Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

INCERTIDUMBRE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA INCERTIDUMBRE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA INCERTIDUMBRE. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE SEPTIEMBRE

Relatos

119. Epitafio (Anna López Artiaga / Relatos de Arena)

Siempre temí que se descubriera mi falta de talento, la ausencia completa de imaginación. Que alguien señalara aquellas frases que le copié al gran Gabo para mi primer libro; o los personajes, hurtados a Lope, en la novela que me consagró como escritor. Lector voraz y aficionado a los puzles, supe encajar las descripciones precisas de Pla y el sentido del humor de Cervantes, en un argumento sacado de la telenovela de moda.

Cómo no iba a caer rendido a mis pies el mundo entero, si le daba de comer el mismo rancho que servían en televisión, vestido de etiqueta y regado con el mejor Rioja. Simpleza callejera y belleza hurtada a los clásicos olvidados.

Sí, soy un fraude, pero me ha ido tan bien que no voy a cambiar ahora. Llegada mi senectud, he comenzado a frecuentar los cementerios. Allí donde me lleva la promoción de mi última obra, visito el camposanto, paseo por sus jardines y busco las tumbas de los prohombres. Así me nutro de frases póstumas, me las pruebo, me engalano con ellas y me contemplo en el espejo. En cuanto encuentre una que me caiga bien…

Mi muerte va a ser un éxito.

118. COMUNICACIÓN ESCRITA

Aquella afamada pareja de escritores solamente vivía para sus letras. El hastío fue cubriendo poco a poco su relación con un velo de indiferencia. Solo se comunicaban mediante títulos de libros.

Cada atardecer coincidían en su sala de lectura. Mientras permanecían allí, únicamente el susurro de las páginas al pasar cortaba el muro de silencio que los separaba. Entonces alzaban sus ojos y por un instante cruzaban sus miradas.

En su última conversación eligieron  la misma autora, la escritora de novelas románticas Megan Maxwell. Él le envió “Te esperaré toda mi vida”, entonces ella decidió contestarle con la novela “Ni lo sueñes”.

Jamás volvieron a verlos juntos de nuevo.

117. TRAGEDIA

Al cabo de unos días, cuando el lector ya se ha olvidado del libro y lo devuelve al estante, ambos despiertan. Siempre al alba. En ese momento termina su farsa. Sacan su cuerpo apretujado, como pueden, de entre las páginas y después de recomponerse un poco, hurgan silenciosamente en los armarios, cuando todos los de la casa duermen. Los dos eligen ropa cómoda; vaqueros, cosas así; y  aunque a él le resultaban más cómodas sus mallas, ella está encantada.
Antes – hace mucho – lo intentaban caminando, pero ya han descubierto que a una pareja tan joven, cogida de la mano, la llevan sin problema haciendo auto stop. El viaje suele ser muy largo, y hasta ahora nunca lo han conseguido, porque alguien siempre, en sabe dios qué lugar del mundo, vuelve a abrir el libro y los aleja, una vez más, de su querida y añorada Verona.

116. Poema anónimo

Dio por terminado el largo poema compuesto, con determinación y entrega, durante años; inspirado por cada una de las mujeres que en secreto había amado y perdido. Quizá demasiadas. Pero por fin había concluido la que sin duda sería su obra cumbre. Se sentía plenamente satisfecho y sabía que volvería a aparecer en los diarios. Tras tatuar el último verso sobre el cadáver desnudo de María, se apresuró a borrar toda huella.

115. Decadencia (towanda)

Acudió al Café Literario con tiempo suficiente. Adoraba ese lugar colmado de nostalgia, de tardes de tertulias. Sentada frente a una taza de café, lió un cigarrillo. Sus torpes dedos desatinaban colocando la boquilla al abrigo del papel. Aguardando una temblorosa lengüetada y el chasquido de la piedra

Tras un ansioso humo, adivinó su figura.

—No volveré más. La amo y no puedes cambiarlo.

—Desagradecido, sin mí no habrías tenido ninguna oportunidad…Te di ojos, pelo y ese porte distinguido. Te ofrecí una vida y descarné mi alma creando tu personaje. Me perteneces.

—Dejé de hacerlo hace mucho tiempo, cuando perdiste tu rumbo entre las páginas de algún capítulo inconcluso que embarraste de alcohol.

—Maldito seas. Solo eres ficción; un personaje inventado…

El estallido de la taza contra el suelo hizo que una camarera le recriminara por molestar con sus voces a los clientes.

Desde la pared, una fotografía de aquella escritora que algún día fue pareció reprobar la escena cuando sus miradas se cruzaron. La mujer escondió sus ojos y avanzó cabizbaja, arrastrando los pasos entre las mesas, en dirección a la calle.

Poco después, se escuchó una detonación, como estaba  escrito en la página doscientos del último manuscrito inacabado.

114. Emily

Oculto entre la niebla, etéreo y espectral, se perfila el contorno rocoso de los páramos. Siempre su refugio. Perfecto escondite para la niña huraña y en exceso sensible que alguna vez fue. Consuelo ahora para el imposible anhelo de libertad de una joven que, a fuerza de soledad, conoce como nadie los tormentos y recovecos del alma humana. Atrapada en la poesí­a del paisaje, su corazón sangra lejos de allí­. Y allí­, entre nieves y ventiscas inclementes, esta mujer rebelde y solitaria, cautivada por los versos de Lord Byron y Walter Scott, rara al decir de sus vecinos y objeto de miradas compasivas por haber quebrado un dí­a la senda ancestral que marcaba su destino, sueña otros mundos, inventa amores transgresores e infernales, pasiones turbulentas, delirios que jamás conocerá. A lo lejos, mientras tanto, la tormenta se cierne amenazante sobre unas cumbres heladas, románticas, abruptas, fantasmales y eternamente borrascosas.

113. RINCONES SOMBRÍOS

Un apocado escritor que no duda en arrojar a la chimenea cualquier página donde se atisbe un personaje dispuesto a ejecutar proezas para él inalcanzables.

Un escritor libertino que se niega a pernoctar con mujeres, por temor a desvelar en sueños la trama de esa novela que lleva años fraguando, y que bien le pudieran plagiar.

Un viejo escritor amancebado con una joven deslumbrante que, sin embargo, necesita de otras relaciones paralelas para seguir ensanchando su universo literario con nuevos personajes, escenas conflictos.

Un escritor de bestsellers eróticos que, noche tras noche, se encierra en el despacho y aguarda hasta que las lámparas vibran levemente con los ronquidos de su frígida esposa. Invoca entonces a las protagonistas de sus relatos, y suplica que le susurren obscenidades al oído.

Un escritor ignorado por los críticos, que utiliza como confesor y psicólogo a M.C, alter ego de su incomprendida obra al que, igual que a él, le encanta citar a Freud entre trago y trago de ginebra.

Todos ellos en manos de otro escritor repudiado por su aspecto abominable, que se deleita narrando dulces derrotas para encubrir sus rincones sombríos.

 

112. Aquí de nuevo

Hoy vuelvo a la construcción. Hoy vuelvo a ensuciarme las manos tras años de ausencia. No me preguntéis el por qué de esta vuelta, porque tampoco sé el motivo de la ida.
Hoy me siento capaz de levantarme, de no quejarme y de comprometerme a terminar lo que empiezo, no sé a qué viene eso de tanto medio cuento.
¿De qué sirve una canción sin final? O ¿Dejar una historia sin contar? ¿No os ha pasado nunca empezar a contarle una historia a tu pareja o a un amigo y que en medio de toda la emoción te diga “Sí, pero sigue, cuéntame más…” Y tú le digas «No, es que no hay más»?
Me ha pasado. Escuchar una y otra vez ese “¿Por qué? Ahora me vas a dejar con toda la intriga».
Tienen razón, ¿Por qué crear un mundo lleno de vida para luego mandarla al destierro?
Hoy me comprometo, con estas primeras letras a no escribir para entregar mis letras a una pira de fuego. El fuego arrasa con todo, incluso con tu creatividad. Intentaré apagarlo párrafo tras párrafo, antes de que éste me apague a mí.

 

Érase una vez…

111. A la sombra del mañana

Seis mujeres cargan el féretro sobre sus hombros. El difunto camina tras ellas, con los ojos cerrados, como adivinando el sendero. Llueve. Algún que otro paraguas se abre en la procesión, pero la mayoría preferimos ocultar nuestras lágrimas en la lluvia. Las mujeres se detienen, bajan el féretro a la fosa, lo abren. Cada uno de nosotros recibe uno de los libros que lo colman. Treinta y siete títulos en cuarenta años, buenos números los del difunto. A mí me toca de manos de Alexandra, “A la sombra del mañana”, donde ella apareciera por primera vez. Sonrió. Alexandra es aún más bella de lo que había imaginado. Cuando los libros se acaban, el escritor ocupa su lugar en el féretro. Alguien le pide que hable. Él se pierde en el laberinto de una larga parrafada sobre la importancia de la mujer en sus novelas. La lluvia cesa, y las seis heroínas carraspean al unísono. Él cruza sus manos sobre el pecho y calla. Me concedo ser el último en arrojar un puñado de tierra sobre el féretro. Entonces una voz dice: “Hace frío”. Es Alexandra. Le ofrezco mi saco, y ella me invita a revivir juntos su primera vez.

110. Maldito bestseller

La pesadilla se repetía una y otra vez. Volvió a despertarse empapada en sudor, y no pudo evitar un llanto desconsolado. Se levantó de la cama y encendió un pitillo. Había dejado de fumar, pero los nervios superaban a su fuerza de voluntad. Con manos temblorosas llenó un vaso de agua y lo bebió de un sorbo. Después de hacer pis, volvió a acostarse deseando olvidar esa horrible historia. Un sueño reparador hacía presagiar que todo había terminado, pero… Un nuevo lector llegó a la página que la obligaba a despertar empapada en sudor.

109. El desengaño (Calamanda nevado)

 

Estas doscientas páginas, dijo nuevamente mi jefa de editorial,  escogidas. Sin tocar temas de sexo, pobreza extrema, gente alimentándose de contenedores, reclamaciones a banqueros,  al gobierno, a  la oposición, refugiados, o   cambios   en la ley electoral; hilvana una historia  sin rituales satánicos,  sectas, ni timos  de franquicias.  El carácter del   libro no  puede ser tan realista,  más bien de tono cautivador, ameno.

¿Se volvía a quedar conmigo? Me concentré en   alumbrar ideas  livianas  de    contenido vano,  disfracé  injusticias que no golpearan a lectores honestos  o ingenuos, y venía  con esas.  Mi razón montó ese último puzle con sudor frío y dijo basta.  Después de depositar mi última  motivación en el teclado  no pude entregarlo. Rompí mi contrato y mi camino por  aquellos pasillos sin oportunidades para buscar  consuelo en   mi vieja profesión: Contar situaciones  reales,  personajes cargados de vida, temas a los que no hay que resignarse, incluso existenciales,  y malvivir de arrebatos; feliz o infeliz.

Una mañana el viento le largó una extraña propuesta a mi mano trabada.  Era oro líquido, no dejaba de correr por   mi sangre; avanzaba indócil  como un tiro de pistola.

Y   me ofrecí a disparar trasfigurado por la esperanza. No sé si me entienden.

108. Esta noche te cuento

Aquella noche, Hans Christian no podía conciliar el sueño convencido de que algo extraño habría de pasar. Y en su inquieta duermevela, tras unas de las tantas vueltas que dio sobre su cama, se le apareció a sus pies el soldadito de plomo indignado. El personaje le reclamó algún tipo de compensación por tener en su cuento un final tan cruel; siempre acababa en el fuego. Hans, después de la sorpresa inicial (aunque ya estaba acostumbrado a tratar con musas y hadas), le quiso tranquilizar hablándole de metáforas, elipsis, moralejas y mensajes. Pero no tuvo éxito, en un momento aparecieron el Emperador desnudo, la Sirenita, el Patito feo y la Reina de las nieves, todos con quejas y reclamaciones, no entendiendo cómo podían ser personajes de cuentos de hadas y pasarlo tan mal. Hans Christian, ignorando si estaba en un mal sueño, intentó capear el chorreo como pudo, pero se derrumbó cuando apareció aterida de frío la pequeña Cerillera. Ahí ya no pudo más, y se puso a llorar como un niño abandonado, o con los juguetes rotos. Sus personajes intentaron consolarlo, pero un Hans abatido sólo se preguntaba por qué diablos no se había dedicado a la literatura erótica.

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