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−Pues yo también he sentido siempre un gran interés por la Historia. Cumplida mi instrucción teológica y después de presentar mi tesina sobre apologética bíblica, decidí ampliar conocimientos en aquella materia cursando una licenciatura en la UNED. Actualmente, estoy preparando un trabajo sobre el origen histórico de los Juegos Olímpicos.
−…
−Permítanme que les cuente algunos datos acerca de este tema, ya verán que interesante.
−…
− Los primeros Juegos se celebraron en el año 776 antes de Cristo. Se disputaban cada cuatro años en la ciudad sagrada de Olimpia estando teñidos de un gran espíritu religioso. Les cito, como curiosidad, algunas de las pruebas en las se competía en esa época: salto de longitud, lanzamiento de disco y de jabalina, lucha, pancracio, pentatlón, pugilato… Como pueden apreciar, si son aficionados al deporte, unas cuantas aún se practican en la actualidad. Con respecto a las carreras, estaban…
−Disculpe, caballero. Ahí viene el encargado.
−Buenas tardes, señores. Las cámaras están preparadas. Vayan pasando. ¡Y rapidito, que no tenemos todo el día! Los de la escena sado zoofílica, entren en la habitación de la derecha y los participantes en la mega orgía romana, háganlo en la de la izquierda.
Ya ha contado 56 dorsales rojos. Cuando ha entrado en meta la primera mujer de la prueba, a María, que se encuentra entre el público apiñado en la última curva, le ha sorprendido no encontrar en ella ninguna muestra de dolor. Después de 42 kilómetros de esfuerzo esperaba ver reflejada la satisfacción, pero ha cruzado la meta, se ha sentado en el suelo, y ha tirado las deportivas con un gesto de hastío, de quien se deshace de una molesta obligación.
María espera que Valeria llegue pronto. Y espera más, espera que cumpla lo acordado. Nunca ha creído en la existencia de las soluciones rápidas y afortunadas, pero se cree con meritos suficientes para merecerlo.
– Está bien -le respondió Valeria un mes antes -, este año correré la San Silvestre, y si entro entre los 100 primeros de la prueba… nos casamos en primavera.
Confiaba mucho en su palabra. Sólo bastaba esperar.
Ya ha contado 85 dorsales rojos. Le crecen, por momentos, unas inmensas ganas de llorar, por el calor del público que recibe a cada participante como un héroe, y porque desde hace un momento le ha parecido escuchar el lamento, muy lejano, de una ambulancia.
De pronto comienza a llover. Fuerte. Se puede escuchar la hierba, los árboles, los tejados mientras él se ríe, con los brazos abiertos a la intemperie, casi invisible.
Todos lo conocen, pero nadie sabe quién es. No busca el contacto con la gente y dice lo justo, menos con la voz que con sus manos, donde aletean gaviotas. A su paso respira la brisa y se escucha un ronroneo que no cesa de algas y de sal. Suele estar por el embarcadero, o de espaldas a la playa. Tranquilo. Sus latidos van al compás de la luna: dos cada día, sístole y diástole. Y cuando la marea es grande, y creíble la tormenta, le es imposible evitar el toser nubarrones. A veces alguien se aventura a consultarle el tiempo que hará mañana: cuando contesta que malo, será un día de calor.
En alguna ocasión decide volver a casa, por si alguien lo esperase, pero los restos del naufragio están vacíos. Él es el único que aquella noche nació, en vez de morir.
Vuelve a la costa y mira hacia tierra.
Tras años navegando en el pacífico, Marcos Quintero maldice su suerte.
Hoy, la fortuna, la mala, le ha traído a su red un animal con el que lucha encarnizadamente. Es escurridizo y trata de escapar de las manos de Marcos que, enfurecido, introduce los dedos en sus agallas y con los brazos sujeta sus aletas.
En ese duelo cuerpo a cuerpo en la cubierta del barco, descubre que el animal tiene pies de mujer, piernas de mujer, una sirena invertida a la que la lucha y el estar fuera del mar está fulminado su resuello.
El hombre observa ahora despacio su cuerpo, se deleita en cada curva, advierte el brillo fascinante de su pubis, el seductor olor de su sexo,. Con calma, lo toma en sus brazos al objeto de devolverlo al mar. Es, en ese preciso momento, justo antes de abandonar el barco, cuando el animal retoma su brío y de un bocado se lleva al marinero con él, posiblemente para siempre.
Se le aparecía entre las rocas cada día que iba a pescar. Asomaba su cabeza entre el agua y emergía justo lo necesario para que él pudiera ver sus pechos durante un solo instante. Se acercaba a la roca desde la que él lanzaba el sedal de su caña y charlaban unos minutos, luego ella se zambullía y volvía a desaparecer.
No contaba a nadie sus encuentros, más que nada porque él sospechaba que ella era una sirena. Le gustaba pensar en esa fantasía ¿o no era una fantasía?… al fin y al cabo nunca había visto sus piernas y ella nunca salía del agua cuando hablaban…
Cuando quiso despedirse, ella no apareció.
De regreso, tuvo que parar en el peaje y al pagar, la vio. Era ella.La chica de la cabina era su sirena, estaba seguro, al mirarla a los ojos vio el infinito del océano, pero ella no hizo nada para darse por aludida.
Tuvo el impulso de salir del coche… cuando el de atrás le pitó sacándolo de su ensoñación. Siguió su ruta sin estar seguro de si era ella o no.
Tampoco esta vez le vio las piernas.
Odín nos ha abandonado, susurró entre dientes mientras observaba el velamen fláccido. Nueve días ya, sin un soplo de viento. Los hombres en cubierta miraban al infinito, cuál ciegos extraviados en su propia noche. El sonido del cuerno horadaba la niebla, en busca de un eco salvador. Y, bajo la superficie, las serpientes marinas despertaban, para acechar a los que un día pusieron en duda su existencia, y recordarles el fin que les aguarda, cuando el agua negra se espume, justo antes del gran vacío.
Eriksson no duerme, vigila el horizonte y su espalda. Los ánimos andan revueltos y la traición se alía con el miedo. Sus hombres, aquellos valientes que se batieron contra los sajones en encarnizadas batallas, tiemblan ahora como niños, y murmuran leyendas que escucharon a los viejos del clan. ¡Mañana cambiará nuestro destino, mañana avistaremos la tierra de bosques!, brama el hijo de El Rojo desde el puente, intentando aplacar la rebelión. Pero a estas alturas, sólo él sigue creyendo en las líneas dibujadas en ese pergamino. Los demás, afilan sus cuchillos y murmuran.
Casi quinientos años después, una reina observa incrédula el mapa de los vikingos.
Durante siglos, mis únicos compañeros fueron los fríos y escurridizos peces. No, no estaba dormido, sino simplemente aletargado.
Un día decidí que ya era hora de que alguien me encontrara. Fue un ser pequeño y bondadoso el que me sacó del lecho del río. Me mostró a un amigo con el que estaba pescando. No pude remediarlo: quise demostrar mi poder. Llevé la maldad a la otra criatura, la tenté con mi belleza. Sin mostrar compasión, estranguló a su amigo.
Luego, comenzó a exclamar:
–¡Mi tesoro! ¡Mi precioso tesoro!
¡Qué ser más ridículo! ¡Bah! Estaba seguro de que sería un buen servidor. Sabía que me acabaría devolviendo a mi forjador, a Annatar, a Sauron.
Los muertos que vagamos por los fondos marinos somos personas normales que intentan llevar un retiro tranquilo. Con un ojo abierto a la vida y el otro, tapado por un parche, a la muerte, nos esforzamos en vencer al sueño y evitar que las mareas nos arrastren donde somos vulnerables a las fauces de los monstruos abisales, o blanco de la venganza de las tortugas que, en otro tiempo, desmembrábamos y comíamos a la sal en la cubierta de algún balandro jamaicano.
Firmes, con la pata de palo- el que la conserva- bien clavada en la arena marina, y parapetados tras un cascarón hundido que aún sepulta tesoros, esperamos pacientes, cada día, su llegada.
Hoy adivinamos una gala divertida. Una ceremonia de boda donde pasan al novio por la quilla, a la novia la suben en volandas al palo mayor y finalmente, tras jurarse amor eterno con una mano en la botella de ron y la otra en la Biblia, son empujados hasta el borde de la tabla por el sable de un nativo hasta arrojarlos al mar envueltos en sus neoprenos.
Agazapados, esperamos que en la caída los anillos, ocultos en una ostra, salgan disparados y aumenten nuestro botín.
Nunca había podido agarrar con sus manos aquella caracola gigante que la tentaba desde la estantería. Era rosada y blanca con una abertura en el interior hacia el infinito. Lúa deseaba apoderarse de ella y dormir con la oreja metida en aquel océano. Tuvieron que pasar varios meses y varios centímetros de pantorrilla para poder cumplir su reto. Hacía mucho calor aquella tarde, la familia sesteaba y Lúa se escapó sigilosamente en busca de su tesoro. La miró, se puso de puntillas, colocó su cara contra la estantería y con el dedo empezó a empujar “el océano”. Le habían dicho que cuando fuera mayor lo conocería, antes no podría salir de la estantería. El corazón dio un vuelco, mientras la piel se erizaba y las mejillas se sonrojaban del esfuerzo. El océano era pesado, voluminoso, resbaladizo y sobre todo muy ruidoso. Lúa cayó al suelo. Un chorro de sangre caliente empezó a brotar con fuerza del brazo entrando en la hendidura de la concha. El océano se estaba enrojeciendo.
– Merecío la pena el esfuerzo.- pensó Lúa mientras colocaba debidamente su oreja y se dormía escuchando el mar.
El nivel del mar comenzó a subir por el calentamiento global y las tormentas de verano. Cuando nos dimos cuenta ya había llegado a los pies de la cama. A ti te pilló desnuda, saliendo del baño, con las uñas pintadas de rojo, el pelo enrollado en una toalla y el cuerpo oliendo a maracuyá, pero aun así conseguiste encaramarte de un salto al colchón y soltar amarras con ese pirata informático, que te abordó en el trabajo para grabarte películas de amor y baladas románticas en cedés vírgenes. Ahora navegáis con viento a favor y rumbo fijo hacia una isla con palmeras, dispuestos a fundar vuestro propio paraíso fiscal, donde la felicidad apenas tribute y hacer el amor desgrave. Yo, en cambio, solo tuve tiempo de agarrarme a la mesilla que compramos en Ikea y hace meses que floto a la deriva en medio del océano, mientras busco, en las cartas de navegación que te escribí cuando hacía la mili en Almería, la ruta que me permita alejarme, por fin, de tu cabo de Gata.
Le dije adiós al pasar por delante de su casa. Levante bien la mano, pero ella esta absorta mirando al horizonte, como hipnotizada por ese mar bravío cuyas olas pasaban del azul al blanco formando espuma en su caída.
María ya no es como antes, yo no sé bien que pensar… La miro doblada en su balcón, con los pies ligeramente hacia atrás y los brazos apoyados en la barandilla ¡qué hermosa! Pero que ausente.
Sé que la gente la miran y se ríen, dicen que por pena, yo pienso que por envidia. Cuando se ha llorado mucho, el mundo se ve con un brillo especial, es como si el aire se llevara todo lo negro y dejará un halo de brillo y misterio. Así es ella.
Cae la tarde, la luna refleja en el mar su gran círculo escarlata, la fresca brisa hace su primera aparición, yo retomo mi paseo e intento no pensar en el balanceo de las olas y el silbido de ese mar que transporta y separa de mí a María.
LLevo dos días en esta isla en total aislamiento. Necesito interaccionar con alguien. Los peces son los elegidos, así que saco ticket para el submarino turístico. Al sumergirnos en las entrañas del océano no puedo olvidar el dolor que todavía hoy retuerce las mías. Tu ausencia marca mi vida y las lágrimas labran un surco por el que navega mi dolor. En las profundidades busco el aire que me falta arriba, y lo veo venir… un precioso pez de un azul intenso – tu color preferido- se engancha a mi mirada, pego como ventosas mis manos y mi cara al cristal, su boca se abre junto a la mía soltando infinidad de burbujas como queriendo insuflar a mis pulmones esa dosis extra del aire que me falta en un boca a boca imposible…
En la superficie, un atardecer -de los que detienen el tiempo por su belleza- me regala un instante mágico: el mar parece abrir sus brazos acuosos para recibir en su interior al sol, que aceptando ese abrazo, deja tras de sí un mosaico de colores que transmite paz.
Curiosamente y sobre el sol que se oculta, luce orgullosa una hermosa luna azul que lleva puesta tu sonrisa.
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