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La tarde había resultado infructuosa. Con mi lanza terciada a la espalda braseé de la caleta hasta los bancos. Fue allí, a muy corta distancia de la playa, donde vi el cuerpo del cetáceo. Era majestuoso. Yacía inerme, acariciado por el va y ven de las olas, sobre la arena. Me acerqué con asombro y emoción que se tradujeron en tristeza y afrenta cuando noté el arpón que ofendía su costado. Con su ojo enorme me miraba como suplicante y perdonador, como confiador de algún secreto recuerdo rescatado de las simas. Levanté mi vista y oteé a lo lejos al ballenero responsable de tal crueldad. Quizá habiendo identificado a su presa liberaba una embarcación pequeña con no más de cuatro hombres. Aquella visión representaba mi salvación a la dieta de peces y moras a que me avine después del naufragio, pero en ese momento la desprecié. En el roquedal que estaba a mi derecha descubrí una oquedad que me proporcionaría el anonimato que buscaba. La noche cómplice, mi cuchillo y yo, nos encargaríamos del resto.
Caía la noche en densos copos cuando Ismael nació en aquel viejo pesquero a la deriva. El grito desgarrador de su madre al expulsarlo interrumpió el sueño del océano. Y cuando el primer llanto del infante rozó el aire, las aguas se alzaron curiosas, formando alrededor del buque una cortina de olas de erizadas crestas. El alboroto llegó hasta la misma luna que, retirando el velo tejido de nimbos de la esfera de su cara, iluminó la desoladora escena. Y la lástima la embargó haciendo estremecer hasta el último de sus cráteres. Desde su otero celeste gobernó como nunca las aguas, empleando a fondo sus dotes magnéticas. Y fueron las olas con sus brazos de agua las que empujaron la embarcación hasta la playa. Y fueron las olas con sus lenguas de espuma las que dieron la voz de alarma.
En el mar no existe el tiempo. Puedes ver al temido buque de Barbanegra en una regata con el USS Enterprise; o a una lancha de desembarco de la Segunda Guerra Mundial fondeada junto a una nave vikinga cerca del acantilado de acero vitrificado. En la mayoría de las ocasiones, esos mismos barcos libran entre sí duras contiendas sin que, curiosamente, muera nadie. Si algún pirata, marinero o soldado cae herido y toca fondo, hay delfines, sirenas e incluso tiburones que lo salvan del ahogamiento… A los navegantes anónimos, refugiados que, tal y como aparecen en las noticias, surcan las aguas hacia destinos quiméricos, los rescato yo personalmente. Y no es que sea Poseidón, aunque también ejerza cierto mando…
El mar me hechiza. Me apasiona. Me parece un lugar fastuoso, pero me confunde que aseguren que es azul: me dejo bañar por sus olas a diario y sé que es blanco, con la excepción de aquella tarde que me adentré en él vistiendo un pantalón añil que desteñía. En cuanto me vio mamá, me enganchó de las axilas y me sacó de la bañera.
Si el reloj se hubiese detenido, si hubiese dejado pasar el primer barco de la mañana, si no hubiese leído la página de aquel libro, si me hubiera escapado de los juegos de Apollinaire, si me hubiese olvidado de la mirada inexorable de aquel cuadro, si las campanas del amor no hubieran doblado, si no hubiera empezado a llover tras la lluvia, si hubiera retornado la oportunidad perdida, si hubiese sabido escoger la palabra exacta, si todas estas olas no se hubieran vuelto eslabones de espuma, si no me hubiese ahogado en un mar de condiciones…
No puedo evitar sentirme un punto, a veces luminoso, a veces opaco, en medio de toda esta inmensidad. Las estrellas girando, mudas y serenas, en espirales irrepetibles guían con su danza mi travesía en este inmenso océano. El oleaje celebra una orgía de frescor nocturno, siento su humedad en el ojo nervioso de la vigilia y en mi mano que, con pulso firme dirige el timón. Navego entre senderos temblorosos y curvos, construidos entre arrecifes habitados por seres mitológicos de fabulaciones marinas. Pero los buenos peces están mar adentro esperando con rostro impasible. Agrupados en medio de la espuma, dejándose llevar por las olas, quienes traicioneras los dirigen hacia la trampa. Los mares continúan siendo campos virginales bajo las estrellas, pues sus frutos aún pueden recogerse casi con la mano, esplendidos, invisibles en la superficie, pero esperando con ansiedad arcaica ser recolectados por mi red. El bote está lleno, justo al alba, es tiempo de regresar la transparencia al agua y que el océano recobre su sereno caos. Lo dejamos con sus voces habituales que se ahogaran en el largo rumor de las incansables olas. Me guiaré con el añoso faro que siempre espera mi regreso junto con una plegaria.
El coleccionista contempla, con cierta vanidad mal disimulada, la hoja que acaba de sacar del interior de la caja fuerte. Se pone los guantes y escoge las pinzas de punta curvada. Extrae con suma delicadeza, uno a uno, los únicos nueve sellos que se conservan de la primera serie postal sueca de 1855. Tras treinta años de investigación detectivesca que le ha llevado a dar hasta cuatro vueltas al globo terráqueo, el anciano filatélico está en condiciones de afirmar que no quedan más ejemplares en el mundo que los suyos. Se detiene, como tantas otras veces ha hecho a lo largo de las tres últimas décadas, en la admiración del motivo de tan raro sello: las olas del océano embravecido ensañándose en la legendaria fragata de la Marina Real, el singular mascarón y las dos mínimas sirenas encaradas, impresas en amarillo por un error de imprenta en esa primera serie. Suspira, deja las pinzas que sujetan el noveno sello a un lado y, todavía con los guantes puestos, enciende un fósforo que aplica a la bandejita donde ha ido depositando los demás. Su mirada se dirige, alternativamente, a las llamas, al ejemplar amnistiado, a la caja fuerte. Y sonríe.
“¿De dónde vienen las historias?”
Observan el paso arrugado de los años sobre su rostro y el azul infinito de sus ojos.
“Del fondo del mar. De las palabras ahogadas que decidieron perderse en su inmensa oscuridad y bañarse en sal. Que esperan a poetas, pintores y amantes para que sus murmullos, susurros y sollozos sean escuchados. Palabras que desean ser abrazadas, transformadas en obras de arte, poemas o simples besos. Palabras que evocan piedras convertidas en sirenas, viajes increíbles con seres marinos extraordinarios, barcos hundidos tras terribles batallas, marineros que se enamoran de la musicalidad de un faro o volcanes que componen una bella canción.
Acudid al mar. Escuchad su voz, notad su olor, percibid su infinidad y cerrad los ojos. Descubriréis que ellas os envuelven y os hacen soñar, crear, pensar en un nuevo mundo, en algo nuevo en lo que creer.
Palabras que decidieron ahogarse para renacer. Palabras que se detuvieron para no ser olvidadas. Palabras que reviven en las historias que alguien nos cuenta. Palabras que fueron abrazadas y que conforman nuestro mundo de fábulas y leyendas. Palabras que nos trasladan a Fantasía. Palabras que son vidas”.
Y, entonces, aparece su extraordinaria y brillante sonrisa marina.
Nicosia, 7/12/2014:
En inmersiones que se realizan a dos millas de la isla de Chipre, frente a la ciudad de Paphos, biólogos marinos están estudiando el comportamiento inusual de los peces Hemigrammus rhodostomus, también conocidos como Treta Borracho o más popularmente por Borrachitos. Avanzan en zigzag con temblorosos aleteos y se lanzan a por sus presas errando en un cincuenta por ciento de las veces. Pernoctan entre las rocas y hendiduras del lecho marino, pero no se retiran hasta altas horas de la madrugada, por eso no se los puede observar por las mañanas, salvo que estén de regreso.
Paphos, 8/12/2014:
A una milla del puerto romano de la ciudad, los arqueólogos marinos han descubierto el pecio de una nave mercante del siglo VIII de una treintena de metros de eslora. Por los restos hallados, cientos de vasijas de vino que tienen grabados el nombre del comerciante, se sabe que el puerto de origen era del sur de Italia.
Nací bajo el signo de Acuario la noche en que la marea decidió engullir a mi padre y escupir solo su barca y las redes vacías. La abuela siempre maldecía a mi madre por aquel amanecer en que se fue a bañar al océano nueve meses antes de que yo naciera y siempre me mantuvo alejado de esa masa de agua que rugía pidiendo más, hasta que sucumbí a la llamada de un temporal. En cuanto puse los pies en la arena, un remolino de olas me rodeó y me empujó hacia sus entrañas sin que pudiera evitarlo. He aprendido a convivir con anémonas y langostas, a sortear tiburones y pirañas y a entonar canciones al anochecer con las ballenas beluga. Practicaba con la magnifica cola repleta de escamas en la que se han convertido mis piernas echando carreras con el pez vela, hasta que hace dos meses me capturaron y encerraron en esta pecera donde soy el centro de atención de miles de visitantes. Ayer vi a mi madre y solo pude besarla a través del cristal entre los flashes de las cámaras. Se alejó llorando entre la multitud. Quiero volver a casa.
Eran los primeros tiempos del amor. Sentados, mi brazo sobre tu hombro, dentro de nuestro SIMCA 1000 en invierno, o en el banco de listones de madera azul delante del centenario molino de viento, ya sin aspas, frente al mar, sobre el acantilado de Punta-Galea, veíamos, entre beso y beso, cómo descendía la esfera solar, roja, cada vez más dorada, sobre la línea curva del océano en el horizonte.
Alguna nube incendiada de bermellón ponía cejas al ojo del sol y las más altas, blancas y orondas atravesadas por espadas de luceros, esculpían batallas de titanes contra dioses.
Y nuestro astro caía, media naranja, cuarto de limón. Ya casi solo un punto. En ese instante el lubricán estaría silenciando el alba de Terranova.
Era el momento de estar atento. Los viejos arrantzales hablaban de él y del amor eterno que gozarían las parejas que lo vieran. Cuando el último grano de fuego de sol se hundiera en el océano, un rayo, un destello verde iluminaría el cielo, como un saludo luminoso de despedida, como un hasta mañana.
Nunca lo vimos. Dicen que es solo un segundo. Nuestros besos duraban más.
O era revelación exclusiva para almas puras, como el Santo Grial.
El océano había desaparecido y en su lugar solo había un lecho de cieno maloliente y sucio. Nadie quería creérselo, pero desde que de los pueblos costeros de extendió la noticia, todo el mundo se acercaba a la costa para confirmar que era aquel rumor era cierto.
En pocas horas las playas y los acantilados estaban llenos de gente que poco a poco fue adentrándose en el inmenso terreno baldío que había salido a la luz, para curiosear o buscar, nunca se sabe, algún tesoro o maravilla oculta. Pero nadie encontró nada más allá de algunas almejas, peces muertos, restos de pequeñas embarcaciones, botellas vacías, latas, plásticos y otros despojos.
Cuando se puso el sol, pudieron ver una extraña luna azul.
— No llores princesa, que el océano ya tiene mucha agua y no necesita de tus lágrimas.
Miré al autor de aquellas palabras con una mezcla de rabia y desprecio. Yo de princesa tenía bien poco y su tonillo chulesco me daba cien patadas, aquél infeliz no podía haber elegido peor si quería un ligue para esa noche.
Sin molestarme en contestar, comencé a alejarme todo lo rápido que la arena de la playa me permitía. Pero el cretino me seguía. Me había tomado por lo que no era y no quería perder su oportunidad. Qué mala suerte la mía, todo lo peor del mundo se me pegaba como alfileres al imán que los busca. ¿Qué habría sido de Mauro? Tenía que volver, aunque una vez más incumpliera la promesa de abandonarle. Corrí hacia el espigón.
— Tía no vayas, no veas que chungo, un coleguita sa querio dar un bañito y la mar se lo ha tragao.
Me paré en seco. Miré al mar. La luna llena iluminaba lo suficiente para distinguir la cresta blanca de las olas. Sollocé. Volví a correr, pero esta vez en dirección al agua, si Mauro estaba en el océano, yo tenía que estar con él.
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