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Rebozó sus manos con la tiza del pebetero sin dejar de mirar a la grada. El entrenador lo cogió por la cintura y lo colgó de la barra con la elegancia y sequedad de un matarife. El estadio guardó silencio. Un pequeño impulso, y empezó a girar vertiginosamente como las manecillas de un reloj dislocado. En un momento impreciso, llegó la suelta y Benito, Ícaro obstinado, voló tan alto como sus sueños. Fue un salto mortal de los que solo se pueden realizar una vez si se hacen bien, y aquel salto mortal fue perfecto; perfecto y definitivo. Una voz espartana sentenció: «Los juegos deben continuar», e Igor se dirigió al pebetero de la magnesia. Rebozó sus manos, y se dejó colgar. Algún reloj marcaba las cinco en punto de la tarde. Sus vuelos fueron más altos, más limpios, pero cuando clavó sus pies en el suelo sintió una vértebra perforar fatalmente su médula y apenas pudo disimularlo. No fue un salto totalmente perfecto, pero sí le sirvió para conseguir la medalla de oro. Ahora, con las dos piernas dormidas para siempre, no hay noche en que no sueñe con poder cambiar su medalla, por un salto mortal de verdad.
Mi cerebro lleva dos kilómetros lanzando el mismo mensaje de alerta, ¡detente ya! Voy a escucharlo, es inútil continuar, los calambres en las piernas son insoportables. Todo el sufrimiento durante el entrenamiento no ha servido para llevarme a la meta, he perdido el objetivo y mi cerebro se ha aprovechado de esto. No puedo rendirme ahora, que pasa cuando se pierde un objetivo. Pues que se busca otro, hoy todos los que corremos en esta carrera lo hacemos para recordar a Filípides el valiente héroe que corrió hasta su muerte para ayudar a los suyos, pues yo hoy seguiré corriendo por él y por todos los que han corrido antes una maratón.
Pisar podio iba a costarle caro. En la salida no había contacto visual y las suprarrenales secretaban adrenalina como surtidores de REPSOL. ¡Pum! Un maremágnum de ciclópeos gemelos patearon el tartán como si fueran a pillar sitio en una conferencia de Stephen Hawking: ¡Toño!, lo que faltaba (¿…?). El primer trescientos lo corrió tras los clavos de marroquíes y keniatas. Mantuvo la zancada y el segundo paso por meta lo hizo en cuarto lugar. Aumentó el ritmo pero recibió un codazo (¡ouch!) que le impidió colocarse en tercera posición: ¡Toño, cálmate ya, que me tiras de la cama! (¿Qué…?). Sonó la campana y aprovechó el tirón para hacerse con el segundo puesto. Lo peleó a muerte y al enfilar el último doscientos recibió un empellón que lo lanzó al suelo (¡cataplof!) como un fardo: ¡Ahora no, Toño, joder, que ya compré los pasajes! Ma, ¿qué le pasa a pa? Nada, Pacita, una – taque – pilético. ¿Nada?, pero si está convulsionando: ¿se va a morir? Qué va, Pacita, ni de coña, para eso trabajo en una clínica. Pero de conserje, ma, de conserje. Da igual: lo empastillamos con Depakine y de aquí, Paz, tiramos pa´ Londres como Gloria que me llamo.
Era una tarde fría, tal vez más de lo acostumbrado, pero ahí estaban los corredores afrontando el trazado de la prueba. Y en la línea de llegada, con su manta térmica, estaba el atento auxiliar.
De pronto, al fondo la vio, delgada y sutil, con elegantes zancadas, y hacia ella se fue con la manta extendida como para recibirla y envolverla.
El calor que sintió la atleta envuelta en la manta la reconfortó, pero aún más el inusual abrazo del socorrista, que la rodeó por completo estrechándola contra sí.
La imagen fue portada en la prensa local.
Cuando saltaba los charcos, Mario observaba su reflejo distorsionado sobre el agua, la amplitud de sus piernas fibrosas rodeadas por un cielo de nubes. Los días de lluvia, al salir del colegio, el camino del bosque se convertía en una pista de obstáculos y entonces corría, saltaba y corría sin manchar demasiado sus zapatos gastados para que no le regañara madre. Los árboles le alentaban desde la vereda con un rumor húmedo hasta el umbral de la casa. Luego era el beso en la frente, la hogaza de pan preñada de matanza, la chimenea y sus fuegos de artificio.
Mientras escuchaba el himno en su honor, Mario pensó en el tiempo, en cómo salta y observa su reflejo distorsionado sobre la memoria; el tiempo, que siempre le ganaba porque corría más rápido, un poco más rápido que sus zapatos gastados, que el rumor de los árboles y el crepitar del fuego; el orgulloso tiempo, que nunca subía al podio a recoger sus medallas porque no tienen el sabor de las hogazas; el tiempo, que sabía cómo ganarle, pero no cómo vencerle, porque aún seguía corriendo, en días de lluvia, por el camino del bosque.
Bosque de Sherwood. El astro rey dibuja una circunferencia cegadora en el lienzo azul del cielo en aquella diáfana tarde estival. Otras cuatro circunferencias de cuatro círculos concéntricos cada una se distribuyen de forma lineal. Cuatro árboles, cuatro ojos observando desde las cortezas pintadas, cuatro dianas blancas retando a los arqueros, que se colocan paralelamente frente a ellos. El sheriff de Nottingham toma la mano de lady Marian, que rechaza el gesto y dirige una mirada suplicatoria hacia el último de los participantes. Una capucha esconde su rostro, pero su brazo libera una flecha del carcaj. Toma el arco con su otra extremidad y estira la cuerda con la flecha dibujando una horizontal perfecta. Continúa la tensa danza vigilada por su mirada experta, que acepta el reto del iris coloreado del tronco y lanza su réplica liberando la flecha, que emprende un vuelo veloz. El silencio se rompe con un silbido que rasga el aire y que muere con un golpe lacerante. Diana. El graderío estalla en salvas y aplausos. El sheriff de Nottingham condecora al ganador. Lady Marian ofrece un ramo de flores a Robin Hood. Prueba de tiro con arco (exhibición). Olimpiadas de Londres 2012. Bosque de Sherwood.
Marcial Terrero es campeón olímpico en la preservación de semillas. Las produce, recolecta y, con esmero, selecciona las mejores.
Lola, la Genésica, su compañera de faena, conocedora de la importancia de este deporte, tan viejo como la vida misma, las fecunda y, para beneficiar el espíritu olímpico, las propaga por los cinco continentes.
Del pecho derecho de mi madre pasé al izquierdo sin ayuda. Me salté el inútil gateo y coroné el fondo del pasillo dejando en mi haber tan sólo un par de chichones. Más adelante, poseer una bicicleta, facilitó otro de mis retos: subir la pendiente que llevaba a la plaza y mezclarme con los mayores y sus impresionantes bicis sin ruedines.
Crecí. Conquistar el tacto del pelo de Mariana no fue fácil. Esta vez el obstáculo medía diez centímetros más que yo y lucía potentes bíceps. A falta de otros, eché mano de mis recursos literarios. Por fortuna, la pasión por las letras de Mariana superaba su atracción hacia los cuerpos fornidos.
Pero la carrera no había terminado. Me hice adulto y aparecieron metas que pusieron otros. Las fui sorteando y logré un puesto directivo en una multinacional importante, me casé con una mujer enamorada (de mi billetera) y ahora, ya retirado, confinado en una lujosa atalaya con vistas al infinito, cierro los ojos y corro: en pos del aroma del pelo de Mariana, del bullicio de la plaza del pueblo, del calor del pecho materno.
Y aunque tengo experiencia y me las sé todas, no avanzo en mi retroceso.
Por fin, el gran día ha llegado. Durante meses he preparado a conciencia la carrera más importante de la temporada. Seleccioné el calzado con mejores prestaciones en esa oscura y brillante pista. Estudié minuciosamente el recorrido planificando ritmos y tiempos de paso. Entrené en idénticas condiciones de altura, luz, temperatura y humedad a las del circuito de la prueba. Ahora, situada en mi puesto de salida –¿o es de entrada?–, percibo en mis rivales el hedor del miedo al fracaso rebozado en ansiedad. A la señal esperada, irrumpimos todas en veloz estampida. Utilizo mis codos para ganar posiciones. Al paso del primer obstáculo varias contrincantes caen trabadas. Después, agarro el antebrazo de la corredora que me precede y me impulso rebasándola. Ya solo delante, con un cuerpo de ventaja, la joven de piel tostada y zancada de gacela. Entonces echo mano –pie sería más apropiado– del recurso que tenía en reserva; le piso el talón y aquella se trastabilla y alfombra el suelo. El triunfo es mío. Tras los trámites de rigor, abandono el escenario del éxito luciendo orgullosa, en el cuello, el abalorio que evidencia mi victoria. Una buena marca de 24,99. Ayer me habría costado 119,99 euros.
Recuerdas…
La meta. Salir de este lugar. De estos anclajes. Correr libre sin mochilas. Sin cargas. Sin historias de vida frustradas.
… cómo llegaste al centro.
Sin aliento. Enfadado. Triste. Rabioso. Ansioso. Con necesidad de huir. De arrancar. De regresar al lugar de dónde venía para seguir creyendo en la mentira. Y escapar de la verdad.
Recuerdas qué aprendiste.
A cuidarme. A quererme. A valorar el esfuerzo. A controlar la furia. A medir mis momentos de dolor con los de alegría. A valorar las confidencias. A sentir la vida. A no juzgarla.
Recuerdas cuando empezaste a…
A leer entre líneas. A no ser tan literal. A no esperar de los demás. A escribir mi vida. A correr. A jugar. A indagar por aquello que deseo conocer. A no hacer lo que otros me digan. A diferenciar mi coraza de mi corazón.
Y ahora qué.
Veo la meta. El final acelerado de todo este proceso. Veo más allá de una recta, de unos carriles, de unos números. Veo más allá de unos jueces. Veo mis posibilidades y mis miedos. Veo, por fin, una posible vida. Mi vida
¡Ves a por ella! ¡No te lo pienses más! ¡Corre! ¡Cuídala y te cuidará!
5 de agosto, me preparo para las olimpiadas. Me levanto con los cantos de los pájaros y los cohetes anunciando las dianas, toca escuchar misa en honor de la patrona, hoy es el día grande de las fiestas de la ciudad. Tras la eucaristía marcho corriendo a desayunar con los amigos que me esperan en un bar cercano. Con el sabor del chocolate en la garganta salgo veloz a la ofrenda floral en la catedral con mis nietos ataviados con su traje típico. Tras unos vinos y los bailes de gigantes y cabezudos, nos sentamos a la mesa. No hay tiempo para la siesta, la corrida espera sobre la arena. Unas cervezas vespertinas y los bailables en el kiosco de la plaza. La cena de bocadillo en la terraza de un vecino.
Con los fuegos artificiales adornando el cielo y la música de verbena de fondo decido irme a casa esquivando una carrera de obstáculos. Ya en la cama me doy cuenta que han comenzado las olimpiadas y no he podido disfrutar ni un minuto de ellas frente al televisor, aunque pensándolo bien, no he parado de correr la maratón mientras juego un día más al deporte de la vida.
Siempre con un balón entre los pies, pasaba horas chutando contra una pared. Siendo un niño enfermizo de constitución delicada, a menudo tenía que recogerse pronto y antes de las seis de la tarde estaba en su cama escuchando el jolgorio de los demás críos que jugaban en la calle; en esos instantes de soledad, rodeado de libros sobre la vida de grandes futbolistas, soñaba poder llegar a jugar algún día en el equipo de su pueblo, su mayor ilusión. Gracias a los cuidados maternos y a las inyecciones de Don Mariano, el practicante, su salud fue mejorando. Cuando consiguió pertenecer al club regional de primera división y debutar con veinte años frente al FC Barcelona, sintió que su sueño se había realizado y sus expectativas más que cumplidas. Al pisar, por primera vez, el césped del Camp Nou, ver a los miles de espectadores y oír su clamor, pensó que había llegado a lo más alto, que nunca más viviría un momento tan intenso.
No imaginaba que unos años más tarde, en el mismo escenario, ya con la selección española, disputaría el partido ganador de los Juegos Olímpicos, de los mejores de la historia del deporte.
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