Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

PERTENENCIA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA PERTENENCIA

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA PERTENENCIA en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE AGOSTO

Relatos

46. La hechicera

Nada más nacer, sus padres, al ver cómo le brillaban los ojos, supieron que era única y la llamaron Mónica.

Nunca fue como las demás niñas del pueblo. Mientras las otras saltaban a la comba, ella leía a Lovecraft y, cuando todas dejaron de crecer, siguió estirándose para alcanzar la luna. A los chicos les daba miedo y nunca tuvo un novio con el que perderse de noche en el saso. A cambio, aprendió el lenguaje secreto de los cuervos, sus hermanos y confidentes.

Cuando todos acataron la orden de abandonar sus casas, ella se quedó. No temía ni a los hombres de verde ni al eco del viento que aullaba en la plaza desierta la palabra pantano.

Los que se fueron dieron cuerda al reloj y se olvidaron de ella, de cómo graznan los cuervos al atardecer y de cómo les contestan, descaradas, las ranas.

Mónica paró el tiempo, allí, al arrullo de la hiedra que trepa por las piedras y que le hace compañía mientras canturrea la salmodia que le enseñaron los cuervos para mantener el hechizo que obliga a la Vía Láctea a seguir brillando sobre las tejas.

45. Sinfonía nº1 para flauta dulce, Pirenaica

La madre se deja acariciar el rostro por un sol que disfraza de fuego la nieve que les rodea. Su lugar, detrás del padre y del chico mayor, huele a perro y madera húmeda. Le acompañan los mellizos, que, uno a cada lado, siguen sin comprender y se aburren con lo que sus progenitores denominan un viaje fantástico. Rememora la primera vez que bajaron al pueblo.

María administra dos grupos de Facebook, es bloguera premiada, traductora de textos del alemán, fotógrafa de renombre, alfarera vocacional, presidenta de la asociación comarcal de mujeres rurales, hortelana por necesidad y toca por igual el viento o la cuerda.

Se recoloca el saco de arpillera en el que va sentada. En invierno sólo pueden recorrer esos diez kilómetros en tracción animal. Jeremías les dejó hace meses a causa de una indigestión de brevas. Después de la pantomima que rompe la monotonía, cubren el carro con la lona que también tapa el 4×4, cierran el cobertizo y se dirigen a la cocina. Como obertura hay boniatos asados y revuelto de setas. De postre tomarán melocotones de lata. El plato principal es una suculenta carne de caballo estofada con cierto sabor a higos.

44. El tiempo en Aldeahermosa

Don Mauricio era el encargado de darle vueltas al mundo con una manivela de precioso mango nacarado y, cuando murió, el tiempo se detuvo. Había ido posponiendo el nombramiento de su sucesor y la muerte lo sorprendió absorto en la duda. A pesar de que había tomado bajo su protección a varios aprendices, ninguno cumplió con sus expectativas. Que si uno volteaba demasiado rápido, otro no lo hacía con la cadencia necesaria, aquel giraba de forma distraída y el cuarto se dormía  en el trabajo. Con Don Mauricio de cuerpo presente, el mundo se quedó quieto. Se pararon los relojes y la vida permaneció suspendida. Aplazado todo, los vecinos acudieron al velorio para discutir sin prisa quién pasaría a desempeñar el oficio. Tras mucho porfiar, se le concedió el cargo a la Carmen. Era una mujer ya madura, todavía hermosa, que había otorgado sus favores, con discreción y sin el menor atisbo de egoísmo, por toda la comarca. Y aunque no cumplía con todos los requisitos, a nadie le cabía duda de que, al amor, siempre había sabido darle su justa medida.

43. UN ESPEJO ROTO.

Había paz en su alma. Sentada en un banco en el alto del cerro de la ermita contemplaba su pueblo. Era como el dibujo de un niño: Una iglesia monumental con campanario, un río que lo besa con un puente eterno que lo cruza, una calle mayor que lo atraviesa, tres plazas, un ayuntamiento y cuatro caserones señoriales.

-Respira hondo María  -se decía -.Y recordaba las primaveras espectaculares, los tórridos veranos, los fríos otoños y los tempestuosos inviernos. Cerrando los ojos plantaba cara al sol del atardecer que señoreaba el espacio, rojo como un carbón encendido.

Una brisa templada la descompuso con un escalofrío y disolvió su cuerpo en polvo vivo que dibujaba volutas entre los pinos y las amapolas. Quiso dirigir su destino entre el cantueso pero no pudo. Su voluntad estaba atada y sintió que se revelaba.

Entonces despertó. Estaba recostada de lado sobre un colchón maloliente con los restos de un vómito que le produjo una arcada. Se sentía como una marioneta rota. Le dolía la cabeza. Fue consciente de encontrarse entre cartones bajo un cielo de cemento gris. Gateando hizo un esfuerzo por huir, pero sólo hasta encontrar un poco más de mierda que meterse.

42. Reencuentro inesperado (Blanca Oteiza)

Desde el mirador de los pinos puede verse el humo que se mezcla con las nubes que decoran el cielo. Se ha detenido a contemplar lo que en unas horas será su nuevo hogar. Atrás quedó la ciudad, los tacones y los trajes de ejecutiva. Lleva meses dando escusas a su amiga que hace años rompió con su vida entre asfalto y rascacielos y comenzó una nueva entre frutales y huertas. El aire golpea su rostro y sigue camino en el coche.

En la pequeña aldea se afanan por apagar las llaman que devoran el paisaje cercano a las viviendas. No quiere ver reducidos a cenizas los esfuerzos de sus últimos años, desde que abandonara las prisas del tráfico y en las aceras por llegar a los sitios antes que nadie. La naturaleza no entiende de carreras, el tiempo pasa a merced de las estaciones. En el campo encontró la paz que añoró en su etapa de juventud rodeada de ruido. El viento azuza con fuerza avivando el fuego, se prevé una noche larga.

Un coche se aproxima por la carretera esquivando los camiones de bomberos, no es el recibimiento que había imaginado pero juntas reconstruirán de nuevo un hogar.

41. La guerrita de «Ilda».

Daba igual que Casilda tuviera ochenta y pico años largos. Daba igual que le doliera hasta las pestañas de tanto trabajar. Le importaba un pimiento lo que dijeran y tener más arrugas que una camisa de lino, le daba igual todo. Nada la achantó nunca, ni lo añejo, ni lo verderón; había iniciado su particular guerrilla. Compró una pequeña avioneta, con más años que Matusalén, la puso a punto y la cargó con todas las bombas que pudo y despegó.

Sola llevaba cosechas, ganado y años, también ideas que defendía a ultranza, cayera quien cayera, ésto sería pan comido para ella. La loca de las abejas le decían porque «Ilda» era su más acérrima defensora, creía en la conexión de nuestros destinos. Leyó que científicos para salvarlas proponían aventar, por terrenos baldíos y agrestes, semillas de flores silvestres que con lluvia, sol y suerte germinarían. Para qué más….,« ¡a las barricadas!», farfulló emocionada.

Contaban que antes de estrellarse había estado lanzando algo aquí y allá, nadie sabía qué. «Estaba loca», decían, «bolas de colores o algo así», murmuraban. Ahora todos los años los prados donde cayó y alrededores se llenan de flores, y por supuesto de abejas…., de vida.

40. DESVENDADA

En una semana nacieron once machos seguidos en el pueblo. Después de tanta guerra, se celebró con una gran fiesta municipal. Aunque el recién nacido fuera de parentesco muy lejano, todo el mundo se sentía orgulloso de haber aportado un varón a la causa. Fue un acontecimiento que marcó para siempre la historia, el calendario y la memoria de la población. Y otorgó, a partir de entonces y como era de esperar, cierto estatus a las familias de los niños.
Yo, a los veinte años, me arranqué la infancia, el nombre y todo lo demás, y salí de allí. Cinco décadas después he vuelto, ya sin vendas para nadie, y he paseado mi calle y visitado mi casa, sin rencores. Y he vuelto a sentarme a mirar la charca, aquella en la que jamás pude bañarme junto a los otros diez.

39. Tirar al monte

En los pueblos pequeñitos, al final de la guerra, a los secretos y a las vergüenzas se les ponía cal viva, o se tapaban con tela. Pero por mucho trapo que se echara mi tía Carmelita, ya no había forma de ocultar la redondez de su vientre ni la hinchazón de sus piernas. Y menos ella, que siempre fue de pocas carnes.
Las malas lenguas no sabían de letras ni de números, mas las reglas de tres siempre las hicieron de carrerilla , y si su novio el «Lolo» cayó tiempo atrás en batalla; solo había que tensar los arcos, poner las flechas y disparar desde todos lados. Mi pobre tía no se libraba de los murmullos y las miradas ni en la iglesia.
Mi abuelo Juan, que era de natural débil de carácter, pero de fondo noble, no podía salir a jugar su partida de mus. Se quedaba las tardes en casa, llorando a veces, mirando a Carmelita, la niña de su alma, caminar hacia su alcoba al atardecer, torpe, gorda y deshonrada; mi tía se escondía en su habitación, apretando un rosario, observando las montañas, esperando que no nevara esta vez, para que los fantasmas no tuvieran frío.

38. LA LÓGICA DE ANITA Y LAS GALLINAS.

Ya ha entrado el otoño. Es hora de recoger las peras y manzanas. La casa huele a pastel,después de que la abuela Teresa ha tamizado la harina, cocido la fruta y también ha batido los huevos. Hoy Anita mientras ayudaba a la abuela a tirar las cáscaras le ha dicho enfadada.
_ Las gallinas son tontas.
Y Teresa, sorprendida ,le pregunta por qué.
_ Porque se dejan quitar los hijitos.
_ ¿Los hijitos?
_ Si, abuela, los huevos.
_ Pero Anita, no son sus hijos.
_ ¿Acaso el abuelo no me trajo el año pasado un pollito? ¿De dónde salió? Pues de un huevo.
_ ¡Anda que cosas tienes!
_ Yo cuando tenga hijos no me los dejaré quitar ni se los daré a nadie.
_ ¿Y cuántos hijos vas a tener?
_ Siete.
_ ¿Por qué siete justos?
_ Porque son los que valen.
_ ¿Cómo?
_ Sí abuela, tú tuviste diez. Uno de ellos se murió al nacer, otro se cayó al rio y mi madre fue tan tonta como las gallinas.

37. ESCENA COSTUMBRISTA (Beatriz C.E)

Los trapos sucios no se lavan en casa, responde si le preguntan. Va cargada con un fardo de ropa. Amalia se dirige a la fuente de la Virgen de los Remedios, junto a la iglesia. Allí las propiedades del agua son buenísimas. De calidad, asegura. El jabón, de tocino y sosa, como Dios manda. Empieza las tareas básicas del lavado a mano. Enjuaga las prendas, las deja reposar. Los sabañones forman parte de su morfología hace tiempo. Restriega, golpea. Deja reposar otra vez. Siente miradas vecinas en el cogote. Deberían ponerse a hacer lo mismo, piensa Amalia. En el aclarado verifica minuciosamente la limpieza y blancura de la colada. Retuerce para escurrir. En este momento sublime, no padece la artrosis. Extiende la ropa sobre la hierba, a medio sol, si no se queda muy tiesa. Cuando empieza a secarse, la va esponjando con las manos para que vuelva a su ser. Tras el estirado y primoroso doblado, la coloca en una cesta de mimbre que encuentra allí mismo, cerca de los rosales. En el hogar nunca le han prohibido sus costumbres. Todo el personal sabe que de vez en cuando, la señora Amalia sufre ataques de melancolía.

Anatomía de la matrioska

36. MARIE, GANADORA DEL CERTAMEN (Isidro Moreno)

MARIE, GANADORA DEL CERTAMEN

Se sintió halagada descubriendo en internet, un concurso de relatos bajo el tema “Femmes Rurales”

Marie, desde hacía un tiempo,  escribía historias que siempre quiso contar, pero ahora casi a los setenta, lo tomaba como  placentera obligación.

Leyó algunos relatos publicados por el concurso, comprobando que muchos aludían en tono dramático, a esa mujer rural luchadora, heroína, incomprendida y, sin embargo, victoriosa en unos duros tiempos, fustigados por las penurias que la segunda Gran Guerra había marcado.

Marie también vivió aquellos penosos años. Había sido “une femme rurale” en  la campiña de La Provence, y aún conservaba muchos recuerdos.

Recuerdos que a menudo,  le evocaban las pinturas de Van Gogh, que con tanta fuerza habían descrito esa tierra a la que Marie estaba arraigada en cuerpo y alma.

Escribió, añorando los campos de trigo como mares amarillos con olas meneadas por suaves vientos, la calma de la siesta, las  noches estrelladas testigos de primeros suspiros amorosos, los campos de lavanda embriagando el aire y ocultando sus devaneos con Jean  Claude, su amor. Pieles bronceadas, calor, cuerpos desnudos “à la belle étoile”, tórridos besos…

Acabado su relato, y no sin cierta desazón, decidió  enviarlo a un certamen de “Histoires érotiques”. Afortunadamente.

 

IsidroMoreno

35. SU AMIGA LUNA

De espaldas a la inmensa mesa con hule, cascaba los frescos huevos.
La radio del pueblo llamaba a escuchar, el silencio le daba paso.
Genoveva agregaba el batido, a las papas recién cocidas en su ardiente sartén.
Mingo, presidía la mesa, la distancia entre ambos era la justa para que él estirara su mano dándole una palmada cariñosa…
Su hija mujer, preparaba un dibujo.
Los varones jugaban naipes, los perros de adentro esperaban en el piso de tierra lustrosa.
En breve la radio se apagaría hasta el otro día.
Sus brazos dieron la vuelta final a la tortilla más rica del mundo, lista la cena. Genoveva acalorada y con disimulo salió a la galería, los perros de afuera le entrelazaron los pies, ella miró a su amiga luna.
En un ritual femenino se contaron secretos, una de viajes,del sol; la otra de soledades, desamor, mañanas frías, manos gastadas, injusticia,sueños.
Desde la casa, la voz de Mingo pedía comida.
La noche arreciaba con su belleza, Genoveva acurrucando sus manos en su delantal floreado, despedía a su amiga.
Adentro, la tortilla reinaba en la mesa de campo, mientras una mujer enjugaba una lágrima, guardaba un deseo y esbozaba una sonrisa nocturna.

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