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María se mira en el espejo después de acostar a los niños. Ve en él las marcas del sol y del tiempo, todavía no tan hondas como para restarle belleza, demasiado profundas para no sentirse cansada.
No debe faltar mucho para que vuelvan los hombres de la mar y será el suyo quien le haga su propio examen. Hasta este momento, cada reencuentro ha conducido a traer otra criatura al mundo, no sabe muy bien si por la escasa huella de las arrugas o por el deseo comprimido del final de la abstinencia.
Quizá llegue un día en que a él le pese más la árida conciencia que provoca la hondura de los surcos y ella sienta entonces una angustia diferente. La de ahora se resume en contar las noches en vela a causa de los llantos infantiles y en descontar los días que faltan para escuchar la inconfundible sirena de los barcos.
Empieza a amanecer y se despereza. Pronto comenzará las tareas en el campo aunque antes deberá dejar hecho el almuerzo y la casa recogida. Le parece escuchar como golpean las canales al estrellarse en el suelo y poniendo atención, confirma que llueve con intensidad, por lo tanto hoy al campo no se podrá salir. Se alegra porque viene bien un día distinto, aunque aprovechará para proveer la despensa y ver si consigue las mantas para las camas de los pequeños y los ovillos de lana, para por la noche mientras entra en calor a la vera de la chimenea, tejer los jerséis que llevarán para ir a la escuela.
Remoja en leche caliente el pan que sobró en la cena, se calza las botas de agua y prepara la mula. Acopla en el serón los pollos que le encargó el alcalde, los huevos que llevará al médico, los tarros de mermelada que cambiará por la lana, los melones de invierno que llevará a cambio de la primera manta, junto con la miel, los pimientos y las calabazas que recogió ayer, así como las conservas de hortalizas.
Coge el paraguas que fue del abuelo y emprende el camino hacia el pueblo.
Venía los meses de frío y regresaba al pueblo en los meses de calor. Ese era su día a día. Decía que el invierno se le hacía muy largo y el otoño demasiado triste para estar allí sin nadie. Prefería estar acompañada esos meses en que todo es más corto y marcado. Estar con sus hijas e hijos, con sus nietos y nietas, con el pasado de cuando vinieron a intentar salir adelante y que dejaron atrás en el momento en el que cada semilla creció y se hizo fruto.
Al morir, al desaparecer su sombra, sólo restaron los recuerdos que había dejado, las sonrisas que se asentaron en la memoria y la tristeza por aquello que no recuperaría por la razón que todo y todos se había transformado.
Al arrojar la rosa sobre su ataúd, en ese silencio expectante, revivieron la anécdota de la vecina que llamó a la puerta una semana santa y preguntó si podía guardarle la mona hasta que regresara.
– Ay, perdóname, yo puedo guardarle una mascota, regarle las plantas o una carta pero ¿qué voy hacer yo con una mona en casa de mi hija? ¡Mejor quédesela que yo no puedo hacerme responsable de ella!
Florencia
Llegué al pueblo al atardecer. Había escuchado noticias y leyendas de un mundo desaparecido. Antaño los caminos eran un ligero rastro, las horas eran cantadas lánguidamente por el badajo de una campana colgada en el vetusto campanario de la aldea, y las vacas hendían sus pezuñas limando los senderos de los pastos.
El pueblo es ahora la frontera de un desierto. Me dijeron que San Román “caía” a dos horas cuesta arriba; sus casas derrumbadas, su iglesia sin campana, su callejuela inundada. Yo quería llegar a san Román. Sentía la añoranza por los lugares perdidos, la desazón de los sueños rotos.
Más tarde vi a una mujer sentada en un bancal; mataba el tiempo viendo pasar a la media docena de visitantes. Me detuve ante ella, y con inusitada naturalidad me preguntó: de dónde eres, a donde vas, a qué has venido. Fui una ventana de su presente.
También yo la interrogué. Ella era la única mujer de la única casa de aquel otro mundo que quedaba allí. A su espalda, una portezuela armada con tres tablones viejos rezaba con pintura de colores: el huerto de Florencia. Le compré calabacines.
—Para mí que tornan de donde Samuel.
—Y deja a estas aquí, solas.
—A ver, mocosa, aparta un poco.
—¡Clavadita a la mayor!
—A saber si el padre es el mismo.
—Calla, calla, que asoma.
Y las figuras, sigilosas, se apartan de las niñas cuando su madre vuelve del corral al que se precipitó con nuevas nauseas. Alba recoge a la pequeña de los brazos de su hermana y Candela no tarda más de dos tropezones en preguntarle por su padre; seguro que también tiene pecas, fantasea. Alba siempre le responde con evasivas aunque hoy le retira suavemente los rizos dorados que se columpian alrededor de su frente y continúan de la mano, con el cierzo soplando sobre ellas.
Otras siluetas las ven transitar por las calles del pueblo, apostadas tras los visillos mientras sus hombres reúnen en la cantina los arrestos para escabullirse de madrugada. Alba lo sabe así que aprieta el paso y los dientes, con la noche y el invierno tan cerca. Presiente que esta vez será un niño, de pelo negro como el carbón que añorarán a partir de ahora.
Segundos después de que entren en casa, un perro asustado ahoga el chirrido del cerrojo.
En el campo, a mitad de la siega, empecé a buscar sus pechos. Los fui acariciando poco a poco. Los besé con ternura. Mordí sus pezones y empecé a chuparlos, a tomar de su leche. Me los bebí enteros y, allí, a pleno sol, me quedé dormida mientras ella me acunaba entre sus rudos brazos.
Esmeralda tenía los ojos verdes y el rostro surcado por el sol de setenta siegas. Hablaba poco, como si incluso las palabras guardara; y de vez en cuando, se le hinchaba la pierna, allí donde un día la mordió un lobo.
Una noche, tan tarde ya que incluso las sombras moraban cerca del fuego, su hija Angustias llegó arrebolada a casa y, entre jadeos, pronunció un lamento:
– Ay, madre, mi María fue donde las berzas y todavía no ha vuelto.
Afuera, oyóse un aullido. Angustias, doblegados su ánimo y sus rodillas, cayó al suelo y se abrazó a los pies de su anciana madre. Enterró la cabeza en sus largas faldas y las llenó de sollozos.
Entonces fue que abrióse la puerta y entró una niña con un corderito en brazos y el gesto agitado.
– Ay, hija, que te daba ya por perdida –dijo Angustias, entre lágrimas–. Ven aquí y dame un beso.
A pesar de la hinchazón que arreciaba en su muslo, Esmeralda levantóse súbitamente, interponiéndose entre ambas, y le propinó una bofetada a su nieta. Al ver la desconcertada mirada que su hija le dedicaba, le susurró, mesurando las palabras:
– Algunas veces, hay que saber querer por dentro.
Cuando él le habló del mar, no podía creerlo. La extensión de agua más grande que ella había visto nunca era la laguna, adónde iban a merendar el día de la Virgen. Luego él marchó para embarcarse rumbo a tierras lejanas, y la Narcisa lloró sin tregua hasta anegar el valle. Las casas y los huertos quedaron sumergidos, y las gentes del pueblo tuvieron que construir otras en lo alto del monte. La prensa habló de pantanos y energía eléctrica. Pero nosotros sabíamos que había sido aquel llanto desmesurado.
Sus primeras cartas, hablando de gentes de color, tuvieron una consecuencia insospechada: las calles se llenaron de emigrantes que trabajaban en el campo o abrían tiendas repletas de cachivaches y, aunque el alcalde lo llamó “efecto llamada”, todos creíamos que era el modo que tenía ella de sentirse más cerca de su amado
Pero ahora estamos muy preocupados en el pueblo. La última misiva que se ha recibido habla de casas tan altas que se pierden en el cielo, autopistas llenas de coches y grandes centros comerciales. Ya han empezado a llegar excavadoras al pueblo y no sabemos cómo convencer a la Narcisa de que todo eso son solo imaginaciones suyas.
Durante años no supe de dónde venían los tomates, jamás los había visto fuera de las fruterías, pero como el destino es caprichoso, aquí estoy, quedamos pocos aldeanos y aunando fuerzas mantenemos la producción suficiente para la subsistencia.
Cada mañana me levanto antes que el sol. Con el crepúsculo regreso a casa arrastrando fatiga de años. Así un día tras otro hasta el domingo, jornada de descanso. No, no voy a misa, he cambiado la mantilla por el delantal de faena. A la tierra no tengo que rezarle ni pedir perdón por mis pecados. Ese dios al que rogué para evitar las palizas, al que supliqué por mis hijos; aquel sacerdote que me decía, hija, tienes que tener paciencia, dios sabe lo que hace; nada hicieron cuando quedamos bajo un montón de escombros, cuando aquel al que debía obediencia destruyó lo más sagrado.
Viajé dejando allí la vida. Y muerta, aunque no enterrada con ellos, me instalé en un lugar casi despoblado que me ha devuelto la energía.
Es la historia de Manuela, que a sus setenta y tantos años continúa su labor incansable, y cada nueva temporada, da a luz vida que nace de las entrañas que la cobijaron.
Recuerdo el verano…
Recuerdo tu cabello peinado por la brisa que cruzaba el valle al amanecer.
Recuerdo tu sonrisa y tu mirada azul.
Recuerdo esos paseos por la orilla del rio, al atardecer, cuando el sol se recostaba sobre el horizonte, y las sombras escondían nuestras caricias, nuestros besos.
Recuerdo las noches en que nos amamos sobre la mies bajo el cobijo de las estrellas.
Recuerdo tus te quiero, y tus volveré.
Recuerdo que te lo di todo de mí, te lo entregue todo.
Recuerdo que fuimos un amor a escondidas, clandestino, prohibido.
Recuerdo que éramos tan diferentes, tú el señorito, yo la chica del pueblo, la campesina, la muchacha de usar y tirar.
Recuerdo que nos separaban cientos de kilómetros de distancia y un abismo de hipocresías y mentiras.
Recuerdo, ahora aquí sola, cuando los pájaros anuncian la llegada de un nuevo estío, y mi cuerpo está a punto de dar a luz una nueva vida que tapará tu ausencia, que romperá mi soledad, que tan solo fui para ti un amor más, un amor de verano.
Recuerdo que todo quedará en eso en un amargo recuerdo.
A Brígida la contratamos porque es el paradigma de lo que estábamos buscando: Lleva el pañuelo anudado en la cabeza bajo un sombrero de paja, viste ropas anchas, tiene las palmas de las manos cruzadas por enormes surcos, acostumbra a mirar inconscientemente al cielo, como si estuviese olisqueando una tormenta que no termina de llegar y huele a paja y heno: en fin, todo un prototipo de mujer rural. Está a la entrada de la empresa, siempre manipulando las hortalizas del pequeño huerto que le hemos instalado en el hall, para que se sienta como en casa. Su contrato es en estricto horario de oficina, pero ella llega antes de que salga el sol, la costumbre, dice. Te preguntarás que para qué queremos una mujer rural en una empresa que se dedica a la fabricación de cabezas nucleares. Digamos que le pone el toque ecológico a nuestro negocio, tan injustamente denostado por la sociedad. Nosotros nos dedicamos a rellenar nuestras cabezas mientras ella mantiene el huerto frondoso y productivo. Y le pagamos religiosamente su salario cada fin de mes: para que luego digan que con el uranio no se puede hacer economía sostenible.
Sara tenía un predio de diez mil hectáreas de girasol a su cargo. Ella amaba los girasoles, sobre todo, ahora que eran pura luz vegetal. Por eso se atrevía a recorrer en carne y hueso el campo durante esta época, para acariciar y dejarse acariciar por las plantas. Ciertamente su avatar podía transmitirle con eficacia dichas sensaciones, pero no era lo mismo. Descalza, se entregó al libre albedrío de sus pies, hasta que, casi sin darse cuenta, se topó con el límite norte del predio. Un hombre la saludó y se aproximó a la alambrada. Ella hizo lo propio. El hombre no era un hombre, sino su avatar. Sara lo supo al instante por la luz maquinal de sus ojos. Él le confesó la extrañeza de estar charlando con una mujer de cuerpo presente y no con su avatar. Ella se rió y le contó de su pasión por los girasoles. Él, aunque no le gustaban los girasoles, la escuchó atentamente. Un rato después, quedaron para el día siguiente, a la misma hora y en el mismo lugar, pero en esta ocasión, ella no sería la única en carne y hueso.
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