Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

50. La última aldeana

Desde niño siempre vi cómo mi madre fingía llorar con desconsuelo cuando el autobús se alejaba cada mañana por la carretera en dirección al colegio situado a un buen trecho de la aldea. Nunca comprendí aquella puesta en escena que tanta vergüenza me daba y de la que se burlaban mis compañeros de clase llamándome paleto. Y del mismo modo que lloraba al irme, también daba incomprensibles signos de alegría cuando, por la tarde, llegaba de regreso en la misma camioneta y por el mismo camino, ante la burla de mis camaradas que, desde la ventanilla, me veían sonrojado.

Nunca supe el motivo de aquello siendo niño, pero de mayor, cuando dejé el pueblo para irme a la capital, y dejé la capital más tarde para irme a otra mayor y más lejana, descubrí que mi madre ensayaba para cuando me marchara de su lado y la dejara como la última habitante de mi pueblucho.

Hoy regreso a casa de mi madre tras tantos años de destierro. Sin embargo, aunque yo regrese, ella ya se ha ido, y yo no tuve tiempo de ensayar ni una palabra de despedida, ni un gesto de orfandad.

49. Mujer urbana (Pablo Núñez)

El día que la mujer del nuevo médico se instaló en nuestro pueblo, quiso conocernos a todas. Al principio propuso un almuerzo, pero como era época de vendimia y terminábamos la jornada al atardecer, decidió invitarnos a cenar. Vicky comenzó la velada hablando, con verdadero entusiasmo, de un tal Louis Vuitton. Ambrosia le comentó que lamentábamos no conocer a don Luis. En nuestras tertulias habíamos llegado hasta la influencia que Faulkner tuvo en los escritores del boom latinoamericano, por lo que los autores posteriores aún nos eran desconocidos. A Prudencia se le ocurrió que podría tratarse de algún personaje del Ulises de Joyce. Vicky no lo negó, aunque tampoco lo confirmó. Amalia pensó en Borges: repasó mentalmente su obra, mas no recordaba a nadie con ese nombre. Nuestra anfitriona bromeó al preguntar si Borges no era la marca de unas ciruelas, lo que provocó grandes carcajadas. Lástima que tras su chascarrillo no volviera a abrir la boca. Mientras, las demás discutíamos sobre la aportación que Proust había supuesto para las generaciones venideras. Al despedirnos, la notamos algo cambiada: no parpadeaba, aparentaba tener espasmos y emitía un extraño zumbido. Entendimos rápidamente que estaba haciendo un homenaje a La metamorfosis de Kafka.

48. Domingos (Arantza Portabales Santomé)

Pienso en como eran los domingos cuando vivíamos en la ciudad. Desayunábamos en silencio. Tú leías el periódico y yo hacía zapping en la tele de la cocina. Tú salías a correr y yo me quedaba leyendo en el salón. Comíamos en casa de tu madre. Tú veías el partido mientras yo ojeaba una revista. Casi siempre íbamos al cine. Luego, tomábamos algo en la de Luis. Nos acostábamos tarde, tras ver la tele un rato. Y no me amabas.
Pienso en como son los domingos ahora. Igual que los lunes Y que los jueves. Siempre hay algo que hacer. Madrugamos. En esta época toca prepararnos para la vendimia. Yo alimento a las gallinas. Tomo un café en casa de Susana. Hago mermelada de tomate. Los tomates vienen todos juntos. Tú vuelves a las dos, justo para comer. Me cuentas que las uvas están casi a punto. Y que mañana bajarás al pueblo a contratar jornaleros. Y dormiremos la siesta. Y llamaremos a tu madre. Nos sentaremos en el porche. Poco. Ya refresca. Daremos un paseo, con Laika, la perra que me regalaste aunque sabes que no me gustan a los perros. Tampoco aquí. Tampoco aquí, me amas.

(Relato fuera de concurso)

47. Estelas en el aire

Primero fueron la bomba H y ese cacharro metálico, el Sputnik. Después vinieron la perra Laika y Yuri Gagarin. Y hoy le han contado lo del Apolo XI del que todos hablaban. Y mientras se pregunta cómo rusos y americanos son capaces de tales maravillas, se seca el sudor de la frente, allí donde el pañuelo no le cubre la cabeza. A continuación, con movimiento rápido y seguro se coloca la hoz en la faja que, por encima del vestido, le cubre los riñones doloridos; y, con las manos ya libres, ata con pericia la gavilla. El calor aprieta, y por un momento desea que hubiese un cacharro metálico que le hiciese el trabajo. Ha sido un pensamiento fugaz, como la sombra que cubre el campo, como esa nave en descenso que chafa sus gavillas, como el ser que sale de su interior y le habla con sonidos guturales; fugaz como el experto movimiento de su hoz que siega la cabeza del visitante. El abundante y aromático flujo verdoso que mana de su tronco riega el campo, cuyo trigo se disputarán los molinos de la comarca por el suave sabor que proporciona al pan candeal.

46. La hechicera

Nada más nacer, sus padres, al ver cómo le brillaban los ojos, supieron que era única y la llamaron Mónica.

Nunca fue como las demás niñas del pueblo. Mientras las otras saltaban a la comba, ella leía a Lovecraft y, cuando todas dejaron de crecer, siguió estirándose para alcanzar la luna. A los chicos les daba miedo y nunca tuvo un novio con el que perderse de noche en el saso. A cambio, aprendió el lenguaje secreto de los cuervos, sus hermanos y confidentes.

Cuando todos acataron la orden de abandonar sus casas, ella se quedó. No temía ni a los hombres de verde ni al eco del viento que aullaba en la plaza desierta la palabra pantano.

Los que se fueron dieron cuerda al reloj y se olvidaron de ella, de cómo graznan los cuervos al atardecer y de cómo les contestan, descaradas, las ranas.

Mónica paró el tiempo, allí, al arrullo de la hiedra que trepa por las piedras y que le hace compañía mientras canturrea la salmodia que le enseñaron los cuervos para mantener el hechizo que obliga a la Vía Láctea a seguir brillando sobre las tejas.

45. Sinfonía nº1 para flauta dulce, Pirenaica

La madre se deja acariciar el rostro por un sol que disfraza de fuego la nieve que les rodea. Su lugar, detrás del padre y del chico mayor, huele a perro y madera húmeda. Le acompañan los mellizos, que, uno a cada lado, siguen sin comprender y se aburren con lo que sus progenitores denominan un viaje fantástico. Rememora la primera vez que bajaron al pueblo.

María administra dos grupos de Facebook, es bloguera premiada, traductora de textos del alemán, fotógrafa de renombre, alfarera vocacional, presidenta de la asociación comarcal de mujeres rurales, hortelana por necesidad y toca por igual el viento o la cuerda.

Se recoloca el saco de arpillera en el que va sentada. En invierno sólo pueden recorrer esos diez kilómetros en tracción animal. Jeremías les dejó hace meses a causa de una indigestión de brevas. Después de la pantomima que rompe la monotonía, cubren el carro con la lona que también tapa el 4×4, cierran el cobertizo y se dirigen a la cocina. Como obertura hay boniatos asados y revuelto de setas. De postre tomarán melocotones de lata. El plato principal es una suculenta carne de caballo estofada con cierto sabor a higos.

44. El tiempo en Aldeahermosa

Don Mauricio era el encargado de darle vueltas al mundo con una manivela de precioso mango nacarado y, cuando murió, el tiempo se detuvo. Había ido posponiendo el nombramiento de su sucesor y la muerte lo sorprendió absorto en la duda. A pesar de que había tomado bajo su protección a varios aprendices, ninguno cumplió con sus expectativas. Que si uno volteaba demasiado rápido, otro no lo hacía con la cadencia necesaria, aquel giraba de forma distraída y el cuarto se dormía  en el trabajo. Con Don Mauricio de cuerpo presente, el mundo se quedó quieto. Se pararon los relojes y la vida permaneció suspendida. Aplazado todo, los vecinos acudieron al velorio para discutir sin prisa quién pasaría a desempeñar el oficio. Tras mucho porfiar, se le concedió el cargo a la Carmen. Era una mujer ya madura, todavía hermosa, que había otorgado sus favores, con discreción y sin el menor atisbo de egoísmo, por toda la comarca. Y aunque no cumplía con todos los requisitos, a nadie le cabía duda de que, al amor, siempre había sabido darle su justa medida.

43. UN ESPEJO ROTO.

Había paz en su alma. Sentada en un banco en el alto del cerro de la ermita contemplaba su pueblo. Era como el dibujo de un niño: Una iglesia monumental con campanario, un río que lo besa con un puente eterno que lo cruza, una calle mayor que lo atraviesa, tres plazas, un ayuntamiento y cuatro caserones señoriales.

-Respira hondo María  -se decía -.Y recordaba las primaveras espectaculares, los tórridos veranos, los fríos otoños y los tempestuosos inviernos. Cerrando los ojos plantaba cara al sol del atardecer que señoreaba el espacio, rojo como un carbón encendido.

Una brisa templada la descompuso con un escalofrío y disolvió su cuerpo en polvo vivo que dibujaba volutas entre los pinos y las amapolas. Quiso dirigir su destino entre el cantueso pero no pudo. Su voluntad estaba atada y sintió que se revelaba.

Entonces despertó. Estaba recostada de lado sobre un colchón maloliente con los restos de un vómito que le produjo una arcada. Se sentía como una marioneta rota. Le dolía la cabeza. Fue consciente de encontrarse entre cartones bajo un cielo de cemento gris. Gateando hizo un esfuerzo por huir, pero sólo hasta encontrar un poco más de mierda que meterse.

42. Reencuentro inesperado (Blanca Oteiza)

Desde el mirador de los pinos puede verse el humo que se mezcla con las nubes que decoran el cielo. Se ha detenido a contemplar lo que en unas horas será su nuevo hogar. Atrás quedó la ciudad, los tacones y los trajes de ejecutiva. Lleva meses dando escusas a su amiga que hace años rompió con su vida entre asfalto y rascacielos y comenzó una nueva entre frutales y huertas. El aire golpea su rostro y sigue camino en el coche.

En la pequeña aldea se afanan por apagar las llaman que devoran el paisaje cercano a las viviendas. No quiere ver reducidos a cenizas los esfuerzos de sus últimos años, desde que abandonara las prisas del tráfico y en las aceras por llegar a los sitios antes que nadie. La naturaleza no entiende de carreras, el tiempo pasa a merced de las estaciones. En el campo encontró la paz que añoró en su etapa de juventud rodeada de ruido. El viento azuza con fuerza avivando el fuego, se prevé una noche larga.

Un coche se aproxima por la carretera esquivando los camiones de bomberos, no es el recibimiento que había imaginado pero juntas reconstruirán de nuevo un hogar.

41. La guerrita de «Ilda».

Daba igual que Casilda tuviera ochenta y pico años largos. Daba igual que le doliera hasta las pestañas de tanto trabajar. Le importaba un pimiento lo que dijeran y tener más arrugas que una camisa de lino, le daba igual todo. Nada la achantó nunca, ni lo añejo, ni lo verderón; había iniciado su particular guerrilla. Compró una pequeña avioneta, con más años que Matusalén, la puso a punto y la cargó con todas las bombas que pudo y despegó.

Sola llevaba cosechas, ganado y años, también ideas que defendía a ultranza, cayera quien cayera, ésto sería pan comido para ella. La loca de las abejas le decían porque «Ilda» era su más acérrima defensora, creía en la conexión de nuestros destinos. Leyó que científicos para salvarlas proponían aventar, por terrenos baldíos y agrestes, semillas de flores silvestres que con lluvia, sol y suerte germinarían. Para qué más….,« ¡a las barricadas!», farfulló emocionada.

Contaban que antes de estrellarse había estado lanzando algo aquí y allá, nadie sabía qué. «Estaba loca», decían, «bolas de colores o algo así», murmuraban. Ahora todos los años los prados donde cayó y alrededores se llenan de flores, y por supuesto de abejas…., de vida.

40. DESVENDADA

En una semana nacieron once machos seguidos en el pueblo. Después de tanta guerra, se celebró con una gran fiesta municipal. Aunque el recién nacido fuera de parentesco muy lejano, todo el mundo se sentía orgulloso de haber aportado un varón a la causa. Fue un acontecimiento que marcó para siempre la historia, el calendario y la memoria de la población. Y otorgó, a partir de entonces y como era de esperar, cierto estatus a las familias de los niños.
Yo, a los veinte años, me arranqué la infancia, el nombre y todo lo demás, y salí de allí. Cinco décadas después he vuelto, ya sin vendas para nadie, y he paseado mi calle y visitado mi casa, sin rencores. Y he vuelto a sentarme a mirar la charca, aquella en la que jamás pude bañarme junto a los otros diez.

39. Tirar al monte

En los pueblos pequeñitos, al final de la guerra, a los secretos y a las vergüenzas se les ponía cal viva, o se tapaban con tela. Pero por mucho trapo que se echara mi tía Carmelita, ya no había forma de ocultar la redondez de su vientre ni la hinchazón de sus piernas. Y menos ella, que siempre fue de pocas carnes.
Las malas lenguas no sabían de letras ni de números, mas las reglas de tres siempre las hicieron de carrerilla , y si su novio el «Lolo» cayó tiempo atrás en batalla; solo había que tensar los arcos, poner las flechas y disparar desde todos lados. Mi pobre tía no se libraba de los murmullos y las miradas ni en la iglesia.
Mi abuelo Juan, que era de natural débil de carácter, pero de fondo noble, no podía salir a jugar su partida de mus. Se quedaba las tardes en casa, llorando a veces, mirando a Carmelita, la niña de su alma, caminar hacia su alcoba al atardecer, torpe, gorda y deshonrada; mi tía se escondía en su habitación, apretando un rosario, observando las montañas, esperando que no nevara esta vez, para que los fantasmas no tuvieran frío.

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