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Cuatro años preparando la cita. Habían soñado juntos con estar en unos juegos olímpicos. Era la final de los cien braza, y justo antes de virar, por calle cinco, se encontraba Pedro en cabeza. El trabajo del último año parecía haber dado sus frutos, récord nacional y mejor marca europea eran las credenciales. José había pasado toda la noche sin dormir, recordando una y otra vez el día que la federación le hizo la oferta de trabajar como psicólogo con varios nadadores promesa. Aunque solo uno había llegado a Río y con ello la oportunidad de estar en el cuerpo técnico. A falta de veinticinco metros Pedro seguía liderando la prueba. En la grada las lágrimas de José comenzaban a emanar amargamente, sus deseos disonantes detonaban ideales y valores. Los nadadores de la calle dos, cuatro y siete se acercaron a Pedro y con ello albergaban una luz de salvación que se desvaneció , entre cortinas de agua envenenada, en la última brazada. Una confidencia, hacía doce horas, revestida de testosterona, anabolizantes, esteroides y vitamina B 12, camuflada por Furosemide, les había hipotecado la vida y con ello la medalla de oro que acababan de conseguir.
Escondido de su padre, al que temía, traía locas a las sirvientas de su madre. Cuando esta podía escapar de la vigilancia de su esposo y visitar al niño, las jóvenes cuidadoras se quejaban de su comportamiento y de sus correrías por la isla: que si se les iban los días buscándolo entre las nieblas de la montaña, desde donde las llamaba entre risas; que si arramblaba la casa embistiendo como un toro, volando como un águila o aleteando como un cisne; que si una tarde de tormenta había bajado del monte chorreando, recortado al sol poniente como una lluvia de oro; que si la propia Amaltea, la nodriza, había tenido que darle una buena zurra por perseguir a la bella Glauca como un sátiro… Su madre escuchaba las quejas con una sonrisa de complacencia, convencida de que había de llegar el día en que su hijo Zeus dejase estos juegos para derrocar a Crono e inaugurar una nueva era.
Desde hace varios meses me fascina que mi amiga Julia me cuente anécdotas de la Grecia Clásica, como la de aquel gran atleta Milón de Crotona, que lanzó una jabalina que nadie vio caer y que, supuestamente, permanecía todavía suspendida en el aire. Yo aún me río de ella, del frenesí para relatar sus historias.
De las primeras chanzas pasé a interrogarme si podría contemplar la jabalina, sopesaba la idea de que se clavara en alguien o en mí mismo. Entre nubes, intuí verla en uno de mis paseos dominicales. Comencé a soñar con ella, a presentirla clavada en mi abdomen, y a mal dormir obsesionado por aquella pesadilla definitiva. Vigilaba el cielo por la calle, me protegía en portales y cornisas, cruzaba los pasos de cebra como basilisco, descartaba los días tumbado en la playa. Ya no salía al balcón, ya ignoraba las noches estrelladas.
Asustado por cualquier brisa repentina, vivo en la tesitura de no descubrirme, de no dejarme sorprender por la intemperie, atrapado por una ficción y por ese amor imposible, afilado y enajenado, con el que Julia me ensueña.
La mayor parte de las veces cuando se despertaba le venía a la boca una frase: «Quiero morirme». Luego trataba de borrarla pues no quería que se mantuviese en su cerebro ni unos minutos.
Temía dejarse arrastrar hacia la actitud más fácil, la de dejarse ir, empujada por la inercia como en una maratón. No quería que, inmersa en esa fatalidad, por ese pensamiento nefasto, se dejara caer en la tristeza más absoluta.
Aunque no eran demasiados los instantes positivos, pues carecía de la ilusión que le hiciera levantarse cada día, como en la prueba reina de los Juegos Olímpicos, se había planteado encontrar el tesón necesario para hallar una ilusión que le devolviera el gusto por la vida.
Y como cada vez era más difícil, se impuso vivir por obligación, levantarse como los atletas caídos a pocos pasos de la meta. Así pretendía demostrarle a la vida y a sus hijos: inmaduros, frágiles, perdidos y necesitados de una figura que les guiara en el discurrir de la vida, que podía lograrlo.
Mientras, se aferraba al carné de conducir o a los escasos relatos, que con desgana escribía, sabiendo que con su ilusión además se había evaporado su imaginación.
La señorita que porta la bandeja de las medallas no es modelo ni falta que le hace. Es finlandesa y rubia, eso sí, y pesa el doble que cualquiera de los atletas que suben al cajón. Luce mallas ajustadas y camiseta rosa fucsia. Está claro que no es el centro de atención del apenas centenar de personas que se dispersan en la única grada del campo de entrenamiento del instituto. El tipo que entrega las medallas va trajeado, pero no es precisamente un dandi, más bien parece el chófer de la rubia, que para no perder el tiempo sentado en el coche ha decidido ayudarla con la ceremonia.
El pódium, compuesto por tres tablas apoyadas sobre patas metálicas, cruje conforme van subiendo los corredores. Hasta nueve lo hacen. Cada equipo lleva su bandera nacional en la mano. El presupuesto no daba para mástiles y oropeles. Detrás un panel con seis empresas patrocinadoras. Hay fiestas de pueblo que tienen más anunciantes.
Todo lo anterior importa poco al conocer la trastienda de los participantes: transplantados en un campeonato europeo de atletismo de media distancia. Los de Río se llevan la fama, y éstos el reconocimiento más sincero.
El ucraniano Yevgeni Yarmolenko se dispone a realizar su último lanzamiento. De él depende llevarse el tan ansiado oro o únicamente una amarga plata. Su máximo rival y favorito al oro, el turco Emre Gelk, al que odia con todas sus fuerzas, le observa con suficiencia y desdén. Yarmolenko termina su carrerilla, arroja la jabalina con un grito de tremendo esfuerzo y la contempla atravesar el aire como un torpedo celeste.
Cuando la moderna lanza se encuentra en su máximo apogeo, el tiempo parece detenerse para Yarmolenko, el cual experimenta con asombro una visión. El ucraniano “ve” dentro de su cabeza dos posibles alternativas a su lanzamiento y de alguna manera sabe que tiene que elegir. En la primera, la jabalina cae al suelo en medio del murmullo de sorpresa del público, que asiste entusiasmado a una nueva plusmarca mundial. En la segunda ocurre algo que parece imposible. La barra de fibra, como si de un boomerang se tratara, efectúa contra toda lógica un giro de ciento ochenta grados en el aire y vuela hacia atrás para clavarse de forma letal en el cuerpo de un sorprendido Gelk.
Yarmolenko sonríe de manera extraña. ¿Qué habrá elegido?
Tres cuartos de vuelta y otras tres completas. El pistoletazo me pilló desprevenido pero mi reacción fue explosiva. Al final de la primera vuelta, ya juntos en el carril interior de la pista, iba el primero. Me imaginaba en mi pueblo, en el alto plano de la sierra de Urbasa, ganando a la carrera, saltando sobre helechos, a los caballos que por allí pastan libres o corriendo más que mi perro pastor rodeando rebaños. En la segunda vuelta continuaba líder. Me seguía un senegalés. Aún no sentía el cansancio. Respiraba sin dificultad. Cuando el maestro del pueblo me vio correr avisó a Pamplona y me metieron en un Centro de Alto Rendimiento. En la tercera vuelta empecé a sentir un escozor en la ingle. Malditos slips de competición. El entrenador insistió, <<evitan la fricción del aire>>, decía. Un testículo se había tomado la libertad de salirse de la braguilla y cada vez que avanzaba mi pierna izquierda, rozaba la piel de mi muslo. Bajé el ritmo. Medalla sí, pero de plata. Ganó el africano solo por una cabeza y yo perdí por un huevo. Con razón decía mi abuela que al que nunca llevó bragas las costuras le hacen llagas.
Los Primeros Juegos Olímpicos del Imperio Milenario se celebraron con todos los fastos propios de la capital del nuevo régimen y a ellos habían sido invitadas todas las naciones protegidas por las alas del Águila Imperial.
La prueba que más público convocó fue el Maratón. Se inscribieron quince mil corredores, ciclistas y patinadores. Los ganadores recibirían las medallas de oro, plata y bronce pero, sobre todo, tendrían el orgullo de subir el pódium, acrecarse al Gran Constructor y rendirle honores.
En las aceras se agolpaba el público y en los edificios aledaños, los francotiradores, ciudadanos de pureza acreditada cuidadosamente seleccionados. También ellos tendrían su premio por su habilidad: Un punto por cada corredor alcanzado y dos por cada ciclista o patinador, pero perderían medio punto cada vez que, por error, alcanzaran alguien del público.
La carrera fue un éxito y, una vez terminada, hubo una fiesta, en la que entre aplausos, el Gran Constructor repartió medallas y honores y el jurado contabilizó los puntos obtenidos por cada francotirador, mientras los servicios de limpieza recogieron las calles, que recordaban el escenario de una guerra.
De una guerra absurda e ilógica.
Como cualquier las guerra.
El enfermo se agitaba en su cama girando el cuello en zigzags inverosímiles, oprimiendo frenéticamente un botón imaginario con su pulgar. En su mente, un nuevo reglamento regía las carreras de fondo. Las pistas de tartán ya no eran necesarias y un sinfín de corredores se agolpaban en el espacio central cubierto de hierba. Todos llevaban un diminuto podómetro que registraba con exactitud la distancia recorrida. Él era el árbitro responsable de activarlos para que se iniciara la carrera, un caos de trayectorias imprevisibles en el que el ganador era el primero en cubrir la distancia marcada, tal como señalaba el ordenador central. Algo no funcionó y los atletas seguían corriendo sin parar, chocando de manera vertiginosa una y otra vez. Tenía que detenerlos pero el sistema manual no funcionaba y un click inaudible dio al traste con sus neuronas.
La visión de la enfermera con la bandeja metálica de los sedantes lo calmó por un momento: por fin había llegado la azafata con las medallas.
Hoy, con las sienes plateadas, siente con nostalgia aquellos tiempos en los que se pasaba las horas dando vueltas y vueltas alrededor de la pista. Su objetivo era seguir los pasos del gran Owens y para ello no dudó en sacrificar el amor y la compañía de amigos compartiendo copas o una buena comida.
Hoy, con los ojos velados, siente un gran vacío y cuando el sin sentido de su existencia se le echa encima corre a refugiarse en su santuario. Él también consiguió cuatro medallas olímpicas, como “el bala”. Las suyas son de plata.
Sonríe al contemplarlas al tiempo que recuerda con nitidez todas las imágenes que rodearon su entrega, pero al no poder reproducir la emoción que sintió con cada una de ellas, especialmente con la primera, lágrimas incontrolables resbalan por sus mejillas.
Hoy, con la soledad como compañía, cambiaría los años que le quedan por sentir de nuevo el placer de un solo aplauso.
Correr era mi vida.
Desde enana atravesaba al trote los pasillos y llegaba a clase con los brazos en alto, naturalmente, en lugar de una medalla me caía una bronca, pero bueno…
Esta vocación marcó mi existencia: mis amigos fueron futuros olímpicos, mis profesores antiguos olímpicos y hasta mis familiares se convirtieron en esperanzados olímpicos.
Tiene madera de campeona, decían, y yo corría, corría y seguía corriendo, superando pruebas, tiempos, rivales.
Un mal día, ya a las puertas de los Juegos, sufrí un mareo, me recuperé, pero repitió una y otra vez, hasta que tuve que admitir que tenía que dejar de competir.
Una vida no debe estar sustentada en un solo palo, pero como la mía si lo estaba, se me vino el mundo encima y me hundí.
Pero tenían razón, yo tenía madera de campeona.
Cambié de todo, en primer lugar de objetivos y me convertí en una reina para mis amigos, una princesa para mis compañeros y una medallista nata para mi marido y mis hijos.
Conseguí lo que cualquiera de mis amigos, “los olímpicos” incluidos, soñaba: “Ser feliz”
Aquí debería añadir una moraleja, pero eso se lo dejo a ustedes.
Frente a él ocho calles en zona de carreras esperan sus primeras zancadas. Comienza a calentar y a derramar su sudor sobre la pista de poliuretano de alta competición. Para un momento. Observa la excesiva inclinación lateral de la calle interna. Marcajes, bordillos, plataforma, pintura y remaches parecen correctos y estabilizadas sus características porosas y mecánicas: compatibles con normas de medio ambiente. Aquel lugar sufre condiciones climáticas inimaginables.
Toma posición. Corre de forma prodigiosa cuando una fina capa de resina mal colocada tambalea sus expertos tobillos. Más adelante pisa otra deformada, después una tercera de espesor considerablemente menor al permitido. Se detiene. Chasquea los dedos mirando al pavimento. Una vocecita de plata, cantarina como un cascabel, le replica: -No cumple las directrices-. Su Ok a las instalaciones le reporta beneficios y es solo un ex atleta de elite probando pistas. Acallará esa voz. Ser minucioso supone penurias.
Deja de trotar, afloja los cordones de sus zapatillas, esquiva las miradas de unos deportistas, se acerca al cuerpo técnico y al fabricante de la empresa líder que lo contrató, no han perdido detalle de sus zancadas, alaba el perímetro y estado de la superficie, firma y murmura sonriente: -Buen suelo para correr-.
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