¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Hacía días que observaba al dubitativo Don Diego cavilando sobre dimensiones, luminosidad, colores y composición, cuando no esbozando bocetos que nunca le terminaban de complacer. Fue en un arrebato de impaciencia cuando me apoderé de sus pinceles y paleta de pinturas. Enseguida, y con extrema rapidez, plasmé sobre el lienzo, con trazos precisos y seguros, una de las obras que le harían inmortal y le granjearían el favor del Rey y la admiración de la Corte. Tuve la deferencia de no olvidar incluirlo en el cuadro con las mismas herramientas en la mano que, en ese momento, yo manejaba con gusto y destreza. Y aunque no lo firmé, ni siquiera con mi huella, dejé muestra de mi autoría representándome, con el gesto sereno y satisfecho de quien ha hecho un buen trabajo, tumbado a cuatro patas delante de las meninas.
Cuando la fragancia a lavanda de abuela se extinguió, Gala, su perrita Can de palleiro, renunció al regazo junto a la cama. La cola entre sus patas, y la derrota, bañando su mirada de miel, pregonaron la desazón rumbo al banco situado bajo la parra.
Aquella noche, el cielo derramaría su llanto sobre la aldea, pero a Gala no pareció importarle. Allí, ovillada, custodió las zuecas, un bastón de avellano, y el sombrero de paja usado por su ama en los paseos por el castiñeiro.
Tras el entierro me acerqué para engatusarla, deseoso porque volviera al hogar. Aunque ella, desde el mohín en sus ojos y los pliegues de la trufa enarcados, desaconsejó mi atrevimiento.
Inmóvil, se dejó sustentar tres días gracias al rocío que, desdeñado por los racimos, regó su piel canela, mientras los aromas a uva madura se mixturaban con la pena.
Al cuarto día, recién levantado, un perfume intenso a lavanda espoleó mis sentidos. Confuso, corrí hacia la cocina, a indagar desde la ventana. La parra amanecía huérfana. Entonces, enseguida, eché en falta las zuecas, el bastón de avellano, y aquel sombrero de paja al que la abuela jamás renunciaba durante sus caminatas por el castiñeiro.
Odio a Roberto Carlos. Por su culpa no puedo dejar de tararear esta maldita canción, que ni tiene sentido ni me gusta. ¿Triste y azul? ¿Cómo puede un gato estar triste y azul? ¿Dónde se ha visto eso? Lo de triste lo entiendo, porque a veces he escuchado maullar a los gatos con un sentido que rompe el alma. El otro día, sin ir más lejos, escuché a uno llorar de pena con tanto sentimiento que pensé que se estaba muriendo. La que murió fue su dueña, de la paliza que le dio su marido. Ella sí que estaba azul. Pero un gato… Jamás lo he visto azul.
Lo de Ramón venía de lejos. De niños fuimos amigos, jugábamos en la calle, apedreábamos gatos y atábamos petardos a la cola de los perros callejeros. Pero todo eso cambió el día que ella llegó al pueblo: tenía unas trenzas muy largas y una nariz —sembrada de pecas—, que arrugaba en una mueca deliciosa cuando algo la disgustaba. Era la hija del nuevo veterinario.
En cuanto Angelita frunció su linda nariz, Ramón me señaló como el artífice de aquellas salvajadas. Era su oportunidad y no dudó en aprovecharla: ella dejó de hablarme, dejó de mirarme, y una tarde, cuando sabía que yo los espiaba tras la ventana, le dio un beso a Ramón que se me clavó en el hígado.
No volví a torturar a ningún animal, lo prometo. Pero a Ramón se la tenía jurada: primero puse pegamento en su gorra; después, para hacer las paces, compré unos bombones que rellené con laxante; y, finalmente, rompí los frenos de su bici y le reté a una carrera del valor frente al barranco del Diablo.
Ganó él.
Yo recuperé la esperanza, durante un tiempo. Hasta que Ángela adoptó una nueva mascota: un galgo del refugio, al que llamó Ramón.
Mientras los perros se olisqueaban excitados, el amo del gran danés calculaba las probabilidades de lamerle el hocico a la dueña del chiguagua y así compensar de alguna manera la incompatibilidad racial de los canes.
Tal vez fuera más humano que animal. Las historias que se han ido contando en la familia a lo largo de los años, lo corroboran. Mi antepasado cuidó de él, no como se hace hoy poniéndoles abrigos y botas, pero sí con el interés de atender su hambre y cansancio, que debió ser mucho a juzgar por las andanzas de su dueño. Aquel perro tuvo que soportar caminos polvorientos, pero era compensado con el calor de los establos en las quinterías que su amo visitaba. Mendrugos de pan y agua en bacías fue el sustento ,para después encontrar cobijo en los pies de su señor, mientras este disparataba en cantinas. Como compañero fiel, como amigo, siendo testigo de los delirios de Quijote, se mantuvo a su lado. Tal vez sospechaba que otra suerte hubiese corrido de haber nacido siglos después, llegándole la muerte colgado de un árbol que en ocasiones le ofreció su sombra.
Y en una última ocasión lamió esa gélida mano de soledad aparente, de tejidos raídos, que todavía desprendía ese regusto a comida prestada.
Llevaba días viéndolo deambular por el parque. Como un barco a la deriva. Era un famélico galgo que huía de la gente. Por eso se sorprendió al ver que se abalanzaba sobre un ratero que intentó robarle la cartera. Y desde el instante en que sus miradas se encontraron, no pudo evitar ser compasivo ante la tristeza de aquellos ojos que demandaban ayuda. Y mientras con una mano le acariciaba, con la otra le libraba del trozo de cuerda ensangrentada que le colgaba del cuello. Incluso Honorato no dijo ni miau al verlo en casa, se limitó a mostrarle su lugar preferido en el sofá que compartieron.
Todo cambió la mañana en que aparecieron varias gallinas muertas. Sin pensarlo dos veces, metió al perro en el coche y lo abandonó lejos, en un descampado. Al día siguiente divisó a una comadreja merodeando por el gallinero.
Y una tarde en el parque, abatido, mientras contemplaba la puesta de sol, no se percató de la pequeña sombra que, a su espalda, avanzaba despacio hacia él. Pero en el momento en que sintió un roce en la rodilla, sus miradas se volvieron a encontrar. Allí estaba sin parar de mover el rabo.
Exhibe orgullosa su condición de ama de casa, manteniendo un orden y horario rigurosos en todas las tareas además de la atención a su esposo y al perro.
Ella y yo habíamos programado los paseos diarios de los tres: el matrimonio y el can.
También, ambos sabemos que la misión de sacar al perro es, en realidad, el paseo de su marido, mi amo y mi dueño que ahora ya no es dueño ni de sí mismo, pues ni su nombre recuerda y casi siempre, a ella —su mujer— y a mí —su mascota— nos mira como a auténticos extraños.
IsidroMoreno
Diez, pensarás, y mientras flotan en tu mente las cuatro letras morosas, me pedirás que me quede con Rufus, que tampoco tiene sitio en tu nueva vida.
—No, llévatelo —, argumentaré con esa poquita seguridad que tengo desde que sé que ha empezado nuestra cuenta atrás, el niño va a pasar más tiempo contigo.
—Voy a comprar un gato —, dirás olvidando que fue nuestro hijo quien se enamoró de aquel cachorro desgarbado, con el nueve acechando. O el ocho, si no te ha gustado que siga intentando bucear en tus ojos cuando repartamos las fotos y otros recuerdos, en un intento nulo de reflotar alguno de los pecios hundidos. Y sin darte cuenta, que el tiempo guillotina los minutos sin piedad, habrás llegado al seis, maldito número del diablo. Cinco, cuatro, y Rufus ladrará porque llegue el vecino. Tres, cuando encargues en la tienda de mascotas ese gato siamés o persa o bengalí; dos al recogerlo. En el preciso instante en que me pidas mi copia de las llaves de casa, por si acaso, acariciarás el uno, a la vez que yo me estrello contra el cero, y Rufus empieza a lamerme la mano.
rosa rosa rosa
Bajo el sol poniente, el frío y las sombras empezaron a adueñarse del bosque.
rosa blanco blanco
Lincoln se detuvo ante el río y desanduvo unos pasos el sendero.
marrón marrón verdeoscuro
El agente Johnson llegó unos instantes después. Observó el desconcierto que asomaba tras los ojos de su amigo y un viento gélido le trajo un mal presentimiento. Sin pronunciar palabra, le ofreció el jersey que llevaba en la mochila.
ROSA
Lincoln regresó junto al agua y oteó a su alrededor.
verdeoscuro marrón blanco rosa
Buscó un paso entre las rocas y cruzó a la otra orilla.
Verde rosa rosa
El rastro le llevó hasta la entrada de una gruta oculta entre el follaje.
rosa rosa
Aguzó el oído y escuchó la respiración de rosa, pero no estaba sola. Allí había alguien más. Asomó un tanto la cabeza.
rosa rosa ¿negro?
El agente Johnson llegó enseguida y, al ver gruñir a Lincoln, le espetó:
– ¡Ven!
El sabueso obedeció.
– Buen chico —le dijo Johnson, acariciándole la cabeza—. Ahora, me toca a mí.
El agente desenfundó su arma y, situándose frente a la cueva, gritó:
– ¡Policía! Suelte a la niña y salga con las manos en alto.
Saltaba a la vista que Katja y yo no éramos hermanos. Ella tenía unos ojos azules que parecían aún más grandes en su cara famélica y a pesar de la suciedad que la calle había acumulado en su pelo casi blanco, aún tenía un aire elegante; en cambio yo, con mis greñas negras y mis andares toscos no dejaba de parecer lo que era, un pequeño vagabundo muerto de miedo.
Dormitábamos acurrucados uno contra el otro, protegidos del frío y de los extraños por unos cartones, cuando mamá nos descubrió. También era obvio que no era nuestra madre. Ella vivía en una casa y nunca había pasado hambre, pero tenía la mirada tan perdida y tan triste como nosotros, quizás por eso no nos dio miedo.
Apenas recuerdo ya aquella época, pero si la revivo en sueños, corro desesperado sin moverme de la alfombra, gimoteando y ladrando; entonces mamá me rasca detrás de las orejas y su voz cálida y el ronroneo de Katjia me acarician hasta que me vuelvo a dormir hecho un ovillo.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









