Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

25. Como el avestruz (Gabriel Pérez)

Tengo que llegar a la final de los 100 metros como sea. No acepto un nuevo fracaso después de los duros entrenamientos a los que me he sometido durante el último año.

He practicado todas las distancias -las largas se me dan regular-. He mejorado en las cortas como nunca pensé que lo haría… Y él seguro que la correrá… Será uno de los ocho elegidos: su marca es la mejor de la temporada con una ventaja de medio segundo respecto a la siguiente. Normal que sea el favorito de la prensa internacional, de los aficionados de cualquier país del mundo… y de mi mujer. Tanto que lleva viéndose con él desde hace quince meses (lo sé; los demás, no; ellos creen que yo tampoco).

No conseguir jugármela contra él sería una derrota algo más que dolorosa -¡cruel, insoportable, inhumana…!-; un mazazo para mis aspiraciones de superación, para mis deseos de revancha. No pienso volver a hacer como el avestruz. Por eso debo ser yo -¡sí…! ¡YO!- quien dé el pistoletazo de salida.

24. JESSE

Jesse se hallaba en los vestuarios a punto de salir a competir en aquella olimpiada boicoteada por algunos, maldita para muchos. Él era tan sólo un hombre negro abriéndose paso en la vida.  Por mucho que detestara la discriminación racial, había preferido el fatalismo a la lucha por cambiar su condición. Y así había sido siempre, hasta ese momento.

El presidente del comité olímpico americano le acababa decir: “Hijo, América te contempla”. América, ¿qué América? Jesse miró la bandera bordada en su camiseta y pensó en los jóvenes negros linchados por silbar a una blanca y, también, en las cafeterías en las que no le servían, en la obligación de sentarse en la parte trasera de los autobuses y en mil injusticias más. Cien metros, si ganaba no sólo ganaba él, todos los negros de su país triunfaban.

Banderas con esvásticas ondeando y un bosque de brazos haciendo el saludo fascista le recibieron.

Jesse Owens, nieto de esclavos, corrió durante aquellos diez segundos de gloria como jamás nadie lo hizo, sintió que su cuerpo no pesaba, que le habían brotado alas.  Adolf Hitler, airado, abandonó el palco. Un hombre negro había desmentido la superioridad de la raza blanca.

23. Amor incapaz (La Marca Amarilla)

Cuando sonó el pistoletazo de salida, ya tuvo problemas: nació con una discapacidad en un mundo de altivos capaces.
Sin embargo, prosiguió con mucha fuerza su vital carrera de obstáculos.
Sus padres consiguieron, pasándose continuamente el testigo, correr a su lado en todo momento.
Pero, poco a poco, abandonaron la lucha y quedaron rezagados, agotados, separados.
Ella consiguió sobreponerse y corrió con más ímpetu si cabe, apoyándose en el deporte y consiguiendo participar en unos juegos paralímpicos; aquel fue su primer paso por meta.
Superó con disciplina todas las dificultades con las que se iba encontrando: duros entrenamientos, lesiones, estudios universitarios, jefes recelosos, barreras arquitectónicas, prejuicios…
Era una atleta infatigable. Capaz de todo.
Por eso nadie entendió lo del suicidio.
Sonó un segundo pistoletazo en su vida, fatal.
Absurdo.
Final.
¿Por él?

22. 100 metros (Salvador Esteve)

Mientras la hemorragia vaciaba su vida y la entregaba a la muerte sus entrañas se rebelaban; Luz nació.  No hubo llanto.  Sus ojos se abrieron, pero nada vieron. Sus oídos, yermos.

“Madre, si hablarte nunca podré, ni tu voz escucharé, si tu rostro jamás veré, ¡maldigo mis sentidos! ¿Para qué los quiero?”.

 

Su padre y familiares enterraron la responsabilidad amputando sus conciencias. Abandonada, encarcelada en su cuerpo y con su cordura a la deriva sombras de soledad navegan por su mente.

Pero incluso en tierra árida brotan ángeles, y con su ayuda, poco a poco, Luz aprendió a ver a través de sus manos, de su olfato, de su intuición; a reconocer olores, formas, texturas, el calor, el frío, el dolor.  Y el día que se le acercó Ulises y le lamió la mano el mundo se le hizo más fácil; sintió la fuerza, la confianza, la amistad.

 

Una mañana, mientras miles de gargantas jaleaban los 10,75 segundos de Shelly Ann Fraser en los Juegos Olímpicos, Luz se aferró al trocito de valentía que guardaba como un tesoro, y con Ulises a su izquierda y el bastón, sus guías, batía por primera vez su propio record; cien metros hasta el parque.

20. LAURELES DE DERROTA (M. Belén Mateos)

Cada cuatro años reinaba la calma entre el cielo y la tierra. Los dioses se adornaban con dorsales azulados y para los mortales un tono arena. A doscientos pasos entre ambos mundos se creaba una pista multifuncional para las competiciones: carreras de cuadrigas a base de fusta y riendas para ambas manos; salto de longitud, medida en la huella de un pie desnudo; lanzamiento de disco impulsado por el bíceps del pensamiento y jabalina con destino hacia el espacio de nadie.

Destreza y fuerza ante un coso entregado a la sangre del que no pudo ser derrotado en el campo de batalla. Complejas treguas camufladas entre eliminaciones olímpicas; severos jueces castigando el incumplimiento de las normas con el destierro y perennidad; en contraposición a la gloria y eternidad del que triunfa.

Apenas el eco del bramido del primer disparo oteaba el horizonte, cuando un haz de luz incandescente a la par que sombría, barrió todo ser del planeta y del Olimpo. Unas pocas coronas de laurel reposan en la alfombra a modo de tumba mientras, procedente del inframundo, una risa crepitante se declaraba vencedora indiscutible más allá de los tiempos.

19. Ολυμπιακοί Αγώνες, 776 π.X.

          Llegó apresurado y lo soltó sobre una sucia repisa. No había tiempo que perder, llegarían pronto. Se aseó en el pilón, atizó el horno preparado al alba e introdujo en él un viejo cuenco de barro con agua. Sobre maderos roídos había panecillos, y sobre ellos finas y desgastadas gasas blancas. Ya  fermentados esperaban ser greñados suave y hábilmente, como solía hacer.

        A veces miraba de reojo aquel estante polvoriento, un rayo de luz se empeñaba en reposar allí. Parecía que brillara al contacto con aquella furtiva y débil lucecita, oro parece, pensaba sonriendo. Hacia los mejores panecillos de éste y del otro lado del Egeo, «capricho de dioses» los llamaban burlonamente en la región.

          Fue Heracles quien lo convenció para que dejara Élide, su ciudad natal, y se instalara en Olimpia por “citius, altius, fortius”; lo puso al servicio del mismísimo Zeus. Honor éste al que respondía no solo con sus condiciones atléticas sino con la excelencia en lo personal. Y es que Corebo pasaría a la historia sin saberlo. Él era como aquel insulso brote de olivo ganado, que en efecto no era de oro, solo ilusión óptica, pero que sí los valores y la gloria que atesoraba.

18. CONTRA RELOJ (Margarita del Brezo)

El sonido del cucú marca el pistoletazo de salida. Desde su posición privilegiada, el reloj de la torre controla la carrera y los espectadores aplauden entusiasmados con sus manecillas.

En la segunda vuelta, el carrillón es amonestado por golpear con su péndulo oscilante al joven reloj de pared que trata de rebasarlo. Minutos después, suena la alarma: el reloj de arena tiene que abandonar por fuertes dolores intestinales; el exceso de sudor le ha provocado una grave oclusión y es trasladado de urgencia al taller.

Los corredores entran en la recta final muy igualados. El analógico parece tener cuerda para rato mientras que el digital hace números para controlar el esfuerzo. El de sol comienza a retrasarse cuando una nube traviesa se cuela en el cielo. Al fondo se puede ver ya al cronómetro esperando y en las gradas estalla un auténtico clamor de tic tac, timbres y campanadas con el esprint final. Gana por la mínima un desaliñado reloj de bolsillo.

Y pensar que su dueño lo había desechado porque adelanta…

15. FOTO FINISH (EDUARDO MARTÍN ZURITA)

Sonó el pistoletazo. En el silencio de la pista, los cuádriceps sonaban a manojo de bridas. Movidos por una potencia estratosférica, escuchábamos el chasquido de los deltoides; cómo pudieran llegar a volverse papilla en el intento de ganarle fracciones a los segundos. Tiraban hacia adelante los abdominales. Aseguraría que los talones recibían impulsos más propios de canguros. El norteamericano, seguramente acostumbrado a huir de otros negrazos en su infancia, cogió ventaja. Con más pecas que el arroz con leche y canela, le seguía el australiano. Y a este el inglés de color, genio y figura de vigoréxico. Luego aquel africano nada enjuto tampoco. Cerrando la desigual alineación resoplaba un japonés. Corrían sin pensárselo ni mirarse de reojo, olvidándose de los pinchazos, rezándole a Cronos, y el tartán parecía ir a levantarse lo mismo que una carretera llena de sudor y como de profundas huellas de patines sobre hielo. La situación, durante los primeros sesenta metros, anunciaba una carrera de pronóstico muy decantado. Un oxígeno de otro mundo debió inundar sin embargo, mágico, aquel quinteto de pulmones… Los competidores, como uno solo, traspasaron la línea de llegada. Era como si el planeta Tierra, sin esfuerzo, alcanzase a abrazarse a sí mismo.

 

14. JUSTICIA (Isidro Moreno)

JUSTICIA

No pudo evitar que las lágrimas inundaran sus ojos mientras desde lo alto del pódium, con la medalla de oro en su pecho, escuchaba el himno de su país.

Mantenía su mano en el corazón y su mente desgranaba recuerdos de un niño descalzo, corriendo cada día una decena de kilómetros hasta la escuela y otros tantos de vuelta hasta su humilde poblado en Kenia, donde sus  nueve hermanos y sus amigos, le apodaban Neftenga.

En Europa Neftenga es traducido por “Crack” y como tal, le acogieron y ayudaron en su carrera de atleta,  aunque él se negara a perder la  nacionalidad keniana.

Lágrimas de orgullo por la proeza deportiva, de nostalgia por su lejana África,  de arrepentimiento por conducta errónea y  lágrimas de pena, pues a pesar de su exitosa carrera, no podría asistir a los próximos Juegos Olímpicos.

Un hurto de apenas doscientos euros para comer y su condición de inmigrante en el viejo continente, ahora, tres años después, le enviaban a prisión para cumplir condena que le impediría alcanzar su sueño de competir en Olimpiada,

Dicen que una ONG intenta obtener los apoyos necesarios para restituir el sentido común y conmutarle la pena. Dicen.

 

IsidroMoreno

13. LA PALESTRA (EPÍFISIS)

Áyax y Odiseo, giran mirándose a los ojos, los brazos por delante, agachados y dispuestos a saltar como un resorte para asir al contrario. Sus cuerpos brillan al sol por el sudor y el aceite que sus esclavos han extendido por sus cuerpos desnudos, musculados.
Luchan en la Palestra, con las gradas y las columnas en semicírculo, repleta de compañeros, mentores y sirvientes, que los jalean sin desmayo.
Traban sus cuerpos, resbalan, los jadeos y el frufrú del roce acallan los gritos, Odiseo hace voltear a su contrincante, colocándose a su espalda, como uña y carne, manteniendo el agarre más de la cuenta y va notando como su miembro se endurece notando el culo de su adversario.
Áyax se deja caer y le proyecta sobre su cabeza y queda en posición puente, intenta pasar al otro lado para desequilibrarle pero un obelisco se lo impide, desiste.
Se pone encima y con sus piernas lo abraza, sexo con sexo, separa con los pies los talones de Odiseo y el puente se derrumba, los omóplatos chocan en el suelo y Áyax le mantiene pegado a la palestra, cuenta, le mira a los ojos, deja de contar y le besa en los labios.

12. En ruta (Susana Revuelta)

Pese a sus frecuentes viajes a Rabat, Antonio no conseguía acostumbrarse a aquellos calores. Mientras le cargaban el pescado en el camión, aprovechó para tomarse una limonada en la cantina.

Yusuf tenía mucha sed. Había tardado siete horas en llegar al puerto, pero su sueño de convertirse en una estrella del fútbol seguía inquebrantable.

Antonio se acercó a un tenderete a comprar unos dátiles rellenos para su Conchi. ¡Qué ganas tenía de verla!

Yusuf acariciaba el balón que llevaba en su macuto. En cuanto llegase a España, donde vivía su primo Ahmed, demostraría lo buen futbolista que era.

Mientras Antonio firmaba unos albaranes, Yusuf se coló en el remolque del primer vehículo que vio, el de Antonio, y se acurrucó detrás de unas cajas de forespan.

Tras desembarcar del ferry, Antonio cruzó la frontera, muy contento de que no le parasen en el control. Eso le ahorraría al menos media hora de viaje. En cuanto llegara a casa lo primero sería una ducha fría. Y después, su Conchi…

El funcionario de aduanas también estuvo de suerte. Se evitó abrir el remolque y encontrar junto a las cajas de merluza el cuerpo congelado de un chiquillo envuelto en una camiseta blaugrana.

10. JOVEN PROMESA (ÁNGEL SAIZ MORA)

Siete kilos largos de acero en el aire. Una bola sólida que al aterrizar hacía que lo imposible se cumpliese. “Más rápido, más alto, más fuerte”, siempre. Cada nueva marca sobrepasaba los límites humanos. El problema era que solía ir acompañada de un hecho indeseado que anulaba el intento.

Los comentaristas deportivos coincidían en alabar su potencial, ese conjunto de músculos a cargo de una mente disciplinada, la inmejorable colocación del cuerpo durante los movimientos. Es cierto que todos señalaban también que debía superar cierto efecto nocivo, inseparable de la trayectoria final, pero el haber comenzado su carrera deportiva a una edad temprana permitía pensar que, corregidos los inconvenientes, tendría grandes posibilidades de acercarse a la perfección.

Lo intentó durante años con la técnica circular sin que nada cambiase; después probó el lanzamiento rectilíneo, pero sus ángulos inesperados siempre causaban la misma y nefasta consecuencia, que obligaba a catalogar sus proezas como antirreglamentarias. Nadie dejó de creer en él, sin embargo, la federación y el comité internacional de prevención de riesgos en el deporte coincidieron: la carrera del mejor lanzador de peso que el mundo conoció debía concluir. Ya era inaceptable la cantidad de jueces y espectadores descalabrados.

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