Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

PERTENENCIA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA PERTENENCIA

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA PERTENENCIA en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE AGOSTO

Relatos

59. TOMA Y DACA (GINETTE GILART)

Cada día, a la misma hora, sobre las doce de la mañana, iban apareciendo uno tras otro, siempre en el mismo lugar, una zona soleada bajo la ventana de la vecina del primero. Esperando a que esta abriera la ventana para echarles comida se entretenían con su ritual de limpieza lamiéndose con parsimonia. A los vecinos no nos molestaban en absoluto, al contrario, nos encantaba verlos como se estiraban al sol; alguno se quedaba quieto, sentado, la mirada fija hacia el primer piso. Cuando por fin llegaba la comida, esta desaparecía en un santiamén y después de un ligero descanso regresaban de donde habían surgido. Solo a Fulgencio le molestaban, se pasaba el día protestando y juraba que algún día haría una fechoría. Aunque no hacíamos caso a sus amenazas, no nos extrañó cuando los gatos desaparecieron. El cobarde de Fulgencio iba pavoneándose por la calle orgulloso de su hazaña.
Pasó un tiempo y no se volvió a ver ningún gato, en su lugar, al atardecer, se han visto unas sombras correr veloz a ras del suelo y enredar alrededor de las basuras.

58. CANELO

 

Nacional II. El seiscientos aparcó en la gasolinera. El niño lloraba desconsoladamente y  el perro intuía que algo terrible iba a pasar.

– Javi, despídete de Canelo -ordenó el padre al chiquillo.

-¡No, papá! ¡Por favor! No lo abandones, es un perro muy bueno.

-El niño está muy encariñado con el perro, podíamos seguir teniéndolo en casa -objetó la madre.

-Está viejo, torpe y enfermo. Sólo produce molestias. ¿Quieres que nos gastemos una fortuna en veterinarios? El perro se queda aquí y punto -sentenció el padre.

 

Cuarenta años después

-Papá, vas a estar muy bien en esta residencia. Tu habitación tiene vistas a… Bueno, es una carretera; la Nacional II, creo. Pero seguro que es muy entretenido ver pasar los coches.

-Javi, hijo mío, no me quiero quedar aquí.

-Por favor, ¿te vas a poner ñoño ahora? Estarás estupendamente, harás amistades. jugaréis al tute, al dominó, veréis la tele… Si hasta me estás dando envidia.

-Me descorazona verlo así. Podíamos seguir teniéndolo en casa -declaró la esposa de Javi, apenas salieron de la habitación.

-Está viejo, torpe y enfermo. Sólo produce molestias. Mi padre se queda aquí y punto -sentenció el hijo.

57. MANOLO (Antonio Toribios)

Con la muerte de Manolo, a mi madre se le abrieron los ojos a otra realidad, y dejó de lado las veleidades de la infancia para embarcarse en la vida de verdad. Mi madre era de largo la más pequeña y entonces no había juguetes como ahora. Manolo fue para ella compañero de juegos y bebé improvisado. Con la hermana mayor ya casadera y la otra en la escuela, ella tenía desde por la mañana temprano todo el tiempo del mundo para arropar a su Manolo, darle de comer y atusarle amorosamente los bigotes. Pero, la cabra tira al monte, y a Manolo no se le ocurrió sino irse por los gazapos de Saturnino que, a la postre, era alcalde del pueblo. En tres días había matado dos, y no era cuestión de tentar más la suerte. Así que mi abuelo convidó a tres o cuatro, incluido como no el propio Saturnino, y dieron buena cuenta del minino. No eran tiempos aquellos de andarse con bobadas. Mi madre lloró la pérdida unos días, pero acabó riéndose del tonto de Ciriaco, que hasta que oyó maullar con sorna al abuelo creía que estaba comiendo liebre.

56. SIETE VIDAS (JM Sánchez, fuera de concurso)

Desde la estantería, su lugar favorito, el esquivo felino observaba con una indiferente superioridad cómo íbamos tirando a la basura las cosas del viejo Pachón, el guardián de la casa. No prestaba atención al llanto de los niños, que crecieron jugando con el cariñoso labrador. Se diría que, tras aquellos bigotes gatunos, había una sonrisa apenas perceptible pero claramente despiadada, y al lamerse las patas parecía estar borrando las últimas huellas de sus actos.

55. ¿Por qué a mí?

Detuvo su mirada en mí entre los cientos de personas que caminaban aquella tarde por el parque, se diría que me buscaba. Sus ojos brillantes se centraron en los míos y comenzó a menear enérgicamente la cola, no puedo afirmar que lo fuera, pero se parecía bastante a la típica reacción del perro que se alegra de ver a su amo. No reparé en que me seguía  hasta un rato después, lo hacía con discreción y a cierta distancia. En contra de mis principios, pues no me gustaban los animales, decidí que si me acompañaba hasta casa, le invitaría a entrar, había sentido una conexión especial con aquel ser. Él pareció comprender lo que yo pensaba  y, si no fuera porque es de locos, juraría que pude leer en su rostro una expresión de sincero agradecimiento, aunque enseguida cambió a una de enorme tristeza y resignación. Entonces sucedió: un tipo se abalanzó sobre mí cuchillo en mano; mi tierno amigo, convertido en fiera, saltó sobre él logrando hacerle huir mal herido, pero el arma quedó clavada en su lomo arrancándole la vida.

Hoy han detenido a aquel individuo, un psicópata asesino de varias personas y de un ángel canino.

54. La cartera de Paris (Beto Monte Ros)

El águila planea en lo alto, observando a la presa. Espera el momento oportuno para lanzarse rauda, aprisionarla con sus garras y llevarla hacia el barranco donde ha hecho su nido.

Todo ocurre muy rápido. La chica siente que le arrebatan el bolso y se resiste a soltarlo: no se da cuenta del peligro en que ha caído. Es cargada hacia las alturas y solo atina a apretar contra sus pechos el apreciado objeto. El gran pájaro la mira con curiosidad y se lo quita de un picotazo; dentro hay un perrito, un chihuahua altanero, lo saca y se lo da a sus pichones; luego, con indiferencia, a ella la empuja hacia el vacío.

53. Como los gatos ( Arantza Portabales Santomé)

Yo era uno de los pasajeros del Yak-42. Esa fue mi quinta muerte. Y fue muy traumática. Mala, lo que se dice mala, no. Rápida. Indolora. Pero estúpida y evitable. No como la primera. La primera, la del semáforo, esa sí que no pude evitarla. La segunda la malgasté con la heroína. La tercera fue un atropello común. De nuevo fue culpa de un semáforo. La cuarta fue la más devastadora. Leucemia. La quinta… De la quinta ya he hablado. La sexta fue producto de las estadísticas. Soy uno de esos gilipollas que se parten el cuello al resbalar en la ducha. Así que he comenzado este año, como el resto de los humanos. Con las horas contadas. Convencido de que esta vida, la última, la disfrutaría al máximo.
Pero no contaba contigo.
Te vi a lo lejos. En el semáforo de Callao. Al igual que aquella tarde. Con un abrigo rojo, y tu pelo trigueño un poco más largo. Estabas más delgada. Pero eras tú. Al verte, el corazón se me salió del pecho. Se me paró de repente. Y quince años después, el muy estúpido, volvió de nuevo a partirse, dolorosa e inevitablemente, en dos.

52. CAMILO (Belén Sáenz)

¿Te acuerdas, Camilo, de aquella vez que fuimos a los campos de lavanda? Fue en el primer verano de tu vida. A media mañana el calor pesaba como una manta inerte y te refugiabas con tus patitas cortas bajo los planteles floridos, burlando al sol cegador de Castilla y a las afanosas abejas. Yo te iba siguiendo por las hileras ordenadas. Donde se agitaban las flores a tu paso, o donde se entretenía en husmear tu hocico novato. ¡Qué risa! Pero luego una nube pirata surcó el cielo y cambió las reglas del juego. Las ramas me aprisionaban los tobillos y sentí el vértigo de perderte. Sobre un silencio detenido te llamaba, agonizando en una confusión lila, morada, malva. Y tú, mientras tanto, estabas negociando con tus ojos tristes de cachorro. El chaval, sentado al borde del camino, no tuvo más remedio que rendirte su almuerzo. Pellizcos de pan, alguna propina de filete. ¿Qué reprimenda merecías? ¿Cómo reprocharte tu fino olfato y tu glotonería? Cuando se desbarató el hechizo de aquel laberinto de surcos cultivados, cuando por fin llegué a tu lado, cuando te levanté del suelo para abrazarte fuerte y recuperarte, aún tenías el lomo fresco y fragante.

51. Aullidos

Ladraba el perro allí, escondido en la colina. Su miedo a envejecer era tanto… tanto. Sus amos lo habían dejado abandonado en aquella carretera. Sin nombre, desahuciado. Aullaba, sin recordar, no recordaba nada. Fue un regalo de los Reyes Magos a aquella familia. Entonces era un cachorro de pocos meses. !Cuánto lo querían! !Cómo reían sus gracias! Ahora los hombres de blanco lo persiguen, para encerrarlo. Ha perdido la memoria. Del presente no recuerda nada. Del pasado ¿Algo? No quiere que lo encierren (Estuvo tantos años atado). Solo sabe que ahora lo han sustituido por un joven señor gato.

 

50. Guau y Miau

Juanito, “el marejhaílla” para los pescadores, gasta verbo fácil y siempre tiene una palabra y más, un relato farragoso de marinerías para quienes se acercan a su rincón en la barra, donde vive ininterrumpidamente de sol a sol, como farero del mar de la alcoholemia. Pero si le llenan su copa de número cinco, ese vino corriente del que es amigo íntimo y con el que habla de continuo, despliega su arte de borracho de cantina y transmuta en estentóreo actor; suspende – grandilocuente – un aspaviento en el aire y, obsequioso, se dobla por la cintura y agradece reverencial la invitación.

Cuando Luis, el dueño del bar, se dispone a echar el cierre, Juanito es ya un guiñapo meado sobre la última mesa del salón. Como cada noche, el pacientísimo Luis, sale y silba largo y fuerte hacia el fondo oscuro del callejón del puerto. Solemnes, moteados de basura y farol, comparecen Guau y Miau.

Capitán Marejhaílla, braceando entre los batientes de la puerta, ordena balbuceante: “¡Rumbo norte!”. Miau, delante, orienta la proa camino a casa; Guau, a su espalda, entierra el hocico en la entrepierna del patrón fijando el balanceo y empuja, cuesta arriba, marcando el ritmo oscilante del navío.

49. Cuestión de números y paladares

El mastín contó de nuevo las ovejas. Faltaba una. Miró hacia la colina, donde el lobo devoraba un conejo, y le preguntó. Este le contestó que estaban todas. Así que el perro las contó otra vez. Seguía faltando una. Desesperado, el perro ladró y gimió. El lobo escupió los restos de conejo, se puso la piel de cordero y bajó al corral para que al mastín le salieran las cuentas. El viejo chucho le caía bien al lobo, aunque aún no sabía cómo se las iba a apañar para que las cuentas cuadrasen cuando devorase otra oveja, pues ya estaba harto del sabor insípido de los conejos, liebres y algún que otro gallo de corral.

48. TRIBUTO

Cuando el último rayo de luz de la tarde se desvanece, la noche invade cada rincón del pueblo. Para entonces, sus habitantes no han tardado en refugiarse dentro de las casas, con las ventanas cerradas, las chimeneas apagadas y los portones atrancados. Tan solo la tenue llama de los candiles rompe la oscuridad iluminando sus caras temerosas. Permanecen quietos, salvo por algunos escalofríos, a la espera. Fuera, la noche viene acompañada del ulular del viento y otros ruidos, como silbidos lejanos, que poco a poco dejan claro el sonido de ladridos que se acercan a toda prisa. De un tiempo a esta parte atormentan a estas almas desvalidas, recorren las callejuelas y golpean a su paso las aldabas que encuentran. En cuestión de minutos, que parecen eternos, retorna el silencio, pero nadie se atreve a moverse. Y no lo harán hasta el amanecer, para tras comprobar las huellas de los canes en el camino, descubrir que un nuevo recuento en la plaza deja constancia de quien falta esta vez.

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