolor y tristeza. Es otro modo de orar, dicen, y plegarias miles se evaporan sin religión, solo les queda fe.
El cielo tampoco lo entiende y descarga su hastío sobre infinitos ojos que piden socorro. No hay miedo ya y se cobijan, guardan estremecedor silencio. Este techo también les cae encima. Azota el granizo y el viento con inusual violencia. Se cuela frío en el ambiente y llega al corazón, lo engarrota. Se forma pronto barro, sucio, helado, y sobre él, -¡qué ironía!-, aún juegan niños, -¡y hasta ríen!-….
Pescadores, y no, del viejo mundo observan impasibles. El agua marina parece borrar la memoria, quizás sus sales; cristales de cloruro sódico que cortan cual navajas los recuerdos, los hacen añicos. Ayer eran ellos quienes rezaban y lloraban, sobre ese u otro océano cualquiera, sin ver la costa, la suya, por las lágrimas, las suyas, las que quizás hicieron barro salado allende los mares.
Testamento Ológrafo
Dejo a mis hermanos en Extremadura, lo que me corresponda de la dehesa de Padre, que espero que a la presente, se encuentre bien de salud. Si consigo escapar, intentaré volver.
En mala hora leí en aquella revista de Selecciones de Readers Digest, la oferta para emigrar a Texas, mil acres de terreno, casa con porche, vacas y caballo gratis y además la posibilidad de boda, pues hay muchas mujeres jóvenes, guapas y casaderas.
Se admite la poligamia, ¡JA!, me casaron con una jaca, por grande, que me arreaba y me tenía todo el día trabajando. Se acostó dos veces conmigo y me cambió por el líder de la secta, que era, el único polígamo. Intenté el acercamiento a otras mujeres pero en cuanto me veían, me tiraban cosas y se reían. Como eran promiscuos, me usaron varios de los integrantes del poder establecido, que eran los más fuertes, desde entonces tengo las almorranas a flor de piel.
Hace unos días, nos atacó el FBI y se cargaron a unos cuantos, incluida mi parienta.
Estamos rodeados y como me aburro, hoy he encendido la chimenea, ya parece que huele a carne asada, como choricillos parrill………..
Trabaja en la mañana, en la tarde, durante la noche. Trabaja en festivo y cada día laboral. Trabaja y trabaja hasta hacer de sus manos, sus brazos, su cuerpo entero una máquina que no frena. Descansa a ratos bajo un mostrador. Tan cómodo lecho se lo alquilaron los dueños del taller. Aún lleva las monedas con agujerito que le dio la madre al salir de Bilbao. Las mismas con las que jugueteaba en el barco que le cruzó la mar. No ha cumplido los dieciocho. Se esfuerza porque espera devolver los reales crecidos. Come, a veces. Sueña siempre. Recibe algunas cartas de la familia. Las lee con lágrimas de niño. Ahorra las mínimas pagas que recibe y mientras, añora el olor del puchero de la ama. Intenta olvidar el de las bombas y cadáveres en las calles del pueblo. Tal vez cuando la guerra termine regresará con las monedas y unas cuantas miles más. Hoy ha recibido unas letras. Al aita le han enviado al cielo de los justos. Llanto, rabia. Emplea lo ganado en mandar un ramo a la madre. Que se lo ponga a padre en el funeral. Sigue con sus céntimos y comienza de nuevo. Tal vez…
Yo vivía el asombro de los seis años cuando vi un hombre negro por primera vez en mi vida. Me quedé muy serio y pensativo. Enseguida di por seguro que nadie le podría dar jamás un beso en la mejilla. Si lo hacían, se le cuartearía lo oscuro como si apretaras con el dedo un donut de chocolate. Era una imagen clara dentro de mi cabeza. Cavilaba sobre ello, cuando me sonrió de pronto, y estuve tentado de correr antes de, empezando por las comisuras de los labios, verlo desconcharse entero ante mí. Pero no, con incredulidad fui testigo de cómo la cara le volvía a su estado liso, sin una sola grieta en los mofletes.
Ahora que soy adulto, y el asombro no me ha abandonado del todo, cuando los veo como cazados en la alambrada, en las embarcaciones que arriban llenas de ojos o al encontrármelos buscando futuro en contenedores de basura, de inmediato me centellea aquel instante desde la niñez, aquella perplejidad mía, aquel no resquebrajarse suyo.
A todos nos cuesta dejar nuestro lugar de origen. Abandonar ese sitio que nos mantiene seguros y confortables es difícil. No sabes cómo vas a sentirte en una tierra extraña. Por eso cuando llegué a la orilla de tus ojos deseaba que tus brazos me ofrecieran el refugio que buscaba; pero tú no me veías, y si lo hacías era para estimular tu deseo con algo que no podías tener.
Yo estaba lejos de mi mundo y solo deseaba establecerme entre los pliegues de tu cuerpo. Estaba confusa, entre un entorno conocido y algo diferente que me volvía loca. Llegar a un puerto que no es el tuyo a veces tiene sus desventajas: aceptar que te utilicen; que te miren sin verte; que te besen con deseo, pero sin amor.
Me hiciste sentir el hastío de ser una inmigrante en tu vida, así que decidí marcharme. Aquella noche me quedé a dos segundos de sucumbir al calor de tus manos, al sabor de tu lengua. Me hubiera gustado enlazar con mis piernas lo desconocido y estar estrechamente ligada a ti; pero me quedé al borde de tu boca. Asustada. Temblando. Y volví a mi origen.
Querida hija
Espero que llegue bien este mensaje, allá donde estéis. Me alegro de que sigas tan ilusionada, lo que demuestra que siempre hay que hacer caso al corazón, aunque el tuyo eligiera a quien menos esperábamos. El que te enamorases de un emigrante un tanto peculiar nunca fue problema para mí. Cómo no acogerle después de haber padecido tanta inestabilidad en su lugar de origen. Merecía comenzar de nuevo en un mundo distinto.
Yo respetaba sus hábitos, pero tu padre, menos tolerante, no podía soportar que cuando comíais en casa los domingos lanzase su lengua bífida para atrapar los alimentos. Al sentir esa hostilidad, algo se activó automáticamente en los ojos de tu marido para volatilizarle, un acto reflejo de defensa propio de su raza, sin mala intención. Lo entendí perfectamente, como también que os mudarais a su planeta, después de que llegase a la conclusión de que el futuro del nuestro es aún más incierto que el del suyo.
Yo me encuentro bien, a veces un poco sola, pero la alegría vuelve cuando recuerdo que eres feliz y él te protege.
Un beso para ti y un tirón de las antenitas a mi nieto
Tu madre
…Y cuando llegue y lo encuentre, vengo a por ti.
– María no llores, lo tengo todo pensado. Madre nos enseñó hacer muchas cosas y trabajo no me va a faltar. Sé sumar, sé leer y escribir.
– Si Juan, pero ese sitio está muy lejos, ¿ qué haremos nosotras mientras tanto? A madre la pena de una ausencia en su regazo y el llanto nocturno y solitario amedrentaran sus fuerzas aparentes, sus ojos antes vívidos y risueños se irán apagando.
– Dame la maleta con la que llevar todo lo que necesito, recoge lo que hay en el cajón de la cómoda
– Qué cosas tienes Juan, ¡en el cajón solo hay unos calzones remendados y una camiseta del ajuar de madre!
– Pero María, mira bien en el fondo ¿ Cómo crees que solo voy a llevar eso? El fondo de ese cajón está repleto de lo que nuestros padres necesitaron en su nueva andadura juntos, está lleno de ilusiones y esperanza, y de eso mismo es lo que quiero que tu lo llenes.
– María, no va a ser mucho tiempo el que me ocupe en llegar, y cuando llegue y lo encuentre, vengo a por ti
El miedo carcomiendo las entrañas, el remordimiento afligiendo la mente, un torrente de magma ahogando el espíritu, esquirlas incandescentes perforando el aliento, un clamor de lamentos torturando los sentidos; el infierno es un infierno.
Una legión sin nada que perder, almas que no se resignaban a la mísera y putrefacta eternidad, decidieron saltar el inframundo. Navegaron en el barco de la desesperación por lagos de fuego hasta llegar a las puertas del cielo. Ángeles, gentes de bondad, bienaventurados y pulcros de espíritu percibieron que el mal se aproximaba al paraíso. Veían su felicidad amenazada por la turba y, temerosos, levantaron un muro infranqueable: el muro del bien.
Dios, desde la nada y el todo observaba, algo había fallado. Se preguntó en qué momento del camino su obra se resquebrajó.
La decisión ya había sido tomada, lo que tardó siete días en crear, en uno solo lo destruiría. Los continentes, los planetas, las estrellas, todo el universo se unificó en un amasijo latente de vida. Paraíso e infierno desaparecieron. Durante millones de años el Supremo recapacitó, y en su ecuanimidad dio otra oportunidad a la vida.
El Big Bang empezó de nuevo a bostezar. Esta vez, Dios, seguro lo haría mejor.
Cuando llegaba de permiso, anunciado por el rugido de su coche, los vecinos se acercaban para darle una palmada en el hombro y envidiarle el Volkswagen que traía de Alemania. Desconocían que a pesar de que su compañero se lo había dejado barato, había tenido que ahorrar muchos meses distrayendo unas monedas del dinero que enviaba a su mujer, las divisas con las que todos comenzaban a prosperar. Tampoco sabían de las tardes de domingo distraídas a base de cerveza y dominó, ni de los frecuentes catarros causados por la humedad de los barracones -que nadie aliviaba con leche y coñac o friegas en la espalda-, ni de las miradas despectivas cuando no entendía alguna instrucción en esa lengua dura.
Por eso ahora ha gastado la mitad de su pensión en un móvil de última generación para su nieta porque, a pesar de que su carrera universitaria va a abrirle una puerta mayor que la suya, sentirá la misma soledad y el mismo abandono.
–Nena, cuando sientas morriña, nos mandas un “guasaps” de esos.
−¿Tengo monos en la cara o qué?
Esos chavales rubios, de ojos azules y piel de alabastro, se burlaban de ella. No los entendía, pero se daba perfecta cuenta.
Sus padres la habían llevado a esta ciudad, de nombre impronunciable. Por supuesto, no estaba de acuerdo, pero el mundo está controlado por los adultos y solo queda obedecer, pensaba.
No le gustaba nada del país, ni la gente, ni su lengua, ni siquiera el paisaje. Nunca como hasta ahora había echado tanto de menos el verde olor de su tierra y a sus queridas amigas. Odiaba su nueva vida.
Cuando conoció a Hans, su visión comenzó a cambiar. Él no era como los demás, se parecía a ella, con idéntico aspecto latino. Pero algo hizo que se desencantara. Hans era hijo de emigrantes asturianos, y se cambió el nombre porque se avergonzaba de sus orígenes. En cuanto Carmen supo esto, juró que no lo volvería a ver.
Ahora se la ve rodeada de chicos con piel de alabastro, ojos azules y pelo rubio. Intercambian sus culturas, sus anécdotas y, de vez en cuando, algún que otro beso furtivo.
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