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Doña Bernarda espantó a los cuervos con un grácil y enérgico mandoble de cayado a pesar de sus noventa años. No permitiría que esos malditos demonios negros le arruinaran la cosecha otra vez. El espantapájaros que había confeccionado con la ropa de su difunto Silverio, incluida la boina tamaño paella que siempre llevaba, parecía no asustarlos. Era un monigote feo, aunque no tanto como su Silverio, y los pajarracos al verlo parecían graznar de risa. Por eso se había apostado bajo uno de los árboles, ataviada con ropa de camuflaje. En cuanto los vio acercarse ejecutó unas ágiles volteretas, aprendidas del curso de Internet: “Ninjitsu básico para agricultores veteranos”, y comenzó a repartir a diestro y siniestro. El cayado en sus manos era un torbellino mortífero y los córvidos caían como moscas. Cuando quedó uno nada más, malherido en el suelo, la anciana se dirigió a él:
–Venga, alégrame el día –murmuró amenazadora.
El desesperado animal escupió al suelo con rabia y después lanzó un ataque suicida contra su enemiga mientras graznaba a pleno pulmón: “¡Banzai!”
Doña Bernarda despertó al pie de una de las higueras que protegía. “Madre mía, que sueño más tonto” pensó.
Simón es optimista por naturaleza, siempre sonríe, todo es rosa; pero para mí, que lo veo todo negro, es insufrible, aunque increíblemente guapo.
Hace tres meses mi tía falleció y heredé su casa del pueblo. Cuando Simón y yo llegamos aluciné, aquello era una ruina, la casa apenas se sostenía. A él en cambio le pareció maravillosa, el viaje había merecido la pena solo por verla. Me entraron ganas de atizarle con un palo, pero las gentes de aquel lugar me miraban y decidí tranquilizarme.
Contra todo pronóstico empezamos a reconstruirla. Simón disfrutando, yo desesperándome. Días después una vecina se ofreció para ayudar. Era poca cosa, rondaría los cincuenta, flacucha; pero la muy ladina era un sol con patas. Sonreía graciosamente y los ojos de Simón se iluminaban. Empecé a sentir celos de aquella mujer rural, yo, una urbanita sofisticada. Mientras Simón descubrió que estar con una pesimista es agotador.
Me dejó, se fue a vivir con ella. Tuve que vender la casa y, francamente, no sé si aquel viaje me enseñó algo.
Esta mañana he puesto un anuncio en el periódico:»Se busca hombre para amistad o lo que surja. A poder ser pesimista, más que nada por compartir color».
Tenía mucha prisa, mi boda era a las cinco y faltaban flecos por resolver. Entre otras cosas lavar mi viejo seiscientos. Decidí ir al campo y darle un manguerazo.
Cuando iba para allá divisé una desgarbada figura familiar andando por el arcén de la carretera. Era María la Tomatera, se movía como una chavala con sus casi ochenta años a cuesta. Guardesa de una finca de recreo, propiedad de la típica familia señorial andaluza, tenía que recorrer diariamente a pie seis kilómetros hasta el pueblo para comprar provisiones.
Paré mi vehículo y me ofrecí a llevarla. Cuando le dije que me casaba esa tarde, sorprendida, me indicó que fuéramos a su casa. Entramos en su humilde vivienda, olía a jabón del lagarto, y entre sus cosas me compuso un bello ramito de flores campestres: «Esto se lo das a la novia de mi parte y le dices que ya le llevaré algo mejor otro día….» Acepté agradecido el obsequio y nos fuimos al pueblo.
Pasaron los días y me olvidé de María, al poco tiempo me llegó la triste noticia de su fallecimiento. Para mí su ramito fue el mejor regalo de bodas.
Antonio Rodríguez Daza
La tía Silvana olía como el bosque en primavera y cuando bajaba a la fuente con el botijo de barro y las albarcas tostadas, la seguían por el prado dos perros pastores y una nube de mariposas blancas. Siendo casi una niña, la acorraló en Rioturbio el infame ingeniero francés que dirigía la mina, pero la casaron con un mozo bueno y distraído que sufría prontos de amargura y que un día desapareció en la playa de Comillas.
Enlutada y firme, se hizo cargo de la tierra y de las vacas. Y, como no tuvo hijos, veló por los de sus hermanas. Y así se mantuvo cuerda. Con un abrazo, ajo y perejil nos curaba todos los males; y las noches de tormenta y aguacero, con leche caliente y cuentos, nos distraía el hambre y nos espantaba el miedo.
Ahora tiene la piel reseca como las paredes de su casa y, junto a un cesto de recuerdos y secretos enredados, sólo espera que la vida se detenga. En un viejo arcón aguarda impaciente su mortaja: una bata de alivio y un pañueluco de lana, regalo del maqui asturiano que, escondido entre sus sábanas, la enseñó a leer mientras la abrazaba.
Publicado en estanochetecuento.com el 13 de octubre de 2016
La señora Ambrosia se había levantado, como cada mañana, antes del amanecer.
Fuera, en las cuadras, le esperaban impacientes sus 100 vacas y terneros, para ser ordeñadas y alimentados.
Antes debía preparar el desayuno para coger fuerza, ya que entre ella y su esposo, Emeterio, tenían que tener lista la faena antes de las 7.
A esa hora, puntuales como un reloj, se acercaban los de la empresa láctea a recoger su preciada mercancía.
Después, ya con más tranquilidad, limpiaban la nave, sacaban a pastar el ganado en los prados y se ocupaban de los campos.
Sabían que su tarea era esclava, pues para ellos no existían vacaciones, fines de semanas, ni festivos, pero allí, en sus tierras, y con sus bellos animales, eran felices.
Y esa felicidad sabían que no la iban a alcanzar de otra manera.
Aquella mujer toda su vida estuvo atada a la tierra, de ella sacó lo suficiente para vivir y alimentar a su hijo que nunca supo quien era su padre . Las malas lenguas decía que era aquel hombre vestido de negro que decía misa en la ermita y a la que su madre tenía como propietario de todos sus bienes.
Con el paso de los años su espalda se fue encorvando al ritmo de su azadón y las arrugas formaron un entramado nido de abeja que cubría su rostro del que salían sonrisas de bondad.
Mirando al infinito repetía una y otra vez en forma de plegaria:A ver cuando vienes a buscarme, mi cuerpo no aguanta más los envites de la tierra.
La bola cayó con un golpe seco en medio del corral. Marcelina la recogió y con picardía la metió en su delantal, mientras maquinalmente ahuecaba con gracia su ondulado cabello castaño. Sabía que no tardaría en aparecer uno de los mozos buscándola para proseguir el juego en el frontón. Tuvo suerte porque fue Abdón quien venía, sudoroso y jadeante. Sus miradas, negra noche la de él, suave amanecer la de ella, se encontraron quedando ambos mudos durante un instante infinito.
— ¿No habrás visto una pelota?
—Pues No. Pero podrías pasarte luego, por si apareciera.
Continuaba con sus quehaceres cuando Antonio, el de la hacienda más rica del pueblo, la llamó. Volvió con desgana sobre sus pasos. Él azorado y compungido, con apariencia aún más boba de lo habitual, le dijo:
—Marcelina, yo… mi madre… no podemos volver a vernos.
—Antoñito no te preocupes tanto, ¿quién te había dicho que tenía yo intención de volver a verte? ni a ti, ni a tu madre, ni a nadie de tu familia.
Se dio media vuelta, la cabeza alta sostenida por la rabia y una ilusión creciendo en su interior, al acariciar la pelota de cuero que todavía escondía en el bolsillo
Sus ojitos color cielo eran mi dulzura. Desde el fondo de su mandil surgían deliciosas frutas del huerto de su hacienda. Ven acá, hijita -me decía- come aquí conmigo, que esto es sólo para ti. Yo, la preferida, sentía ese delicioso calorcito que llena el alma en las horas felices.
Los domingos, en su patio central, la abuela, con un gran sombrero y ese mismo mandil, de unos enormes costales sacaba toda clase de comestibles para sus indios y peones, y de aquel mandil, dulces para los niños. La gente besaba su mano mientras un murmullo de palabras mágicas, entreveradas con un “grashias mamai”, colmaba el aire. El último costal era de coca, imprescindible alimento para la diaria faena en los Andes.
Yo, niña citadina, asombrada observaba los pies surcados por enlodadas grietas, con gruesos callos que permitían ignorar los filosos guijarros de los caminos. Coloridos ponchos y chullos alegraban el día, mientras la sonrisa de la abuela todo lo envolvía.
Yo fui su consentido, dijo un primo a la muerte de la abuela. Todos al unísono gritamos: No, ¡fui yo! Ese día descubrimos que para cada uno la abuela tuvo la mejor fruta y que todos crecimos sintiéndonos favoritos.
Antes de la amanecida, Dolores junta los pies descalzos en la estera. Toca el hombro a Manuel por encima del cobertor una, dos veces. No protesta. La mujer se detiene en la frontera del grito y acompasa su silencio con el de la silueta yacente. En la palangana se lava brevemente las manos y largamente la cara.
Llaman recio a la puerta. Dolores hace pasar al amigo y le pone delante la botella de aguardiente y un vaso.
—Salvador, anda, ayúdame a traerlo. No quiero que se quede en la alcoba mientras trajino. Hoy cocino para la casa grande. Se juntan veinte para la partida de caza. Por la tarde le velaremos.
—No te apures, Lola, os haréis compañía mientras te acabo la siega. Después vuelvo para que puedas llegarte a avisar al párroco y encargarle la caja. No se ha de quedar solo, no.
Acomodan sobre la mesa de la cocina el cuerpo laxo como un cristo descendido de la cruz. Le colocan las manos sobre el vientre. Dolores intenta pegarle a la frente el crespo flequillo con la palma ensalivada y le arropa con la colcha de piqué.
El beso, como un soplo, aviva el rescoldo del fogón.
Las manos rugosas y un silencio constante. Con sólo esas palabras se definía . Había cruzado por el mundo como un suspiro, sin hacer ruido, intentando pasar desapercibida. Era una mujer de rutinas: la leche, el pan negro, la verdura de la huerta, la loza sucia, los calcetines mojados, el tendal, las gallinas, el cerdo. Pocas palabras más necesitaba para definir su mundo. No existía ni el descanso ni el rencor, nunca hablaba de deseo , de aspiraciones, de cambio. Su vida estaba escrita, no se había casado ni había tenido hijos, quizás se había enamorado en secreto, quizás, durante el trabajo en la huerta, observaba el humo de la chimenea de otro hogar. Un día contó que nunca había visto el mar.- Está demasiado lejos, decía.- detrás de esa montaña. No lo añoraba porque no lo conocía. Si conocía el frio y la niebla matinal. Era una experta en abrazar tras una caída tonta, y en hacer pasteles para alegrar a la niña caprichosa. Una pompa de jabón se la llevó de repente, volando hacia el cielo. Eso le dijeron a la niña cuando pidió explicaciones de su ausencia. Nunca volvió a caerse pero empezó a desear poder volar.
Escribe: En un lugar de Lamancha de cullo nombre no quiero acordarme…
Pero se acuerda. Se acuerda cada día: en la penumbra de su camastro, faenando entre las gallinas y los pucheros, en el lavadero o desbrozando la mies. Recuerda el nombre y lo demás (sepultado bajo capas de silencio familiar: “Aldonza, hija, lo que no se nombra, no existe”). ¡Claro que existe! —preñado de fantasmas— Creciendo, dilatando su vientre, arañando sus sayas, majando su honra como ruedas de molino.
Por eso, Aldonza reclama justicia. Recluida en aquel cenobio escribe para que su futuro hijo sepa de su padre y sus tíos (aunque, ¿quién es quién?, los cuatro la mancillaron).
El dolor la dobla. Suelta la pluma. Se arrincona y empuja: sangre, llantos y… una niña. ¡Otra campesina! La limpia, la amamanta y la enrolla en un mandil. Coge el cesto de los huevos, remueve la paja y coloca a su hija dentro. Rescata el papel y escribe por detrás:
A vuesa merced, Alonso Quijano, de gran corazón y mente amueblada, le confío esta hija. Pa que vuecencia, sin familia propia, tenga… una sobrina.
Torpemente sube al carro, asegura el cesto y arrea a la mula.
Todas las mujeres de esta tierra son serranas, pero “la Serrana” era mi abuela. Mi madre, “la serranita” y yo, aunque lo odiara, “la nita”.
“La Serrana” no salió nunca del pueblo en sus 91 años de vida. Murió a los 95, pero dejó de contar cuando empezó a olvidar y solo recordaba los nombres de las ovejas.
Mi madre, que marchó joven a la ciudad, regresó entonces para cuidarla. Con canas y más arrugas, volvió a ser “la serranita” y, después, no quiso ser otra.
Siempre que el trabajo me dejaba, yo cogía el coche y, pasado el alto de las Moreras, ya me sentía aquella niña de coletas que aprendió más en los campos que en las clases.
Una madrugada de invierno, quedó la casa vacía. No pensé en volver, pero llegó la crisis o, quizás, un renacer de “la nita”.
Hoy inauguramos este alojamiento rural y me parece escucharlas. A “la Serrana” no le gustan las nuevas colchas y “la serranita” señala con cariño esa foto de las tres juntas. – Deje a la niña, madre, que sabe lo que hace. – O eso espero. Estáis todos invitados.
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