¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Manolita es una mujer fría, de tez y alma resecas. No así su huerto, húmedo y prodigioso vergel, envidia de todos los lugareños. Raro es el día que no acude alguno para traerle cosas que plantar, pues saben que si Manolita siembra una loncha de jamón, en dos semanas germina un jamón entero, con etiqueta y todo. Y que si le dan un par de céntimos, los entierra, los riega, y en setenta días prospera una mata metálica de la que recolectará al menos un euro con cuarenta. Algunos visionarios aprovechan y le ofrecen billetes como semilla, pero ella entonces monta en cólera, y execra confusas maldiciones. También es áspera con los que no le pagan su parte, e incluso cuando alguien simplemente intenta mostrar gratitud alguna por su habilidad, por su paciencia, o por la productividad de su tierra, la hortelana nunca devuelve sentimiento alguno. Ni siquiera sonríe. Las malas lenguas dicen que está trastornada desde que su marido desapareció sin dejar rastro. Y quizás acierten porque cada amanecer, cuando nadie la ve, ella se aísla con su regadera en un rincón especial de su huerto. Ese bancal señalado con dos cañas en forma de cruz.
En aquel autobús viajaban todas sus pertenencias y ellos, los únicos viajeros. Una pareja con las manos y las miradas encadenadas como retándose en un duelo de amor. Se habían casado unos meses atrás invirtiendo sus ahorros en una granja que pretendían sembrar de sueños. Al bajarse en la plaza del pueblo, les siguieron todas las miradas de los clientes del bar; pero, al poco tiempo, ya se habían ganado el respeto y el cariño de sus vecinos que les revelaron todo lo que debían saber para un trabajo duro y desconocido para ellos. Treinta y cinco años después, una mujer sentada en la cantina no podía apartar los ojos, quemados por el llanto, de sus propias manos. Llevaban impresas el paso del tiempo y las huellas de sus largas jornadas con la azada bajo el implacable sol. Cortes, surcos, durezas y unas prominencias en los nudillos que le recordaron los anillos de los troncos por los que se les podía calcular la edad. El ruido del autobús la hizo levantarse… se atusó el pelo viendo como bajaba una chica que regresaba al pueblo y que la envolvió luego en un abrazo.
Su hija volvía al entierro de su padre.
El abuelo nos dejó una tibia mañana de otoño; pero ella no quiso separarse de el, y nadie hubiese considerado justo alejarlo de la tierra que lo vio nacer. Por eso lo enterramos junto al viejo almendro; así ella podría tenerlo cerca, ya que por más que lo intentásemos, jamás accedería a abandonar su hacienda.
En los días sucesivos la vida giró alrededor del viejo almendro. Los animales se acostumbraron a vivir bajo su sobra, y la abuela encontró consuelo en el arrullo de sus ramas reverdecidas, en el frescor blanquecino de sus flores, y en el vapor de la almendra madurando al amanecer.
El día que el sueño eterno le sobrevino, la encontramos sobre un manto de flores blancas, junto al viejo almendro; ahora con más vida que nunca.
Al ver su cara, templada y en paz, brotaron de mis ojos las lágrimas que no habían surgido el otoño anterior. En cierto modo, sabia que cuando el abuelo nos dejó, ella, cada día, moría un poco por volver con el.
La vieja Leocadia espera cada tarde en el poyo de la puerta de su casa. Ve pasar el tiempo y a algunos de sus paisanos que saludan lacónicos. Otros tuercen la mirada cuando llegan a su altura. No debería haber vuelto, piensa, pero a qué otro sitio podría haberse ido. En sus ojos cansados, confunde la cal rancia de las fachadas de enfrente, con la memoria difusa de otro tiempo, cuando el frío y las afiladas lenguas de los vecinos traspasaban las paredes de adobe y se instalaban allí todo el invierno. Tuvo que salir de allí; no soportaba en sus zapatos el barro de los surcos ni el acre olor a excremento de las bestias ni, mucho menos, el sudor de vino áspero de Joaquín, su hombre, capataz en los campos y en la cama que, mientras ella se partía la espalda, cerraba tratos en tabernas y burdeles. El macho que la cubría a destiempo, sin besos ni caricias, y se quedaba dormido cuando ella no se podía aguantar las ganas. Tuvo que irse y aquel tratante fue su puerta de salida. Tropezó después en otras piedras. No se arrepiente, aunque hoy nadie perdone su regreso.
Cuando Teresa se encerraba en su habitación los días desoladores, sostenía entre sus manos una cajita de madera, y cabizbaja susurraba: Ojalá estuvieras aquí, abuela.
En el interior de la caja guardaba la única cosa que había heredado de ella: un puñado de tierra rojiza. Recordaba aquellos veranos que pasó en el pueblo con los abuelos. Y la yaya siempre trabajando, dentro de casa o fuera en el campo. Cerraba los ojos para imaginar sus caricias de manos ajadas que la consolaban siempre.
Ahora sin embargo, no encontraba consuelo en ninguna parte. La vida urbana no le gustaba. Tanto ajetreo de ir de un lado a otro, con las horas tan estructuradas que casi no tenía tiempo de sentarse a tomar un café. El desprecio con que muchas veces le hablaba su exmarido, la indiferencia de sus hijos adolescentes, la pena y la impotencia al ver la caída en picado de sus padres. Quizá debería hacer un hatillo con todo y tirarlo al contenedor. Todo menos la caja con su contenido terrenal y regresar a aquel lugar donde tan feliz fue en su niñez y adolescencia, para comenzar una nueva vida sembrando sueños e ilusiones.
Madre quedó pronto viuda. A mi padre lo arrasó un tractor sembrando el terror entre los bancales y quedó semienterrado de tal forma-mágica dirían los vecinos- que no pudo extraerse el cuerpo.
El párroco decidió echar tierra sobre él y clavar una cruz. Dejó mujer e hija y una deuda con el terrateniente que además era ministro de no sé qué.
De la noche a la mañana dedicó la finca a la caza. Madre quedó de guardesa y haciendo grandes peroles de migas para los de la capital, que venían a tirarle al corzo.
El ministro, siempre que aparecía, llevaba a Madre a su habitación, decían que para regañarle, pero le echaba el brazo sobre los hombros por el pasillo. Madre mostraba en su rostro la belleza pulida que dejan las horas a merced de los caprichos de la naturaleza.
La acusaron de furtiva, por matar dos conejos y volarle el sombrero con pluma a uno, un domingo de montería. Como castigo nos llevaron a su casa en la ciudad.
Madre va a traerme una hermanita, mantenemos la casa, cocinamos y limpiamos la escopeta del ministro que por accidente, ayer le estalló en la cara en su último disparo.
Cuando el camión se llevó por delante la bicicleta, y a mi marido con ella, mi vida se fue al carajo. Me hundí en un pozo donde dormité durante meses.
Un requiebro hizo que prestara atención a mi amiga Dulceida: “Vente a mirar tu destino astral”.
Qué tontería.
Fui.
Técnicos expertos me analizaron en profundidad.
El informe llegó a los días con una conclusión irrefutable:
“Saturno mostraba una absoluta alineación de mi aura con un lugar cuyas coordenadas eran 41º16´57N 3º12´52O”.
Allí debía comprar una casona y terrenos, donde reharía mi maltrecha existencia.
Busqué en el mapa: Villa Cadima, pueblo deshabitado del norte de Guadalajara.
Vendí nuestro apartamento en la playa y compré unas ruinas, que rehabilité.
Y aquí vivo. Absolutamente feliz. Mis tres hijos siguen en la capital, estudiando y trabajando, viniendo siempre que pueden.
Comparto la vida con un hombre maravilloso, pastor, que me hace reir y me enseña todo cuando necesito. He sido madre por cuarta vez. Los astros tenían razón.
Ayer me llegó la carta: se disculpaban por el error. El estudio astral que me enviaron no era el mío. Se habían equivocado de cliente.
En definitiva: Saturno no ha sido.
María se mira en el espejo después de acostar a los niños. Ve en él las marcas del sol y del tiempo, todavía no tan hondas como para restarle belleza, demasiado profundas para no sentirse cansada.
No debe faltar mucho para que vuelvan los hombres de la mar y será el suyo quien le haga su propio examen. Hasta este momento, cada reencuentro ha conducido a traer otra criatura al mundo, no sabe muy bien si por la escasa huella de las arrugas o por el deseo comprimido del final de la abstinencia.
Quizá llegue un día en que a él le pese más la árida conciencia que provoca la hondura de los surcos y ella sienta entonces una angustia diferente. La de ahora se resume en contar las noches en vela a causa de los llantos infantiles y en descontar los días que faltan para escuchar la inconfundible sirena de los barcos.
Empieza a amanecer y se despereza. Pronto comenzará las tareas en el campo aunque antes deberá dejar hecho el almuerzo y la casa recogida. Le parece escuchar como golpean las canales al estrellarse en el suelo y poniendo atención, confirma que llueve con intensidad, por lo tanto hoy al campo no se podrá salir. Se alegra porque viene bien un día distinto, aunque aprovechará para proveer la despensa y ver si consigue las mantas para las camas de los pequeños y los ovillos de lana, para por la noche mientras entra en calor a la vera de la chimenea, tejer los jerséis que llevarán para ir a la escuela.
Remoja en leche caliente el pan que sobró en la cena, se calza las botas de agua y prepara la mula. Acopla en el serón los pollos que le encargó el alcalde, los huevos que llevará al médico, los tarros de mermelada que cambiará por la lana, los melones de invierno que llevará a cambio de la primera manta, junto con la miel, los pimientos y las calabazas que recogió ayer, así como las conservas de hortalizas.
Coge el paraguas que fue del abuelo y emprende el camino hacia el pueblo.
Venía los meses de frío y regresaba al pueblo en los meses de calor. Ese era su día a día. Decía que el invierno se le hacía muy largo y el otoño demasiado triste para estar allí sin nadie. Prefería estar acompañada esos meses en que todo es más corto y marcado. Estar con sus hijas e hijos, con sus nietos y nietas, con el pasado de cuando vinieron a intentar salir adelante y que dejaron atrás en el momento en el que cada semilla creció y se hizo fruto.
Al morir, al desaparecer su sombra, sólo restaron los recuerdos que había dejado, las sonrisas que se asentaron en la memoria y la tristeza por aquello que no recuperaría por la razón que todo y todos se había transformado.
Al arrojar la rosa sobre su ataúd, en ese silencio expectante, revivieron la anécdota de la vecina que llamó a la puerta una semana santa y preguntó si podía guardarle la mona hasta que regresara.
– Ay, perdóname, yo puedo guardarle una mascota, regarle las plantas o una carta pero ¿qué voy hacer yo con una mona en casa de mi hija? ¡Mejor quédesela que yo no puedo hacerme responsable de ella!
Florencia
Llegué al pueblo al atardecer. Había escuchado noticias y leyendas de un mundo desaparecido. Antaño los caminos eran un ligero rastro, las horas eran cantadas lánguidamente por el badajo de una campana colgada en el vetusto campanario de la aldea, y las vacas hendían sus pezuñas limando los senderos de los pastos.
El pueblo es ahora la frontera de un desierto. Me dijeron que San Román “caía” a dos horas cuesta arriba; sus casas derrumbadas, su iglesia sin campana, su callejuela inundada. Yo quería llegar a san Román. Sentía la añoranza por los lugares perdidos, la desazón de los sueños rotos.
Más tarde vi a una mujer sentada en un bancal; mataba el tiempo viendo pasar a la media docena de visitantes. Me detuve ante ella, y con inusitada naturalidad me preguntó: de dónde eres, a donde vas, a qué has venido. Fui una ventana de su presente.
También yo la interrogué. Ella era la única mujer de la única casa de aquel otro mundo que quedaba allí. A su espalda, una portezuela armada con tres tablones viejos rezaba con pintura de colores: el huerto de Florencia. Le compré calabacines.
—Para mí que tornan de donde Samuel.
—Y deja a estas aquí, solas.
—A ver, mocosa, aparta un poco.
—¡Clavadita a la mayor!
—A saber si el padre es el mismo.
—Calla, calla, que asoma.
Y las figuras, sigilosas, se apartan de las niñas cuando su madre vuelve del corral al que se precipitó con nuevas nauseas. Alba recoge a la pequeña de los brazos de su hermana y Candela no tarda más de dos tropezones en preguntarle por su padre; seguro que también tiene pecas, fantasea. Alba siempre le responde con evasivas aunque hoy le retira suavemente los rizos dorados que se columpian alrededor de su frente y continúan de la mano, con el cierzo soplando sobre ellas.
Otras siluetas las ven transitar por las calles del pueblo, apostadas tras los visillos mientras sus hombres reúnen en la cantina los arrestos para escabullirse de madrugada. Alba lo sabe así que aprieta el paso y los dientes, con la noche y el invierno tan cerca. Presiente que esta vez será un niño, de pelo negro como el carbón que añorarán a partir de ahora.
Segundos después de que entren en casa, un perro asustado ahoga el chirrido del cerrojo.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









