Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

12. LO DESCONOCIDO (Inés Z.)

A todos nos cuesta dejar nuestro lugar de origen. Abandonar ese sitio que nos mantiene seguros y confortables es difícil. No sabes cómo vas a sentirte en una tierra extraña. Por eso cuando llegué a la orilla de tus ojos deseaba que tus brazos me ofrecieran el refugio que buscaba; pero tú no me veías, y si lo hacías era para estimular tu deseo con algo que no podías tener.

Yo estaba lejos de mi mundo y solo deseaba establecerme entre los pliegues de tu cuerpo. Estaba confusa, entre un entorno conocido y algo diferente que me volvía loca. Llegar a un puerto que no es el tuyo a veces tiene sus desventajas: aceptar que te utilicen; que te miren sin verte; que te besen con deseo, pero sin amor.

Me hiciste sentir el hastío de ser una inmigrante en tu vida, así que decidí marcharme. Aquella noche me quedé a dos segundos de sucumbir al calor de tus manos, al sabor de tu lengua. Me hubiera gustado enlazar con mis piernas lo desconocido y estar estrechamente ligada a ti; pero me quedé al borde de tu boca. Asustada. Temblando. Y volví a mi origen.

11. AMOR DE MADRE (Ángel Saiz Mora)

Querida hija

 

Espero que llegue bien este mensaje, allá donde estéis. Me alegro de que sigas tan ilusionada, lo que demuestra que siempre hay que hacer caso al corazón, aunque el tuyo eligiera a quien menos esperábamos. El que te enamorases de un emigrante un tanto peculiar nunca fue problema para mí. Cómo no acogerle después de haber padecido tanta inestabilidad en su lugar de origen. Merecía comenzar de nuevo en un mundo distinto.

Yo respetaba sus hábitos, pero tu padre, menos tolerante, no podía soportar que cuando comíais en casa los domingos lanzase su lengua bífida para atrapar los alimentos. Al sentir esa hostilidad, algo se activó automáticamente en los ojos de tu marido para volatilizarle, un acto reflejo de defensa propio de su raza, sin mala intención. Lo entendí perfectamente, como también que os mudarais a su planeta, después de que llegase a la conclusión de que el futuro del nuestro es aún más incierto que el del suyo.

Yo me encuentro bien, a veces un poco sola, pero la alegría vuelve cuando recuerdo que eres feliz y él te protege.

 

Un beso para ti y un tirón de las antenitas a mi nieto

 

Tu madre

10. JUAN

 

…Y cuando llegue y lo encuentre, vengo a por ti.

 

– María no llores, lo tengo todo pensado. Madre nos enseñó  hacer muchas cosas y trabajo no me va a faltar. Sé sumar, sé leer y escribir.

– Si Juan, pero ese sitio está muy lejos, ¿ qué haremos nosotras mientras tanto? A madre la pena de una ausencia en su regazo y el llanto nocturno y solitario amedrentaran sus fuerzas aparentes, sus ojos antes vívidos y risueños  se irán apagando.

– Dame la maleta con la que llevar todo lo que necesito, recoge lo que hay en el cajón de la cómoda

– Qué cosas tienes Juan, ¡en el  cajón solo hay unos calzones remendados y una camiseta del ajuar de madre!

– Pero María, mira bien en el fondo ¿ Cómo crees que solo voy a llevar eso? El fondo de ese cajón está repleto de lo que nuestros padres necesitaron en su nueva andadura juntos, está lleno de ilusiones y esperanza, y de eso mismo es lo que quiero que tu lo llenes.

– María, no va a ser mucho tiempo el que me ocupe en llegar, y cuando llegue y lo encuentre, vengo a por ti

 

08. AZUFRE E INCIENSO (Salvador Esteve)

El miedo carcomiendo las entrañas, el remordimiento afligiendo la mente, un torrente de magma ahogando el espíritu, esquirlas incandescentes perforando el aliento, un clamor de lamentos torturando los sentidos; el infierno es un infierno.

Una legión sin nada que perder, almas que no se resignaban a la mísera y putrefacta eternidad, decidieron saltar el inframundo.  Navegaron en el barco de la desesperación por lagos de fuego hasta llegar a las puertas del cielo.  Ángeles, gentes de bondad, bienaventurados y pulcros de espíritu percibieron que el mal se aproximaba al paraíso.  Veían su felicidad amenazada por la turba y, temerosos, levantaron un muro infranqueable: el muro del bien.

 

Dios, desde la nada y el todo observaba, algo había fallado.  Se preguntó en qué momento del camino su obra se resquebrajó.

La decisión ya había sido tomada, lo que tardó siete días en crear, en uno solo lo destruiría.  Los continentes, los planetas, las estrellas, todo el universo se unificó en un amasijo latente de vida.  Paraíso e infierno desaparecieron.  Durante millones de años el Supremo recapacitó, y en su ecuanimidad dio otra oportunidad a la vida.

 

El Big Bang empezó de nuevo a bostezar.  Esta vez, Dios, seguro lo haría mejor.

07. ANTONIO (Paloma Casado)

Cuando llegaba de permiso, anunciado por el rugido de su coche, los vecinos se acercaban para darle una palmada en el hombro y envidiarle el Volkswagen que traía de Alemania. Desconocían que a pesar de que su compañero se lo había dejado barato, había tenido que ahorrar muchos meses distrayendo unas monedas del dinero que enviaba a su mujer, las divisas con las que todos comenzaban a prosperar. Tampoco sabían de las tardes de domingo distraídas a base de cerveza y dominó, ni de los frecuentes catarros causados por la humedad de los barracones -que nadie aliviaba con leche y coñac o friegas en la espalda-, ni de las miradas despectivas cuando no entendía alguna instrucción en esa lengua dura.

Por eso ahora ha gastado la mitad de su pensión en un móvil de última generación para su nieta porque, a pesar de que su carrera universitaria va a abrirle una puerta mayor que la suya, sentirá la misma soledad y el mismo abandono.

–Nena, cuando sientas morriña, nos mandas un “guasaps” de esos.

06. VERGÜENZA (María José Viz)

−¿Tengo monos en la cara o qué?

Esos chavales rubios, de ojos azules y piel de alabastro, se burlaban de ella. No los entendía, pero se daba perfecta cuenta.

Sus padres la habían llevado a esta ciudad, de nombre impronunciable. Por supuesto, no estaba de acuerdo, pero el mundo está controlado por los adultos y solo queda obedecer, pensaba.

No le gustaba nada del país, ni la gente, ni su lengua, ni siquiera el paisaje. Nunca como hasta ahora había echado tanto de menos el verde olor de su tierra y a sus queridas amigas. Odiaba su nueva vida.

Cuando conoció a Hans, su visión comenzó a cambiar. Él no era como los demás, se parecía a ella, con idéntico aspecto latino. Pero algo hizo que se desencantara. Hans era hijo de emigrantes asturianos, y se cambió el nombre porque se avergonzaba de sus orígenes. En cuanto Carmen supo esto, juró que no lo volvería a ver.

Ahora se la ve rodeada de chicos con piel de alabastro, ojos azules y pelo rubio. Intercambian sus culturas, sus anécdotas y, de vez en cuando, algún que otro beso furtivo.

05. El invierno (Jesús Garabato)

“Ya es de noche. Y sigue haciendo mucho frío. Sí que tarda, hoy, mamá. Menos mal que dejó algo de pan y mortadela para merendar. Me aburro y la tele sigue estropeada. Estoy harto de leer cuentos y de dibujar. Si tuviera, al menos, un ordenador o una consola podría jugar un rato. Ella siempre dice que, cuando las cosas vayan bien, ya veremos. Tampoco puedo entrenar con el balón a estas horas, porque los vecinos se quejan y, luego, mamá se enfada. Estoy muy cansado. Voy a esperarla en su cama leyendo un libro. Se pondrá muy contenta y me dirá, otra vez, que yo soy su hombrecito. Ojalá que traiga algo rico para cenar. Aún tengo hambre.”

−Ya estoy aquí, cariño. Vengo cansadísima. Otra vez, no me han pagado. Tanto trabajar, para nada. ¿Para esto hemos venido a la ciudad, dejándolo todo atrás? ¿Para sufrir todos los días, sin recompensa alguna? ¿Para que me esperes en vela, solo y hambriento, hasta que no aguantas más? Gracias a Dios, nos tenemos el uno al otro. Aunque nada cambie. Sigue dormido, mi niño. No te despiertes.

04. La transfusión (Eva García)

Mala suerte el accidente: la máquina hambrienta, su concentración nublada por la nostalgia y la emoción a tan pocas semanas de regresar a su patria. Demasiados años allí soportando teorías sobre el poder, la pureza, el orgullo de la sangre. Sobre la raza.

Aprieta los párpados en un intento de contener la insufrible cadencia de sus lágrimas al compás del gotero y se ve a sí mismo en una loca imagen de transformación: su ondulado pelo negro volviéndose lacio y rubio, sus ojos castaños aguándose en un azul frío, su piel tostada tornándose lechosa.

No ve en los tubos que cruzan su antebrazo la generosidad del que le ha regalado vida: sólo aquel líquido denso y granate violando sus venas.

Respira hondo. Debe reencontrarse, despojarse de la costra que ha sido su máscara para sobrevivir, renunciar al odio absurdo. Él no era así. Aguantará hasta volver, besar su tierra, ver a los suyos.

Mira el codo huérfano. Se rebela ante la idea de que el miembro cercenado quede atrás con aquellos que despreciaron tantas veces su saludo, su caricia, su palma tendida, sus dedos hábiles.

Suspira. El goteo continúa, lento, viscoso. Quizá sea la compensación que exige el universo.

3- Regresos (JAMS)

Le revolvía el pelo fosco y le pedía que se cuidara mucho. Y reprimía el llanto para no montar una escena. En los seis años que llevaba trabajando como cocinera en el Centro había visto regresar a sus casas a muchos deportados, y nunca sintió un abandono tan súbito. Pero Amid tenía los ojos negros de la desdicha, las manos grandes, y la deliciosa costumbre de llamarle «abuela Carmen».

Y nadie había alabado tanto sus postres de leche y sus rosquillas. Le había empaquetado una docena. Y entre ellas, un envoltorio pequeño con novecientos euros, el dinero necesario para un nuevo pasaje.

2- VIAJE HACIA EL INTERIOR (Eduardo Martín Zurita)

Su entusiasmo le volvía torpe cuando trataba de elegir entre lo necesario y solamente lo necesario. Se introdujo entre las sábanas, exhausto por los preparativos del viaje y cerró pronto los ojos. No obstante, despertó empapado en sudor. Noche de vueltas en la cama. Pero fue capaz de formularse la pregunta: ¿Otra tierra y no has descubierto dónde se encuentra tu país? Y de contestarla: Poco pintarás en ella. Mapa, pertenencia, nacionalidad radican fuera del tiempo y del espacio. Tu música y tu distrito más colorido habitan el cofre de tu interior. No emigres sin cerciorarte de tu paisaje íntimo. Donde quiera que te halles, lo crucial es lo que ocurre dentro de ti.

Deshizo la maleta. Colocó en su sitio ropas, fotos, cintas, la flauta travesera, un par de libros, el álbum de cromos de la infancia, el cepillo de dientes; rompió el billete de embarque y volvió a la cama. Consiguió relajarse y lo inundaron increíbles fantasías. Su ser era ahora mismo una sustanciosa armonía alada. Emigrado a su continente, olvidó las olas hojaldradas, el puesto de trabajo, la nueva ciudad; jamás un amor con vocación de indeleble y parlanchines ojos gatunos, e hizo trizas pasaporte y documentos.

137. RAICES

 

 

Acariciaba la tierra, acunaba las semillas y pasadas algunas lunas surgían, como estrellas, sus plantas.

Cuando soplaba el duro viento o las escarchas mordían las hojas, ella les cantaba canciones de brisas y de hogueras, y ellas resistían y daban su mejor verde, su flor más    fragante.

Un día desapareció.

Era otoño, y  entre hojarasca y rojos de viñas, la volvieron  a ver: El árbol-mujer más hermoso del bosque.

136. Paisaje

Se levantó como cualquier mañana para empezar su rutina. Lo primero que hacía, después de ponerse las zapatillas y antes de salir a ordeñar las vacas, era abrir la ventana para que su casa empezara a inundarse de la naciente luz del día. Pero aquella mañana al descorrer las cortinas no vio la huerta, ni los árboles frutales. Tampoco el corral, ni el pozo. Su paisaje cotidiano había sido tomado por altos edificios y un asfalto plagado de coches. Entonces, en sus manos arrugadas reconoció su presente. Resignada, se acomodó una vez más en la mecedora y dejó escapar la mirada, como un pajarillo libre, por el pequeño trozo de cielo que aún podía verse desde su triste jaula de soledad y cemento.

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