Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

139 – El mapa de Vindland

Odín nos ha abandonado, susurró entre dientes mientras observaba el velamen fláccido. Nueve días ya, sin un soplo de viento. Los hombres en cubierta miraban al infinito, cuál ciegos extraviados en su propia noche. El sonido del cuerno horadaba la niebla, en busca de un eco salvador. Y, bajo la superficie, las serpientes marinas despertaban, para acechar a los que un día pusieron en duda su existencia, y recordarles el fin que les aguarda, cuando el agua negra se espume, justo antes del gran vacío.

Eriksson no duerme, vigila el horizonte y su espalda. Los ánimos andan revueltos y la traición se alía con el miedo. Sus hombres, aquellos valientes que se batieron contra los sajones en encarnizadas batallas, tiemblan ahora como niños, y murmuran leyendas que escucharon a los viejos del clan. ¡Mañana cambiará nuestro destino, mañana avistaremos la tierra de bosques!, brama el hijo de El Rojo desde el puente, intentando aplacar la rebelión. Pero a estas alturas, sólo él sigue creyendo en las líneas dibujadas en ese pergamino. Los demás, afilan sus cuchillos y murmuran.

Casi quinientos años después, una reina observa incrédula el mapa de los vikingos.

138 – Precioso

Durante siglos, mis únicos compañeros fueron los fríos y escurridizos peces. No, no estaba dormido, sino simplemente aletargado.

Un día decidí que ya era hora de que alguien me encontrara. Fue un ser pequeño y bondadoso el que me sacó del lecho del río. Me mostró a un amigo con el que estaba pescando. No pude remediarlo: quise demostrar mi poder. Llevé la maldad a la otra criatura, la tenté con mi belleza. Sin mostrar compasión, estranguló a su amigo.

Luego, comenzó a exclamar:

–¡Mi tesoro! ¡Mi precioso tesoro!

¡Qué ser más ridículo! ¡Bah! Estaba seguro de que sería un buen servidor. Sabía que me acabaría devolviendo a mi forjador, a Annatar, a Sauron.

137. Turismo Activo (Montesinadas)

Los muertos que vagamos por los fondos marinos somos personas normales que intentan llevar un retiro tranquilo. Con un ojo abierto a la vida y el otro, tapado por un parche, a la muerte, nos esforzamos en  vencer al sueño y evitar que las mareas nos arrastren donde somos vulnerables a las fauces de los monstruos abisales, o blanco de la  venganza de las tortugas que, en otro tiempo, desmembrábamos y comíamos a la sal en  la cubierta de algún balandro jamaicano.

Firmes, con la pata de palo- el que la conserva- bien clavada en la arena marina, y parapetados tras un  cascarón hundido que aún sepulta tesoros, esperamos pacientes, cada día, su llegada.

Hoy adivinamos una gala divertida. Una ceremonia de boda donde pasan al novio por la quilla, a la novia la suben en volandas al palo mayor y finalmente, tras jurarse amor eterno con una mano en la botella de ron y la otra en la Biblia, son empujados hasta el borde de la tabla por el sable de un nativo hasta arrojarlos al mar envueltos en sus neoprenos.

Agazapados, esperamos que en la caída los anillos, ocultos en una ostra, salgan disparados y aumenten nuestro botín.

136. La caracola

Nunca había podido  agarrar  con sus manos aquella caracola  gigante que la tentaba desde la estantería. Era rosada y blanca con  una abertura en el interior  hacia el infinito. Lúa deseaba apoderarse de ella  y dormir con la oreja metida  en aquel océano. Tuvieron que pasar varios meses y varios centímetros de pantorrilla para poder cumplir su reto. Hacía mucho calor aquella tarde, la familia sesteaba y Lúa se escapó sigilosamente en busca de su tesoro.  La miró, se puso de puntillas, colocó su cara contra la estantería y con el dedo empezó a empujar “el océano”. Le habían dicho que cuando fuera mayor lo conocería, antes no podría salir de la estantería. El corazón dio un vuelco, mientras  la piel se erizaba y  las mejillas se sonrojaban del esfuerzo. El océano era pesado, voluminoso, resbaladizo y sobre todo muy ruidoso. Lúa cayó al suelo. Un chorro de sangre caliente empezó a brotar con fuerza del brazo   entrando en la hendidura de la concha.  El océano se estaba enrojeciendo.

– Merecío la pena el esfuerzo.- pensó Lúa mientras colocaba debidamente su oreja y se dormía escuchando el mar.

135. Todas las rutas marítimas conducen a tu cabo de Gata

El nivel del mar comenzó a subir por el calentamiento global y las tormentas de verano. Cuando nos dimos cuenta ya había llegado a los pies de la cama. A ti te pilló desnuda, saliendo del baño, con las uñas pintadas de rojo, el pelo enrollado en una toalla y el cuerpo oliendo a maracuyá, pero aun así conseguiste encaramarte de un salto al colchón y soltar amarras con ese pirata informático, que te abordó en el trabajo para grabarte películas de amor y baladas románticas en cedés vírgenes. Ahora navegáis con viento a favor y rumbo fijo hacia una isla con palmeras, dispuestos a fundar vuestro propio paraíso fiscal, donde la felicidad apenas tribute y hacer el amor desgrave. Yo, en cambio, solo tuve tiempo de agarrarme a la mesilla que compramos en Ikea y hace meses que floto a la deriva en medio del océano, mientras busco, en las cartas de navegación que te escribí cuando hacía la mili en Almería, la ruta que me permita alejarme, por fin, de tu cabo de Gata.

 

134. MARIA Y EL MAR

Le dije adiós al pasar por delante de su casa. Levante bien la mano, pero ella esta absorta mirando al horizonte, como hipnotizada por ese mar bravío cuyas olas pasaban del azul al blanco formando espuma en su caída.

María ya no es como antes,  yo no sé bien que pensar… La miro doblada en su balcón, con los pies ligeramente hacia atrás y los brazos apoyados en la barandilla ¡qué hermosa! Pero que ausente.

Sé que la gente la miran y se ríen, dicen que por pena, yo pienso que por envidia. Cuando se ha llorado mucho, el mundo se ve con un brillo especial, es como si el aire se llevara todo lo negro y dejará un halo de brillo y misterio. Así es ella.

Cae la tarde, la luna refleja en el mar su gran círculo escarlata, la fresca brisa hace su primera aparición, yo retomo mi paseo e intento no pensar en el balanceo de las olas y el silbido de ese mar que transporta y separa de mí a María.

133. LA MAR DE LUNAS

LLevo dos días en esta isla en total aislamiento. Necesito interaccionar con alguien. Los peces son los elegidos, así que saco ticket para el submarino turístico. Al sumergirnos en las entrañas del océano no puedo olvidar el dolor que todavía hoy retuerce las mías. Tu ausencia marca mi vida y las lágrimas labran un surco por el que navega mi dolor. En las profundidades busco el aire que me falta arriba, y lo veo venir… un precioso pez de un azul intenso – tu color preferido- se engancha a mi mirada, pego como ventosas mis manos y mi cara al cristal, su boca se abre junto a la mía soltando infinidad de burbujas como queriendo insuflar a mis pulmones esa dosis extra del aire que me falta en un boca a boca imposible…
En la superficie, un atardecer -de los que detienen el tiempo por su belleza- me regala un instante mágico: el mar parece abrir sus brazos acuosos para recibir en su interior al sol, que aceptando ese abrazo, deja tras de sí un mosaico de colores que transmite paz.
Curiosamente y sobre el sol que se oculta, luce orgullosa una hermosa luna azul que lleva puesta tu sonrisa.

131. Promesas.

—Se equivocó —repetía una y otra vez mientras soltaba la amarra que unía el pequeño bote al puerto.

—Se equivocó y tendrá que resarcirme —volvió a decirse, ya mar adentro.

La tormenta arreciaba, sacudiendo el pequeño bote, a merced de la negrura del océano.

Ella se puso de pie, y apretando los puños, ateridos por la tormenta, gritó con toda la fuerza de su corazón.

—Devuélvemelo.

Su grito fue apenas un rumor en la profundidad de un mar embravecido.

—No tienes derecho a romper nuestra promesa —volvió a gritar ella, dejando caer una lágrima en medio de un océano que la había separado de lo que más quería.

La lágrima se iluminó en su descenso hacia el mar, y al tocar el agua formó un haz de luz que penetró en el océano iluminándolo en su descenso.

Tras dudar un instante, se dejó  caer tras la luz, descendiendo junto a ella al fondo abisal. Su piel fue tomando una textura aceitosa, y su respiración, sorprendentemente, ya no dependía únicamente de sus pulmones.

Un poco más abajo, casi en el fondo, le vio. Le esperaba con los brazos abiertos, y con esa sonrisa que hace tiempo prometió no abandonar nunca.

130. Nunca es tarde

Él tenía una mirada arrebatadora que la fascinó desde el primer momento. Ella tardó mucho tiempo en darse cuenta de que aquellos ojos no eran del color azul de la mar, sino del hielo. El mismo del que estaba hecho su corazón.

129. Mójate, el mundo es tuyo (Mel)

Te dirán que eres una más, idéntica al resto. No les creas, no hay dos iguales. Tú eres única.  Insistirán en que eres parte de la masa y tu destino dejarte llevar por la marea.  Te querrán convencer de que no eres nadie, pero que sepas que no estás sola, somos muchas tus compañeras.  Piensa que solo necesitas calor para elevarte y tocar el cielo. Te embestirán contra las rocas, y sin embargo, tú puedas romperlas.  Te hundirán, pero sabes flotar. Gritarán que eres invisible, muéstrales que con un rayo de luz tú inventas el arcoiris. Te ignorarán , te llamarán sosa, y yo te digo que puedes ser dulce y salada a la vez.

Todo el universo está en ti:  las nubes en la imaginación de un niño, un aguacero de selva adolescente, la furtiva lágrima del amor y una perla en la telaraña de la vida.  Elige y se agua, siempre agua, aunque a veces despiertes al geiser, y nunca jamás te conviertas en un bloque de hielo.

Y ahora déjate abrazar, llueve,  y cree en ti, que el mundo es agua, y el agua, vida. Bienvenida al océano.

128. La isla

En medio del océano hay una isla hecha de recuerdos, donde llegan las naves que quedan a merced de las corrientes y en la que el tiempo ha olvidado su edad. Según cuentan, en su interior hay un profundo lago de agua dulce donde perder la memoria.

Para llegar a ella dejamos nuestro bote a la deriva, confiando en los hados y en los vientos favorables. El viaje ha sido largo, pero afortunadamente ya divisamos sus costas. Somos conscientes de que a través de nuestros ojos observan muchos otros: los de todos aquellos que llegaron guiados por el deseo y el sueño de hallarla y se quedaron en ella para siempre; y también los de aquellos que al partir jamás la olvidaron, y a los que una mariposa de nostalgia aún se les posa en el corazón al escuchar su nombre. Hemos llegado a Ítaca.

 

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