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Atravesé la puerta de la taberna en el momento en que los dedos del pianista comenzaban a acariciar las teclas del decrépito piano. El humo y la falta de luz difuminaban los rostros y en el aire se palpaba un rancio aroma, mezcla de sueños rotos e ilusiones perdidas. Cuando ella comenzó a cantar los murmullos se apagaron, mientras el dulce arrullo que surgía de su garganta iba haciendo brotar lágrimas en los ojos de aquellos encallecidos marineros. Su voz aunaba viento, olas y salitre. Cruzamos las miradas y sonrió al reconocerme. En aquellos maravillosos ojos azul cobalto volví a ver la profundidad del océano al que nos había arrastrado junto con sus compañeras, cuando mi tripulación enloqueció con sus cantos. Mis hombres penan hace siglos sus culpas en el infierno, pero para mí el diablo eligió una tortura mayor, dejarme vagar eternamente tras sus pasos buscando venganza. El piano enmudeció al fin, y ella se retiró dirigiéndome una última sonrisa triunfal que me hizo estremecer. Como tantas noches solté el cuchillo que aferraba en el bolsillo de mi gabán, y volví a suplicar al diablo que, en lugar del alma, me arranque de una vez este maldito corazón enamorado.
El mar es una ballena que se lo traga todo.
Su oleaje, la ciclotimia de sus mareas, la sal que irrita los ojos, el hombre que, desde una roca apartada, observa a una niña, mientras con una mano, juega dentro de su ceñido bañador, ajeno al vaivén de las gaviotas. El mar es dolor. Lo sueño como una inmensa vasija de semen capaz de preñar a esa ballena que se lo traga todo.
Conocí a un hombre que estaba sentado en una roca, vertiendo sus fluidos en el agua. Quiso volar conmigo una cometa. Jugamos hasta que esta se desprendió del hilo, y entonces él se entretuvo con mi pelo.
Pasado un tiempo dibujé aquella tarde de juegos en un papel y la pinté por encima con acuarela blanca, para que permaneciera oculta.
El mar sigue doliendo.
Hoy, deseando que lo devore, he ofrecido mi dibujo a la ballena.
Dicen que el mar nunca devuelve nada, pero tal vez con mi inocencia, decida hacer una excepción.
Había nacido en uno de los pedacitos de tierra que salpican el Océano llamado Mundo.
El destino lo hizo hombre, le llamó Tristán y la fatalidad le privó de piernas.
En la playa tomaba baños de noche al borde del agua, jugueteando con un tridente y su caracola preferida.
De la madreperla surgían acordes cuya sonoridad llegaba hasta el «Palacio Submarino». Allí preparaban los esponsales
de Nereida con Tibúr, príncipe marino, temido por su ejército dental de destrucción masiva.
La novia, aterrada por la voracidad de Tibúr, rechazaba, una tras otra, las colas nupciales incrustradas de corales y brillantes gambas transparentes. Emitía gemidos tan graves que arrastraron a Tristán a las profundidades.
Tibur custodiaba la entrada formando un muro con su aleta impenetrable. Al percatarse de la presencia del intruso, buscó sus extremidades y, al no advertirlas se revolvió hacia el tronco, sintiendo el peso del arpón, que Tristán alzó como un trofeo a los ojos de ella.
Nereida, emocionada, dio masajes y caricias a los muñones de él. Una larga cola crecía y crecía, hasta convertirlo en el tritón de sus sueños.
La peinan y maquillan, si bien, ella no necesita acicalarse. Se mira en el espejo y un miedo desconocido tizna su vestido inmaculado. Tampoco le atacan los típicos nervios del momento, pero está confusa y aunque se lo hayan explicado cien veces, sigue sin entender esta parafernalia. En cambio, sí recuerda las mil que le han martilleado, que tiene que caminar derecha, lentamente y por el pasillo central.
Según se acerca al hombre, un océano de escarcha le recorre desde sus bucles hasta sus zapatos blancos. A un lado del pasillo están sus padres, que con mirada suplicante le reiteran, que en nada aprenderá a quererlo. Al otro lado, ajenas a sus silentes lágrimas, dos amigas suyas le dicen por lo bajini, que si después se apunta a jugar a las muñecas.
Sin saber como, me vi en una isla rodeada de seres anómalos.Unos necesitados de lentes, otros, con el cabello agrupado en coleta, los engominados con sonrisa profident ; por ultimo los refinados, portando trajes de Armani…
Observando el magnánimo océano barrunte, como iba a escapar del islote, rodeada por tanto capullo, descubriéndose como simples seres, desfigurados por mentiras,ambiciones, corrupción y fraudes.
Se aproximaban agasajando-me con promesas:un ejército de barcos presididos por capitanes intrépidos, un submarino amarillo, siendo la reina sirenita de las aguas saladas y me deleitarían con música celestial formada por delfines.
Todos suplicaban, ¡que los portara conmigo al país de nunca jamás! Única forma de metamorfosear al monstruo en ser humano nuevamente para volver a ser honrado.
Repentinamente surgió de las profundidades oceánicas la ballena Moby Dick, susurrándome al oído que no errara al elegir…
Espada en mano fui abatiendo-los y despojándolos de sus mendacidades,aun así, se revolvían queriéndome atrapar y me vi obligada a saltar al gran océano aventuran-dome a una verdad tajante…en la isla ,no había quien me guiara de vuelta a la calma de mi bañera. Emergí rauda, ahilé mi cuerpo y me regocije en el sofá para ver la película: ¡tiburón ataca de nuevo!
Algo se rompió entre mi mujer y yo. Un algo líquido, viscoso, que manaba por una fisura recóndita de nuestra relación y acabó inundándonos, separándonos por un océano de inquina. Al comienzo éramos unos náufragos enviándose mensajes en botellas con las coordenadas de una isla de reencuentros: la cama. Pero esas treguas —burdos intentos por reconciliar lo imposible— acabaron. Dejamos de vivir juntos. Nos convertimos en continentes comunicados por dos submarinos de propulsión atómica —Juan y Andrés— que amenazaban con desencadenar una catástrofe nuclear en sus continuos viajes de ida y vuelta por las profundidades de la custodia compartida.
Los muchachos crecieron. Con pastillas y ayuda sicológica sequé el océano de odio que nos separaba. Ante mi vista se abrió un fondo marino con restos abandonados del matrimonio. No me siento orgulloso de ese paisaje profundo, abisal. Por eso prefiero mantenerme siempre en la superficie.
Sé feliz. No me llames.
El mar que lamía su aldea se había convertido en un vaivén en su barriguita. Sobre su cabeza, en lugar de cielo, sólo había un pequeño cuadrado. Azul significaba día. Negro, la noche oscura.
La vieja Mangá había soñado que un monstruo de madera, lleno de hombres pálidos, arribaría un día a la playa y les arrebataría la libertad. Nadie la creyó y ahora todo su pueblo yacía en la panza del monstruo.
El cuadradito se abrió repentinamente y un jirón de aire limpio le acarició los pulmones. Hubiera gritado de alegría si no fuera porque el hombre pálido de la cruz bajó por la escalera. Cerró los ojos e imploró al Padre Océano que la librara de él. Todavía recordaba el fuego que le metió entre las piernas. Y la sangre. Y al pensar en ello, el vaivén de su barriga creció como una montaña.
El hombre fue hacia ella, pero esta vez sólo le mojó la cabeza con agua y trazó una cruz sobre su frente. Entonces, el mar se agitó y el hombre cayó al suelo. Mangá se abalanzó sobre él y le golpeó la cabeza con sus propias cadenas. Sangre por sangre.
Padre Océano había escuchado.
Lo vimos a través de las pantallas que habían sido instaladas en uno de aquellos recintos a modo de inmensas plazas preparadas, ex profeso, al objeto de cubrir las necesidades de reuniones decisivas o informativas. Podríamos ser en aquel momento unas cien mil personas de los casi medio millón de habitantes-viajeros que compartíamos, esperanzados y tristes, aquel vehículo espacial, uno de los muchos que habían construido para poner a salvo al uno por ciento de la humanidad en una Tierra a punto de ser calentada hasta su evaporación por su estrella madre, convertida en odiosa y asesina madrastra, que había acelerado su proceso estándar de conversión a gigante roja dejando sin argumentos a los científicos.
Ya estábamos libres de la gravedad terrestre y viajábamos rápido alejándonos del agradable refugio azul. Con los ojos fijos en aquella pantalla vimos, primeramente, cómo todos los océanos se convertían instantáneamente en vapor ocultando al planeta tras una gran nube blanca. Cuando esta se disipó pudimos ver, con los ojos hechos llanto, cómo todo lo que la Tierra contenía se incendiaba hasta desaparecer dentro de una llamarada mayor llamada Sol en la versión más cruel y roja que jamás dicha estrella había tenido.
Perder el conocimiento es un regalo.
Quiero regresar a la escuela, abrir el mapa de Europa y tapar el Mediterráneo con el dedo, o dibujar con el lápiz un puente, o vaciarlo en un vaso…
Cientos de ensoñaciones pueblan mi vigilia.
El sol…
No tenía ni idea que existieran lanchas neumáticas tan grandes. Cabe en ellas tanto refugiado. Estamos tan apretados…
Mecido como en un sueño, no sentir.
¿Cuántos días llevamos a la deriva?
La sed…
Abro los ojos a la noche.
En lo alto las esferas mantienen en orden el universo. La luna ilumina las nubes que se me antojan espuma en un océano de estrellas.
Hace frío.
De repente la embarcación está casi vacía. ¿Y la gente? ¿Dónde están los niños? ¿Se han ahogado? No quiero pensar. ¿De dónde ha salido este viejo? No entiendo lo que me dice.
-Amigo, te está pidiendo un óbolo. –Me traduce una sombra.
-No tengo nada. ¡Déjame!
El anciano se muestra impaciente. Yo le ignoro. Enfurecido comienza a golpearme con su bastón. Duele. Intento defenderme y forcejeamos. Tropieza. Quiere incorporarse y con el vaivén del mar cae por babor.
Y se hunde como una piedra.
Creo que ya nunca escribiré este reportaje.
Arquimio el Sordo, era un tirano cruel de ojos colorados y saltones. Su lacayo, un tal Mormesino, era quien se encargaba de llevarle y traerle los chismes que andaban por el reino y más allá de los mares.
Un día, el tirano se llenó de ira y dio la orden de matar a cinco de sus mejores navegantes por controvertir sus órdenes en cuanto al rumbo de navegación. Los hombres de mar, en esos momentos, ajenos a su suerte, buscaban con afán en los profundos y encrespados océanos, la Isla de la Especiería. Al cabo de dos meses regresaron los expedicionarios marinos, alegres, por haber conseguido el difícil propósito.
Arquimio el Sordo, de inmediato, los mandó llamar; quería, antes de asesinarlos, conocer la ruta a seguir para hallar tan codiciada Isla. Cargados con sacos repletos de especias se presentaron ante el tirano, y le contaron, que habían conocido a una seductora y sabia reina, que tomaba chocolate perfumado con vainilla y coloreado con achiote y ajíes, especias que le concebían saber y sensualidad. No acabando de decir esto, Arquimio el Sordo pidió que le prepararan tan exótica bebida. Cayó fulminado, sin decir ni mu… los navegantes también tenían su Mormesino.
Ella quería llegar lejos, y tenía prisa. Yo sólo deseaba abandonar nuestro bosque de árboles derribados y ver el mar. Pero, un atardecer de junio, mientras esparcíamos el amor por el aire, descubrimos el Océano: imposible olvidar aquel instante.
Ella, que era alegre y audaz, se despojó de la ropa y, como si quisiera dejar un recuerdo ordenado de sí misma, la dobló con esmero sobre la duna. Yo, que nunca fui valiente, elegí guardar la vida y, cuando se sumergió en el abismo azul y nuestras manos se soltaron, supe que vivir ya sería para mí una costumbre involuntaria.
Antes de que su cuerpo se fundiera con restos de barcazas sin bandera y otros esqueletos de sueños destruidos, me invitó a unirme a su aventura. Sin embargo, incapaz de arriesgarme, permanecí en silencio viendo caer el sol sobre el horizonte. Esperé; desesperé. Y luego me arrepentí. Por eso Mariana es un dolor tenazmente alimentado y yo, una sombra varada en esta orilla. Ella no sabía nadar, doctor. Yo, sí.
Se empeñó en pasarlo de los libros de leyendas a los de ciencia. Algo le decía al comandante Cousteau que aquellas antiguas historias de calamares gigantes no eran meras invenciones de viejos lobos de mar. Así que recopiló cuantas pudo encontrar y separó la paja -exageraciones, fabulaciones, patrañas…- del grano -localizaciones, estaciones, circunstancias…-. Sus análisis le condujeron a ubicar su hábitat en las áreas abisales de los océanos más profundos, y hacia la fosa de las Marianas puso rumbo su embarcación con casi nombre de helado.
Después de más de sesenta días de infructuosa búsqueda, con los víveres escaseando y a dieta de peces insípidos de aquellos mares, en el nonagésimo descenso del batiscafo monoplaza, Jacques Cousteau se lo topó ante sus ojos. Se encontraba a más de 23.000 pies de profundidad y su longitud sobrepasaba los siete metros. Cuando fue a filmarlo intervino Murphy. La cámara se obturó y no pudo grabar un solo fotograma. Sin imágenes, su descubrimiento sería el hazmerreir de la comunidad científica. Comunicada la situación al Calypso, alguien sugirió cazarlo, subirlo, fotografiarlo y darse un festín. El comandante pidió hablar con el cocinero. La falta de harina suficiente mantiene al Gran Calamar en la leyenda.
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