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Él está encorvado como nunca y camina con la mirada menos alzada por las mañanas. Ella, en cambio, tiene la voz cada vez más modulada al cantar. Todos hacen ver que no la oyen, pero sonríen de medio lado al verlo pasar arrastrando los pies por cubierta. Saben que la tiene bajo llave, aunque nunca la han visto. Él no se fía de ninguno de ellos. Brillándoles los ojos, cuchichean que le acabará succionando el alma. Con la que ella parece estar afinando su garganta, añade algún socarrón. Sin imaginar cuánto hay de cierto en lo que dicen, matarían por ocupar el lugar de su capitán. Y es que sólo yo, la noche que embarcó, fui testigo de por qué la llevaba en brazos.
Hazme el amor. Si tienes aletas: nádame. Si tienes manos, rema. Si eres osado: bucéame. Elige el momento y lugar pero disfruta conmigo. De mí. Deslízate por mi espalda espumosa, explora lentamente mis playas. Admira mis texturas, colores y olores infinitos. Mécete sobre mí y siente el movimiento amable de mis mareas, que te reciben en calma. Agitaré mis olas para provocarte vértigo y risas. Déjate llevar. Confía en mí. Siénteme desafiante, embravecido, finalmente rendido. Cubro tu cuerpo de espuma, juguetona, corres hacia la arena. Te sigo un rato pero no puedo ir más allá. Te giras, me sonríes pícaramente y cubres tu cuerpo con una toalla. Vuelve cuando quieras. Aquí seguiré tendido a tus pies. Esperándote. Trae a tus hijos y nietos. Pero por favor, suplícales que no me dañen. No me manchen. No me maltraten. Necesito permanecer intacto para que me disfruten muchas generaciones. Explícales que si me respetan les compensaré. Deleitaré su paladar con frutos exquisitos. Vestiré preciosas puestas de sol para sus ojos. Cantarán mis sirenas para sus oídos. Que vengan desnudos, sin aceites, ropas, perfumes ni joyas… que no ambiciono nada, solo quiero piel y caricias. A cambio ofrezco agua, sal y océanos de placer.
El nuevo trabajo era todo un reto; muchos lo habían intentado antes sin conseguirlo y esa responsabilidad me ponía nerviosa.
Comprobé el equipo de buceo antes de sumergirme. A medida que descendía, el frío y la oscuridad se hacían más intensos, pero el espectáculo merecía la pena; los documentales de la 2 no le hacían justicia. Nadé sobre fumarolas colonizadas por gusanos tubícolas y sonreí recordando a mi hermana, que chillaba cada vez que veía una lombriz. Un pez borrón chocó contra un objeto y me acerqué expectante, pero solo era una botella sin mensaje, falsa alarma. Intenté concentrarme en la tarea. La belleza de los arrecifes de coral, tan parecidos al campo de amapolas de mi pueblo después de llover, los cangrejos albinos, los calamares vampiro y el sinfín de extrañas criaturas marinas no me lo ponían nada fácil.
El tiempo transcurrió deprisa. Me disponía a subir cuando observé un destelló a la luz de un pejesapo que pasó por allí cerca. Al aproximarme, casi me ahogo de la emoción: junto a varias monedas, estrellas de hotel y clips oxidados estaban las famosas llaves, ¡lo había conseguido!
Y ahora… que cambie otro la letra de la canción.
La tormenta iba en aumento y el océano rugía como bestia enjaulada. El barco igual que una cáscara de nuez en medio de un charco se balanceaba en todas las direcciones y sus tripulantes aguerridos marineros sorteaban las olas que viajaban de un extremo a otro de la nave. Todo estaba perdido solo les quedaba rezar, cuando de repente entre las tinieblas una luz en el horizonte les anunció la proximidad de tierra firme, enderezaron el rumbo y consiguieron llegar sanos y salvos.
Cuando enfilaron el muelle se percataron de que un grupo de mujeres vestidas de negro les estaba esperando y a sus pies cada una de ellas tenía un féretro abierto.
Al desembarcar les fueron indicando cual era el suyo bajo la atenta mirada del sacerdote que les daba la extremaución , mientras iban cayendo cada uno en su ataúd al tiempo que entre lamentos ellas cerraban la tapa.
—Capitán, capitán despierte que estamos llegando a puerto.
Desde el último naufragio aquella pesadilla le perseguía temiendo siempre no despertar.
Por fin, desde una nueva terraza, pude advertir tu belleza absoluta, el esplendor de tus aguas, ese azul profundo del que habla el poeta. Creí perder el aliento ante semejante inasible y gloriosa inmensidad. Y a pesar de haberte conocido casi desde siempre, fue sólo en ese instante, que te empecé a amar.
Para mí eras angustia, terror. Tus aguas persistían obscuras, lóbregas, merodeadas por pavorosos peces que hacían remecer la frágil madera bajo mis pequeños pies. Y no me abandonaba tu rugir constante, temible amenaza en mis noches de esa casa verde, prendida a delgados pilares hundidos en lo profundo de tus arenas. Casa que arrastró un tsunami que no vi, pero que intuía te alcanzaría en cualquier momento.
Hogar de pescadores, al final de un larguísimo muelle que invadía tu reino sin recelo alguno. Morada que acogió a mi madre con su pequeña hija, que huía tal vez, de su propio desamor…
Ahora, finalmente redimida, pude observar gozosa tu otro rostro, Pacífico mío. La tenebrosa compuerta de piso de aquella cocina, ya casi nunca se abre.
Y en ti, ancestral y mágico océano, reconozco mi alma: a veces resplandeciente, mansa y feliz, a veces oscura, amenazante y feroz.
Todos aquellos planes, aquellos sueños, lo tenían como ido, y ella lo notaba día a día viendo que su mirada estaba ya embarcada en una travesía incierta y prometedora a la vez.
—Te escribiré, repetía él constantemente.
Una nueva vida lejos de la casi segura miseria era suficiente como para echarse a la mar y probar suerte.
—Encontraré un trabajo, volvía a decirle.
Pocas cosas la ligaban a sus orígenes, pero los lazos con él se estaban desatando también a causa de su obstinación con el nuevo mundo al otro lado del océano.
—Vendrás cuando me haya instalado, insistía.
Viendo alejarse el barco por el océano, ella era un mar de dudas.
Me llamaban Pacífico, como al océano. Yo los complacía y acataba sus órdenes: llévame hacia allá, tráeme alimentos, dame de beber… Jamás se me habría ocurrido enviarles un tsunami si ellos no nos hubieran atacado primero. Ingratos, pretendían convertirnos en estercolero. Desde entonces busco mi lugar, sin rumbo fijo, cual navío que navega a la deriva.
Cuando llegué a estas tierras, me rebautizaron con el nombre de Atlántico… como el océano. Será porque mi fuerza, sobrehumana y portentosa, evoca inspiraciones mitológicas, a pesar de mi insignificante tamaño. No escondo nada, soy transparente y vital, pero sé que puedo ser letal. También lo saben por aquí, por eso es hora de partir.
Iré tan lejos como mis fuerzas alcancen a llevarme, allá donde sin conocerme me llamen Índico, Ártico o Antártico… como los océanos. No quiero volver a ser nube que inunde campos y destroce cosechas, ni tampoco mar de engañosa apariencia que engulle a miles de seres que anhelan mejor vida.
Soy una entre un millón. Pero un millón somos muchas.
Mi realidad ya no es sólida, es más bien líquida, acuosa. Claro, eso lo digo ahora que soy un ser branquial que habita en las profundidades del Océano Atlántico. Todo me fluye; soy puro, cristalino, y mi vida ya no es aplastante ni viscosa, solo se limita a tener sentido. Retengo una letanía de recuerdos: el tráfico de una ciudad hirviente, mis mocasines brillantes de abogado, un andar frenético lleno de obstáculos y el amigo tarotista que me indicó este camino.
Los brazos del mar me acogieron en su seno, y no hay nada que me haga más dichoso que formar parte de este medio; en completa armonía con la fauna marina y bien avenido con las enormes ballenas que, aunque parezcan defectuosas por tener agujereada la parte de arriba, más vale tener de cara.
Gracias a ese amigo que no olvido y a su interés por la cartomancia, comprendí que debía ir a la playa y adentrarme confiado hacia lo más profundo; pues, un aciago día que me sentía perdido, él me echó las cartas y, en escasos minutos, dejó bien claro dónde estaba mi destino.
Despertó sobresaltado por el tañer arrebato del bronce. Mientras sus piernas volaban colina abajo hacia el puerto, los chapoteos desesperados y el grito atroz de las gargantas clamando ayuda lo golpearon con la misma fuerza que el viento de poniente. Y su pensamiento huyó, sin saber porqué, hasta la primera vez que sintió el impacto de una mano en su cara: «sirena», había respondido al maestro cuando le preguntó qué quería ser de mayor. Después llegaron las burlas del pueblo y los bastonazos del padre cada vez que abandonaba las tareas por contemplar ensimismado el mar. Y el anhelo creció y creció como las olas en un tsunami, pero íntimo y secreto. «Sirena», se imaginaba, para arrastrarlos a todos al fondo del océano.
El alba lo encontró exhausto en la playa. Junto a él, pocos cuerpos pudieron levantarse. La mayoría, casi un centenar, yacía sin vida; seducidos por la melodía y escupidos de nuevo a tierra. Entonces, vomitó sus sueños mezclados con el agua salada.
Vendrá del mar, tendrá el sabor de la sal y la piel del agua. Su corazón latirá con el ritmo de las olas y como las mareas, unas veces, te arropará y te sentirás acompañada, y otras, se retirará despacio para que disfrutes de tu soledad. Vendrá del mar, con el sol tatuado en el cuerpo y con el tacto de las algas en el alma. Contará historias de marinos y de otras costas, de peces y de otros fondos. Vendrá del mar, te soplará la brisa marina que guardan sus pulmones y te cubrirá con el agua que guarda su sexo. Engendraréis charcas, lagunas y mares… La única certeza, Sara, es que vendrá del mar.
Así decía la carta que me dejó mi querida abuela siendo yo muy niña. De niña fue íntima compañía, de adolescente dulce promesa, de adulta un bello cuento y hoy, sesenta años después, maravillosa realidad.
Desde nuestro barco y en la distancia era de gran belleza, brillante, reflejaba multitud de colores, era un verdadero arco iris recostado sobre el horizonte, moviéndose en armonía con las olas.
Poco a poco conforme nos acercábamos, nos llamó la atención la presencia de peces muertos y su belleza ya no era tal; además estaba aquel olor, cada vez más fétido, que penetraba en nuestras fosas nasales.
Su resplandeciente colorido cambió por un sonido seco al golpear las olas con aquella masa, era como si sonasen campanadas a muerto por las almas de los seres marinos ahogados por la falta de oxigeno al verse atrapados bajo aquel manto de inmundicia y horror.
Habíamos llegado a nuestro destino, y por mucho que lo imaginásemos nunca creeríamos que aquello sería así. Iba a ser muy difícil nuestra lucha contra ese mar de plástico que navega sobre nuestros océanos y que está acabando con su vida y al mismo tiempo con la nuestra.
Se alegraba tanto de ver a su abuela que casi la echa al agua, desequilibrándola en aquel estrecho pantalán. Intercambiaron una mueca y subieron al barco por el acceso de popa.
La adulterada mirada de su madre, vestida completamente de blanco, les esperaba recostada a bordo, abrazada a su padre. Su tía Marta, oculta tras unas gafas negras, le acarició con las manos las mejillas y le besó.
Parecía imposible verlos de nuevo a todos juntos en aquella rejuvenecida cubierta, vestidos rigurosamente de blanco por imposición de su padre, para realizar otra escapada familiar.
La gorra de patrón, situada por primera vez en la cabeza de su hermano, tomó su liviano equipaje y gritó: -¡Ya estamos todos! ¡Zarpemos!-
La salada brisa les acompañada en armonía con el inestable oleaje atlántico, con un rumbo que les alejaba paulatinamente del brillo de las doradas marismas.
Sobrepasadas algunas millas, su hermano señaló el lugar perfecto para la inmersión.
Su madre se acercó a la proa y esparció a su marido, dando una pincelada de gris al turquesa de aquel océano. Al mismo tiempo, el repetitivo kiik-kiik de la cigüeñuelas daba ritmo a una desconsolada oración.
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