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Durante años, siguió el mismo ritual: se acercaba a la costa, desnudaba sus pies y, provocadora, dejaba que las olas los acariciasen, sonreía altanera, e inundaba el aire con su voz angelical, desafiando al canto eterno del océano.
Hoy, la leyenda habla de la joven que el mar engulló, y de la dulce melodía que escuchan los barcos antes de naufragar.
Mi cuerpo oscila sobre las olas, y dibuja sombras imposibles bajo la luna. Las algas, gusanos de caricias acuosas, acunan mi desmemoria en un constante vaivén. Me siento como un delfín entregado al juego de las mareas, en alguna vida anterior, en otro mar. Más la brisa nocturna es fría y me hace estremecer. Este no es mi lugar; me desconozco. Mi pesada naturaleza insiste en sumergirse para hallar refugio; un hogar sin olor a sal, sin estrellas en el cielo. El abrazo del océano hunde el miedo, lentamente, y regreso a una ingravidez familiar, a mi primer silencio, a mi esencia última. Soy un pez perdido en un cruel descenso. A cada bocanada, una punzada salvaje me arranca recuerdos a jirones, sensaciones que me llaman desde la luz. Me resisto a subir. No puedo… no quiero. Solo entonces descubro mi humanidad, mis piernas inmóviles, mis manos vacías aferrando la nada en mi regazo. Al apretar mis párpados veo de nuevo la barcaza naufragar. No encuentro a mi niño. Araño feroz el muro de agua que me aplasta, y solo me devuelve la inmensidad de mi pérdida. Vencida, me rindo a las profundidades en busca de mi pequeña criatura abisal.
Se dice que aquí cayó, rodeado de cientos de plumas.
Que de sus ojos fijos y abiertos, el Egeo se bebió hasta la última gota de azul.
Que aguas curativas rodean nuestras costas, y que no conocemos demencia o depresión alguna.
Lo cierto es que disfrutamos: la alegría del vino y del sexo burbujea en nosotros hasta bien entrados los cien.
Ya nadie busca llegar al sol; ni el tiempo ni los años nos preocupan. ¿El secreto de la eternidad? Aquí, en Icaria, el presente y una vida simple.
El cercano rumor de la olas me mantuvo despierto, costaba conciliar el sueño por lo que decidí salir a caminar. La playa estaba desierta, la luna en cuarto creciente teñía de plata el mar, el susurro de la brisa me trajo tu nombre sabiendo que estabas lejos.
Siempre te gustó como a mí la montaña, pero debí quedarme junto a mi soledad y tu recuerdo. Mi cuerpo acusa el frio de la noche, siento un estremecimiento cuando me salpican gotas salobres de la rompiente que se mezclan con las mías mientras que mi mente divaga por momentos ya lejanos cuando estabas acurrucada en mis brazos, me parece sentir el calor que trasmitía el roce de tu piel.
No puedo aceptar que tras la despedida y ese beso que no fue, estés tan lejana como ese horizonte que vislumbro en la penumbra y nunca he de alcanzar…
Una gota corriendo por mi mejilla observando el horizonte donde por fin creo verte esperándome.
El charco en el que juego mojando mis viejos zapatos camino del colegio.
Un pequeño arroyo en el que bebo extenuado después de la larga travesía por la montaña.
El río en el que me baño jugando con los peces que saltan alrededor.
El lago azul trasparente como el amor que te proceso.
Un mar del color del cielo y donde no se distingue la frontera entre ambos.
Y en el extenso océano me pierdo buscando aquella gota de lluvia que corría tras aquella otra por mi mejilla, al no haberte encontrado como pensaba, para besarte y abrazarte, ni a ti ni a ellas.
Siempre había deseado internarme en la profundidad variable del océano. Conocer esa capa templada de su superficie y adentrarme en la gélida agua de su abismo.
Cada noche con ese deseo me bañaba en las salinas aguas desnuda de toda prenda y desvestida consciencia. Hacía algunos años que este ritual lo lleva a cabo sin pensar en sus consecuencias.
Ahora nadaba sin talento. Dejaba que las olas se marearan en mi cabello y avistaba desesperada la costa. Aquella en la que hacía un tiempo perdí lo que en este momento añoraba. Ya nunca volvería a pisar la arena, ni las piedras del acantilado. La escamosa cola de pez fue gestándose durante todo ese tiempo, hasta hacerme una criatura mitológica dotada de una gran belleza pero con ese maldito poder de seducir y engañar a quien dejé, sin yo pretenderlo, estancado en la orilla.
Hoy lo observo y unas lágrimas afónicas se vierten sobre las olas, su espuma siliente humedece sus perfectas piernas y su mirada ya no se dirige al horizonte, queda prendida en otros ojos provistos de alas y calzados con sandalias.
Nunca aquello que deseas llega ser como sueñas.
Mares profundos y misteriosos son tus ojos en los que quiero verme siempre reflejado. Me asomo a ellos para hallarme pero a veces no me atrevo. Inexistente tengo miedo de hallarme. Otras horas estoy fuertemente asido a tus pupilas que dilatan mi sin razón, y me ahogo en su profundidad infinita.
Océanos enteros habitan tus cuencas que a veces rebosan y mi alma, cual barcaza vieja a la deriva, se estremece desvencijada y chirría por doquier. Sin rumbo me dejas cuando no me miras pero si lo haces sirenas de cantos inaudibles me atrapan.
Insondables tus cristalinos con diligencia mueves para escrutar mi ánimo y, sin quererlo, hacen trotar mis calmadas mareas. Hasta verter y perder la sal que contienen haces cuando quieres, convirtiéndolas en lagos de agua dulce solo con una mirada.
La vida en tus ojos rezuma y pasan por ellos muchas sombras pero que ninguna acierta a quedarse perpetua. Tus párpados no lo permiten, las aparatan con aplomo y señorío.
Brío en el aire, también ternura callada cuando con instinto ancestral las miras. Perlas cultivamos juntos que relucen, ¡tanto brillan amor!, que iluminan hasta los abismos de esos océanos la mar de profundos que son tus ojos.
Se creía Dios. Desde que las compañeras del instituto empezaron a pelearse por sus dotes extraordinarias. Seguro como estaba de que la sabiduría le era innata, pronto dejó de cultivar el intelecto y se concentró en entrenar otras capacidades divinas mirando a todo el mundo desde arriba. En busca de aquella actividad que verdaderamente estuviera a la altura de sus gallardas proporciones y lo hiciera sentirse en el cielo, llegó a ser atleta, modelo, culturista… Pero quiso dar un paso más en su afán por demostrar la deidad que llevaba dentro: se hizo vigilante de la playa; al fin, lo adorarían como se merecía cada vez que salvara a una persona.
Dicen que ayer al atardecer, cuando apenas quedaba una docena de bañistas en la costa, lo vieron caminando con decisión sobre las olas del mar de Finisterre. Todavía lo siguen buscando.
Cuando llegó todo le causó sorpresa. El jardín y sus flores, la casa, su dormitorio y el árbol que acariciaba la ventana, pero lo que más atrajo su atención fue la pecera que año tras año mi padre había creado. Miraba y remiraba los corales, las plantas y sus peces multicolores, sobre todo uno amarillo con franjas azules.
Es cierto que todos disfrutábamos con ese mar nuestro y particular; tal vez nos perdíamos en sus aguas, relajándonos con el parsimonioso movimiento de sus habitantes, pero era Nico quien no se apartaba de la pecera. La conjunción con aquel pez era extraordinaria.
Ninguno encontramos extraño que se entretuviese de esa forma, hasta que las horas en las que permanecía junto al acuario fueron más que las de sueño, comida y aseo.
El pez aguantó cinco años a su lado, los anteriores a la agonía de mi hermano, a la aparición de unas aletillas en su costado y a esos azules y amarillos que su piel adquiría.
Fue entonces cuando sospechamos que la adopción de Nico no había sido tal y como nos la contaron, (post morten de una mujer en una patera) a pesar de haber sido encontrado en el océano.
Fue difícil, no te voy a decir que no; como quizás sepas, murieron algunos de los nuestros durante la cacería. Pero nadie nos engañó, todos sabíamos qué nos estábamos jugando y qué poníamos en juego por volver a casa y llenar la cazuela a la familia. ¡Y lo logramos! Ahora sólo hemos de esperar a que el calamar esté hecho. Tenemos unas ollas rápidas muy buenas pero la espera, con la que no contábamos, de días, nos está poniendo peligrosamente a prueba.
Nunca había visto el océano, y creyó que nunca lo vería.
Unos dicen que es verde y está lleno de monstruos. Otros que ahí se acaba el mundo. Cuando el sol se está ocultando, su luz es capaz de cegar a los hombres y tras la luz, se abre una puerta por la que sale el rostro del diablo con la boca abierta, dispuesto a devorarte. Dicen que hay extraños peces en las profundidades, que viven bajo negras cuevas; y que no reflejan nada en sus facciones, sino únicamente lo que parece un cansancio inconsciente e idiotizado.
Echó de nuevo a andar hacia el oeste, rumbo al océano. Con los pasos temblorosos e inseguros de un hombre en el último estadio de su vida recorrió el camino hacia la playa. Se quedó de pie mirando el océano, pero aún no había ninguna puerta a la vista. Cuando el sol comenzó a iluminar las aguas sólo veía un gran charco rumoroso y vacío.
Pasó un tiempo… ¿Qué hora sería? ¿Las siete? Oscurecería mucho antes de una hora.
Alzó los ojos y vio que el sol tendía un largo sendero dorado a través de las aguas. Y se encaminó hacia él…
» El mar, la mar,umm. Hoy se deja ver precioso, acogedor,fresco,vivo sobre todo vivo.
Me voy a acercar a ese cabo,tendré cuidado con las aristas de la costa.Por aquí hay mucho pescado de roca, siempre sabroso.
No encontré los peces que buscaba, me voy mar adentro, fuerte, rápido, con energía. Me sumerjo, la luz se ve durante un buen trecho, luego es cada vez más oscuro. Suerte que cuento con mi buen radar.
Rapidamente subo a la superficie. Ignoro porque mis amigos tardan tanto en subir donde se pasea el sol.Dos barcos cruzan al frente, debo esquivarlos, me pueden dañar seriamente.
Al atardecer me encuentro con Fina, nos saludamos, reímos, saltamos, mi espiráculo suelta su dosis de presión.
Hoy es un día pleno, no hay ninguna duda.»
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