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El batiscafo que había ocupado su parte de la pared emergió de la caja de cartón como un torpedo directo al corazón. Noqueada hasta el extremo de no oír las exclamaciones de su hermana cuando desplegó el póster gigante de Leif Garrett, tardó unos segundos infinitos en lanzarse a la búsqueda de la enciclopedia del mundo submarino, que aún conservaba el olor de sus sueños infantiles.
Todo estaba allí, en el trastero del piso familiar que acababan de poner a la venta tras la muerte de su padre y el ingreso de su madre en una residencia especializada en demencia senil: las carpetas de María, forradas con pegatinas de la revista SuperPop y que ella despreciaba desde la superioridad de su vocación inquebrantable, o el gorro rojo que usó hasta bien entrada la adolescencia.
Pero hacía tanto tiempo que había dejado de echarlo que ahora no sabía qué hacer con el espejo que le devolvía la imagen irreconocible de quien quiso ser. Era como si su madre, desde el abismo de su desmemoria, le devolviese con un golpe de mar lo que parecía olvidado para siempre.
Siempre se había asomado al mar a través de los ojos del abuelo. En aquella ciudad del interior solo aquel balcón era capaz de aplacar sus ansias marinas. Cada pestañeo un oleaje, cada lágrima una tormenta. Se zambullía en aquel iris entre peces de todos los colores, rodeado de hipocampos sobre los que podría cabalgar, seduciendo a sirenas con los ojos tan azules como los del viejo. Buscaba en el espejo la marea, el flujo añil que rodeara sus pupilas de una vez, los destellos cobalto que anunciasen futuras marejadas; pero no recibía más que la imagen abisal de su mirada, el negro oscuro y profundo que habitaba anidado en la blancura de sus córneas. Como anidaba, en sus entrañas todavía impúberes, el rencor a unos padres que no le habían sabido transmitir aquella herencia. Estrecho cómplice del abuelo en su agonía, no dudó, llegada la hora, en mentir sobre sus últimas voluntades, sobre el postrer deseo de que sus restos fueran arrojados al ponto más inmenso y salobre. No dudó tampoco en ser el Leviatán de aquel naufragio, el monstruo que dejara inundar de zarco sus pupilas y, entre las cenizas, mirar cómo se hundían las leyes de Mendel.
La comisión tritónica ha publicado sus esperadas deliberaciones. Después de arduas pesquisas, ha determinado que Ulises no se lanzó en brazos de las sirenas sencillamente porque estaba amarrado al mástil de su barco. Por otra parte, los marineros de Ítaca se habían tapado los oídos con cera, razón por la cual no escucharon los cantos de las sirenas. Para llegar a tal conclusión, han sido muy importantes las revelaciones contenidas en la Odisea, libro escrito por un tal Homero.
Después de tres mil años de silencio, las sirenas están pensando en reanudar sus cantos.
Marino, desde bien niño, alimentó el deseo de ser buzo. Todo empezó por un cuento en que encontraban un tesoro submarino. A falta de otra cosa, pues Marino era niño de interior, consiguió que sus padres le compraran unas gafas de buceo, y se pasaba los veranos explorando pozos en el río. En una de esas encontró una sortija de fantasía, que alguna bañista habría perdido, y entonces ya no hubo solución. Buceó sin descanso por playas fluviales, pantanos y piscinas, y se fue haciendo con una cierta colección de alhajas, desde anillos dorados, hasta turquesas que no eran sino vidrios de botella. Los padres, Adrían y Bromelia, no sabía ya qué hacer con las raras apetencias de su hijo, así que decidieron llevarlo a conocer el mar. Tomaron el autobús y se fueron a la ciudad costera más cercana. Una vez en la playa, tomaron un barquito a pedales y se internaron más allá de las primeras olas. Marino llevaba sus gafas y sus aletas de buceo cuando se lanzó al agua para no emerger más. Cuenta la leyenda que le nacieron branquias y que aún sigue recorriendo el lecho profundo de los mares.
El océano ha devorado medio planeta pero no se dejan de recibir, aún, decenas de señales de socorro. Ayer encontramos un tipo extraño: muy pálido, casi ciego; su semblante cadavérico está labrado de arrugas y parece bruñido en una eterna amalgama de expresiones de añoranza y odio. Solo repite que apostó su barco, perdió, y exiliado lejos del embate prefirió morir a seguir viviendo. Aún así, le invitaremos a sentarse junto al fuego a escuchar nuestra radio. Hemos encontrado un dial que sintonizamos cada noche después de elevar al cielo una plegaria; nos reconforta la cálida voz del locutor y esa particular inflexión con la que recita Lorca, Baudelaire o Rokha. Sabemos que allí no queda nadie, que son emisiones cíclicas y que se extinguirán cuando las antenas dejen de funcionar. Cansados de noticiarios preferimos amenizar el fin del mundo con poesía; al menos mientras duren las pilas. Mañana el grupo seguirá subiendo; yo me quedo. Coronarán la montaña, sí, pero el mar lo hará detrás de ellos. No hay escapatoria. Además tengo curiosidad por comprobar si es verdad, si el viejo decidió morirse, y si al sentir otra vez el agua bajo los pies, su corazón late de nuevo.
Cada tarde se les ve en lo alto del acantilado, en El Pico del Silencio.
La pequeña María mira al viento. Su imaginación cruza el horizonte, hasta la otra esquina del mar, por donde ve a su padre regresando en el viejo bote.
Manuel, que ya tiene once años, aprieta la manita de su hermana deseando contagiarse de ese sueño. También cree ver la silueta que ella apunta, allá lejos, viniendo del infinito, y comparte su entusiasmo.
Después la explica que era el agua que jugaba con las sombras.
-Papá volverá mañana o en cualquier momento, cuando el sol sea amarillo y no amenace la tormenta, como el día que se fue-.
Mientras tanto, acaricia el amuleto que cuelga de su cuello. Lo talló él mismo con aquel trozo de madera, tan familiar como querido, que el mar arrastró a sus pies dos días después de la marcha de su padre. Lo trajeron las mismas olas que se llevaron mezcladas sus lágrimas y su infancia.
Solo las gaviotas conocen su secreto.
Al irse, María deja fantasías y besos en el aire, mirando al mar. Manuel deja una oración sobre el silencio, mirando al cielo.
Ya lo repartirá el viento.
La tormenta se avecinaba, espesos y negros nubarrones empezaban a ocultarlo todo. Un silencio sepulcral parecía reinar sobre el Atlántico. Ya no se veía el faro que cada día guiaba sus pensamientos.
Su mirada estaba fija en el oscuro horizonte, apenas podía distinguir el mar; pero sí aquel pequeño velero que agitaba sus velas sin rumbo determinado. Seguía su trayectoria con atención, al tiempo que pensaba si aquel barco no sería una señal que le indicaba el rumbo de su nueva vida. El miedo a un futuro cercano, nada halagüeño, lo amortiguaba el cansancio, la desgana, la flaqueza que sentía… Los sucesos acontecidos en los últimos años habían dejado profundas brechas que no optaban por cicatrizar.
El silencio se rompió. Rítmicos y acompasados golpes de mar lanzaban sus aguas al aire y desde el seno de las rocas, sobre las que se había sentado, una voz le susurraba: ¡Adelante!
Él añoraba navegar y un sueño azul encontró en los ojos de ella. Le propuso surcar juntos océanos de futuro en un barco inventado que para ella nunca llegó a ser más que un modesto piso de cuarenta metros cuadrados sin ascensor. Quizás se creyó la promesa de un horizonte infinito, pero acabó atrapada en un gris paisaje de tejados y azoteas donde tendía sábanas que él tomaba por velas al viento. Sus realidades paralelas resultaron tan irreconciliables que ella decidió abandonar aquel viaje sin rumbo y él, sin más rosa de los vientos que la flor que ella se ponía en el pelo, se convirtió en un náufrago de las dos lágrimas que le dejó por despedida. Y hoy, solo en esa isla que es el mundo sin ella, hay un corazón solitario que late en medio de un océano que añora el azul que ella guardaba en los ojos.
Un instinto antiguo se apoderó de él, se puso su parche en el ojo y zarpó en la balandra, llevando consigo la brújula, el mapa y esa voz rota que le despertaba cada noche…
“Si un bucanero sueña con la sirena Esmeralda y adivina el misterio que oculta la isla Carmesí, localizará el tesoro escondido”.
Tardó 80 días y 80 noches en divisar en el horizonte la tierra de la isla soñada.
Higinio siguió las pistas hasta encontrar una caracola escondida en el tronco grueso de un árbol, destino final del mapa.
Como hechizado sopló con todas sus fuerzas mientras el viento se arremolinaba a sus pies y el mar se llenaba de burbujas.
Avanzando hacia él, ligera, dueña y señora de las aguas, una sirena iba transformando su cola en preciosas y humanas piernas.
Un pirata nunca deja de ser pirata.
Una sirena nunca deja de ser sirena.
Higinio en su barco.
Esmeralda en la Mar.
Cuenta la leyenda que la caracola escondida en el tronco era un auténtico tesoro para aquel que amara a la sirena porque, cuando se hace sonar muy fuerte, con la fuerza que da el amor verdadero, Esmeralda sirena se convierte en mujer.
FIN
Ella era la primera que se atrevía a navegar en solitario por aquel océano. Siempre había sido una aventurera. No le gustaba oir que había cosas que no podía hacer por ser quien era, así que muchas veces se saltaba las convenciones establecidas por su entorno y se marcaba metas que otros veían inalcanzables.
Decidida como estaba, partió. Todo parecía ir bien, su nave se mantenía estable y seguía el rumbo fijado. Ella permanecía alerta, atenta a cualquier cambio. Con cierta preocupación detectó unas oscilaciones en la superficie del agua. De golpe se desató una terrible tormenta que casi hizo volcar su embarcación. Se aferró con todas sus fuerzas a ella y aguantó como pudo.
Finalmente el niño dejó de chapotear en el gigantesco charco que cubría el gran patio trasero de la casa. Entonces, la intrépida hormiga sobre su hoja consiguió llegar sana y salva al otro extremo junto a la valla, dejando atónitas a sus compañeras de hormiguero al explicarlo a su vuelta días después cuando, una vez salió el sol, se secó el improvisado oceáno.
La brasa de la última calada enrojeció fugazmente la cubierta del Prestige II. El capitán lanzó la colilla a aquel océano sin luna y una fuerza sobrehumana lo arrojó después a él por la borda. Solo previó el fastidio de una mojadura.
Horas después le espabiló la quemazón de la sal en los ojos, el tacto del corcho muerto. No había rastro del barco, pero divisó tierra. Un bidón flotaba a la deriva y se aferró a él confiado. Pronto estaría contándolo ante una cerveza rubia en el bar del puerto. Y se le rendirían los ojos como puñales de la Lola.
Braceó hacia aquella extraña isla plana, extensa, adentrándose en una sopa cada vez más espesa e insondable. Había bolsas de plástico. Millones de ellas. Con sus vivos colores tiznados de chapapote. Preservativos anudados que le rozaban los labios. Y una marea inquieta de filtros de cigarrillo. Halló también restos del naufragio del submarino amarillo, la camiseta colchonera de Neptuno, la delicada calavera del Comandante Cousteau con gorrito de punto rojo. “Tereftalato de poliestireno”, fue el último destello de su cerebro humano. Luego se le abrieron las branquias y planeó sumergirse; aún pensaba que era un tipo con suerte.
Lo aplazas de nuevo. Para primavera –prometes- que el clima se suaviza. Guardo el catálogo entre tu libro de recetas y mi desilusión. Tu libro de recetas… Se te veía tan feliz mezclando gramos de azúcar con cucharas de entusiasmo. No como ahora, que aunque no te digo nada, las comidas te quedan sosas, las salsas aguadas. Los postres como de hospital.
Echo la vista atrás. Te veo corriendo por la playa con el pelo suelto, los pies descalzos y la libertad prendida en la areola de los pezones desnudos. Remoloneabas antes de cubrir tu piel de neopreno. Después nos sumergíamos juntos y enredada entre algas y corales te escondías donde podía encontrarte.
Tocas mi hombro. Rehuyes mi mirada. Que vas a acostarte un poco, me dices. El reloj marca las doce de la mañana. La voz del terapeuta martilla mi cerebro: “quizá un viaje, o una actividad que ame en especial”. Y me sumerjo en la esperanza de la página diez del catálogo de vacaciones: submarinismo.
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