Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
días
1
5
horas
2
2
minutos
5
8
Segundos
1
8
Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

79. MORRIÑA (Cristina Rey Costa)

Morriña

Con sólo ocho años trabaja duro pero es feliz. Apenas le queda tiempo para jugar. El campo, el cuidado de los animales y la escuela le ocupan todo el día. Marisa sin embargo no echa de menos las cosas de su edad. Rodeada de amor por su familia, enamorada de la naturaleza, enamorada de su lugar. Todos estos sentimientos a pesar de su enorme esfuerzo. A pesar de su obligada renuncia a vivir una infancia como los demás.

Han pasado treinta y ocho años desde aquella. El autobús está a punto de llegar. Con los nervios a flor de piel y su mente cargada de recuerdos. Bonitos recuerdos que desea volver a vivir. Y sobre el regazo muchos papeles que agarra con fuerza con sus manos, por miedo a perder su esperanzador proyecto de vida.

En todos esos papeles está escrita su felicidad. Sabe que será muy duro, como aquellos años de infancia. Pero deja atrás una profunda tristeza y soledad que espera curar allí, en su lugar.

78. Reconocimiento

La Manola regentaba una modesta venta, en la que atendía a labriegos, civiles, estraperlistas, a los escasos viajantes que cruzaban Sierra Morena camino de Andalucía y donde refugiaba en el pajar a algunos maquis, que le pagaban con parte del producto de sus rapiñas, que luego vendía a buen precio a los civiles que patrullaban los montes.

Harta de trabajar, cuando se iba a la cama la compartía con cualquiera que se lo pidiera, y fruto de ello, tuvo siete hijos, que de su marido, alcohólico dedicado a gandulear de día y desaparecer de noche, los aceptó como suyos.

De esa forma, en la postguerra, Manola Garrides Gómez, entre el negocio de la venta,  los productos de su pequeña huerta, el estraperlo y la ayuda de sus amantes vivió sin estrecheces y, pasado el tiempo, gracias a sus engaños y  delaciones, cada vez más frecuentes y siempre oportunas, alcanzó cierta notoriedad en la comarca, que alimentó con las generosas dádivas que entregaba al párroco cada domingo.

Años más tarde, en la celebración del Día de la Raza, recibió de manos del Generalísimo las Medallas al Mérito en el Trabajo y al Mérito Civil y el Premio Nacional de Natalidad.

77. EL ARIETE (Jesús Redondo Lavín)

Por la vaguada, bajo la casa de tía Finuca, corría un regato. El tío Jesús construyó un azud en el que insertó  un tubo que enlazaba con un artilugio  que llamábamos ariete. Era como un balón de baloncesto de hierro; en su base continuaba el tubo truncado por una válvula con  un émbolo móvil que por presión hidráulica, tras producir un golpe seco, escupía por su base dos cortinillas de agua; luego descendía para volver a ascender. Por ese sistema un hilo de agua llegaba al depósito, a 33 metros sobre el río, que surtía al lavadero y al abrevadero del ganado, adjuntos a la casa.

Fue la última obra de aquel ganadero inquieto por el progreso. Una enfermedad, de aquellas que esperaban al descubrimiento de la penicilina, se lo llevó. Mi tía, todo un carácter, logró sacar adelante a sus cuatro pequeños. Nunca se sintió sola en aquella casa aislada en la curva de las Callejas, hoy  muro desmochado.

Aquel “pum-flash”, “pum-flash» del ariete eran el diástole y el sístole del valle. Los trajines de las horas de luz atenuaban aquel sonido que de noche era patente. Finuca nunca se sintió sola, oía latir al corazón del tío Jesús.

76. SIN TÍTULO (REVE LLYN)

Necesitaba desengancharme de la tecnología y de ti. Lo primero era una imposición médica tras desaparecer mis huellas dactilares y lo segundo una cuestión de orgullo o de amor propio (dependerá del traductor), así que volví al pueblo de mis abuelos (un destino sin Wifi, advertí a mi editor) con algunas ideas pero sin un plan concreto. Pensaba escribir, por fin, la novela de la que solo tenía el título. Poco atractivo más podía ofrecerme ese paraje alejado del mundo (o eso pensaba yo). Cada día charlaba con los ancianos que trataban de inspirarme con su vetusta sabiduría. Podía pasarme horas escuchándolos. Hablaban con la calma propia de los dioses, como si fueran dueños del tiempo, ajenos por completo a mi antigua prisa. Escuchaba el viento y el rumor creciente del deshielo en mis paseos. Observaba las aves y sus rituales. Veía brotar de nuevo la vida entre los áridos peñascos.

 

Y nada de eso me distraía, más bien al revés, ese era el argumento perfecto para una novela, o mejor aún, para la vida  misma. Solo que mi título ya  no tenía sentido. Lo intenté, juro que lo intenté, pero todos los bolígrafos insistían en escribir tu nombre.

75. NO HAY POZO SIN LEYENDA (Toribios)

Mi abuela era capaz de subir un caldero lleno de agua a pulso sin que se le cayera ni una gota. Aún la recuerdo con sus sayas negras al borde del pozo, un pozo sin brocal que se tapaba con unas hojalatas para evitar el peligro. Mi abuela apartaba las chapas de metal, cogía el caldero vacío y lo dejaba caer hasta que se oía el ruido de su choque con el agua. Yo asistía embobado a esta escena, preso del poder misterioso de ese lugar profundo al que no me dejaban asomar. Luego, mi abuela tomaba firmemente la cadena e iba subiendo a pulso el caldero, con las piernas separadas y bien firmes, y los labios apretados. Yo admiraba a mi abuela. Mi madre me contaba de sus andanzas, desde una infancia de pastora en el monte, hasta una juventud en que había vendido pescado a pie por aquellos pueblos, con la caja chorreando hielo a la cabeza. También ordeñaba, guisaba y lavaba en el río. Pero fue mucho más tarde cuando me enteré de lo del Rubio, uno del monte al que escondió. Y entonces la admiré mucho más. Sobre todo siendo mi abuelo guardia.

 

74. Todos a una (Rosy Val)

El médico era un mujeriego. El cura demasiado moderno. El maestro y el alcalde descaradamente rojos. Tampoco le gustaba el pan de la Rupela ni le compraba los melones al frutero. Le irritaban los perros, las mozas con los mozos. Prefería las calles de aceras vacías… de niñas y rayuelas, de chicos y peonzas, de sillas a la puerta. Jamás se juntaba con las demás mujeres: “No soy ninguna alcahueta. No zurzo calcetines. ¡Yo no meriendo mortadela!”.

Recuerdo a la Honoria, rolliza y pejiguera, en su intocable 600 y sus invariables viajes a la capital. A los convecinos reunidos, acordando la manera y el día en que acaecería el último. Y a Saturnino, el pregonero y alguacil, después de sonar la corneta, cantando aquel singular bando:

“Se hace saber por orden del pueblo, que hoy la iglesia cerrará sus puertas a feligreses y penitentes. En la taberna del Tiburcio, se servirán gratis vermuses y perrunillas. Las mujeres prepararán viandas, los hombres la bebienda. Los quintos vestirán el salón de plenos con guirnaldas y farolillos, y entrada la tarde, aviaos con nuestros mejores hatos, aguardaremos tras los visillos del ayuntamiento a que el coche fúnebre abandone las calles desiertas”.

73. Un cocido de muerte (Javier Ximens)

La mañana que vino en busca de la anciana campesina la encontró en la cocina poniendo un puchero con los garbanzos. Te esperaba desde hace días —le comentó— pero ahora debes sentarte hasta que avíe a los animales, me hallas en mal momento, Lucero está para parir. Le puso un pedazo de queso, una hogaza y una jarra con miel y se fue al aprisco. Tras echar el forraje a las cabras —doble medida por si tardaban en descubrirla— asistió a la parturienta —esto le llevó bastante tiempo, pero ¿cómo iba a dejar sola a la criatura?—, colmó las latas de sardinas con comida para los perros y desgranó una mazorca para las gallinas. Al entrar en la cocina secándose las manos en el mandil la encontró adormilada, con la cabeza apoyada en el mango de la dalla. Ya estoy preparada —anunció—, ¿nos vamos ya o disponemos de tiempo para comernos el cocido? La vieja hilandera miró la olla y respondió que no corría prisa. ¡Ah! —dijo la anciana—, entonces voy a dar una vuelta a los quesos, y se fue hacia la quesera. Cuando regresó, la parca no estaba y se había llevado el puchero.

72. Irrumpe la tecnología, entre moscas y puñetazos (José Luis González)

La olla lanza vapor como una locomotora mientras disecciono unos relatos en Internet sobre “la mujer rural”. Martín yace inmóvil en la cama, dormido o inconsciente. O ambas cosas. Anoche regresó borracho. Discutimos. Nos peleamos.

¡Menudo desastre! Las mujeres protagonistas recorren párrafos y renglones como almas en pena. Trabajan sin levantar la voz: limpian, cocinan, aran la tierra, arrean bestias… Lo que sea. Sólo una aldeana logra arrancarme una sonrisa: huye del pazo con un amante trotamundos. Bravo.

Despejo varias moscas que rondan mi ojo amoratado. Tumefacto. Son moscas zumbonas, típicamente veraniegas. Revolotean insistentes reclamando su cuota de ungüento de consuelda. De pronto, me reconozco en un relato pésimamente concluido: una mujer, harta de comerse la boca cada noche para aguantar bravuconadas y amenazas, aparece muerta sonriendo. ¿Muerta sonriendo…?  Sólo los mártires mueren sonriendo, cariño. No esta ruda campesina que ha conocido a la Maggie de “Million Dólar Baby”. Imposible.

Martín continúa sin dar señales de nada. Así que apago el portátil y abro el whatsapp. Envío varias fotos de mi cara y la de Martín, bastante deterioradas, a una amiga del pueblo. Luego le invito. Que venga. Que saboree conmigo un peliculón en DVD: “La guerra de los Rose”.

 

71. Cuando los días son más oscuros (María Rojas)

Dicen, que la primavera hace que, entre el reverdecer de la naturaleza, nos sintamos creyentes de que el mundo es amable. Quizá por esto, Elsa, se animó a viajar.

Al llegar, la ciudad la deslumbró. Sin embargo, esta le fue esquiva, no le tuvo ninguna consideración, a pesar de lo ilusionada que había venido a habitarla.

Pobre Elsa, por más que se frote la piel con estropajo impregnado en jabón de pachulí, sigue oliendo a humo, al igual que su pueblo montañoso enclavado en la región volcánica del Valle de Atriz.

En junio, a Elsa, sin motivo alguno, se le empezó a caer el pelo.

En verano, en esta ciudad te achicharras. Elsa apenas sí dormía. Las horas insomnes las empleaba en desgranar maíz y tostarlo. Después lo molía y amasaba formando unas arepas redonditas, delgadas, que asaba con primor.

En otoño, el corazón de Elsa empezó a desmigajarse.

En invierno, harta de luchar con la mezquindad de la ciudad, resolvió volver a su lejano y humoso pueblo. Al darle el abrazo de despedida, a pesar de mi toque de hamponcito, flojeé. La voz se me quebró. Quise creer que la quería.
Elsa, toda llorosa y, sin pelo, se esfumó.

70. Un manojo de cebollas

Vestida de negro y con una regadera agrietada venía todas las mañanas a mi garita, situada frente a los jardines del geriátrico, y me pedía permiso para poder regar las plantas. Yo siempre le decía que no podía hacerlo. Era política de la empresa el no dejar que los ancianos andasen pisoteando los parterres de los que yo era el encargado, entre otras cosas. El último día que la vi me contó que tenía un huerto en el pueblo, en el patio trasero de la casa en la que nació, y que le gustaría ir a verlo y, ya de paso, recoger un manojo de cebollas frescas. Le dije que eso era imposible ya que en la zona en la que estaba su casa, y en los terrenos de alrededor, había ahora una gran urbanización de chalés que se quedaron sin terminar cuando quebró la empresa constructora. Al día siguiente encontré la regadera en la puerta de mi garita. Semanas después, la mujer que siempre vestía de negro murió, y yo me compré un pequeño huerto en el que sembré cebollas.

68. MUJER DIEZ CON ATENUANTES (Rafa Olivares)

—Pues mira, Tomasa, te cuento; esa madrugá, como toas, me levanté al canto de los gallos. Prendí la leña del horno que había dispuesto la noche de antes, amasé la harina  y la puse a cocer. Luego le eché hierba fresca a los conejos y alpiste a las gallinas antes de recoger los huevos de la puesta. Ordeñé las vacas y saqué al camino las cántaras pa cuando pasaría el furgón de la lechera. Marché al prao con las cabras pa que pastasen mientras daba riego al bancal de hortalizas, podaba los almendros, recogía los frutos que apuntaban a madurar y segaba los cereales del sembrao. De vuelta a la casa, ya atardeciendo, iba a rastrillar la maleza del patio cuando mi Manolo, que se acababa de levantar, me pidió que le rascara el espinazo. Con diez años ya de casados me venturaba lo que vendría de seguido, y que aluego después enfilaría pa la taberna a echar la partía de toas las noches. Si le pasé por el lomo el rastrillo fue porque lo tenía a mano y maliciaba que procuraría mayor alivio. ¡Y vaya si procuró! Solo por eso me dieron este descanso. Tres años y un día.

Nuestras publicaciones