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Desde hace varios meses me fascina que mi amiga Julia me cuente anécdotas de la Grecia Clásica, como la de aquel gran atleta Milón de Crotona, que lanzó una jabalina que nadie vio caer y que, supuestamente, permanecía todavía suspendida en el aire. Yo aún me río de ella, del frenesí para relatar sus historias.
De las primeras chanzas pasé a interrogarme si podría contemplar la jabalina, sopesaba la idea de que se clavara en alguien o en mí mismo. Entre nubes, intuí verla en uno de mis paseos dominicales. Comencé a soñar con ella, a presentirla clavada en mi abdomen, y a mal dormir obsesionado por aquella pesadilla definitiva. Vigilaba el cielo por la calle, me protegía en portales y cornisas, cruzaba los pasos de cebra como basilisco, descartaba los días tumbado en la playa. Ya no salía al balcón, ya ignoraba las noches estrelladas.
Asustado por cualquier brisa repentina, vivo en la tesitura de no descubrirme, de no dejarme sorprender por la intemperie, atrapado por una ficción y por ese amor imposible, afilado y enajenado, con el que Julia me ensueña.
La mayor parte de las veces cuando se despertaba le venía a la boca una frase: «Quiero morirme». Luego trataba de borrarla pues no quería que se mantuviese en su cerebro ni unos minutos.
Temía dejarse arrastrar hacia la actitud más fácil, la de dejarse ir, empujada por la inercia como en una maratón. No quería que, inmersa en esa fatalidad, por ese pensamiento nefasto, se dejara caer en la tristeza más absoluta.
Aunque no eran demasiados los instantes positivos, pues carecía de la ilusión que le hiciera levantarse cada día, como en la prueba reina de los Juegos Olímpicos, se había planteado encontrar el tesón necesario para hallar una ilusión que le devolviera el gusto por la vida.
Y como cada vez era más difícil, se impuso vivir por obligación, levantarse como los atletas caídos a pocos pasos de la meta. Así pretendía demostrarle a la vida y a sus hijos: inmaduros, frágiles, perdidos y necesitados de una figura que les guiara en el discurrir de la vida, que podía lograrlo.
Mientras, se aferraba al carné de conducir o a los escasos relatos, que con desgana escribía, sabiendo que con su ilusión además se había evaporado su imaginación.
La señorita que porta la bandeja de las medallas no es modelo ni falta que le hace. Es finlandesa y rubia, eso sí, y pesa el doble que cualquiera de los atletas que suben al cajón. Luce mallas ajustadas y camiseta rosa fucsia. Está claro que no es el centro de atención del apenas centenar de personas que se dispersan en la única grada del campo de entrenamiento del instituto. El tipo que entrega las medallas va trajeado, pero no es precisamente un dandi, más bien parece el chófer de la rubia, que para no perder el tiempo sentado en el coche ha decidido ayudarla con la ceremonia.
El pódium, compuesto por tres tablas apoyadas sobre patas metálicas, cruje conforme van subiendo los corredores. Hasta nueve lo hacen. Cada equipo lleva su bandera nacional en la mano. El presupuesto no daba para mástiles y oropeles. Detrás un panel con seis empresas patrocinadoras. Hay fiestas de pueblo que tienen más anunciantes.
Todo lo anterior importa poco al conocer la trastienda de los participantes: transplantados en un campeonato europeo de atletismo de media distancia. Los de Río se llevan la fama, y éstos el reconocimiento más sincero.
El ucraniano Yevgeni Yarmolenko se dispone a realizar su último lanzamiento. De él depende llevarse el tan ansiado oro o únicamente una amarga plata. Su máximo rival y favorito al oro, el turco Emre Gelk, al que odia con todas sus fuerzas, le observa con suficiencia y desdén. Yarmolenko termina su carrerilla, arroja la jabalina con un grito de tremendo esfuerzo y la contempla atravesar el aire como un torpedo celeste.
Cuando la moderna lanza se encuentra en su máximo apogeo, el tiempo parece detenerse para Yarmolenko, el cual experimenta con asombro una visión. El ucraniano “ve” dentro de su cabeza dos posibles alternativas a su lanzamiento y de alguna manera sabe que tiene que elegir. En la primera, la jabalina cae al suelo en medio del murmullo de sorpresa del público, que asiste entusiasmado a una nueva plusmarca mundial. En la segunda ocurre algo que parece imposible. La barra de fibra, como si de un boomerang se tratara, efectúa contra toda lógica un giro de ciento ochenta grados en el aire y vuela hacia atrás para clavarse de forma letal en el cuerpo de un sorprendido Gelk.
Yarmolenko sonríe de manera extraña. ¿Qué habrá elegido?
Tres cuartos de vuelta y otras tres completas. El pistoletazo me pilló desprevenido pero mi reacción fue explosiva. Al final de la primera vuelta, ya juntos en el carril interior de la pista, iba el primero. Me imaginaba en mi pueblo, en el alto plano de la sierra de Urbasa, ganando a la carrera, saltando sobre helechos, a los caballos que por allí pastan libres o corriendo más que mi perro pastor rodeando rebaños. En la segunda vuelta continuaba líder. Me seguía un senegalés. Aún no sentía el cansancio. Respiraba sin dificultad. Cuando el maestro del pueblo me vio correr avisó a Pamplona y me metieron en un Centro de Alto Rendimiento. En la tercera vuelta empecé a sentir un escozor en la ingle. Malditos slips de competición. El entrenador insistió, <<evitan la fricción del aire>>, decía. Un testículo se había tomado la libertad de salirse de la braguilla y cada vez que avanzaba mi pierna izquierda, rozaba la piel de mi muslo. Bajé el ritmo. Medalla sí, pero de plata. Ganó el africano solo por una cabeza y yo perdí por un huevo. Con razón decía mi abuela que al que nunca llevó bragas las costuras le hacen llagas.
Los Primeros Juegos Olímpicos del Imperio Milenario se celebraron con todos los fastos propios de la capital del nuevo régimen y a ellos habían sido invitadas todas las naciones protegidas por las alas del Águila Imperial.
La prueba que más público convocó fue el Maratón. Se inscribieron quince mil corredores, ciclistas y patinadores. Los ganadores recibirían las medallas de oro, plata y bronce pero, sobre todo, tendrían el orgullo de subir el pódium, acrecarse al Gran Constructor y rendirle honores.
En las aceras se agolpaba el público y en los edificios aledaños, los francotiradores, ciudadanos de pureza acreditada cuidadosamente seleccionados. También ellos tendrían su premio por su habilidad: Un punto por cada corredor alcanzado y dos por cada ciclista o patinador, pero perderían medio punto cada vez que, por error, alcanzaran alguien del público.
La carrera fue un éxito y, una vez terminada, hubo una fiesta, en la que entre aplausos, el Gran Constructor repartió medallas y honores y el jurado contabilizó los puntos obtenidos por cada francotirador, mientras los servicios de limpieza recogieron las calles, que recordaban el escenario de una guerra.
De una guerra absurda e ilógica.
Como cualquier las guerra.
El enfermo se agitaba en su cama girando el cuello en zigzags inverosímiles, oprimiendo frenéticamente un botón imaginario con su pulgar. En su mente, un nuevo reglamento regía las carreras de fondo. Las pistas de tartán ya no eran necesarias y un sinfín de corredores se agolpaban en el espacio central cubierto de hierba. Todos llevaban un diminuto podómetro que registraba con exactitud la distancia recorrida. Él era el árbitro responsable de activarlos para que se iniciara la carrera, un caos de trayectorias imprevisibles en el que el ganador era el primero en cubrir la distancia marcada, tal como señalaba el ordenador central. Algo no funcionó y los atletas seguían corriendo sin parar, chocando de manera vertiginosa una y otra vez. Tenía que detenerlos pero el sistema manual no funcionaba y un click inaudible dio al traste con sus neuronas.
La visión de la enfermera con la bandeja metálica de los sedantes lo calmó por un momento: por fin había llegado la azafata con las medallas.
Hoy, con las sienes plateadas, siente con nostalgia aquellos tiempos en los que se pasaba las horas dando vueltas y vueltas alrededor de la pista. Su objetivo era seguir los pasos del gran Owens y para ello no dudó en sacrificar el amor y la compañía de amigos compartiendo copas o una buena comida.
Hoy, con los ojos velados, siente un gran vacío y cuando el sin sentido de su existencia se le echa encima corre a refugiarse en su santuario. Él también consiguió cuatro medallas olímpicas, como “el bala”. Las suyas son de plata.
Sonríe al contemplarlas al tiempo que recuerda con nitidez todas las imágenes que rodearon su entrega, pero al no poder reproducir la emoción que sintió con cada una de ellas, especialmente con la primera, lágrimas incontrolables resbalan por sus mejillas.
Hoy, con la soledad como compañía, cambiaría los años que le quedan por sentir de nuevo el placer de un solo aplauso.
Correr era mi vida.
Desde enana atravesaba al trote los pasillos y llegaba a clase con los brazos en alto, naturalmente, en lugar de una medalla me caía una bronca, pero bueno…
Esta vocación marcó mi existencia: mis amigos fueron futuros olímpicos, mis profesores antiguos olímpicos y hasta mis familiares se convirtieron en esperanzados olímpicos.
Tiene madera de campeona, decían, y yo corría, corría y seguía corriendo, superando pruebas, tiempos, rivales.
Un mal día, ya a las puertas de los Juegos, sufrí un mareo, me recuperé, pero repitió una y otra vez, hasta que tuve que admitir que tenía que dejar de competir.
Una vida no debe estar sustentada en un solo palo, pero como la mía si lo estaba, se me vino el mundo encima y me hundí.
Pero tenían razón, yo tenía madera de campeona.
Cambié de todo, en primer lugar de objetivos y me convertí en una reina para mis amigos, una princesa para mis compañeros y una medallista nata para mi marido y mis hijos.
Conseguí lo que cualquiera de mis amigos, “los olímpicos” incluidos, soñaba: “Ser feliz”
Aquí debería añadir una moraleja, pero eso se lo dejo a ustedes.
Frente a él ocho calles en zona de carreras esperan sus primeras zancadas. Comienza a calentar y a derramar su sudor sobre la pista de poliuretano de alta competición. Para un momento. Observa la excesiva inclinación lateral de la calle interna. Marcajes, bordillos, plataforma, pintura y remaches parecen correctos y estabilizadas sus características porosas y mecánicas: compatibles con normas de medio ambiente. Aquel lugar sufre condiciones climáticas inimaginables.
Toma posición. Corre de forma prodigiosa cuando una fina capa de resina mal colocada tambalea sus expertos tobillos. Más adelante pisa otra deformada, después una tercera de espesor considerablemente menor al permitido. Se detiene. Chasquea los dedos mirando al pavimento. Una vocecita de plata, cantarina como un cascabel, le replica: -No cumple las directrices-. Su Ok a las instalaciones le reporta beneficios y es solo un ex atleta de elite probando pistas. Acallará esa voz. Ser minucioso supone penurias.
Deja de trotar, afloja los cordones de sus zapatillas, esquiva las miradas de unos deportistas, se acerca al cuerpo técnico y al fabricante de la empresa líder que lo contrató, no han perdido detalle de sus zancadas, alaba el perímetro y estado de la superficie, firma y murmura sonriente: -Buen suelo para correr-.
El accidente dejó un gran hueco negro en su vida. Cuando salió del hospital, le dijeron que se había recuperado satisfactoriamente. Pero sin piernas, con una silla, y sin expectativas de futuro, nada era satisfactorio. Se sentía un estorbo, instalado en una nada grumosa y oscura.
Noches en vela, días eternos contando segundos, insufribles dolores, inútiles sesiones en el centro de terapia, escuchando el runrun de la voz de su psicóloga.
–Si no haces nada por ti, nunca serás nada.
Aquellas palabras le sonaron a la cantinela de siempre. Pero quien las decía no era alguien de siempre. Se miraron a la cara y a sus falsas piernas inmóviles, apoyadas en estribos metálicos.
– ¿Y tú? ¿Qué haces? No puedes ir muy lejos…
–Sin esto –dio un toque cariñoso a su silla– voy todo lo lejos que quiero. Hasta he ganado medallas. Acompáñame a comprobarlo.
Escéptico, sin nada que perder, siguió sus ruedas, rampa abajo, hacia la piscina del centro.
Asombrado, lo vio quitarse la camiseta, colocarse el gorro, saltar de la silla y moverse en el agua como si le hubieran colocado un motor invisible.
– ¿Lo ves? Es fácil. Prueba y verás.
Ahora, él también nada.
Los JJOO de Río de Janeiro se inauguraron bajo una aurora boreal de alegría y esperanza, cuyo fastuoso colorido emborrachó el ánimo de los casi 11.000 atletas de 214 delegaciones que, bandera en alto, tapizaban con sus sonrisas el centro del estadio olímpico João Havelange: como cada cuatrienio, la fraternidad mundial no fallaba a su cita.
La nutrida representación española aterrizó en la ciudad carioca mejor preparada que nunca, apostando por un relevo generacional dispuesto a fundirse en cualquiera de los tres metales gracias a una envidiable preparación. Pero la ambición del Comité Olímpico Español era tan insaciable, que la imagen nacional debía llamar la atención mucho antes de que comenzara la recolección de medallas, marcas, y récords, por lo que no hubo dudas acerca del uniforme con el que competirían los atletas: vestido de flamenca con volantes rocieros y zapato de tacón para ellas, y traje campero con botines y sombrero jerezano para ellos.
Los nadadores se hundieron como anclas; ningún velocista bajó de los 40 sg en los 100 metros lisos; o el equipo de fútbol, que encajó un 39-0 frente a Chipre a las primeras de cambio.
A la semana de competición, el 92% de nuestros olímpicos ya habían vuelto a casa.
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