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Francesca nació en una masía aislada en el campo. Sus padres, que rebasaban la cuarentena, la miraron desconsolados al ver que el único vástago con el que la vida les bendecía, después de muchos intentos fallidos, era una niña.
Francesca creció robusta y feliz entre abrazos de sol y besos de lluvia. Entregada a las tareas domésticas y las derivadas de la tierra para el autoabastecimiento de la familia, no pudo ir a la escuela. Pero su analfabetismo no le impidió engarzar los días con hebras de esperanza, consciente de que cada semilla sembrada atesoraba un trocito de futuro. Era una mujer campesina, “bruta” desde la mirada sesgada de la élite intelectual, pero dueña de una sabiduría intangible heredada de su madre, también analfabeta.
Tras morir sus padres, la masía y su vida se envolvieron en silencio y soledad.
Una mañana se acercó a la casa un hombre ya entrado en años y le ofreció un frasco cerrado que, según sus palabras, contenía las semillas de una planta de innumerables cualidades terapéuticas. Cuando él se marchó, Francesca volcó el misterioso recipiente sobre la palma de su mano y, perpleja, la vio llenarse de cientos de pequeñas letras.
Sabiamente, decidió cultivarlas.
Lekyliara es Samburu. Vive con su tribu en las sabanas del centro de Kenia. Está casada con Nabaru, que tiene 4 esposas. Su casa es de adobe, madera y excrementos; las otras mujeres le ayudaron a construirla en la manyatta. Lekyliara es divertida y a menudo se ríe con ganas por cualquier comentario. Y cuando se enfada, su genio también es de temer. Pero a veces, al cocinar o moler la harina, en su rostro se dibuja una mueca misteriosa, entre la sonrisa y la ensoñación… aunque Leonardo nunca estuvo allí para pintarla.
Éramos la pareja de baile perfecta. Ningún ritmo se nos resistía: nuestras vueltas de cuellos, subidas de falda o corte de mangas causaban furor y eso que siempre andabas muy ocupada con las faenas del campo y las tareas de casa; pero la noche, mientras los demás dormían, esa era nuestra.
Sentir tus manos y verte recostada sobre mí me ponía a cien por hora. Era delicioso ver tu cara llena de satisfacción cada vez que entrelazados terminábamos lo que con tanta pasión habíamos empezado. Tu ingenio y creatividad hicieron que lo nuestro nunca cayera en la rutina. No te quedaste viendo la vida pasar, eras pura actividad con entrega total y en todo dejaste parte de tu alma.
Ahora ya no soy joven y el invierno extiende su manto sobre mí y me envuelve en un abrazo de melancolía. De vez en cuando, alguien levanta esa tela nostálgica cuando con una bayeta repasa las letras de mi nombre: SINGER. Con ese gesto me trae la luz de lo mejor de nuestros días. Yo sé que esas manos están pensando en ti a través de mí, porque soy la memoria de tu vida.
Volviendo del camposanto, Inés sumergió su tristeza entre los recuerdos del desván.
-¡Qué preciosidad de fotos! La abuela está guapísima.
A pesar del color sepia y los años transcurridos, la imagen todavía transmitía la ilusión que irradiaban sus ojos. Se apreciaba el trabajo de un buen profesional y dejaba ver cierta complicidad con la modelo.
-Sí, Inés, deben ser las que hizo el americano. No las había visto nunca, aunque tu abuela me habló de ellas cuando murió papá. Un fotógrafo extranjero llegó al pueblo haciendo fotos de la vida rural, y me dijo que se la quiso llevar con él, como ayudante, a ver mundo. Pero justo esa Navidad sus hermanos partieron al frente. La noticia llegó como un mazazo y le hizo sentirse clavo que con el golpe quedaba fijada a la aldea, pues en la granja faltaban manos y sólo quedaban las suyas. El trabajo en el campo demandaba brazos fuertes, así que al poco se casó con tu abuelo, y luego nací yo, y…
-Y aquí se quedó.
-Siempre me animó a salir del pueblo…
-¡Ay! -dijo Inés llevándose la mano al vientre.
-¡A ver si Lucía quiere salir sietemesina como yo! -rio la futura abuela.
A Isabel la encontraron muerta en el huerto de su finca. Ese que creían abandonado.
Sus hijos llevaban tiempo sin ensuciarse las botas de ciudad en sus esporádicas visitas. Por eso, aquella tarde de sábado en que coincidieron en el pueblo, después de años sin hacerlo, no pensaron que Isabel pudiera estar allí.
La casa estaba desierta, pero la mujer no llevaba mucho tiempo ausente. El pan que se enfriaba en la ventana estaba tibio, y un pequeño rescoldo subsistía aún en la chimenea. Esperaron. Sin hablar, porque nada había que decirse. Todo se lo dirían a ella. Le harían ver que no podía seguir sola en el campo y que una residencia en la ciudad era lo mejor para todos.
Empezaba a atardecer cuando salieron a buscarla. La extraña claridad que irradiaba el huerto los atrajo de inmediato. Los oblicuos rayos de sol se deshacían en partículas sobre las simétricas hileras de tomates, pimientos, lechugas, calabazas. Los colores no parecían reales, como tampoco el cuerpo de Isabel, que yacía en el cuidado hueco excavado en el centro del huerto. No dormía, supieron al verla.
Lloraron silenciosos. Cuando sus lágrimas horadaron la tierra, el vergel creció desaforado hasta abrazarlos.
“Polvo que pertenece a la tierra, huesos encallecidos de labranza, útero infértil a la siembra…Savia en la rama de un olivo, en la punta de una cepa, castigo en la cosecha”.
Releía cada una de estas palabras por la noche, cuando la luna se asomaba y como un mantra las repetía hasta el alba. Agotada de su vida, se acostaba entre las arrugadas sábanas que se unían a sus facciones haciendo un conjunto de surcos carentes de esperanza.
El campo, en su triste color amarillento, dejaba de dar brotes, y la lluvia, escasa, nunca lloraba en el momento que el suelo necesitaba su aliento.
Preparó la maleta, treinta años de ropa y veinte de sueños; diez de soledad y ausencia.
Dobló, con más vacío que nunca, los jerséis de cuello alto que aún llevaban la etiqueta. Con pesadumbre cortó cada enlace de esos plásticos amarrados a la tela y los enterró junto al pozo seco, justo al lado de los crisantemos marchitos y debajo de aquella quebrada losa de mármol.
Sin mirar al pasado, caminó hacia las entrañas de una nueva tierra.
Nunca un tiempo pasado fue mejor, recordaba Doña Enriqueta a su nieto. Antes tardábamos una mañana en llegar a la ciudad. Aún recuerdo a tu abuelo, que Nuestro Señor lo tenga en su Gloria, levantarse a las dos de la madrugada, preparar las bestias, cargar la mercancía y partir juntos con el carro camino del mercado de la ciudad; y así día tras día, año tras año. Posteriormente llegó el tranvía, que aunque tu abuelo no podía meter a las bestias ni el carro en él, y eso que alguna vez lo intentó, a tu padre y a mí nos permitía, una vez al mes, ir a comprar al centro de la ciudad alguna necesidad que en el pueblo no había. Nunca se me olvidará la cara de tu padre cuando el tranvía frenaba a la llegada de cada estación: sonreía para dejar escapar las mariposas del estómago.
– Por favor hijo, ¿puedes abrirme la ventanilla?
– Abuela, el coche tiene aire acondicionado.
– Es que estoy muy orgullosa de que me lleves a la ciudad en este coche tan bonito y quiero que me vean los del pueblo.
Doña Bernarda espantó a los cuervos con un grácil y enérgico mandoble de cayado a pesar de sus noventa años. No permitiría que esos malditos demonios negros le arruinaran la cosecha otra vez. El espantapájaros que había confeccionado con la ropa de su difunto Silverio, incluida la boina tamaño paella que siempre llevaba, parecía no asustarlos. Era un monigote feo, aunque no tanto como su Silverio, y los pajarracos al verlo parecían graznar de risa. Por eso se había apostado bajo uno de los árboles, ataviada con ropa de camuflaje. En cuanto los vio acercarse ejecutó unas ágiles volteretas, aprendidas del curso de Internet: “Ninjitsu básico para agricultores veteranos”, y comenzó a repartir a diestro y siniestro. El cayado en sus manos era un torbellino mortífero y los córvidos caían como moscas. Cuando quedó uno nada más, malherido en el suelo, la anciana se dirigió a él:
–Venga, alégrame el día –murmuró amenazadora.
El desesperado animal escupió al suelo con rabia y después lanzó un ataque suicida contra su enemiga mientras graznaba a pleno pulmón: “¡Banzai!”
Doña Bernarda despertó al pie de una de las higueras que protegía. “Madre mía, que sueño más tonto” pensó.
Simón es optimista por naturaleza, siempre sonríe, todo es rosa; pero para mí, que lo veo todo negro, es insufrible, aunque increíblemente guapo.
Hace tres meses mi tía falleció y heredé su casa del pueblo. Cuando Simón y yo llegamos aluciné, aquello era una ruina, la casa apenas se sostenía. A él en cambio le pareció maravillosa, el viaje había merecido la pena solo por verla. Me entraron ganas de atizarle con un palo, pero las gentes de aquel lugar me miraban y decidí tranquilizarme.
Contra todo pronóstico empezamos a reconstruirla. Simón disfrutando, yo desesperándome. Días después una vecina se ofreció para ayudar. Era poca cosa, rondaría los cincuenta, flacucha; pero la muy ladina era un sol con patas. Sonreía graciosamente y los ojos de Simón se iluminaban. Empecé a sentir celos de aquella mujer rural, yo, una urbanita sofisticada. Mientras Simón descubrió que estar con una pesimista es agotador.
Me dejó, se fue a vivir con ella. Tuve que vender la casa y, francamente, no sé si aquel viaje me enseñó algo.
Esta mañana he puesto un anuncio en el periódico:»Se busca hombre para amistad o lo que surja. A poder ser pesimista, más que nada por compartir color».
Tenía mucha prisa, mi boda era a las cinco y faltaban flecos por resolver. Entre otras cosas lavar mi viejo seiscientos. Decidí ir al campo y darle un manguerazo.
Cuando iba para allá divisé una desgarbada figura familiar andando por el arcén de la carretera. Era María la Tomatera, se movía como una chavala con sus casi ochenta años a cuesta. Guardesa de una finca de recreo, propiedad de la típica familia señorial andaluza, tenía que recorrer diariamente a pie seis kilómetros hasta el pueblo para comprar provisiones.
Paré mi vehículo y me ofrecí a llevarla. Cuando le dije que me casaba esa tarde, sorprendida, me indicó que fuéramos a su casa. Entramos en su humilde vivienda, olía a jabón del lagarto, y entre sus cosas me compuso un bello ramito de flores campestres: «Esto se lo das a la novia de mi parte y le dices que ya le llevaré algo mejor otro día….» Acepté agradecido el obsequio y nos fuimos al pueblo.
Pasaron los días y me olvidé de María, al poco tiempo me llegó la triste noticia de su fallecimiento. Para mí su ramito fue el mejor regalo de bodas.
Antonio Rodríguez Daza
La tía Silvana olía como el bosque en primavera y cuando bajaba a la fuente con el botijo de barro y las albarcas tostadas, la seguían por el prado dos perros pastores y una nube de mariposas blancas. Siendo casi una niña, la acorraló en Rioturbio el infame ingeniero francés que dirigía la mina, pero la casaron con un mozo bueno y distraído que sufría prontos de amargura y que un día desapareció en la playa de Comillas.
Enlutada y firme, se hizo cargo de la tierra y de las vacas. Y, como no tuvo hijos, veló por los de sus hermanas. Y así se mantuvo cuerda. Con un abrazo, ajo y perejil nos curaba todos los males; y las noches de tormenta y aguacero, con leche caliente y cuentos, nos distraía el hambre y nos espantaba el miedo.
Ahora tiene la piel reseca como las paredes de su casa y, junto a un cesto de recuerdos y secretos enredados, sólo espera que la vida se detenga. En un viejo arcón aguarda impaciente su mortaja: una bata de alivio y un pañueluco de lana, regalo del maqui asturiano que, escondido entre sus sábanas, la enseñó a leer mientras la abrazaba.
Publicado en estanochetecuento.com el 13 de octubre de 2016
La señora Ambrosia se había levantado, como cada mañana, antes del amanecer.
Fuera, en las cuadras, le esperaban impacientes sus 100 vacas y terneros, para ser ordeñadas y alimentados.
Antes debía preparar el desayuno para coger fuerza, ya que entre ella y su esposo, Emeterio, tenían que tener lista la faena antes de las 7.
A esa hora, puntuales como un reloj, se acercaban los de la empresa láctea a recoger su preciada mercancía.
Después, ya con más tranquilidad, limpiaban la nave, sacaban a pastar el ganado en los prados y se ocupaban de los campos.
Sabían que su tarea era esclava, pues para ellos no existían vacaciones, fines de semanas, ni festivos, pero allí, en sus tierras, y con sus bellos animales, eran felices.
Y esa felicidad sabían que no la iban a alcanzar de otra manera.
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