Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

76. CORRIENTE ABAJO (NANI CANOVACA)

Cuando era niño disfrutaba dibujando y anotando en una hoja en blanco, todas las cosas que me gustaban o ilusionaban. Después cuando tenía esa hoja rellena, fabricaba con ella un barco y lo dejaba navegar río abajo, para que directo llegara al mar donde imaginaba que mis sueños se convertirían en realidades. Al hacerme mayor seguía rellenando hojas pero tras ver que las situaciones eran muy distintas a las deseadas, guardaba todo. Hoy cumplo 85 años y he decidido que debo hacer un nuevo barco antes de que sea tarde, donde debo meter todas las hojas acumuladas e incluso ir personalmente a acompañarlas rio abajo y llegar al océano, donde al menos veré descansar el sol en la suavidad de los mares y acunar la luna en las noches limpias, dejándose y a la vez dejándome mecer en los océanos serenos y llenos de sueños como los míos. Después, volveré sabiendo que la puesta de sol definitiva será majestuosa, serena y plácida como el vaivén de las aguas del océano.

75. PONIENDO RUMBO

Navegaremos por mares tranquilos. A ti que tanto te gusta hacer barcos de papel soplarás el velero hacia la brisa. Miraremos la estrella de los vientos para saber cual viento rola. Veremos crecer a quienes nos siguen, dejándolos cuando toque, ellos seguirán pisando la tierra aún. Haciendo castillos en la arena o jugando al corro de la patata.  Seré feliz viéndote, viéndolos. Desde esta orilla. Caminaremos tocando los tonos azules del mar de tus cabellos que se van tornando como los días y los años en distintos colores. Porque ya hemos llegado al otoño. Seguiremos viendo la vida pasar. La ilusión deberá y será continua, no nos pararemos  por el momento en cualquier estación no deseada.  El camino andado ya es más qué el que nos queda por recorrer. No importa. Disfrutaremos del baile de los días. Bailaremos con los sabores  de la calma, paladeando los olores que están por venir. Reuniremos los sonidos de las caracolas recogidas en la arena. Siempre en nuestros mares, quizás océanos para otros. Navegaremos. Ahora, ya no hay prisa.

74. Oleaje (Mar González)

Van cada uno por su lado. Sus miradas se cruzan en una fiesta. Entre risas contarán, tiempo después, que fue un flechazo, una atracción como la de la luna que mueve las mareas.

Vienen al pueblo los fines de semana. Salen a navegar y no se pierden un botellón con hoguera en la playa, ni una fiesta en cualquiera de los chiringuitos de moda.

Van dejando caer que son más que amigos. Una vecina me cuenta, escudriñando mi reacción, que los ha visto de la mano por el paseo.

Vienen juntos los domingos a comer. No me queda otra que aprender nuevos menús. ¡A quién se le ocurre ser vegetariano en un pueblo pesquero!

Van a casarse la próxima primavera y, a pesar de las reticencias de su padre, tiramos la casa por la ventana.

Vienen las vecinas cotillas. Van los chiquillos con el cuento. Vienen los amigos con aires de libertad. Van al viento los prejuicios de otros tiempos. Vienen buenas noticias. Van, llevándole en brazos, nieto y abuelo a conocer el mar.

73. MAR DE FONDO (Eduardo Iáñez)

Cuando el ahogado surgió de las profundidades, todos estábamos esperándolo en la playa. Días antes el mar había empujado hasta nosotros su maletín –en el interior, un móvil inservible, una estilográfica que alguien dijo guardarse para su colección, el amasijo de celulosa en que devinieron sus papeles–. Después fueron un par de zapatos color avellana, uno detrás del otro, como si hubieran estado ocupados por un hombre invisible que alcanzase nuestra playa en dos zancadas. Y ayer mismo, una camisa con sus iniciales, desabotonada y primorosamente hurtada al cuerpo amado.
Ahora que las olas por fin nos lo han confiado, lo hemos dispuesto sobre la arena, le hemos puesto la camisa y los zapatos y le hemos colocado el maletín en la mano yerta e hinchada. Nuestro ahogado tiene la piel cerúlea de un pez luna y los ojos inexpresivos de un marrajo. Al mirarnos en ellos, por un momento hemos creído ver nuestro propio reflejo en la playa; pero luego hemos comprendido que su retina acuosa guarda ya impresa para siempre la evidencia de nuestro crimen. Y lo hemos devuelto al mar, con un peso de cemento deslustrándole los zapatos.

72. EL TÍO DE AMÉRICA (BEATRIZ C.E)

Tío Antón cruzaba el charco cada año para hacernos una visita. Era entonces cuando mamá rescataba del desván interminables madejas para ovillar y a papá se le multiplicaban los peces que capturar. Tío Antón (guapo a rabiar, ojos verdes como el musgo, piel tostada) me regalaba libros policíacos y de misterio. En nuestros paseos por la senda de los lirios, me sorprendía con su locuacidad. ¿Sabes una cosa, pequeña?. Los cristales de sal no pueden permanecer mucho tiempo bajo la lengua de un pez de ciudad como yo, sin escupir mentiras. Eso sí, con mucho salero. Un guiño hacía las veces de punto final a sus oraciones. Simplemente, me fascinaba.

Murió por una sobredosis de heroína, devorado por el código de honor del hampa y los rascacielos. Un pez desalado boqueando a contracorriente en el océano de asfalto, ese era mi tío. Aunque debería decir, mi padre. En su funeral mamá me confesó entre lágrimas, el auténtico origen de mis ojos clorofila. Y lloramos juntas. Y comprobé en mis propias carnes, cuánto escuece la sal en las heridas. También las cicatriza más rápido, opinaba Antón. Pero esa teoría, como tantas otras, se la llevó consigo a las profundidades del océano.

71. Bebé azul (Patricia Mejías)

Furiosa y vencida, regresa a casa a bordo de aquella microbús. Por todo equipaje lleva la culpa disimulada por un apretado fajín alrededor del vientre. Sus padres le han ordenado llevar consigo aquel bulto que se remueve inquieto en su seno por culpa del calor y el violento traqueteo del automotor.

A través del puente se acercan a la costa a gran velocidad. Al abrir la ventanilla, las moscas se extienden como musgo en su cuerpo sudado. Desea la frescura de la brisa del mar y que pare aquella dolorosa contracción.  El chofer se distrae del camino al verle la cara descompuesta. En un pestañeo, el azul del mar se hace más profundo al presionar contra las escotillas del bus.  El océano sumerge todo bajo el espeso pubis de algas.  La corriente marina intenta disolver abrazos y besos, y a ella la deja emerger, aliviada y ligera, hacia la superficie. Mientras, abajo quedan el chofer asido al volante en un intento por esquivar el arrecife, los novios sumergidos en sus caricias, la nieta que espanta la sal de la pierna llagada de su abuela, y un recién nacido con el cordón umbilical enredado entre los rojos brotes del coral.

70. ¿¡A que no me pillas!?

Pepe llega de viaje de negocios un día antes de lo previsto. No avisa a su mujer. Quiere darle una sorpresa. Entra en casa a media noche. La sorpresa se la lleva él. Su amigo Juan duerme, desnudo, junto a ella. Pepe intenta abordarlo para darle una paliza, pero Juan lo esquiva y huye corriendo. Pepe sale tras él con un bate de béisbol. Juan, tal cual vino al mundo, toma ventaja por las escaleras. El cornudo baja por el ascensor. Llega después pero le persigue esprintando sin perderlo de vista, por las calles, por las carreteras, por los campos de trigo… Así corren uno delante del otro, atraviesan los Pirineos, pasan Europa, se cuelan en Asia, escalan el Himalaya y toman rumbo al Estrecho de Bering. Allí Juan se detiene; Pepe, con cara de papilla y ya con la lengua fuera, intenta entonces pillarlo, pero Juan se lanza al agua y nada hasta Alaska, y, en tierra firme, sigue corriendo con destino a América del Sur; ahora en solitario, pues Pepe, que no sabe nadar y no lleva manguitos de serie, se hunde en las profundidades del océano.

69. DESAZONES EN EL MAR

La lectura de su wasap me dejó varado en la desazón  junto a las escaleras de aquél crucero. Su escueto adiós me provocó un sinfín de preguntas sin respuesta y un océano de dudas. Ante la rabia, saqué mi mejor sonrisa y me hice un selfie con la chica que picó mi pasaje. Se lo devolví  junto a un corazoncito partido  y  un lacónico ‘que te den’.

Aquella noche melancólica, mientras la luna acariciaba las olas, yo bailaba en la pista con una oficial de máquina. Apretada contra mi pecho, me susurraba al oído las mil y una formas de tejer un nudo marino en la cama, pero yo ya tenía bastante con deshacer mi nudo gordiano. Preferí la compañía de una loca pastillera. Compartimos en su camarote pastillas de colores y burbujas de champán. Subimos a la proa dando tumbos, y desde lo más alto me dijo aquello de Titanic: ‘Si tu saltas, yo salto’. Ella no saltó.

Hoy vivo feliz junto a una sirena, ella me comprende y me ama. Me ha propuesto un crucero surcando los océanos a lomos de una ballena. Se que no me fallará. Ella no tiene wasap y yo ya estoy escamado.

68. La Fuerza del Amor

A bordo de la pequeña embarcación contempló la belleza de los abruptos acantilados que bajo la luz matutina presentaban brillantes tonalidades rojizas que contrastaban con el azul intenso con pinceladas escarlatas del calmado mar de ese hermoso día primaveral.

Su objetivo era llegar al pequeño islote de origen volcánico que se hallaba al Norte, en medio del océano y a treinta kilómetros de la costa, para cumplir el deseo de su esposo. Un trayecto que habían realizado en infinidad de ocasiones para disfrutar de la afición que compartían: el submarinismo. Se sentían fascinados por ese paisaje agreste de rocas de punzantes aristas surgidas del corazón de la tierra y que albergaban gran variedad de especies marinas.

Desde su ausencia, dos meses ya, ese día no sentía soledad. Notaba como su presencia la acompañaba durante todo el viaje. Incluso pareció verle sonreír con la gorra y gafas que ahora ella llevaba.Espejismo del agua cristalina, pensó.

Pero al llegar a destino, con el cofre de cenizas en mano, sintió como una fuerza irresistible la arrastraba hacia ese abismo que tanto habían amado. No opuso resistencia.

67. Liberty (Asunción Buendía)

¿Mami, por qué soy negra? La niña era demasiado pequeña para preguntar eso, pero ella sintió que había llegado el momento de las explicaciones. Procuró calmarse, tomó su manita de dedos finos y perfectos y se acomodaron en el sillón de leer cuentos. Aunque las palabras se le ahogaban en la garganta, como tantos en aquellas aguas salvajes, comenzó el relato de una princesa, su valiente madre y su hada salvadora.

“Erase un lugar  muy lejano al otro lado del mar, donde una dulce madre trajo al mundo a la más bonita de las niñas, de brillante piel caoba y preciosos ojos profundos. En su aldea una terrible sequía había caído como una maldición y sin agua todo carecía de vida. Muchos de sus habitantes embarcaban en busca de un futuro mejor en el país de los blancos. Desesperada la mamá envolvió a su hija en su única manta y subió a una barca demasiado frágil, en un mar demasiado bravo. Volcaron. Días después llegaron a una playa, la favorita de una joven, que las encontró.

La madre exhausta le entregó a su niña antes de cerrar los ojos para siempre diciéndole: Tú serás la mamá de Liberty. ¿Sí?»

— Si.

 

66. Regresar al futuro (Elena Casero)

Fueron acusados de herejía y condenados. Al desembarcar de la nave que los traía de las nuevas tierras conquistadas, Fray Prudencio y el indio Anáhuac fueron presos por la Santa Inquisición.

Ya en la pira, en medio de la plaza, el fraile dio gracias al indio. “Ahora sé que un día el hombre navegará por debajo de las aguas del océano, bien en una nave sin velas, bien con un traje que le proteja y le ayude a respirar”.  El indio le escuchó complacido y recordó aquella noche en que trabaron amistad y llevó al misionero hasta la orilla del mar. Allí Fray Prudencio  conoció los efectos del hongo teonanacatl o comida de los dioses. Juntos – indio y misionero – navegaron por el interior de las aguas oceánicas, acariciaron peces, conversaron con los tiburones, sintieron el cuerpo acariciado por las algas y sus miembros arañados por los arrecifes de coral. Y el páter dio gracias a Dios por su creación.

“Arrepentíos” dijo una voz que atronaba por encima del crepitar de la pira. Fray Prudencio le ordenó que se callara para poder continuar con la visión que le había dado a conocer el futuro del hombre.

 

65. LA GATA FLORA (Inés Z.)

La recogieron de un océano seco, con la sed profunda del que ha sentido la falta de algo importante. Y se la llevaron a una casa donde reinaba el viento, pensando que podría ser la mascota de alguna sirena perdida en la tragedia.

Todos se maravillaron de un pelaje adornado con los vestigios del mar,  felices al sentir su respiración tranquila; pero Flora no abría los ojos, tenía dudas: no sabía si enlazarse con ellos por miedo a que aquella ventisca se la llevara lejos. Así que decidió esperar mientras lamía la sal de sus patas.

Los días pasaron y el viento enredó su pelo, aunque aquellas personas parecían preferirla a ella, ya que deshicieron con mucho cuidado los nudos producidos por la corriente.

Con el tiempo y sus suaves movimientos Flora transmitió al céfiro su calma. La gata sabía frenar su furia y, con la quietud del que parece no hacer nada, puso orden en el caos.

Hasta que una mañana las ventanas se abrieron y el viento volvió a su origen, dejando que los rayos del sol bañaran a Flora. Fue entonces cuando ella les dejó ver el color de sus ojos, imprimiéndose en su nuevo hogar.

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