Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

IMAGINACIÓN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA IMAGINACIÓN

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA IMAGINACIÓN en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Relatos

15. FOTO FINISH (EDUARDO MARTÍN ZURITA)

Sonó el pistoletazo. En el silencio de la pista, los cuádriceps sonaban a manojo de bridas. Movidos por una potencia estratosférica, escuchábamos el chasquido de los deltoides; cómo pudieran llegar a volverse papilla en el intento de ganarle fracciones a los segundos. Tiraban hacia adelante los abdominales. Aseguraría que los talones recibían impulsos más propios de canguros. El norteamericano, seguramente acostumbrado a huir de otros negrazos en su infancia, cogió ventaja. Con más pecas que el arroz con leche y canela, le seguía el australiano. Y a este el inglés de color, genio y figura de vigoréxico. Luego aquel africano nada enjuto tampoco. Cerrando la desigual alineación resoplaba un japonés. Corrían sin pensárselo ni mirarse de reojo, olvidándose de los pinchazos, rezándole a Cronos, y el tartán parecía ir a levantarse lo mismo que una carretera llena de sudor y como de profundas huellas de patines sobre hielo. La situación, durante los primeros sesenta metros, anunciaba una carrera de pronóstico muy decantado. Un oxígeno de otro mundo debió inundar sin embargo, mágico, aquel quinteto de pulmones… Los competidores, como uno solo, traspasaron la línea de llegada. Era como si el planeta Tierra, sin esfuerzo, alcanzase a abrazarse a sí mismo.

 

14. JUSTICIA (Isidro Moreno)

JUSTICIA

No pudo evitar que las lágrimas inundaran sus ojos mientras desde lo alto del pódium, con la medalla de oro en su pecho, escuchaba el himno de su país.

Mantenía su mano en el corazón y su mente desgranaba recuerdos de un niño descalzo, corriendo cada día una decena de kilómetros hasta la escuela y otros tantos de vuelta hasta su humilde poblado en Kenia, donde sus  nueve hermanos y sus amigos, le apodaban Neftenga.

En Europa Neftenga es traducido por “Crack” y como tal, le acogieron y ayudaron en su carrera de atleta,  aunque él se negara a perder la  nacionalidad keniana.

Lágrimas de orgullo por la proeza deportiva, de nostalgia por su lejana África,  de arrepentimiento por conducta errónea y  lágrimas de pena, pues a pesar de su exitosa carrera, no podría asistir a los próximos Juegos Olímpicos.

Un hurto de apenas doscientos euros para comer y su condición de inmigrante en el viejo continente, ahora, tres años después, le enviaban a prisión para cumplir condena que le impediría alcanzar su sueño de competir en Olimpiada,

Dicen que una ONG intenta obtener los apoyos necesarios para restituir el sentido común y conmutarle la pena. Dicen.

 

IsidroMoreno

13. LA PALESTRA (EPÍFISIS)

Áyax y Odiseo, giran mirándose a los ojos, los brazos por delante, agachados y dispuestos a saltar como un resorte para asir al contrario. Sus cuerpos brillan al sol por el sudor y el aceite que sus esclavos han extendido por sus cuerpos desnudos, musculados.
Luchan en la Palestra, con las gradas y las columnas en semicírculo, repleta de compañeros, mentores y sirvientes, que los jalean sin desmayo.
Traban sus cuerpos, resbalan, los jadeos y el frufrú del roce acallan los gritos, Odiseo hace voltear a su contrincante, colocándose a su espalda, como uña y carne, manteniendo el agarre más de la cuenta y va notando como su miembro se endurece notando el culo de su adversario.
Áyax se deja caer y le proyecta sobre su cabeza y queda en posición puente, intenta pasar al otro lado para desequilibrarle pero un obelisco se lo impide, desiste.
Se pone encima y con sus piernas lo abraza, sexo con sexo, separa con los pies los talones de Odiseo y el puente se derrumba, los omóplatos chocan en el suelo y Áyax le mantiene pegado a la palestra, cuenta, le mira a los ojos, deja de contar y le besa en los labios.

12. En ruta (Susana Revuelta)

Pese a sus frecuentes viajes a Rabat, Antonio no conseguía acostumbrarse a aquellos calores. Mientras le cargaban el pescado en el camión, aprovechó para tomarse una limonada en la cantina.

Yusuf tenía mucha sed. Había tardado siete horas en llegar al puerto, pero su sueño de convertirse en una estrella del fútbol seguía inquebrantable.

Antonio se acercó a un tenderete a comprar unos dátiles rellenos para su Conchi. ¡Qué ganas tenía de verla!

Yusuf acariciaba el balón que llevaba en su macuto. En cuanto llegase a España, donde vivía su primo Ahmed, demostraría lo buen futbolista que era.

Mientras Antonio firmaba unos albaranes, Yusuf se coló en el remolque del primer vehículo que vio, el de Antonio, y se acurrucó detrás de unas cajas de forespan.

Tras desembarcar del ferry, Antonio cruzó la frontera, muy contento de que no le parasen en el control. Eso le ahorraría al menos media hora de viaje. En cuanto llegara a casa lo primero sería una ducha fría. Y después, su Conchi…

El funcionario de aduanas también estuvo de suerte. Se evitó abrir el remolque y encontrar junto a las cajas de merluza el cuerpo congelado de un chiquillo envuelto en una camiseta blaugrana.

10. JOVEN PROMESA (ÁNGEL SAIZ MORA)

Siete kilos largos de acero en el aire. Una bola sólida que al aterrizar hacía que lo imposible se cumpliese. “Más rápido, más alto, más fuerte”, siempre. Cada nueva marca sobrepasaba los límites humanos. El problema era que solía ir acompañada de un hecho indeseado que anulaba el intento.

Los comentaristas deportivos coincidían en alabar su potencial, ese conjunto de músculos a cargo de una mente disciplinada, la inmejorable colocación del cuerpo durante los movimientos. Es cierto que todos señalaban también que debía superar cierto efecto nocivo, inseparable de la trayectoria final, pero el haber comenzado su carrera deportiva a una edad temprana permitía pensar que, corregidos los inconvenientes, tendría grandes posibilidades de acercarse a la perfección.

Lo intentó durante años con la técnica circular sin que nada cambiase; después probó el lanzamiento rectilíneo, pero sus ángulos inesperados siempre causaban la misma y nefasta consecuencia, que obligaba a catalogar sus proezas como antirreglamentarias. Nadie dejó de creer en él, sin embargo, la federación y el comité internacional de prevención de riesgos en el deporte coincidieron: la carrera del mejor lanzador de peso que el mundo conoció debía concluir. Ya era inaceptable la cantidad de jueces y espectadores descalabrados.

09. PREOLÍMPICAS PREPOSICIONES (Modes Lobato Marcos)

A veces sería preferible estar muerto.

Hoy sangra el bancal de centeno, sangran buitres y cuervos, sangra el olivar y también lo hace tu pecho. Respira. Respira. Vivirás.

Ante tus ojos, miles de cadáveres se desparraman en todas las direcciones. Habéis ganado. Vomitas, ríes, lloras y vuelves a vomitar.

Bajo el recuerdo de tu juramento reptas, cojeas, caminas.

Cabe el río, sigue su curso, no te perderás.

Con la mitad del trayecto cubierto, contra afilados colmillos peleas. De tu garganta brotan aullidos. Desde niño, en los omóplatos del bosque, entre zarzas y enebros, fuiste bestia asesina de miedos.

Hacia la medianoche entierras sus cuerpos. Hasta esos lobos merecen tumba y no viento.

Para ignorar el dolor, recuerdas la luz de su pelo. Por ella tendría sentido destrozar las puertas del cielo.

Según tu objetivo contemplas, ya crees oler sus manos trigueñas.

Sin fuerzas apenas,  entre la multitud caminas ignorando caricias y besos. Después, caes sobre el pavimento.

Tras consumar tu hazaña, la inmortalidad te canta una nana.

Una nana que, retorciendo los pliegues del espacio y el tiempo, se escuchará en montañas y mares, ríos, desiertos, llanuras y desfiladeros.

Y nunca se apagará, pues, Filípides, siempre serás eterno.

 

 

 

08. MARATÓN (Paloma Casado)

Aunque estaban seguros de su victoria, un pensamiento negro sobrevolaba las cabezas de los soldados: sus mujeres se inmolarían y destruirían la ciudad si no conocían el resultado favorable de la guerra, tan grande era el temor que sentían hacia el enemigo. Entonces encomendaron a Filípides anticipar en Atenas el mensaje de su triunfo.

Salió al anochecer, acompañado por el canto de los grillos y guiado por el titilar de las estrellas. Recorrió lomas y llanuras bajo el sol abrasador o reconfortado por la suavidad de la noche. En el camino encontró a soldados que portaban estandartes con águilas imperiales, con  media luna amarilla o con esvásticas, dispuestos a invadirles. Contempló casas quemadas y otras que ocuparon su lugar, vislumbró gusanos de metal viajando sobre raíles, enormes pájaros rasgando el cielo y vehículos veloces. Supo de alzamientos de dictadores y marchas por la libertad.

Cuando llegó, el  Partenón emergía entre ruinas contemplado por una multitud de gentes extranjeras. Vio a niños que vendían sus ralas mercancías y a ancianos sentados sobre  piedras pidiendo limosna para completar su pensión. Comprendió con amargura que su esfuerzo había sido en vano. Vencido, exhaló con su último aliento la palabra “derrota”.

 

07. Más rápido, más alto, más fuerte (Antonio Bolant)

El gobierno costeó todos los sobrecostes a pesar de la recesión. En política eres lo que aparentas y esta noche el planeta entero contemplaría la fastuosa ceremonia de apertura resplandeciendo en las entrañas del nuevo estadio olímpico. Entre otras sorpresas, miles de pequeños focos situados sobre el público proyectarán las banderas participantes componiendo un manto de unidad multicolor. Tirar de simbolismo siempre fue útil para anestesiar problemas.

En cierto modo, Marcelo cumplirá hoy su sueño de participar en unas olimpiadas. Su hoja de servicios le ha permitido asistir como agente encargado de la seguridad y su capacidad de observación, estar pendiente de una inquieta mujer, aparentemente embarazada, sentada en las gradas próximas al pebetero olímpico que, apenas encendida la antorcha, se levanta mirando al cielo mientras desliza un detonador bajo la manga de su amplio vestido. Sin tiempo, Marcelo descuelga de un disparo el foco que pende justo sobre ella dejándola inconsciente.

Disparar cerca del público no impidió que fuera condecorado por evitar una masacre permitiendo al gobierno sacar tajada más rápido, a los atletas obtener una popularidad más alta y él mismo materializar su sueño de recibir la más fuerte ovación por su primera medalla en unas olimpiadas.

06. EQUIPO OLÍMPICO (María José Viz)

“Demasiados esfuerzos, demasiadas renuncias, tantos kilómetros a cuestas… ¿para qué?”, reflexionaba Pedro al hojear en el viejo álbum de fotos del equipo sus caras sonrientes, felices. No era para menos, ¡estaban en la Olimpiada! Los observó a todos, recordando sus anécdotas. Pero, como siempre, se detuvo en uno, en su amigo del alma: Sergio.

“No debimos celebrarlo de esa manera. Todos habíamos bebido demasiado, pero ninguno perdió el control como él. Aún así, se empeñó en coger el coche… El equipo se rompió, se quebró. Ya no teníamos al mejor pivot de la historia del baloncesto español y nunca más volvimos a triunfar. Nada sería ya como antes: del éxito al fracaso, sin transición”.

Pedro no puede evitar la tristeza cada vez que toma en sus manos el álbum del equipo. Desde esta etapa de la vejez, se imagina qué hubiese sido de él, y de sus compañeros, si Sergio no se hubiese muerto. Esa pregunta se ha convertido en obsesiva. La respuesta nadie se la puede dar. Gruesas lágrimas recorren su arrugado rostro.

05. Interruptores

Este hombre del antifaz de noche y pijama de rayas sabe que la desesperación es pasar horas en vela, probar mil posturas, abandonar la almohada sobre la cabeza y seguir sin pegar ojo, después de dar con el codo a su esposa, que no para de roncar. Ronca con entrega. Con la perseverancia de una corredora de fondo, mientras él repasa desconsolado nombres, efectos insuficientes y secundarios de relajantes musculares, somníferos e hipnóticos. Este hombre no puede más. Está a punto de ganar medalla olímpica en insomnio. Se levanta, el antifaz caído como el pañuelo de un atracador de sueños, rodea la cama y se arrodilla junto a ella. Cara con cara, la observa fijamente. Duerme dichosa, como si la felicidad fuera un hilito de baba escapando por la comisura de sus labios. Una hemorragia de felicidad que él no puede compartir, pero sí taponar. Con la suavidad de un dedo. Estira el índice con dulzura y un fogonazo de luz la despierta.

04. Instancia (Lorenzo Rubio)

Doña Antonia Martínez Cantó, con número 86 en la cola de la pescadería, nacida el 25 de septiembre de 1944 del vientre de su madre, y con domicilio en un piso con desconchones

EXPONE QUE

cada día, puntual a las seis, se ha levantado de la cama de un salto; que ha recorrido cien metros por el pasillo en menos de diez segundos para preparar desayunos y almuerzos; que de tanta práctica maneja el palo de la escoba, y fregona, de tal modo que, con un golpe seco encesta, o en su defecto emboca, las pelusas en el cubo de la basura desde varios metros de distancia; que, en la modalidad de lucha, es capaz de bregar hasta que sus hijos, ahora nietos, hagan los deberes, su marido baje la tapa del váter (aunque sea lo único que haga), e incluso que el carnicero le ofrezca descuentos; por todo lo expuesto, y por mucho que se calla,

SOLICITA QUE

se le designe como la abanderada del equipo nacional en los próximos Juegos Olímpicos y se le otorgue, como mínimo, una medalla de oro honorífica por sus destacados méritos deportivos.

En la Pescadería, 1 de julio de 2016

Firmado:

Antoñita

03. Efecto tacón (Eva García)

Me recojo el cabello y tu silueta continúa enhebrada a la mía, confirmando que sigues viva en mis gestos.

Con la memoria bañada en cloro mis manos aletean, mi nuca se tensa y mis piernas añoran el ballet. A través del espejo, tú sincronizas a la perfección mis movimientos, como entonces, cuando éramos sirenas siamesas que dibujaban flores en el agua y compartíamos una existencia líquida.

Pero cuando te encaramaste a aquellos malditos zapatos de salón rojos que te anclaron al suelo, la perspectiva te hizo sentir poderosa. Una estela de burbujas doradas marcaba tu nueva senda: vomitar el sudor que te había conducido hasta allí parecía un requisito indispensable para ascender.

Quedé flotando en un limbo extraño, como si una cremallera hubiese liberado mi sombra y derramado mi linfa. El dolor, la nostalgia y el tiempo no cicatrizaron la llaga.

Te busqué y te encontré enferma de champán, nadando sin lágrimas en salivas ajenas al ritmo de la vacuidad. No quisiste, o no pudiste, reconocerme.  Quizá, desde esa altura, el vértigo te impidió vislumbrar los charcos que podían haberte salvado, trazando un último flamenco conmigo, del cuchillo.

Tu sangre diluida en lluvia logró restablecer el equilibrio de los fluidos.

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