¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Me había clasificado para una prueba atlética, pero… ¿para cuál?
Colocándome para los 100 metros, sólo se me ocurría decir “gilipollas”, “coño”, o “puta madre”, y el corredor de al lado se burló. ¡Qué tacos de salida tan poco originales!, me dijo, el muy… Y cuando el juez, al fin, disparó al aire, vi al saltador de pértiga caer malherido sobre la colchoneta mientras, algo más allá, una hembra de jabalí surcaba grácilmente los aires hasta clavarse en la hierba. Así que desistí. Demasiadas brusquedades.
Pero entonces… ¿cuál era mi disciplina?
Lo cierto es que en algunos rincones de la pista había gente agradable. Por ejemplo: un saltador ataviado con un mandil me enseñó a batir récords hasta dejarlos a punto de nieve, un fortachón giratorio se desvivió por mostrarme cómo clavar clavos con una bola de acero atada a una cuerda… ¡ah!, y Alejandro Sanz que, muy amable él, me explicó la mejor técnica para lanzar discos.
Pero yo, mareado de tanto movimiento, decidí ir a lo seguro: el Decathlon. Así, si probaba algo y no me convencía, pues me quedaría la opción de descambiarlo por un pack de calcetines. Que siempre vienen bien.
Las tres patas de la mesa de los grandes logros. Grandes como una iglesia pequeña o una catedral de pueblo a medio hacer. Parte fundamental de las virtudes de todos los participantes de tan reñidísima competición como es esta.
Lentamente el ambiente se carga de maratonianos sermoneadores, los exorcistas más rápidos, los maldecidores más dañinos, estigmatizados de gran belleza, resucitados, mártires y reliquias de todos los niveles. Con toda la parafernalia que acompaña a un evento de este calibre: bulas al alcance de todos los bolsillos, merchandising celestial y demoníaco, compraventa de almas kilómetro cero, propuestas de nuevos pecados y penitencias, etc…
Tras la ceremonia de inauguración de esa mañana de diciembre, caracterizada por los cantos gregorianos, música de órgano de buen tamaño, incienso y los padrenuestros bisbiseados, se declaran abiertos los Juegos Milagrosos de verano. Esa misma tarde, la categoría de conversión de agua en vino de mejor paladar ya tiene vencedores, que esperan en el podio la entrega de medallas: La de oro de la Virgen Erosa a tiempo parcial, para el segundo clasificado la del Cristo Dopoderoso y molón y realizada en bronce la del Santo Matito ecológico.
Así es el deporte de élite.
Cada curva de sus brazos es un torque de músculos que potencia la fuerza del remo contra la corriente marina. Trae a sus espaldas el peso de una docena de inmigrantes. Seis mujeres, dos bebés moribundos y cuatro hombres hambrientos. Golpea con fuerza las crestas enharinadas de las olas como si fueran cabezas que sobresalieran del mar. Con las salpicaduras de agua salada, el maquillaje se le destiñe. Hace mucho que no usa kohl. Desde los bombardeos en Homs. Cuando posó, sin burka y con una sonrisa, para un fotógrafo extranjero. Mientras el fuego, con sus dedos crocantes, rebuscaba entre los escombros a los sobrevivientes del bombardeo. Mientras decidía que era hora de marchar hacia Occidente con aquel grupo de refugiados.
Le pesa en la conciencia el azul marino teñido con sangre. Al fin divisa la playa. Y el relumbrar de las cámaras. Solo cien metros más. Pero aquella carga extra de remordimientos se lo impide. Con una rápida maniobra mental, se desprende de una estela de rostros suplicantes que se hunden en sus recuerdos. Rauda la embarcación embiste la meta. Medalla de plata. Y el ofrecimiento de un contrato de modelaje que compensa ese segundo lugar en las Olimpiadas.
Te acuestas cansado; exhausto por el entrenamiento, cada vez más intenso, cada vez más duro. Enseguida concilias el sueño y te ves en la última curva, ante el último esfuerzo. El estadio está lleno, notas su rugido, percibes su aliento, y aprietas los dientes, dándolo todo hasta el final, y conteniendo la respiración con el miedo a que el más mínimo suspiro sea la décima de segundo que necesitas para ganar.
Cruzas primero, cae el record del mundo, que queda a tus pies, asombrado por tu hazaña. En ese momento te dejas llevar. Vuelta de honor, fotos, abrazos; todo reconocimiento es poco.
En el podio, con el himno de fondo, la emoción te embriaga, y apenas reparas en sus caras.
Vuelves a la tierra y te fijas en ellos, que siguen mirándote; y entonces te das cuenta. Te señalan. Vuelves la vista y la ves, clavada en tu brazo, delatándote.
Te despiertas sobresaltado, enciendes la luz y te tocas los brazos. Nada. Suspiras aliviado; pero maldices en voz baja y saltas de la cama. En la cocina abres la nevera; coges esa caja del fondo y la abres. Sigue ahí. Y tú sigues maldiciendo. Maldita la hora. Maldita la duda.
Han sido muchos años de preparación, de entrenamientos en verano en pistas de atletismo y en campos de fútbol en invierno para no perder el tono físico. Los nervios te abruman instantes antes de que el pistoletazo de salida marque los veinte segundos más importantes de tu vida.
Corres con cada fibra de tu cuerpo, corres con cada hálito de tus pulmones, corres con cada bombeo de tu corazón.
Cruzas la línea después de doscientos metros. Segundo. Record de tiempo en tu país, Australia. Medalla de plata aquí, en los Juegos.
Es tu momento más álgido y todo el mundo entendería que pensaras solamente en tu gloria, en la recompensa de tu esfuerzo, en tu meta culminada tras tantos años de tesón. Tal vez, el inicio fulgurante de una carrera olímpica que pueda llevarte, en el futuro, a colgarte la medalla definitiva: el oro. Pero no lo haces. Tu gloria no ofusca la realidad de una desigualdad presente y decides sumarte, en tu momento, a otro momento cuya significación consideras por encima de honores y personalismos.
Pides la insignia. La colocas sobre el escudo de tu país. Subes al podio.
Por fin han comenzado los Juegos Olímpicos. Llegar hasta aquí ha sido desde un principio mi meta, la fecha prevista en que alcanzaría el crecimiento esperado tras superar las dificultades iniciales.
Puedo oir la voz de papá resonando en mi cabeza: «Atento chaval, el pistoletazo de salida será de un momento a otro». En el sofá de casa, con mamá, siempre me hablaba del «pistoletazo» y de los meses de preparación que llevábamos para que todo fuera bien. «Va a ser la carrera de nuestra vida», decía, «ya verás». Y es que habían invertido sus ahorros en mí.
Se acerca la hora de la verdad. En estos instantes, aunque no vea a mi familia, imagino su nerviosismo. A mi padre le habrá empezado a temblar el párpado izquierdo -según mi madre es su máxima expresión de estrés-. Yo intento calmarme.
Ahora voy a salir. Desde donde estoy se palpa la expectación de fuera, oigo los gritos. Ya veo unos focos de luz. Me recibe el médico del equipo, que me da una palmada en la espalda y, cogiendo aire por primera vez en mis pequeños pulmones, rompo a llorar mientras me colocan sobre mi madre que sonríe extenuada.
Madrid anochecía envuelta en un calor espeso. Isidro caminaba con paso ralentizado entre las ruinas de lo que un día fuera el proyecto de Villa Olímpica.
El muchacho conservaba algo de sentido, pues su cerebro no se había escurrido del todo por el orificio que perforaba su cráneo.
En su cuadrícula era el líder, los demás le seguían y llamaban por su nombre, con un gruñido parecido a una larga i. Conseguirlo le había costado largos años de empeño, pero el tiempo carecía de importancia pues su existencia ahora era eterna.
Isidro tenía en su vaga memoria un único recuerdo. Personas ágiles desfilando tras una tela ondeante. La sensación que invadía entonces su carne putrefacta era maravillosa.
Por ello se había entregado a una misión. Todas las noches agrupaba a sus compañeros y elegía a los mejor dotados, por decirlo de alguna manera. Era difícil porque de una noche para otra se perdían piernas, pies, brazos, manos e incluso cabezas y ya sin estas últimas era complicado entrenarles.
Aún así, la noche del 24 de agosto de 2040, Isidro cumplió para Madrid un antiguo sueño.
Inauguró de forma solemnemente babeante, los Primeros Juegos Olímpicos de la Nueva Era Zombi.
El azar quiso que se encontrara despierta frente al televisor cuando empezó la competición hípica. Los familiares se extrañaron al oírla balbucear, ya que hacía varios meses que no emitía sonido alguno. Luego llegaron los aspavientos impropios, y al poco tiempo pudieron escuchar con claridad la palabra papá. Nadie sospechó que aquellos jinetes olímpicos la habían transportado al rincón más antiguo de la memoria, donde permanecía indeleble la primera imagen de su padre cabalgando con ella a lomos de un percherón; ni que se tapaba los oídos para evitar los gritos de la madre que, por miedo, pretendía bajar a su pequeña de la cabalgadura. Cuando llegó la hora de acostarse, hubo que desconectar el aparato simulando avería. Resignada y triste, dejó que la llevaran a la cama. Pero a las pocas horas, tuvieron que colocarla otra vez delante de la pantalla, repitiéndose la escena anterior en cada retransmisión ecuestre. Después de papá, llegaron otros vocablos inteligibles como mamá, caballo, arre…
Ya se acabaron las olimpiadas y sigue pendiente de la televisión. Come mejor y dormita menos; incluso ha comenzado a sostenerse en pie de nuevo. El médico no tiene explicación para esta sorprendente mejoría de la abuela.
Tras lanzar el Juez la moneda al aire, ella decide iniciar el partido con su servicio. Antes de comenzar con su saque, me mira, me sonríe, me arrebata. Pienso en decirle algo, o hacerle un gesto cómplice, pero prefiero no desconcentrarla. Es su primera final olímpica.
Bota la pelota con mimo, despacito, como si en esas caricias pudiera seducir a la esfera para ese punto. Todo ese ritual me excita, pero es, en esa manía tan suya de mojarse los labios con la punta de su lengua, cuando mi corazón bulle. Mantiene las piernas flexionadas, una más adelantada, el tronco levemente inclinado hacia adelante, eleva los brazos, el izquierdo con la pelota y el derecho con la raqueta, en armonía hasta el impacto. Fuerte, certero, letal.
El silencio del encuentro se rompe con su sonoro gemido que me hace estremecer. Cierro los ojos y veo su sudor golpeando mi pecho.
Son los aplausos los que como un jarro de agua fría me devuelven a la pista. La veo acercarse, clavar sus ojos en mí, atisbo entonces que quizá quiera la toalla, o que le pase dos pelotas.
Cuando Alberto dijo en casa que quería practicar boxeo, se armó una tremolina con gritos, lloros y amenazas. “¿Cómo se te ocurre?”¬–decía el padre, que era ajedrecista y apasionado de la música barroca–. “¿Qué hemos hecho mal?” –sollozaba la madre, pacifista, animalista y votante de los Verdes–. Hasta su hermanita pequeña, Patricia, le tiraba de manga y le decía contrita: “Tato, ¿ya no nos quieres?” Pero, Alberto, estaba decidido a cultivar el pugilato, aunque tuviera que pagar el gimnasio trabajando los fines de semana descargando camiones en la plaza. Entrenó con ahínco y demostró valor y garra en los combates, ante el asombro de quienes conocían su carácter pacífico y casi melindroso. A los dos años ya ganaba combates de ámbito regional, pero sus padres no solo se negaban a asistir, sino que le tenían retirada prácticamente la palabra. Cuando llegó el triunfo y las apuestas millonarias, los padres se ablandaron y acabaron siendo sus mejores fans. Fue entonces cuando Alberto decidió de pronto donar todos sus bienes y hacerse monje tibetano.
[space height=»HEIGHT»]
Hoy mientras engrasa las ruedas a su máquina, como él la llama, recuerda su olimpiada, cuando encima de su bicicleta entregó hasta su alma para cruzar en primera posición la línea de meta. Luego todo fue una nube, la medalla, el himno, las felicitaciones, los abrazos…
Pero la nube se esfumó, el tiempo pasó, volvieron los entrenamientos, el accidente y llegó el olvido.
Y ahí está de nuevo dispuesto a luchar y volver a dar hasta el último esfuerzo, pero ahora ya no le hace falta viajar a Pekín, Londres, Río o Tokio, él cada día vive su propia olimpiada en su ciudad subido a su silla de ruedas.
Había soñado con este momento desde pequeño, cuando escuchaba con su padre las retransmisiones deportivas. Durante los partidos, bajaban el volumen de la tele y subían la radio donde los goles hacían temblar las paredes y ponían la piel de gallina.
En el patio del colegio, sus compañeros se repartían por equipos mientras él se subía a aquel banco oxidado que había en un lateral y, desde allí, narraba a gritos el desarrollo del partido.
Ha pasado mucho tiempo. La universidad, las prácticas en aquella pequeña emisora donde se radiaban los partidos de pelota mano, la oportunidad de seguir al equipo local de fútbol, su ascenso… y ahora rumbo a las olimpiadas.
Una progresión perfecta, como diría para describir la evolución de algunos deportistas. Años de duro trabajo y un día para demostrar su valía y luchar por las medallas. La primera para España se juega hoy en la piscina. Y él está allí. Miles de oyentes al otro lado y, sin proponérselo, millones siguiéndole después en todas las redes sociales. Inexplicablemente, con la última brazada de Mireia Belmonte se le apagó la voz. Así quedará para la historia: «Periodista afónico en la final de natación».
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









