¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Él era alto y moreno, ella era menuda y audaz. La historia de amor entre lápiz y frase fue intensa pero naufragó en breve; apenas fue un microrrelato, un pecio en el vasto océano de las palabras.
—Se equivocó —repetía una y otra vez mientras soltaba la amarra que unía el pequeño bote al puerto.
—Se equivocó y tendrá que resarcirme —volvió a decirse, ya mar adentro.
La tormenta arreciaba, sacudiendo el pequeño bote, a merced de la negrura del océano.
Ella se puso de pie, y apretando los puños, ateridos por la tormenta, gritó con toda la fuerza de su corazón.
—Devuélvemelo.
Su grito fue apenas un rumor en la profundidad de un mar embravecido.
—No tienes derecho a romper nuestra promesa —volvió a gritar ella, dejando caer una lágrima en medio de un océano que la había separado de lo que más quería.
La lágrima se iluminó en su descenso hacia el mar, y al tocar el agua formó un haz de luz que penetró en el océano iluminándolo en su descenso.
Tras dudar un instante, se dejó caer tras la luz, descendiendo junto a ella al fondo abisal. Su piel fue tomando una textura aceitosa, y su respiración, sorprendentemente, ya no dependía únicamente de sus pulmones.
Un poco más abajo, casi en el fondo, le vio. Le esperaba con los brazos abiertos, y con esa sonrisa que hace tiempo prometió no abandonar nunca.
Él tenía una mirada arrebatadora que la fascinó desde el primer momento. Ella tardó mucho tiempo en darse cuenta de que aquellos ojos no eran del color azul de la mar, sino del hielo. El mismo del que estaba hecho su corazón.
Te dirán que eres una más, idéntica al resto. No les creas, no hay dos iguales. Tú eres única. Insistirán en que eres parte de la masa y tu destino dejarte llevar por la marea. Te querrán convencer de que no eres nadie, pero que sepas que no estás sola, somos muchas tus compañeras. Piensa que solo necesitas calor para elevarte y tocar el cielo. Te embestirán contra las rocas, y sin embargo, tú puedas romperlas. Te hundirán, pero sabes flotar. Gritarán que eres invisible, muéstrales que con un rayo de luz tú inventas el arcoiris. Te ignorarán , te llamarán sosa, y yo te digo que puedes ser dulce y salada a la vez.
Todo el universo está en ti: las nubes en la imaginación de un niño, un aguacero de selva adolescente, la furtiva lágrima del amor y una perla en la telaraña de la vida. Elige y se agua, siempre agua, aunque a veces despiertes al geiser, y nunca jamás te conviertas en un bloque de hielo.
Y ahora déjate abrazar, llueve, y cree en ti, que el mundo es agua, y el agua, vida. Bienvenida al océano.
En medio del océano hay una isla hecha de recuerdos, donde llegan las naves que quedan a merced de las corrientes y en la que el tiempo ha olvidado su edad. Según cuentan, en su interior hay un profundo lago de agua dulce donde perder la memoria.
Para llegar a ella dejamos nuestro bote a la deriva, confiando en los hados y en los vientos favorables. El viaje ha sido largo, pero afortunadamente ya divisamos sus costas. Somos conscientes de que a través de nuestros ojos observan muchos otros: los de todos aquellos que llegaron guiados por el deseo y el sueño de hallarla y se quedaron en ella para siempre; y también los de aquellos que al partir jamás la olvidaron, y a los que una mariposa de nostalgia aún se les posa en el corazón al escuchar su nombre. Hemos llegado a Ítaca.
El batiscafo que había ocupado su parte de la pared emergió de la caja de cartón como un torpedo directo al corazón. Noqueada hasta el extremo de no oír las exclamaciones de su hermana cuando desplegó el póster gigante de Leif Garrett, tardó unos segundos infinitos en lanzarse a la búsqueda de la enciclopedia del mundo submarino, que aún conservaba el olor de sus sueños infantiles.
Todo estaba allí, en el trastero del piso familiar que acababan de poner a la venta tras la muerte de su padre y el ingreso de su madre en una residencia especializada en demencia senil: las carpetas de María, forradas con pegatinas de la revista SuperPop y que ella despreciaba desde la superioridad de su vocación inquebrantable, o el gorro rojo que usó hasta bien entrada la adolescencia.
Pero hacía tanto tiempo que había dejado de echarlo que ahora no sabía qué hacer con el espejo que le devolvía la imagen irreconocible de quien quiso ser. Era como si su madre, desde el abismo de su desmemoria, le devolviese con un golpe de mar lo que parecía olvidado para siempre.
Siempre se había asomado al mar a través de los ojos del abuelo. En aquella ciudad del interior solo aquel balcón era capaz de aplacar sus ansias marinas. Cada pestañeo un oleaje, cada lágrima una tormenta. Se zambullía en aquel iris entre peces de todos los colores, rodeado de hipocampos sobre los que podría cabalgar, seduciendo a sirenas con los ojos tan azules como los del viejo. Buscaba en el espejo la marea, el flujo añil que rodeara sus pupilas de una vez, los destellos cobalto que anunciasen futuras marejadas; pero no recibía más que la imagen abisal de su mirada, el negro oscuro y profundo que habitaba anidado en la blancura de sus córneas. Como anidaba, en sus entrañas todavía impúberes, el rencor a unos padres que no le habían sabido transmitir aquella herencia. Estrecho cómplice del abuelo en su agonía, no dudó, llegada la hora, en mentir sobre sus últimas voluntades, sobre el postrer deseo de que sus restos fueran arrojados al ponto más inmenso y salobre. No dudó tampoco en ser el Leviatán de aquel naufragio, el monstruo que dejara inundar de zarco sus pupilas y, entre las cenizas, mirar cómo se hundían las leyes de Mendel.
La comisión tritónica ha publicado sus esperadas deliberaciones. Después de arduas pesquisas, ha determinado que Ulises no se lanzó en brazos de las sirenas sencillamente porque estaba amarrado al mástil de su barco. Por otra parte, los marineros de Ítaca se habían tapado los oídos con cera, razón por la cual no escucharon los cantos de las sirenas. Para llegar a tal conclusión, han sido muy importantes las revelaciones contenidas en la Odisea, libro escrito por un tal Homero.
Después de tres mil años de silencio, las sirenas están pensando en reanudar sus cantos.
Marino, desde bien niño, alimentó el deseo de ser buzo. Todo empezó por un cuento en que encontraban un tesoro submarino. A falta de otra cosa, pues Marino era niño de interior, consiguió que sus padres le compraran unas gafas de buceo, y se pasaba los veranos explorando pozos en el río. En una de esas encontró una sortija de fantasía, que alguna bañista habría perdido, y entonces ya no hubo solución. Buceó sin descanso por playas fluviales, pantanos y piscinas, y se fue haciendo con una cierta colección de alhajas, desde anillos dorados, hasta turquesas que no eran sino vidrios de botella. Los padres, Adrían y Bromelia, no sabía ya qué hacer con las raras apetencias de su hijo, así que decidieron llevarlo a conocer el mar. Tomaron el autobús y se fueron a la ciudad costera más cercana. Una vez en la playa, tomaron un barquito a pedales y se internaron más allá de las primeras olas. Marino llevaba sus gafas y sus aletas de buceo cuando se lanzó al agua para no emerger más. Cuenta la leyenda que le nacieron branquias y que aún sigue recorriendo el lecho profundo de los mares.
El océano ha devorado medio planeta pero no se dejan de recibir, aún, decenas de señales de socorro. Ayer encontramos un tipo extraño: muy pálido, casi ciego; su semblante cadavérico está labrado de arrugas y parece bruñido en una eterna amalgama de expresiones de añoranza y odio. Solo repite que apostó su barco, perdió, y exiliado lejos del embate prefirió morir a seguir viviendo. Aún así, le invitaremos a sentarse junto al fuego a escuchar nuestra radio. Hemos encontrado un dial que sintonizamos cada noche después de elevar al cielo una plegaria; nos reconforta la cálida voz del locutor y esa particular inflexión con la que recita Lorca, Baudelaire o Rokha. Sabemos que allí no queda nadie, que son emisiones cíclicas y que se extinguirán cuando las antenas dejen de funcionar. Cansados de noticiarios preferimos amenizar el fin del mundo con poesía; al menos mientras duren las pilas. Mañana el grupo seguirá subiendo; yo me quedo. Coronarán la montaña, sí, pero el mar lo hará detrás de ellos. No hay escapatoria. Además tengo curiosidad por comprobar si es verdad, si el viejo decidió morirse, y si al sentir otra vez el agua bajo los pies, su corazón late de nuevo.
Cada tarde se les ve en lo alto del acantilado, en El Pico del Silencio.
La pequeña María mira al viento. Su imaginación cruza el horizonte, hasta la otra esquina del mar, por donde ve a su padre regresando en el viejo bote.
Manuel, que ya tiene once años, aprieta la manita de su hermana deseando contagiarse de ese sueño. También cree ver la silueta que ella apunta, allá lejos, viniendo del infinito, y comparte su entusiasmo.
Después la explica que era el agua que jugaba con las sombras.
-Papá volverá mañana o en cualquier momento, cuando el sol sea amarillo y no amenace la tormenta, como el día que se fue-.
Mientras tanto, acaricia el amuleto que cuelga de su cuello. Lo talló él mismo con aquel trozo de madera, tan familiar como querido, que el mar arrastró a sus pies dos días después de la marcha de su padre. Lo trajeron las mismas olas que se llevaron mezcladas sus lágrimas y su infancia.
Solo las gaviotas conocen su secreto.
Al irse, María deja fantasías y besos en el aire, mirando al mar. Manuel deja una oración sobre el silencio, mirando al cielo.
Ya lo repartirá el viento.
La tormenta se avecinaba, espesos y negros nubarrones empezaban a ocultarlo todo. Un silencio sepulcral parecía reinar sobre el Atlántico. Ya no se veía el faro que cada día guiaba sus pensamientos.
Su mirada estaba fija en el oscuro horizonte, apenas podía distinguir el mar; pero sí aquel pequeño velero que agitaba sus velas sin rumbo determinado. Seguía su trayectoria con atención, al tiempo que pensaba si aquel barco no sería una señal que le indicaba el rumbo de su nueva vida. El miedo a un futuro cercano, nada halagüeño, lo amortiguaba el cansancio, la desgana, la flaqueza que sentía… Los sucesos acontecidos en los últimos años habían dejado profundas brechas que no optaban por cicatrizar.
El silencio se rompió. Rítmicos y acompasados golpes de mar lanzaban sus aguas al aire y desde el seno de las rocas, sobre las que se había sentado, una voz le susurraba: ¡Adelante!
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









